L A I S L A D E L T E
S O R O
R . L . S T E V E N S O N
PARTE PRIMERA
EL VIEJO BUCANERO
1. El viejo lobo de mar en la posada del "Almirante
Benbow"
Me ha sido imposible rehusar las repetidas instancias
que el caballero Trelawney, el doctor Livesey y otros muchos señores me han
hecho para que escribiese la historia circunstanciada y completa de la
ISLA DEL TESORO. Pongo, pues, manos a
la obra, relatándolo todo, desde el alfa hasta la omega, sin dejarme cosa
alguna en el tintero, exceptuando la determinación geográfica de la isla, y
esto sólo porque estoy convencido de que en ella existe aún un escondido
tesoro. Tomo la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo hasta la época
en que mi padre era propietario de la posada del "Almirante Benbow" y
hasta el día en que por vez primera, vino a alojarse en ella aquel viejo marino
de tez curtida por los elementos, con su grande y visible cicatriz.
Aún lo recuerdo. Llegó a la puerta de la posada
estudiando su aspecto, seguido de su maleta, que alguien conducía tras el en
una carretilla de mano. Era un hombre alto, fuerte, de pronunciado color moreno
avellana. Su trenza o coleta alquitranada caíale sobre las hombreras de su poco
limpia blusa marina. Sus manos callosas y llenas de marcas, enseñaban las
extremidades de unas uñas quebradas y negruzcas; llevaba en una mejilla aquella
cicatriz de sable, sucia y de color blancuzco y repugnante. Paréceme verlo aún
paseando su mirada investigadora en torno del cobertizo, silbando mientras
examinaba, y prorrumpiendo en seguida en aquella antigua canción marina que tan
a menudo le oí cantar después:
Son
quince los que quieren el cofre de aquel muerto, Son quince,¡joh, oh, oh!, son quince; ¡viva el ron! con voz
temblorosa y grave, que parecía haberse formado y roto en las barras del
cabrestante. Cuando pareció satisfecho de su examen, llamó a la puerta con un
pequeño bastón, especie de espeque que llevaba en la mano, y cuando acudió mi
padre le pidió, bruscamente, un vaso de ron. Lo saboreó, lenta y pausadamente,
como un experto catador, paladeándolo con deleite y sin cesar de recorrer
alternativamente con la mirada, ora las rocas, ora la enseña de la posada.
-Esta es una caleta de buen fondo -dijo, en su
jergana-, y al mismo tiempo, una taberna muy bien situada. ¿Mucha clientela,
patrón?
-Al contrario -le respondió mi padre-, bastante poca.
-Bien -dijo él-, entonces esto es lo que yo necesito.
¡Hola, tú, grumete! -gritó al hombre que hacía rodar la carretilla enlute venía
su gran cofre de a bordo-, trae esa maleta y súbela. Y pienso fondear aquí un
poco. -Y, luego, prosiguió: -Yo, soy un hombre llano; todo lo que yo necesito
es ron, huevos y tocino y aquella altura que se ve allí, que domina la bahía.
¿Quieren ustedes saber cómo deben llamarme? Llámenme capitán. ¡Oh, sé lo que
están esperando!
Mientras decía esto, arrojó tres o cuatro monedas de
oro en el umbral, y añadió, con tono altivo y con una mirada tan orgulloso como
la de un verdadero capitán:
- ¡Avísenme cuando se acabe!
Y, la verdad es que, aunque su pobre traje no
predisponía en su favor, ni menos aún su lenguaje, no tenla aspecto de un
tramposo, sino que parecía más bien un marino, un maestro de embarcación,
acostumbrado a que se le obedeciese como capitán. El muchacho que traía la
carretilla nos refirió que la posta del correo lo había dejado, la víspera, en
la posada del Royal George, que allí se había informado qué albergues había a
lo largo de la costa, y que, habiéndosele descripto el nuestro como muy poco
concurrido, lo había, elegido para su residencia. Eso fue todo lo que pudimos
averiguar acerca de nuestro huésped.
El capitán no pecaba de locuaz. Todo el día se lo
pasaba, ya vagando a orillas de la caleta, ya encima de las rocas, con un largo
anteojo marino. Por las noches se acomodaba en un rincón de la sala, cerca del
fuego, y se dedicaba a beber ron y agua con todas sus fuerzas. Las más de las
veces no contestaba cuando se le hablaba; contentábase con arrojar sobre el que
le dirigía la palabra una rápida y altiva mirada, y con dejar escapar de su
nariz un resoplido que formaba, en la atmósfera, cerca de su cara, una curva de
vapor espeso. Los de la casa y nuestros amigos y clientes ordinarios pronto
concluimos por no hacerle caso. Día a día, cuando retornaba a la posada de sus
excursiones, preguntaba, invariablemente, si no se habla visto a algunos
marineros atravesar por el camino. Al principio nos pareció que la falta de
camaradas que le hiciesen compañía le obligaba a hacer esa constante pregunta;
pero luego vimos que lo que el procuraba era más bien evitarlos. Cuando algún
marinero se detenía en la posada, como lo hacían entonces y lo hacen aún los
que siguen el camino de la costa para Bristol, el capitán examinábalo a través
de las cortinas y, cuando tal concurrente se presentaba, el permanecía,
invariablemente, mudo como una carpa.
Para mí, sin embargo, no había mucho de misterio ni
de secreto en sus alarmas, en las cuales tenía yo cierta participación. Un día
me llamó aparte, y prometió darme una pieza de cuatro peniques el día primero
de cada mes, con la condición de que estuviese alerta y le avisara cuando
notara la presencia de un marino con una
sola pierna. Con frecuencia, sin embargo, cuando el día primero del mes iba
yo a reclamar el salario prometido, no me daba más respuesta que su habitual
resoplido nasal, clavando sus ojos airados en los míos, obligándome a bajarlos;
pero, antes de que hubiera pasado una semana, lo veía venir a mí trayéndome mi
moneda, no sin reiterarme las órdenes de estar alerta.
Imposible me sería contar hasta qué punto ese
esperado personaje turbaba y entristecía mis sueños. En las noches
tempestuosas, cuando el viento hacía estremecer los cuatro ángulos de nuestra
casa y cuando la marea bramaba, despedazando sus olas a lo largo de la caleta y
sobre los abruptos riscos, yo lo vela aparecérseme, en sueños, en mil formas
diversas y con mil expresiones diabólicas. Ya era la pierna cortada hasta la
rodilla, ya desarticulada desde la cadera; ya se me aparecía como una especie
de criatura monstruosa que nunca había tenido más de una pierna, y ésta de
forma indescriptible. En otras ocasiones lo veía saltar, correr y perseguirme
por zanjas y vallados, lo cual constituía la peor de todas mis pesadillas. Hay
que convenir en que con aquellas visiones abominables pagaba bien cara mi pobre
renta mensual de cuatro peniques.
Pero, si bien es cierto que tal era mi error a propósito
del marino de una pierna, también es cierto que, por lo que respecta al capitán
mismo, le tenía Yo mucho menos miedo que cualquiera de los que lo conocían.
Algunas noches tomaba mucho más ron del que podía, razonablemente, tolerar su
cabeza. Entonces se le veía sentarse y entonar sus perversas, salvajes y
antiguas cantigas marina, de que ya nadie hacía caso. A veces, luego de un
convite general, forzaba a su tímido y trémulo auditorio a escuchar sus
patibularias historias o a hacer coro a sus siniestras canciones. Con
frecuencia, oía yo a la casa entera estremecerse con aquel estribillo:
El diablo, ¡oh, oh,
oh!, ¡ viva el ron!
en el que todos los vecinos se le
unían por amor a sus vidas, por el temor de que aquel ogro les diese muerte, y
cada uno procurando levantar la voz más que el compañero de al lado, a fin de
no llamar la atención por su negligencia; porque, durante aquellos accesos el
capitán era el compañero más intolerable y arrebatado que se ha conocido.
Sus narraciones eran lo que espantaba a la gente más
que todo. Historias de ahorcados, bárbaros castigos, como el llamado paseo de
la tabla, v temibles tempestades en el mar y en el paso de Tortugas, y salvajes
hazañas y abruptos parajes en el mar Caribe y costa firme. Por lo que dejaban traducir
sus narraciones, debió pasar su vida entera entre l9 hombres más perversos que
Dios ha permitido que crucen sobre los mares; el lenguaje que usaba para contar
todas sus historias disgustaba a aquel sencillo auditorio, casi tanto como los
crímenes espantosos que describía. Mi padre decía siempre que la posada
concluiría por arruinarse, pues la gente dejaría de concurrir a ella para
evitar que se la tiranizase, se la asustase y se la mandase a acostar
horripilada y estremecida; pero creo que, al contrario, su presencia nos fue de
mucho provecho. La gente comenzó por tenerle un miedo atroz; pero a poco, según
hoy puedo recordarlo, empezó a gustar de el. Porque, a la verdad, el capitán
era una fuente de valiosas emociones en medio de aquella quieta y sosegada vida
de campo. Algunos de los más jóvenes de nuestros vecinos no le escatimaban ya
ni su admiración, llamándole un verdadero lobo marino, un tiburón legítimo y
otros nombres parecidos, agregando que, hombres d su ralea son, precisamente,
los que hacen que el nombre de Inglaterra sea temido y respetado en el mar.
Pero, también, en cierto modo, no dejaba de llevarnos
bonitamente a la ruina, porque su permanencia se prolongaba en nuestra casa
semana tras semana, y después mes tras mes, de tal manera que ya aquellas
primeras monedas de oro habían sido más que gastadas, sin que mi padre se
atreviese a insistir demasiado en que las renovase. Sí alguna vez se permitía
indicar algo, el capitán resoplaba de una manera tan formidable, que se podría
decir que bramaba, y, con su feroz mirada, arrojaba a mi pobre padre fuera de
la habitación. Yo lo vi, después de tales repulsas, retorcerse las manos con
desesperación, y estoy seguro de que el fastidio y el terror, que se repartían
su existencia, contribuyeron grandemente a acelerar su infeliz muerte.
En todo el tiempo que vivió con nosotros el capitán
no hizo el menor cambio en su vestimenta. Habiéndosele caído una de las alas de
su sombrero, no se ocupó de volver a su lugar primitivo aquel colgajo, que era
para el una molestia, sobre todo cuando hacía viento. Recuerdo la miserable
apariencia de su jubón, que remendaba el mismo en su habitación, y que antes de
su muerte no era ya más que remiendos. Jamás escribió ni recibió carta alguna
ni se dignaba hablar a nadie que no fuese los vecinos que el conocía por tales,
y hacíalo solamente cuando bullían en su cabeza los vapores del alcohol. En
cuanto al cofre que ha a traído consigo, ninguno había logrado verlo abierto.
Sólo una vez se le vio realmente enojado y sucedió
poco antes de su triste muerte, en ocasión en que la salud de mi padre iba
declinando en la pendiente que acabó por llevarlo al sepulcro. El doctor
Livesey había venido con cierto retardo, esa tarde, con el objeto de ver a su
enfermo; tomó alguna ligera comida que le ofreció mi madre y entró en la sala
para fumar su cigarro, mientras le traían su caballo desde el pueblo, porque en
la posada carecíamos de caballeriza. Yo fui tras el, y recuerdo haber observado
el contraste que ofreció a mis ojos aquel doctor fino y aseado, de cabellera
empolvada, blanca como la nieve, de vivísimos ojos negros y maneras gratas y
amables, con aquellos retozones palurdos del campo; y, más que todo, con el
sucio, enorme y repugnante espantajo de pirata de nuestra posada, que veía sentado
en su rincón habitual, bastante avanzado a aquella hora en su embriaguez
cotidiana, y recargando sus brazos musculosos sobre la mesa. De repente,
nuestro huésped comenzó a canturrear su eterna canción:
Son quince los que
quieren el cofre de aquel muerto, Son quince, joh, oh, oh!, son quince ¡viva el
ron!
El diablo y la bebida
hicieron todo el resto,
El diablo, ¡oh, oh,
oh!, el diablo, ¡viva el ron!
Al principio habíame figurado que el cofre del muerto
a, que el se refería en su canción sería probablemente aquel gran que guardaba
arriba en su cuarto, y este pensamiento se -mezclado confusamente en mis
pesadillas con la figura del esperado marino cojo. Pero cuando sucedió lo que
ahora refiero,¡ habíamos dejado de conceder la más pequeña atención al canto de
nuestro hombre, que, con excepción del doctor Livesey conocido de todos. Pude
observar, sin embargo, que al no. le
producía efecto agradable, porque le vi levantar los ojos con aire de bastante
disgusto hacía el capitán, antes -de iniciar conversación con el viejo Taylor,
el Jardinero, acerca de una n va curación para las afecciones reumáticas.
Entretanto, el capitán parecía alegrarse al sonido de su propia música, de una
gradual, hasta concluir por golpear con su mano sobre la J11 de aquella manera
brusca y autoritaria que todos nosotros estamos muy bien que quería decir:
"¡Silencio!". Todas las voces callaron a la vez, como por encanto,
excepto la del doctor L que continuó dejándose oír Imperturbable, clara y
agradable interrumpida solamente cada dos o tres palabras por las chupadas que
daba a su cigarro. El capitán lo miró fijo por algunos momentos, volvió a
golpear sobre la mesa, le una nueva mirada, más terrible todavía, y concluyó
por vociferar con, un villano y soez juramento.
-¡Silencio, allí, los del
entrepuente!
-¿Era a mí a quien usted se dirigía? -preguntó el
doctor.
Nuestro hombre contestó afirmativamente, no sin
añadir un nuevo juramento.
-No curé a usted más que una cosa -dijo el doctor-, y
es quo, si usted continúa bebiendo ron como hasta ahora, muy pronto 0¡ mundo se
verá libre de una asquerosa sabandija. Sería inútil pretender describir la
furia que se apoderó del viejo al escuchar esto. Púsose en pie de un salto,
sacó y abrió una navaja marina de gran tamaño, y balanceándola abierta sobre
la, palma de la mano, amenazó clavar al doctor contra la pared.
Éste no hizo el más leve movimiento. Tornó a hablarle
de nuevo, lo mismo que antes, por encima del hombro y con el mismo tono de voz,
sólo que un poco más alto, de manera que oyesen todos los circunstantes, pero
con la más perfecta calma y serenidad: -Si no vuelve usted esa navaja al
bolsillo en este mismo instante, le juro a usted, por quien soy, que será
ahorcado en la próxima reunión del tribunal del condado.
Siguió luego un combate de miradas entre uno y otro,
pero pronto el capitán hubo de rendirse; guardó su arma y volvió a su asiento,
gruñendo como perro que ha sido mordido. : -Y, ahora, amigo :continuó el
doctor-, desde el momento en que me consta la presencia de un hombre como usted
en mí distrito, puede estar seguro de que ni de día ni de noche se le perderá
de vista. Yo no soy solamente un médico; soy también un magistrado; así es que,
si llega hasta mí la queja más insignificante en su contra, aunque sólo sea un
rasgo de grosería como el de esta noche, sabré tornar las medidas necesarias
para que se le de caza y se le arroje a usted del país.
Poco después llegó a la puerta la cabalgadura y el
doctor Livesey partió sin dilación; contra lo que esperábamos, el capitán se
mantuvo pacífico aquella noche, y aún otras muchas de las subsiguientes.
2. Black Dog aparece y desaparece
No mucho tiempo después de lo referido en el capitulo
precedente, ocurrió el primero de los sucesos misteriosos que nos
desembarazaron, por fin, del capitán- aunque no de sus negocios, como pronto lo
verán los que continúen en esta narración. Sufría a 1a sazón. un Invierno crudo
y frío, con largas y terribles das y deshechos temporales. Mi pobre padre
empeoraba día a de tal forma que se
creía . muy remota la probabilidad de llegase a ver una nueva primavera. El
manejo de la posada ha caído enteramente en manos de mi madre y mías, y ambos
Miramos demasiado que hacer con ella pata que nos fuese da el ocuparnos
excesivamente de nuestro desagradable huésped.
Era una fría y desapacible mañana del mes de enero,
muy temprano todavía; la caleta, cubierta de escarcha, aparecía gris o
blanquecina, en tanto que la marea subía, lamiendo suavemente las piedras de la
playa, y el sol, muy bajo aún, tocaba
apenas las cimas de las lomas y brillaba allá, muy lejos, en el confín del
océano. El capitán se había levantado
mucho más temprano que de costumbre y se había dirigido hacia la playa, con su
especie de alfanje colgado bajo los anchos faldones de su vieja blusa marina,
su anteojo de larga vista bajo el brazo y su sombrero echado hacia atrás, sobre
la cabeza. Todavía me parece ver su respiración, suspensa, en forma de una
estela de humo, en el camino que iba recorriendo a largos pasos, y aún recuerdo
que el -último sonido que, oí de el cuando se hubo perdido tras de la gran
roca, fue un gran resoplido de Indignación, como sí todavía revolviese en su
ánimo el recuerdo desagradable de la escena con el doctor Livesey.
Mi madre estaba a la sazón con mí padre, en su
habitación, y yo me ocupaba en arreglar la mesa para el almuerzo, mientras
volvía el capitán, cuando repentinamente se abrió la puerta de la sala y
penetró en ésta un hombre que yo no había visto hasta entonces. Era un
Individuo pálido y encanijado, en cuya mano izquierda faltaban dos dedos y que,
aunque llevaba también su cuchillo al cinto, no tenía ni con mucho el aspecto
de hombre de armas del mar. Yo siempre estaba en acecho de marineros de una
sola pierna, o de dos; pero el que acababa de aparecérseme era, para mí, un
enigma. No tenía el aspecto de un verdadero marino, y sin embargo había en el
no sé qué aire de gente de mar.
Le pregunté, desde luego, en que podía servirle, y el
me con. testó que deseaba tomar un poco de ron; pero apenas iba yo a salir de
la. sala en busca de lo que pedía, cuando se sentó a una de las mesas, indicándome que me acercase a el. Yo me detuve,
teniendo en mi mano una servilleta.
-Ven aquí, muchacho -me repitió-, acércate más.
Yo di un paso hacia el.
-¿Es para mi camarada Bill para quien has preparado
esta mesa? -me preguntó, dirigiéndome cierta mirada extraña.
-Ignoro quién es su camarada Bill -le contesté-; esta
mesa es para una persona que se aloja en nuestra casa y a quien nos. otros
llamamos el capitán.
-Eso es -replicó él-; mi camarada Bill. Puede ser
llamado capitán o no; es lo mismo. Tiene una cicatriz en una mejilla y un modos
valientemente agradables, muy propios de el, sobre todo cuando está bebiendo.
Como señas, pues... ¿qué más? ... Te repito que tu capitán tiene una cicatriz
en un carrillo .... y si quieres más, te diré que ese carrillo es el derecho.
.. ¡Ah, bueno! Ya lo había yo dicho... ¿con que mi camarada Bill está aquí, en
esta casa?
-Ahora anda fuera -le contesté yo-; ha salido de
paseo.
-¿Por donde se ha ido, muchacho?
Señalé yo entonces en dirección de la roca,
diciéndole que el capitán no tardaría en volver; respondí a algunas otras de
sus preguntas, y entonces el añadió: -¡Ah, vamos! Esto será tan bueno como un
vaso de ron para mi querido camarada Bill.
La expresión de su cara, al decir esto, no tenía nada
de agradable, y yo tenía mis razones para pensar que aquel extraño se
equivocaba. Pero, al fin y al cabo, pensé, aquello no era negocio mío. Además,
no era asunto muy fácil el saber qué partido tomar. El recién venido se
mantenía esquivándose tras la parte interior de la puerta de la posada,
ojeando, de soslayo, en torno de su escondrijo, como gato que está en acecho de
un ratón. Una vez, salí yo hacia el camino; pero el me llamó inmediatamente, y
como no obedeciese con la celeridad por el deseada, un cambio instantáneo y
espantoso se operó en su semblante enjuto, y me repitió su orden, acompañándola
de un juramento que me hizo brincar. Tan pronto como estuve adentro, reasumió
el su primera actitud, burlona, dióme una palmadita sobre el hombro y me dijo:
-Vamos, chico, tú eres un buen muchacho, yo no he
querido más que asustarte en broma. Yo tengo un hijo de tu edad -añadió- que se
te parece como un montón a otro, y te aseguro que ya es el orgullo de mi arte.
Pero una gran cosa, para los muchachos, es la disciplina, chico... mucha
disciplina. Mira, si alguna vez hubieras tú navegado con Bill, a buen seguro
que no te hubieras quedado allí esperando que te llamaran por segunda vez; te
aseguro que no. Nunca Bill ha obrado de otro modo, ni ninguno de los que han
navegado con el. Ahora bien, si no me engaño, allí viene el camarada Bill, con
su anteojo bajo el brazo. ¡Bendito sea su viejo arte, que me permite
reconocerlo! Sea enhorabuena; tú y yo, muchacho, vámonos allá detrás, a la
sala, y nos esconderemos tras de la puerta para dar a Bill una pequeña
sorpresa; ¡y bendito sea de nuevo su arte, una y mil veces!
Al decir esto, el hombre retrocedió conmigo a la sala
y me colocó tras el, en el rincón, de manera tal que quedábamos ocultos por la
puerta abierta. Yo estaba realmente inquieto y alarmado, como es fácil
figurárselo, y añadía no poco a mis temores el observar que aquel nuevo
personaje tampoco las tenía todas consigo, Le veía aflojar la hoja de su
cuchillo en la vaina, sin que, durante todo el tiempo que duró la espera,
hubiese cesado de tragar saliva como si hubiera tenido, según la expresión
familiar un nudo en la garganta.
Por último, entró el capitán, empujó la puerta tras
de sí, 514, mirar ni a Izquierda ni a derecha, y marchó directamente, a través
del cuarto, hacia donde le esperaba el almuerzo.
Entonces mi hombre pronunció con una voz que me
pareció se esforzaba en hacer hueca y campanada, esta sola palabra:
-¡Bill!
El capitán giró rápidamente sobre sus talones y se
encaró a nosotros. Todo lo que había de moreno en su rostro había desaparecido
-en aquel momento, y hasta su misma nariz ofrecía un tinte de una lividez
azulada. Tenía el aspecto de un hombre que
ve un espectro o al diablo mismo, o algo peor, si es que lo hay, y
créaseme, bajo mi palabra, que sentí compasión por el, al verle, en tan corto
instante, ponerse tan viejo y tan enfermo.
-Ven acá, Bill, tú me conoces bien. No has olvidado a
un viejo camarada, Bill, estoy seguro de ello continuó diciendo el recién
venido.
El capitán exclamó entonces, en una especie de
boqueada penosa:
¡Black Dog
-¿Pues quién habla de ser sino el?
-replicó el otro, comenzando asentirse un poco más tranquilo-. Black Dog, al,
que, lo mismo que antes, viene aquí a la posada del "Almirante Benbow para
saludar a su viejo camarada Bill. ¡ Ah, -Bill, Bill, cuantas cosas hemos visto
juntos, nosotros dos, desde la época en que perdí estos dos
"garfios"! -añadió, levantando un poco su mano mutilada.
-Bien dijo el capitán-, ya veo que me has cazado...
Aquí ¿de qué me tienes ... ; vamos..., ¿qué quieres?...
Habla... Di..., se trata?
-Veo bien que eres el mismo -replicó Black Dog-,
tienes razón, Bill, tienes razón. Voy a tornar un vaso de ron que me traerá
este buen Chiquillo,-a quien tanto me he aficionado; en seguida nos sentaremos,
si tú quieres, y hablaremos, lisa y llanamente, como buenos camaradas que
somos.
Cuando yo volví con el ron, ya los dos se habían
sentado en cada una de las cabeceras de la mesa en que el capitán iba a
almorzar. Black Dog hablase quedado más cerca de la puerta y se le veía sentado
de lado, de modo que pudiese tener un ojo atento a su camarada antiguo, y otro,
según me pareció, a su retirada libre.
Despidióme luego, ordenándome que dejase la puerta
abierta de par en par, y añadió:
-Nada de espiar por las cerraduras muchacho, ¿entiendes?
Yo no tuve más remedio que dejarlos solos y retirarme
a la cantina del establecimiento.
Durante largo rato, por más que puse mis cinco
sentidos en percibir algo de lo que pasaba, nada llegó a mis oídos, sino un
rumor vago y confuso de conversación; pero, al cabo, las voces comenzaron a
hacerse más y más perceptibles, y ya me fue posible escuchar distintamente
alguna que otra palabra, la mayor parte de las cuales eran juramentos e
insolencias proferidos por el capitán.
-¡No, no, no, no! -le oí proferir-; ¡no!, y
concluyamos de una vez- Y después añadió: -Si hay que ahorcar, ahorcadlos a
todos; ¡y basta!
Luego, de una manera repentina, todo se volvió una
tremenda explosión de juramentos y ruidos tremebundos. Rodaron la silla y la
mesa, siguióse un chis-chás de entrechocar de aceros y luego un grito de dolor.
En ese instante pude ver a Black Dog en plena fuga y al capitán persiguiéndolo
encarnizadamente, ambos con sus cuchillas desenvainadas, y, el primero de ellos
manando abundante sangre de su hombro, izquierdo. En ese momento, al llegar a
la puerta, el capitán descargó sobre el fugitivo una tremenda y que debió ser
última cuchillada, con la cual, sin duda alguna, lo habría abierto hasta la
espina si no hubiera tropezado su arma con la enseña de nuestra posada, que fue
la que recibió el golpe, dejando una señal que es fácil ver todavía hoy en el
marco de nuestro "Almirante Benhow hacia la parte de abajo.
Aquel mandoble puso fin a la riña. Una vez afuera, y
sobre el camino público, Black Dog, a despecho de su herida, pareció decir, con
una prisa maravillosa, "pies, para qué os quiero y en medio minuto le
vimos desaparecer tras de la cima de la loma cercana. El capitán, por su parte,
permaneció clavado cerca de la enseña del establecimiento, como un hombre extrañado.
Después pasó su mano varias veces sobre sus ojos, como para cerciorarse de que
no soñaba, y, en seguida, volvió a penetrar en la casa.
-¡Jim! -me dijo-. ¡Trae ron!
Y al hablarme, se bamboleaba un poco y, con una mano,
se apoyaba contra la pared.
-¿Está usted herido? -le pregunté.
-¡Ron! -me repitió- Necesito irme de aquí... ¡Ron!
¡Ron!
Corrí a buscárselo; pero, con la excitación que los
sucesos ocurridos me habían ocasionado, rompí un vaso, obstruí la llave, y
cuando todavía estaba yo procurando despacharme lo mejor posible, escuché en la
sala el ruidoso y pesado golpe de una persona que se desplomaba. Corrí y me
encontré con el cuerpo del capitán tendido de largo a largo sobre el suelo. En
el mismo instante mi madre descendía corriendo la escalera para venir en mi
ayuda. Entre ambos levantamos la cabeza al capitán, que respiraba fuerte y,
penosamente, cuyos ojos estaban cerrados y en cuya cara parecía un color
horrible.
-Cielos, cielos santos! -gritó mi madre-. ¡Qué des re
nuestra casa, y con tu pobre padre enfermo!
Entretanto, a mí no se me ocurría la más
insignificante para socorrer al capitán, convencido de que había herido de
muerte en su encarnizado combate con aquel extraño. T ron para asegurarme de -
ello, y traté de hacerlo pasar por su ganta; pero tenía los dientes
terriblemente apretados unos contra otros, y sus quijadas estaban tan duras
como si hubieran sido de acero. Fue para nosotros entonces un grandísimo alivio
al ver abrirse la puerta y aparecer en ella al doctor Livesey, que venía a hacer
a mi padre su visita diaria.
-¡Oh, doctor! -exclamamos mi madre y yo a la vez -.
¿Qué haremos? ¿En dónde estará herido?
-¿Herido? -dijo el doctor, ¡qué va a estarlo!; ni más
ni menos que ustedes o yo. Este hombre acaba de tener un ataque, como yo se lo
había pronosticado. Ahora bien, señora Hawkins, corra usted arriba y, si es
posible, no diga usted a nuestro enfermo ni una palabra de lo que pasa. Por mi
parte, mi deber es tratar de hacer cuanto pueda por salvar la vida tres veces
Inútil de este hombre. Anda, pues tú, Jim, y trae una palangana.
Cuando volví el doctor había ya descubierto el
nervudo brazo del capitán, desembarazándolo de sus mangas. Todo el aparecía
pintado con esas figuras indelebles que se dibujan en el cuerpo los marineros y
los presidiarios. "Buena suerte decía una de sus inscripciones y, en
otras, "Vientos prósperos", "Capricho de Billy Bones" se
podía leer, en caracteres claros y cuidadosamente ejecutados sobre el
antebrazo. Un poco más arriba, cerca del hombro, se veía un esbozo de patíbulo
y, pendiente de el, un hombre ahorcado; todo, según a mí me pareció, ejecutado
con bastante destreza y propiedad.
- ¡Profético! -dijo el doctor, tocando este último
dibujo con su dedo- Y ahora, maese Billy Bones, si tal es su nombre, vamos a
ver de qué color es su sangre.
Acto continuo tomó su lanceta y con gran habilidad
picó una vena. Una gran cantidad de sangre salió antes de que el capitán
abriera los ojos y echase en torno suyo una mirada vaga y anublada. Reconoció,
luego, al doctor, a quien miró con un ceño imposible de equivocar; en seguida
me miró a mí, y mi presencia pareció aliviarle un tanto. Pero, de repente, su
color cambió de nuevo; trató de
enderezarse por sí solo e inmediatamente exclamó:
-¿Dónde está Black Dog?
-Aquí no hay ningún Black Dog -díjole el doctor-,
como no sea el que tiene usted dibujado sobre su espalda. Ha seguido usted
bebiendo ron, y, como yo se lo había anticipado, ha venido un ataque. Muy
contra mi voluntad me he visto obligado, por deber, a atenderlo, pudiendo decir
que casi he sacado a usted de la sepultura. Y, ahora, maese Bones...
-Ése no es mi nombre - interrumpió
él.
-No importa -replicó el doctor-; es el nombre de
cierto filibustero a quien yo conozco, y le llamo a usted por el en gracia de
la brevedad. Lo único que tengo que añadir es esto: un vaso de ron no le haría
a usted ningún daño; pero si usted toma uno, tomará otro, y otro después, y
apostaría mi peluca a que, si no se contiene, se morirá en muy breve tiempo...,
¿entiende usted esto? ... Se morirá y se irá al mismísimo infierno, que es el
lugar que le corresponde, como lo reza la Biblia. Ahora, vamos; haga un
esfuerzo. Yo le ayudaré por esta vez a llevarlo a su cama.
Entre los dos, y no sin trabajo, logramos llevarlo a
su cuarto, y acostarlo sobre su lecho, en cuya almohada dejó caer pesadamente
la cabeza, como si se sintiera desmayar.
-Ahora, recuérdelo bien -dijo el doctor-; para
descargo de mi conciencia debo repetirle que para usted ron y muerte son dos
palabras de un mismo significado.
Dicho esto, se alejó de allí para ir a ver a mi
padre, tomándome del brazo para que lo acompañase.
-Eso no es nada -dijo en cuanto hubo cerrado la
puerta de sí-. Lé he extraído suficiente sangre para mantenerlo por bastante
tiempo. Debe quedarse por una semana en cama; es lo menos malo para el y para
ustedes; pero un nuevo ata traería inevitablemente la muerte.
3. El disco negro
Hacía el mediodía me llegué hasta el cuarto del
capitán. Lo encontré casi en la misma posición en que lo habíamos dejado, sólo
que un poco más hacia arriba, pareciéndome al mismo tiempo, más débil y algo
excitado.
-Jim -me dijo-, tú eres el único que vale aquí algo,
y S muy bien que siempre he sido bueno para contigo. Jamás he dejado de darte,
cada mes, tu moneda de cuatro peniques. Ahora, pues, chiquillo..., mira..., yo
me siento muy abatido y abandonado de todo el mundo... Por lo mismo..., Jim...,
vamos..., Y" a traerme, ahora mismo, un vasillo de ron, ¿no es verdad?
-El doctor...comencé yo.
Pero el me interrumpió, con una voz débil aunque
animada.
Quiero saberlo. Pero soy un bendito. Yo jamás he
derrochado un buen dinero mío, ni lo he perdido tampoco. Yo sabré pagárselas
una vez más. No les tengo miedo; les soltaré otro rizo y ya los haré virar de
bordo, chico, ¡ya lo verás!
En tanto que así hablaba, habíase levantado de la
cama, aunque con gran dificultad, agarrándose -es la palabra-, agarrándose a mi
hombro con una presión tan fuerte que casi me hizo llorar, y moviendo sus
piernas como si fuesen un peso muerto. Sus palabras, que, como se ve, estaban
rebosando un pensamiento activo y lleno de vida, constrastaban tristemente con
la debilidad de la voz en que eran pronunciadas. Cuando se hubo sentado en el
borde de la cama, se detuvo un poco y, luego, murmuró:
-Ese doctor me ha hundido... los oídos me zumban...
Acuéstame otra vez.
Pero antes de que me hubiera adelantado para
complacerlo, el había caído de espaldas, en su posición anterior, en la cual
permaneció silencioso por algún rato.
Jim -me dijo al cabo-, ¿has vuelto a ver a ese
marinero?
-¿A Black Dog? -le pregunté.
-¡Ah, Black Dog! -exclamó el- Black Dog es un
perverso; pero hay alguien que es peor, que le obliga a serlo. Ahora bien; si
no fuera posible marcharme de aquí de ninguna manera, y si me envían un disco
negro, acuérdate de que lo que ellos buscan es mi viejo cofre de a bordo...
Montas en un caballo..., lo harás, ¿no es cierto?.. . montas en un caballo y
vas a ver..., pues.- si... no tiene remedio... a ese doctor del demonio y le
dirás que se de prisa en reunir a todas sus gentes.. ., magistrados y cosas por
el estilo...- y que haga rumbo con ellos y los traiga aquí, a bordo del
"Almirante Benbow". lo mismo que a todo lo que haya quedado de la
vieja tripulación de Flint, hombres y grumetes. Yo fui primer piloto, sí,
primer piloto del viejo capitán Flint, y soy el único que conoce el sitio
Verdadero. £1 me lo descubrió en Savannah, cuando estaba, como yo he estado
hoy, próximo a la muerte. Pero tú no lo denunciarás, a menos que logren hacerme
llegar su disco negro, o en caso de que vuelvas a ver nuevamente a ese Black
Dog, o a un marinero con una pierna sola...
-Pero, ¿qué significa ese disco negro, capitán?
-pregunté.
-Esto no es más que una advertencia, chico -me
contestó. Yo te lo explicaré, si ellos logran lo que quieren. Entretanto, Jim,
ten siempre tu ojo alerta, y por mi honor te juro, que tú serás mi socio a
partes iguales.
Divagó todavía un rato más. Su voz era, por
instantes, más y más débil. Le di en seguida su medicina, que el apuró como un
niño, sin hacer la más ligera observación, y añadió luego: -Si alguna vez un
marino ha querido drogas, ése soy yo, ahora.
Después de decir esto, cayó en un sueño profundo, muy
parecido al desfallecimiento, y en este estado lo dejé.
¿Qué es lo que yo debía haber hecho, entonces, para
que todo hubiera salido bien? No sé. Probablemente, debí haber contado todo al
doctor, porque el hecho es que yo me encontraba en una angustia mortal temiendo
que, cuando menos, se arrepintiera el capitán de sus confidencias y quisiera
dar buena cuenta, de mí. Pero la muerte de mi pobre padre, ocurrida aquella
noche, me obligó a dejar de lado cualquier otra cosa. Nuestra pesadumbre
natural, las visitas de los vecinos, los arreglos del funeral y todo el que
hacer de la posada, que había que desempeñar en el ínterin, me tuvieron tan
ocupado, que no tuve tiempo para acordarme del capitán y mucho menos para
pensar en tenerle miedo.
A la mañana siguiente, bajó por sí solo, según creo,
a la sala; tomó sus alimentos como de costumbre, aunque mucho menos que de
costumbre, y, en cambio, consumió mayor cantidad de ron que de ordinario, pues
el se sirvió, por su propia mano, en la cantina, enfurruñado y resoplando por
la nariz visto lo cual ninguno se atrevió a contrariarlo. Y esa noche, la
víspera del entierro, el capitán estaba tan borracho como de costumbre y era,
en verdad, una cosa escandalosa en aquella casa sumida en el luto y la
desolación, oírle cantar su eterna y horrible cantilena marina. Pero, aun
abatidos y tristes como estábamos, no dejaba de preocuparnos la idea del
peligro de muerte que sobre aquel hombre se cernía, tanto más cuanto que el
doctor había sido urgentemente llamado a mucha distancia de nuestra casa, para
asistir a un enfermo, y después de la muerte de mi padre, no volveríamos a verlo
por mucho tiempo.
He dicho que el capitán se hallaba débil, y la verdad
es que no sólo lo estaba, sino que parecía decaer más y más visiblemente en vez
de recuperar su salud. Yo veíalo subir y bajar la escalera sumamente agitado; y
ya iba de la sala a la cantina, ya de la cantina a la sala; ya medio se asomaba
a la puerta exterior de la casa como para aspirar las brisas salobres del mar,
sosteniéndose en las paredes para no caer, y respirando fuerte y aprisa como un
hombre que asciende la pendiente abrupta de una montaña. No volvió a conversar
reservadamente conmigo y yo creo que había olvidado sus confidencias; pero su
carácter se había vuelto cambiante, y, teniendo en cuenta su debilidad, más
violento que nunca. Cuando estaba ebrio, solía poner junto a sí, sobre la mesa
y desenvainado, su enorme alfanje o cuchilla. Pero, como contraste, se
preocupaba menos de los concurrentes, absorto enteramente en sus propios
pensamientos, sin hablar casi nada, pero divagando un poco. Una vez, por
ejemplo, con grandísima sorpresa nuestra, comenzó a dejar oír un canto nuevo
para nosotros: era una especie de sonatilla amorosa, de gente del campo, que el
debió haber aprendido en Su juventud, antes de que se dedicara a la carrera de
marino.
Así siguieron las cosas hasta el día siguiente al
entierro de mi padre. Como a las tres de una tarde nebulosa, helada y
desagradable, estaba hacía unos momentos parado en la puerta del
establecimiento, lleno de tristes y desconsoladoras ideas acerca de pobre
padre, cuando noté que alguien se acercaba por el camino lentamente. Era un
hombre al parecer ciego, porque tanteaba delante de sí con un palo y llevaba
puesta sobre sus ojos y nariz una gran venda verde. Elevaba una pronunciada
joroba, que podía ser por efecto del peso de años o de alguna enfermedad. Ve
una vieja y andrajosa capa marina con un capuchón, que le daba un, aspecto
deforme y horroroso. Yo nunca he visto, en mi y U" figura más horripilante
y espantosa que aquélla. Detúvose un Instante cerca de la posada y, levantando la
voz en tono de canturria extraña y gangosa, lanzó al viento esta súplica:
-¿Querrá algún alma caritativa informar a un
pobrecito ciego que ha perdido el don preciosísimo de la vista en defensa
voluntaria de su patria, Inglaterra (así bendiga Dios al rey Jorge), en dónde o
en qué parte de este país se encuentra ahora?
Está usted en la posada del "Almirante Benbow".
caleta d1 Plack Hill buen hombre -le
dije yo.
- Oigo una voz, una voz de joven -me replicó el-.
¿Quisiera usted darme su mano y guiarme adentro, mi bueno y amable niño?
Tendíle mi mano y, rápidamente, aquella horrible
criatura sin vista que tan dulcemente hablaba se apoderó de ella e una garra.
Asustéme tanto que pugné por desasirme; pero e me atrajo hacia sí con una sola
contracción de su brazo.
-Ahora, muchacho -díjome-, llévame adonde está el
Señor -le contesté-, bajo mi palabra, le aseguro que no me atrevo.
¡Oh! -replicó el con una risita burlona-, llévame en
el acto, o te destrozo el brazo.
Y así diciendo, aumentó la presión de su mano de
manera tan brutal que me obligó a lanzar un grito.
-Señor -añadí entonces-, si no me atrevo, es por
usted. El capitán ya no es el mismo... Ahora tiene siempre junto a sí una
cuchilla desenvainada. Otro caballero...
-¡Vamos, vamos, en marcha! -me interrumpió el ciego,
con voz tan áspera, tan fría, tan ingrata y tan espantosa, como no he vuelto a
oír jamás otra en mi vida. Me atemorizó más todavía que el dolor que antes
había sentido, así es que, sin vacilar, le obedecí, llevándolo directamente
hacia la sala, en donde nuestro filibustero permanecía sentado, entregado a su
placer favorito.
El ciego se mantenía junto a mí, sujetándome con su
mano formidable, y dejando cargar sobre mí más peso de su cuerpo del que yo
podía, razonablemente, soportar.
-Llévame derecho adonde está el -Me repitió- y cuando
esté yo a su vista, grítale: "Bill, aquí está uno de sus amigos". Si
no lo haces así, Yo te repetiré este juego.
Y diciendo esto volvió a retorcerme el brazo de una
manera tan brutal y dolorosa, que creí que iba a desmayarme. Fue tal el terror
que sentí por el mendigo ciego, que me olvidé de mi antiguo miedo al capitán, y
tan pronto como abrí la puerta de la sala, exclamé, como me había ordenado:
-¡Bill, aquí está uno de sus amigos!
El pobre capitán levantó los ojos y bastó una sola
mirada para que huyeran de su cabeza los humos que el ron había alojado en ella
y se pusiera de todo punto natural y despejado. La expresión de su rostro no
era tanto ya de terror como de mortal y angustiosa agonía. Hizo un movimiento
para ponerse en pie, pero no creo que le quedaban fuerzas suficientes para
realizarlo. -Veamos, Bill -díjole el mendigo-: no hay por qué incomodarse;
quédate allí sentado en donde estás. Aunque no puedo ver puedo oír, sin
embargo, hasta el movimiento de un dedo. No hablemos mucho; vamos al asunto;
negocio es negocio. Levanta tu mano izquierda..., muchacho, toma su mano
izquierda por la muñeca y acércala a mi mano derecha.
Ambos obedecimos como fascinados, al pie de la letra,
y noté, entonces, que el ciego hacía pasar a la del capitán algo que traía en
la mano misma con que empuñaba su bastón. El capitán apretó y cerró aquello en
la suya nerviosa y rápidamente.
-¡Ya está hecho! -dijo entonces el ciego, y al
pronunciar estas palabras, se desasió de mí bruscamente, y con increíble
exactitud y destreza, salió, de por sí, fuera de la sala y se lanzó al camino
real, sin que yo hubiera podido todavía moverme del sitio en que me hallaba,
como petrificado, cuando ya se había perdido, a lo lejos, el tap-tap de su caña
tanteando, a distancia, sobre la vía por donde marchaba.
Pasó algún tiempo antes de que el capitán y yo nos
recuperamos; pero al cabo, v casi en el mismo instante, solté su puño; lanzó el
una mirada ansiosa a lo que tenía en la palma (le la mano y, en seguida,
exclamó, poniéndose violentamente de pie: -¡A las diez!... ¡Aún es tiempo!
Al decir esto y al ponerse en pie, vaciló como un
hombre ebrio, llevose ambas manos a la. garganta, se quedó oscilando por un
momento y, luego, con un extraño ruido se desplomó cuan largo era, dando con su
rostro en el suelo.
Yo me precipité hacia el, llamando a gritos a mi
madre. Pero todo apresuramiento era vano. El capitán yacía exánime, fulminado
por un ataque de apoplejía.
¡Cosa extraña y curiosa! Yo, que no había sentido
jamás cariño por aquel hombre, aun cuando en sus últimos días me inspirase una
gran compasión, tan pronto como comprobé su muerte, rompí en un verdadero
torrente de lágrimas. Aquélla era la segunda muerte que yo veía, y el dolor de
la primera estaba todavía demasiado reciente en mi corazón.
4. El cofre del muerto
Me faltó tiempo entonces para hacer lo que debía
haber hecho mucho tiempo antes, y fue contar a mi madre todo lo que sabía.
Luego de un breve análisis de la situación, vi que nos encontrábamos en una
posición sobre manera difícil. Parte del dinero de aquel hombre -si alguno tenía-
nos lo debía; pero no era muy presumible que por pagar las deudas del difunto
los extraños y siniestros camaradas del capitán, sobre todo aquellos dos que ya
me eran conocidos, consintieran en deshacerse de parte del botín que pensaban
repartirse. Cumplir la orden que el capitán me, había dado, corno se recordará,
de que saltase al punto sobre un caballo y corriese en busca del doctor
Livesey, hubiera dejado a mi madre sola y sin protección, por lo cual no había
que pensar en ello. Lo cierto es que no nos era posible a ambos el permanecer
mucho tiempo en la casa; los rumores más Insignificantes, como el carbón
cayendo en la hornilla del fogón de la cocina, el tic-tac del reloj de pared y
otros por el estilo, nos llenaban de terror supersticioso. Un ruido apagado de
pisadas cautelosas que se acercaban a las inmediaciones de la posada, llenaba
el ambiente tétrico y así, entre el cadáver del pobre capitán yaciendo sobre el
Piso de la sala, y el recuerdo de aquel detestable y horroroso pordiosero
ciego, rondando, quizá muy cerca y, tal vez, pronto a volver, momentos había en
que, como suele decirse, no me llegaba la camisa al cuerpo. Era preciso adoptar
una resolución inmediata, cualquiera que fuese, y, al fin, se nos ocurrió irnos
juntos y pedir socorro en la aldea cercana.
Era ya noche cerrada cuando llegamos a la aldea, y
jamás olvidaré lo mucho que me animó el ver, en puertas y ventanas, el brillo
amarillento de las luces; aunque, ¡ay!, como después se vio, aquél era el único
auxilio que podíamos esperar por aquel lado. Porque no hubo un solo -por más
vergonzoso que esto sea para aquellos hombres-, no hubo quien consintiera en
acompañarnos de vuelta a la posada. A medida que detallábamos nuestras
desgracias, veíamos que hombres, mujeres y niños se aferraban más en quedarse
al abrigo de sus hogares. El nombre del capitán Flint, por más que para mí era
completamente extraño, era bastante conocido para algunos de aquellos
campesinos y bastaba el sólo para llevar el terror a sus corazones. Algunos de
aquellos hombres, que habían estado trabajando en el campo, en las cercanías
del "Almirante Benbow", recordaban, además, haber visto a varios
extraños, en el camino y tomándolos por contrabandistas, los habían obligado a
alejarse; otros aseguraban haber visto una especie de bote de vela cuadrada en
la parte de la costa que llamamos Caleta del Gato. Por lo visto, la sola
mención de un simple camarada del
capitán era suficiente para producir un terror mortal a aquellas gentes. Y si
bien después de muchas vueltas revueltas encontramos a algunos dispuestos a
montar e ir a p Venir al doctor Livesey de lo que sucedía,- debido a que tenía
que ir en dirección contraria a la posada, lo cierto es que ninguno quiso venir
a ayudarnos a defenderla.
Se dice que el miedo es contagioso; pero, en cambio,
la elocuencia posee fuerza de convicción, así que, cuando cada uno hubo
expresado su opinión, mí madre les dirigió un pequeño discurso.
-Yo declaro- dijo-, entre otras cosas- que jamás
consentiré", en perder dinero que pertenece a mí hijo huérfano, y si
ninguno de ustedes se atreve a ayudamos, Jim y yo nos atreveremos a todo. Ahora
mismo nos volveremos por donde hemos venido, y pocas gracias doy a ustedes,
camastrones, desentrañados, corazones de conejos. Solos abriremos esa maleta;
aunque nos cueste la, vida ese atrevimiento. Gracias mil a usted, señora
Crossley, por este saquillo que me ha prestado, en el cual traeré mi "muy
mío", y muy legítimo dinero.
Es Indudable que ratifiqué que Iría con mi madre, y
lo es también que todas aquellas gentes protestaron contra nuestra temeridad;
pero, con todo, no hubo uno sólo que se resolviera a acompañamos. Todo lo más
que hicieron fue darme una pistola cargada" por si acaso nos atacaban, y
prometernos que tendrían listos los: caballos ensillados para el caso de que
fuésemos perseguidos en nuestra vuelta. Mientras, un muchacho corría en busca
del doctor, para pedir auxilio armado.
Mi corazón latía violentamente cuándo mí madre y yo
retornábamos, en medio de aquella noche helada, para afrontar tan temible y
peligrosa aventura. La luna llena comenzaba a levantar su disco rojizo sobre
las vagas siluetas de las nieblas del horizonte, cual nos Incitaba a acelerar
el paso, porque no tardaría en que. dar todo Inundado de una diáfana claridad y
nuestra partida queda. r expuesta, por lo mismo, a los ojos vigilantes de
nuestros enemigos. Deslizándonos cautelosamente a lo largo de los setos y
vallados sin hacer el menor ruido, y sin ver ni oír nada que aumentase nuestras
zozobras, logramos, con gran consuelo nuestro que la puerta de la posada se
cerrara tras de nosotros. Corrí instintivamente el cerrojo tan pronto como
entramos, y nos quedamos por un momento en medio de la oscuridad, Jadeantes y
palpitantes, sin más compañía que el cadáver del capitán. Mi madre fue al
mostrador y tomó una bujía y, asidos ambos de las manos Introdujimos en la
sala.
-Corre las persianas, Jim -murmuró mi madre-; podría
suceder que viniesen a espiarnos desde afuera. Y ahora -añadió, cuando su orden
fue ejecutada-, tenemos que buscar la llave de eso y veremos quién es el que lo
caza.
Púseme de rodillas inmediatamente. En el suelo, muy
cerca de la mano del difunto, me encontré un disco pequeño de papel,
ennegrecido de un lado. No dudé de que esto era el disco negro a que el se
había referido, y, levantándolo, encontré escrito, al otro lado, en letra muy
buena y muy clara, esta intimación lacónica: "Se le da a usted de plazo
hasta las diez de esta noche".
-Le dieron de plazo hasta las diez, madre -dije, y no
bien acababa de pronunciar estas palabras, cuando nuestro viejo reloj crujió y
comenzó a sonar pausadamente sus campanadas haciéndonos estremecer con un
movimiento involuntario.
-¡Una..., dos..., tres..., cuatro..., cinco..., seis!
¡Las seis! Son las seis; apenas... tenemos tiempo, Jim -dijo mi madre. Ahora,
veamos; ¡esa llave!
Busqué en cada uno de sus bolsillos; algunas pequeñas
monedas, un dedal, un poco de hilo, agujas gruesas, un pedazo de tabaco de
pipa, su navaja de mango corvo, una brújula de bolsillo y una cajita con
eslabón y yesca, fue todo lo que encontré.
-Tal vez la tenga colgada al cuello -sugirió mi
madre, al notar mi desconcierto.
Sobreponiéndome a una gran repugnancia, me resolví a
abrirle la camisa, y allí, suspensa de un sucio cordoncillo embreado que me di
prisa a cortar con su propia navaja, estaba la llave que buscábamos. Esta
primera victoria entonó nuestro valor y llenos de esperanza nos apresuramos a
subir a la habitación del difunto, en la que había dormido por tan largo tiempo
y en la cual su cofre de a bordo había permanecido desde el día de su llegada.
Era una maleta de marino común y corriente, sólo que
por fuera llevaba esta inicial: B, hecha con un hierro candente, y las esquinas
aparecían un poco rotas y estropeadas, debido, tal vez a un uso largo y poco
cuidadoso.
-Dame esa llave -dijo mi madre; y a pesar de que la
chapa estaba muy dura, la abrió y levantó la tapa de la maleta en un abrir y
cerrar de ojos.
Un fuerte olor a tabaco y a brea salió inmediatamente
del interior; pero nada pudimos ver en el compartimento de arriba, con
excepción de un traje de muy buena tela cuidadosamente cepillado y doblado,
que, según dijo mi madre, jamás debió haber sido usado. Bajo de el comenzaba la
miscelánea: un cuadrante, una cajilla de hojalata, varios palillos de tabaco, dos
pares de muy buenas y hermosas pistolas, un trozo de lingote de plata, un
antiguo reloj español y algunas otras baratijas de poco valor, en su mayor
parte de estructura extranjera; un par de brújulas montadas en latón y cinco o
seis extrañas y curiosas. conchas de los mares de las Indias Occidentales. Con
frecuencia he pensado después, para qué había traído y guardado aquellos
mariscos en el transcurso de su azarosa, culpable y agitada vida.
Entretanto, no habíamos encontrado nada de valor,
excepto la barrilla y las baratijas de plata, que, por cierto, no era lo que
buscábamos. Debajo había un viejo capote de a bordo, blanqueado.., con las
sales marinas, que mi madre levantó con impaciencia, des. cubriendo a nuestra
vista las últimas cosas que contenía la maleta, gran éstas: un paquete o legajo
de papeles, envueltos cuidadosamente en tela impermeable, y una talega de
cáñamo, que nos bastó agitar para que su sonido nos dijese que contenía oro.
-Yo les probaré a esos pícaros -prorrumpió mi madre-
que soy tina mujer honrada. Tomaré de aquí lo que se nos debe y ni un solo
penique más. Ten el saquito de la señora Crossley.
- Y diciendo esto, comenzó a contar escrupulosamente
el monto de lo adeudado, pasando las monedas de la talega del capitán al
saquillo que yo sostenía abierto con mis manos.
Fue aquélla una operación larga y difícil, porque las
monedas eran de todos los países y de todos los cuños Imaginables; doblones y
liudes de oro, guineas y piezas de a ocho, y no sé, cuántas otras más todas
mezcladas y en montón. Las guineas, además, escaseaban y ellas eran las únicas
con que mi madre sabía contar.
Habríamos llegado a la mitad de nuestra tarea, cuando
súbitamente tuve que poner mi mano sobre el brazo de mi madre e Imponerle
silencio, porque acababa de oír un rumor que hizo que el corazón me latiera de
nuevo hasta querer salírseme por la boca; era el formidable tap-tap del bastón
del ciego mendigo golpeando sobre la superficie helada del camino. 01 que se
acercaba más y más, en tanto que nosotros procurábamos contener hasta la
respiración. Por fin golpeó con firmeza la puerta de la posada y luego oímos,
distintamente, que hacía jugar la perilla de fuera de la cerradura y el cerrojo
crujía con los esfuerzos que aquel miserable hacía para entrar. Hubo -un
silencio largo y angustioso, tanto fuera, como dentro de la casa. Por fin, el
tap-tap del bastón comenzó de nuevo y, con alegría indescriptible de nuestra
parte, acabó extinguiéndose a lo lejos lentamente, hasta que, por último cesó
por completo.
-Madre -le dije yo-, tome, usted todo de una vez y
vámonos. Parecíame que la puerta, con el cerrojo cerrado, debió de excitar las
sospechas de aquel hombre y que, probablemente, nos echaría encima a todo su
nido de gavilanes. Por lo demás, nadie que no se haya visto en presencia de
aquel terrible ciego, puede explicarse cuánto me felicité `de haber tenido
antes la ocurrencia de correr el cerrojo cuando entramos.
Empero mi madre, azorada como estaba, no quiso tomar
ni un céntimo más de lo que se nos debía; pero tampoco uno menos.
-Todavía no han dado las siete -dijo-; falta mucho
aún; yo sé lo que me corresponde y lo que quiero a todo trance.
Aún discutía conmigo cuando un ligero silbido llegó
hasta n otros, lanzado a buena distancia sobre la loma. Aquello era tanto y más
que bastante para nosotros dos.
-Me llevaré lo que he contado -dijo mi madre -y yo
tomo esto para redondear la cuenta -agregué, apoderándome del lío de papeles
envueltos en tela impermeable.
Un instante después ambos bajábamos a toda prisa la
escalera, dejando la vela junto al cajón vacío, y no tardamos sino pocos
segundos en abrir la puerta exterior y ponernos en plena retirada. Un minuto
más de dilación y hubiera sido ya demasiado tarde. La niebla se estaba
desbaratando rápidamente y ya la luna brillaba con toda claridad en la parte
elevada del terreno, a uno y otro lado nuestro, y apenas si quedaba ya un tenue
velo a la orilla de la hondonada y las puertas de la taberna, para favorecer
con su gasa, todavía no rota, los primeros pasos de nuestra fuga. Mucho antes
de que hubiéramos podido llegar a la mitad del camino que lleva a la aldea, muy
poco más allá del pie de la loma, debíamos penetrar forzosamente, en el espacio
claro y descubierto alumbrado por la luna. Pero eso no fue todo: el rumor de
pasos numerosos que se acercaban en tropel llegó hasta nuestros oídos, y, al
mirar en dirección a ellos, pudimos notar, a causa de las oscilaciones de una
lucecilla y de su rápida aproximación, que uno de los que se acercaban traía
una linterna.
-Hijo mío -díjome mi madre de repente-, toma el
dinero y escápate corriendo. Yo siento que voy a desmayarme.
Pensé que era el fin de todo para nosotros. ¡Cuánto
execré en aquel momento la cobardía de. los vecinos, cuánto no desaprobé a mi
pobre madre por su honradez y su avaricia, lo mismo que por su pasado
atrevimiento y su extrema debilidad, en aquella hora! Para nuestra gran
fortuna, en aquel instante nos encontrábamos sobre el pequeño puente; yo la
sostuve lo mejor que pude, vacilante como estaba, hasta la extremidad de la
ribera, en donde exhaló un suspiro y se dejó caer sobre mi hombro. No podré
decir ahora cómo encontré en mí fuerzas bastantes para hacer lo que hice en
aquellas criticas circunstancias, y aun me temo que lo que ejecuté lo llevé a
cabo con cierta brusquedad; el hecho es que logré fuerzas para hacerla bajar
conmigo el paredón de la hondonada, casi arrastrándola y colocándonos bajo el
arco del mismo puente. Nada más pude hacer después de esto, porque el
puentecillo era demasiado bajo para permitirnos otra cosa que el acurrucarme a
mí debajo de el, dejando a mi madre casi enteramente afuera; pero quedando
ambos a tan corta distancia de la posada, podíamos oír claramente lo que se
hablara en ella.
5. El fin del mendigo ciego
Mi curiosidad, empero, pudo más que mis temores;
comprendí que el permanecer allí no me traía más utilidad que la de pasarme
agazapado Dios sabe cuánto tiempo, por lo cual trepé, como pude, una vez más,
al paredón del barranco, y, ocultando mi cabeza entre las retamas, pude
colocarme en posición de dominar desde allí toda la parte del camino que paga
frente a nuestra puerta. Apenas había logrado acomodarme, cuando nuestros
enemigos comenzaron a llegar en número de siete u ocho, a toda carrera,
golpeando desacompasadamente los pies en el sendero y trayendo a la vanguardia
al hombre de la linterna. Tres hombres corrían juntos, tomados de las manos, y
yo comprendí, luego, aun a través de la niebla, que el que formaba el centro
del trío no era otro que mi formidable mendigo ciego. Un momento después, su
voz me probó que no me había equivocado.
-¡Abajo la puerta! -gritó.
-¡Bien, bien, señor! -contestaron dos o tres de los
asaltantes, los cuales se precipitaron en tropel sobre la puerta de la posada,
seguidos por el hombre de la linterna; pero luego los vi detenerse y cambiar
algunas palabras en voz baja, como sorprendidos de haber encontrado abierta la
misma. entrada que se proponían forzar. Pero su sorpresa fue pasajera; el ciego
volvió a lanzar órdenes, oyéndose su voz más fuerte y más levantada, como si se
sintiera encendido por un grande anhelo y una violenta rabia al mismo tiempo.
-¡Adentro, adentro, adentro! -les gritaba,
profiriendo maldiciones y juramentos por lo que a el le parecía tardanza.
Cuatro o cinco se apresuraron a obedecer,
permaneciendo dos, en el sendero al lado de aquel mendigo formidable. Hubo
otra, pausa, no muy larga, y tras ella resonó una exclamación de sorpresa,
seguida por una voz que clamó desde adentro: ¡Bill ha muerto!
Pero el ciego, lanzóles un tremendo y nuevo
juramento, por su poca diligencia, añadiendo: -Regístrelo alguno de ustedes,
tramposos, vagabundos, ¡y los demás, arriba y a bajar la maleta!
Hasta mi escondite llegaba el ruido de las pisadas de
aquellos hombres en los peldaños de madera de nuestra escalera; por tanto, es
seguro que la casa entera debía retemblar con ella. En el momento se siguieron
nuevas exclamaciones de sorpresa: la ventana del cuarto del capitán fue abierta
de par en par con un empujón violento, acompañado de ruido de vidrios que se
rompían. Un hombre apareció en ella, iluminado por la luz plena de la luna, y
se dirigió al mendigo ciego, que se encontraba, como he dicho, en el camino, y,
precisamente, debajo de la ventana recién abierta.
-Pew -le gritó-, nos han ganado de mano. Alguien ha
registrado la maleta.
-¿Está eso allí? -preguntó.
-El dinero, sí -contestó el de
arriba.
-¡Carguen mil diablos contigo y el dinero! Lo que yo
pregunto es si está el manuscrito de Flint, ¡bergante!
-Por lo que he visto no hay nada -replicó el otro.
-Bueno; bajen y vean si está sobre el cadáver de
Bill.
En ese momento, otro de la partida, probablemente el
que se había quedado en la sala registrando el cuerpo del capitán, apareció en
la puerta de la posada, diciendo: -Bill ya ha sido registrado; no han dejado
nada sobre el.
-Han sido las gentes de la posada, ha sido ese
muchacho. De buena gana le hubiera arrancado los ojos -rugió el ciego Pew. No
ha mucho que estaban aquí todavía; la puerta tenía cerrojo puesto cuando yo
quise entrar. ¡A registrar, muchachos, a registrar y a encontrarlos!
Siguióse entonces una infernal batahola, un vaivén
indecible dentro de la casa; ruidos de pisadas resonaban de un lado y otro;
rumor de muebles arrojados al suelo; puertas abiertas a puntapiés; hasta las
rocas repitieron, con sus ecos, aquel ruido infernal. Vióse entonces a todos
aquellos hombres salir al camino, uno tras del otro, declarando que nada les
quedaba que registrar y que, seguramente, no estábamos ocultos dentro de la
casa. En aquel instante, el mismo silbido que tanto nos había alarmado a mi
madre y a mí cuando contábamos el dinero del difunto capitán volvió a oírse
clara y distintamente, en medio de la noche; pero, en esta ocasión, repetido
dos veces. Yo había creído que ese sonido era algo como la trompeta del ciego,
ordenando con ella a su tripulación lanzarse al abordaje; pero entonces
comprendí que -no era sino una señal soltada sigilosamente del lado de la loma
en dirección de la aldea, y, según el efecto que ella produjo en nuestros
filibusteros, era un aviso preventivo de algún peligro cercano.
-Dirk ha silbado -dijo uno-, ¡y dos veces! ¡Tenemos
que ponernos en guardia!
-¡Pon en guardia al infierno malandrín! -gritóle
Pew-. Dirk siempre ha sido un cobarde y un tonto, y ustedes no deben hacerle
caso. Esas gentes deben estar por aquí, muy cerca, las tenemos a mano, con
seguridad. Revolvedlo y registradlo todo ... ¿A qué hemos venido, si no, perros
de Satanás? ¡Oh!, ¡por la vida del diablo! ... ¡Si tuviera yo mis ojos! ...
Estas exclamaciones parecieron producir algún efecto,
pues dos de los de la banda comenzaron a registrar aquí y acullá, entre las
duelas y trastos que había por afuera; pero con poca resolución, según me
pareció, Y siempre teniendo un ojo listo para escapar al peligro que temían,
mientras que los restantes estaban aún indecisos y vacilantes en el camino.
-¡Ah, imbéciles! -exclamaba el ciego-; tienen ustedes
las manos puestas sobre millones, ¡y están ahí como idiotas, con los brazos
cruzados! Todos ustedes pueden hacerse en un momento tan ricos como reyes con
sólo encontrar eso, que muy bien saben que está por aquí, a su alcance, ¡y
ninguno quiere hacer su obligación! ¡Bergantes! ¡Bergantes! Ninguno de ustedes
se atrevió a presentarse a Bill, y tuve que hacerlo yo..- ¡un ciego! Pues bien,
no quiero perder la parte que me corresponde por culpa de ustedes. ¡Qué! ¿Voy a
seguir siendo toda la vida un pordiosero que se arrastra chicaneando y
trampeando por un miserable vaso de ron, cuando debo y puedo rodar en coches
magníficos? ¡Si esas gentes se volvieran ojos de hormiga todavía deberían
ustedes encontrarlas!
-Cierra tu escotilla, Pew -gruñó uno de los bandidos-
Por lo menos, hemos pescado los doblones.
-Es seguro que ellos habrán escondido bien el maldito
lío -saltó otro-; pero no perdamos tiempo, toma tú los Jorges[1], Pew, y no estés ahí
chillando.
Chillando era la palabra exacta, y, al oírla, la mal
contenida cólera del ciego hizo explosión, excitada ya por las objeciones
precedentes, tan furiosamente, que su excitación se sobrepuso a todo; as! fue
que, empuñando su grueso bastón, arremetió con el a sus secuaces, golpeando con
rabia a derecha e izquierda, a pesar de su ceguera, llegando hasta mí los
tremendos golpes que descargaba sobre los que no podían ponerse fuera de su
alcance.
Éstos, a su vez, respondieron vomitando las más
horribles injurias y amenazas sobre el perverso ciego y se lanzaron sobre el
pretendiendo apoderarse del garrote.
Esta riña fue, para nosotros, la salvación, pues
todavía estaban aquellos hombres empeñados en ella cuando el nuevo ruido del
galope tendido de varios caballos se dejó oír hacia la cumbre de la loma, por
el lado de la aldea. Casi en el mismo instante percibiose simultáneamente, la
luz y el trueno de un pistoletazo que partió del lado del vallado. Aquélla era,
evidentemente, la última señal de peligro, porque los filibusteros se pusieron
en fuga al instante, en precipitada carrera. Todos corrieron en dirección
diferente; rumbo al mar; otros hacia la caleta; otros, oblicuamente, por la
loma, y así los demás, de tal manera que, en menos tiempo del que necesito para
contarlo, no quedaban ya ni trazas de ellos, excepto el ciego Pew. En cuanto a
éste, lo habían abandonado, no sabré decir si por el pánico que de ellos se
apoderó o en venganza de sus injurias y garrotazos. El hecho es que el estaba
allí, detrás de todos, tanteando el camino con su bastón, loca y
desesperadamente, y llamando a gritos a sus camaradas fugitivos., Finalmente,
tomó por la peor dirección para el, rumbo a la aldea, y pasó a muy pocos pasos
de mi escondite, clamando frenéticamente: -¡Juanillo, Black Dog, Dirk! -y otros
nombres más- Ustedes no dejarán aquí a su viejo Pew; compañeros ... ¡no dejarán
a su pobre Pew!
En aquel instante el ruido de los caballos llegó a la
cumbre, y cuatro o cinco jinetes aparecieron sobre la loma, alumbrados por la
luna y se precipitaron, a galope tendido, por el declive.
Comprendió entonces Pew su error; trató de volverse,
prorrumpió en una maldición, y se dirigió hacia la zanja, en la cual rodó. En
un segundo ya se había puesto en pie nuevamente e intentaba escapar; pero, descarriado
ya como estaba, no hizo más que colocarse precisamente bajo el más próximo de
los caballos que se acercaban. El jinete trató de evitarlo, pero fue en vano.
El mendigo cayó, atropellado por el bruto, que le echó por tierra y estampó
sobre el despedazándolo, entre sus cuatro herrados y poderosos cascos. Pew dejó
oír un grito horrible y angustioso, que se perdió en el silencio trágico de la
noche; cayó sobre un costado, giró luego débilmente con el rostro a tierra, y
no volvió a moverse.
Yo me enderecé entonces y saludé cortésmente a los
jinetes, que retrocedían horrorizados, por el accidente ocurrido. No tardé en
darme cuenta de quiénes eran ellos. Uno, que venía detrás de todos, era el
muchacho que había ido a la aldea en busca del doctor Livesey; los demás eran
aduaneros o guardas fiscales que aquél habla encontrado en su camino y con los
cuales se había entendido para regresar sin pérdida de tiempo. La noticia de
aquella extraña barca de vela cuadrada surta en la Caleta del Gato había
llegado hasta el inspector Dance, que había resuelto hacer una excursión
aquella noche en dirección a nuestras playas, circunstancia sin la cual es
seguro que mi madre y yo habríamos perdido la vida.
En cuanto a Pew, estaba muerto. Por lo que hace a mi
madre a quien condujimos a la aldea, algunos baños de agua fría y algunas sales
que le hicimos aspirar, le volvieron por completo conocimiento; y, aunque quedó
enteramente exhausta por sus terrores, continuaba deplorando el resto del
dinero que no quiso tomar. En el ínterin, el Inspector apresuró su marcha tanto
cuanto p en dirección a la Caleta del Gato; pero sus guardas tenían desmontar e
ir marchando a tientas por las escabrosidades de cañada, llevando del ronzal a
los caballos, algunas veces conteniéndolos y, cautelosamente, con el temor de
una emboscada. No pues ninguna sorpresa el que, cuando llegaron al lugar en que
bien que la barca estaba fondeada, ésta se hubiera hecho ya a mar, el bien
estaba aún a cortísima distancia de la playa. No obstante la voz del Inspector
pudo llegar hasta los fugitivos, uno de los cuales le gritó que se quitase de
la luz de la luna, porque p r Ir a saludarle un poco de plomo. No acababa de
apagarse el eco de esta intimidación, cuando silbó una bala de mosquete rozando
e el brazo de Dance, y, acto continuo¡ la embarcación dobló la punta de la
caleta y desapareció. El Inspector se quedó, según su propia expresión,
"como pez. fuera del agua” y lo único que pudo hacer fue enviar un hombre
a Bristol para prevenir el posible arribo de aquella falúa, lo cual en su
opinión era lo mismo que nada. n conseguido salvarse -añadió-, y la cosa ha
concluido allí. Me alegro, eso sí mucho, de que hayamos terminado con maese
Pew, que, de no ser así, ya hubiera recibido noticias mías.
Volvime con 61 a la posada del "Almirante
Benbow". Nadie podrá imaginarse el, cuadro de desolación, que encontré en
nuestra casa. El reloj, con su gran caja de madera, había sido arrojado, al
suelo por aquellos bárbaros en su desesperada cacería, de, la, cual ¡ni madre y
yo éramos presa codiciada, y aun cuando nada se habían llevado, a excepción del
talego con el dinero del capitán y algunas monedas de plata de nuestra gaveta,
pude hacerme cargo, desde la primera ojeada, de que estábamos arruinados. El
inspector Dance no podía hacer nada para remediar aquel caos.
-Bueno, Jim. -díjome-; tú afirmas que ellos tomaron
el dinero, ¿no es así? Entonces, ¿qué fortuna era la que buscaban aquí? ¿Más
dinero, tal vez?
-No, señor, creo que no era dinero -le contesté-; yo
creo tener aquí, en la bolsa del pecho de mi jubón, lo que ellos buscaban, y
quisiera depositarlo en un lugar seguro.
-¿Para ponerlo a salvo, muchacho? Me parece muy bueno
-dijo-. Yo me lo llevaré, si tú quieres ...
-Yo pensaba tal vez que el doctor Livesey... comencé
yo.
-¡Excelente! ¡Magnífico! -me interrumpió el en muy
amable tono-; tu idea es inmejorable; el es todo un caballero y todo un
magistrado. Y, ahora que pienso en ello, yo también debo ir allá a dar cuenta,
ya sea a el, ya al caballero Trelawney, de la muerte de ese maese Pew, que ya
no tiene remedio. Y, no es que yo la deplore, no; sino que las gentes poco
benévolas podrían recriminar por ella a un oficial del fisco de Su Majestad, si
recriminación cupiese en este caso. Ahora, pues, Hawkins, si tú quieres, puedo
llevarte conmigo.
Le di cordialmente las gracias por su ofrecimiento, y
nos fui a pie a la aldea, en donde estaban los caballos. Mientras ponía al
tanto a mi madre de lo que iba a hacer, ya las cabalgaduras estaban ensilladas.
-Dogger -dijo el señor Dance-; tú llevas ahí un buen
caballo; pon a este chiquillo en ancas.
No bien hube yo montado y asídome al cinturón de
Dogger, el inspector dio la señal de partida, y toda la caravana se puso en
movimiento, saliendo al camino, a un trote bastante vivo y cruzando el puente
que nos sirvió de escondite, con rumbo a la casa del doctor Livesey.
6. Los papeles del capitán
Caminamos bastante de prisa hasta que, por fin, nos
detuvimos a la puerta de la casa del doctor Livesey, que permanecía
exteriormente oscura.
El inspector Dance me dijo que me apeara y llamase a
la puerta, y Dogger me dio uno de sus estribos para que bajara por el. La
puerta se abrió casi inmediatamente, y apareció la criada.
-¿Está en casa el doctor? -le
pregunté.
-No -me contestó-, estuvo aquí por la tarde; pero
volvió a salir con rumbo a la Universidad, en donde iba a comer y a pasar la
velada con el caballero Trelawney.
-Entonces, vamos allá, muchachos -dijo el inspector.
Esta vez, como la distancia que había que recorrer
era muy corta, no volví a montar, sino que marché asido a la correa del estribo
de Dogger, hasta la puerta del parque, y después por la larga avenida de los
árboles, alumbrada a aquella hora, por el resplandor de la luna, en medio de
viejos jardines, hasta la blanca silueta del grupo de edificios que forman la
Universidad.
El criado nos condujo por un pasillo esterado, a cuyo
extremo nos mostró la gran biblioteca, toda formada de inmensos estantes
coronados de bustos de sabios de todas las edades. Allí encontramos al
caballero Trelawney y al doctor Livesey, charlando animadamente, cigarro en
mano, junto a un fuego vivificador.
Hasta aquella noche no había tenido la ocasión de ver
de cerca al caballero Trelawney. Era un hombre de más de seis pies de estatura
y de ancho proporcionado, con un rostro rudo, áspero, y encarnado, que sus
largos viajes habían puesto así, como forrado por una mascara. Sus pupilas eran
negras y se movían con gran vivacidad, por lo cual aparentaba poseer un
temperamento, no diré malo, pero sí violento y altivo.
-Pase usted, señor Dance -dijo entonces, en tono
benévolo y amable.
-Buenas noches, Dance -dijo, a su vez, el doctor, con
una inclinación de cabeza- Y, buenas noches, tú también, amigo Jim. ¿Qué buenos
vientos traen a ustedes por acá?
El inspector quedóse de pie, derecho y tieso como un
veterano, y contó lo acaecido como un estudiante que recita su lección. Era de
verse cómo aquellos dos caballeros se acercaban insensiblemente, y qué miradas
se dirigían uno al otro, embargándoles la sorpresa de tal modo, que hasta se
olvidaron por completo de fumar sus cigarros. Cuando se les refirió cómo mi
madre había vuelto sola conmigo a la posada, el doctor se dio una buena palmada
en el muslo y el caballero Trelawney exclamó: -¡Bravo, bravo!
Y en su entusiasmo, arrojó su excelente habano a la
chimenea. Mucho antes se había puesto de pie, y medía, a pasos agitados, la
habitación, en tanto que el doctor, como si esto le ayudara a oír mejor, se
había arrancado la empolvada peluca y se nos exhibía, haciendo una figura
extraña con su negro cabello, cortado a peine, como se dice en términos de
barbería.
Al fin el inspector Dance concluyó su narración.
-Señor Dance -dijo el caballero-, es usted un hombre
de noble corazón. En cuanto al hecho de haber atropellado a aquel perverso, lo
considero como un acto meritorio, tal como el aplastar una alimaña venenosa.
Por lo que se refiere a este buen mozalbete Hawkins, el ha sido el
"triunfo" en este juego. Vamos, chicuelo, ¿quieres hacer el favor de
tirar del cordón de esa campanilla? Es preciso que obsequiemos al señor
inspector con un buen vaso de cerveza.
-Por lo visto, Jim, tú crees tener en tu poder lo que
esos malvados buscaban -dijo el doctor.
-Aquí lo tiene usted -dije, alargándole el paquete
envuelto en tela impermeable.
El doctor lo tomó y le dio vueltas y más vueltas,
como si sus deseos danzaran con la impaciencia de abrir aquello; pero, en vez
de hacerlo así, depositó el paquete tranquilamente en su bolsillo.
-Caballero Trelawney -dijo-, así que el señor Dance
haya tomado cerveza, tiene, por fuerza, que salir de nuevo, al servicio de Su
Majestad; pero, en cuanto a Jim, me propongo hacer que se quede esta noche en
mi casa. Así es que, con su permiso, propondría yo que le mandáramos dar una
buena tajada de pastel frío para que cene.
-Como usted quiera, Livesey -dijo el caballero-. Ha M
w ha hecho acreedor a algo Mejor que Un
Pastel frío.
Dicho esto trajeron y colocaron en una mesita lateral
un grande y apetitoso pastel de pichón, con el cual me despaché
concienzudamente y muy a mi sabor, porque la verdad es que tenía tanto apetito
como un halcón. Entretanto, el señor Dance recibía nuevos cumplidos, tomaba su
cerveza, y concluía, al fin, por pedirse.
-Y, ahora, caballero... -dijo el
doctor.
-Y- ahora, Livesey... -exclamó, el caballero en el
mismo tono-Cada cosa a su tiempo, como lo reza el proverbio doctor riendo-;
usted ha oído hablar de ese Flint, a lo que creo- ¡Oído hablar de el!- exclamó
el caballero-. ¡Oído de el! Pues ha sido el más sanguinario filibustero que
jamás cruzado el océano ... Barbarroja era un niño de pecho junto el. Los
españoles le tenían un miedo tan horrible que, debo decirlo con franqueza, me
sentía yo orgulloso de que Flint inglés. He visto con mis ojos, las gavias de su
navío, a la altura de la Trinidad, -y el gallinazo hijo de borrachín con quien yo había embarcado hizo proa atrás,
refugiándose a toda prisa en Puerto España.
-Está bien -dijo el doctor-; también yo he oído
hablar el en Inglaterra; pero la cuestión es ésta: ¿tenía dinero?
¡Dinero! -exclamó el caballero Trelawney-, ¡ha oído
usted cosa! ¿Pues qué es lo que esos villanos buscaban, sino dinero? ¿les
Importa a ellos nada que no sea dinero? ¿Y por qué otra arriesgaban viles pellejos que no fuese dinero?
-Eso lo veremos pronto -replicó el doctor-, pero
usted tan, excitado que no acierto a sacar en limpio lo que deseo. que yo
quiero saber es esto: suponiendo que tenga yo en aquí, la clave para descubrir
el punto en que Flint ha sepultado tesoro, ¿el tal tesoro será algo que valga
la pena? -¡Que valga la pena! ¡Por San Jorge! Valdrá nada menos que esto al
tenemos esa clave que usted sospecha, yo fletaré un bluque en Bristol y llevaré
con a -usted y a Hawkins, y créame que encontraré el tal tesoro aunque deba buscar
un año entero.
-Muy bien; ahora, pues, si Jim consiente, abriremos
este paquete -dijo el doctor poniéndolo sobre la mesa.
El envoltorio estaba cosido, y el doctor tuvo que
sacar sus tijeras y cortar las hebras que lo aseguraban. Dos cosas aparecieron:
un cuaderno y un papel sellado.
-Primero examinaremos el cuaderno -rió el doctor.
Tanto el caballero como yo estábamos ya observando
por cima de su hombro, cuando lo abrió, porque el doctor me había invitado a
que me acercase, sin ceremonias, dejando la M donde había cenado, para
participar en el placer de la Investigación. En la primera página no había más
que rasgos de manuscrito, como los que un hombre, con una Pluma en la mano,
puede hacer por vía de práctica o de entretenimiento. Una de las frases escritas
era la misma que el capitán llevaba en los dibujos indelebles de su brazo:
"Caprichos de Billy Bones-. Luego se leía esto: "Maese W. Bones,
piloto”. No más ron y Cerca de Punta de Palma lo hubo" y algunos otros
motes y palabras sueltas, en su mayor parte inteligibles. No pude prescindir de
que se excitara mi curiosidad pensando quién sería el que lo hubo y qué fue lo
que hubo. Lo mismo podría tratarse de una buen, estocada en la espalda que de
otra cosa cualquiera.
-No sacaremos de aquí gran cosa en limpio -dijo el
doctor, volviendo la hoja.
Las diez o doce páginas siguientes estaban llenas con
una curiosa serle de entradas. En la extremidad de cada una de las línea se
veía una fecha, y, en la otra, una suma de dinero, como en los libros de
cuentas comunes y corrientes; pero, en vez de palabras explicativas, sólo se
encontraba un número variable de cruces entre una y otra. En la fecha marcada,
12 de junio de 1745, por ejemplo se veía claramente que la cantidad de setenta
libras esterlinas debía a alguno, y no se velan sino seis cruces para explicar
la causa u origen de la deuda. En algunos lugares, para mayor seguridad, añadía
el nombre de alguna región, como "A la altura de Caracas" o bien una
mera cita geográfica de latitud y longitud, como 53 17 20 y 19 2 40.
Aquel memorándum abarcaba un período de muy cerca
veinte años, aumentando, como era natural, los guarismos a m da que el tiempo
avanzaba, hasta que, al último, se vela el total sumado, después de cuatro o
cinco adiciones equívocas rectificadas,;, y, por todo apéndice, estas tres
palabras: "Hucha de Bones".
-No le hallo a esto ni pies ni cabeza -dijo el
doctor.
-Pues la cosa es clara como la luz del mediodía
-exclamó ex caballero- éste es el libro de cuentas del malvado sabueso. Esas
cruces ocupan allí el lugar de los nombres de buques y aldeas que y echó a
pique o entró a saquear. Las sumas no son más que la parte que en cada hazaña
de ésas tocó a nuestro escorpión, y en donde había algún error ya ve usted que
cuidaba de añadir al que aclarara, como “A la altura de Caracas” ya puede usted
colegir, por esta inscripción, que algún desdichado buque fue tomado al
abordaje a la altura de las costas mencionadas. ¡Dios hay; recibido en su seno
a las pobres almas que tripulaban esa barca. Es verdad -dijo el doctor-. Vea
usted lo que sirve a un ser viajero; es verdad. Y el monto aumenta a medida que
el asciende, y en categoría.
Muy poco más había en el libro, excepto
determinaciones geográficas de algunos lugares anotados en las hojas en blanco,
y hacia el fin del cuaderno, una tabla para la reducción de monedas francesas,
Inglesas y españolas, a un valor común.
Hombre precavido! -exclamó el doctor-. No era a el
quien podían hacérsele trampas de seguro.
- Ahora -prosiguió el caballero-, veamos esto otro.
El papel cuyo examen seguía estaba sellado en
diversos puntos, habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo
que había yo encontrado en la bolsa del capitán.
El doctor abrió los, sellos con gran cuidado, y
apareció, entonces, el mapa de una isla con su latitud, longitud, sondas,
nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos los pormenores necesarios
para poder llevar un buque a anclar a salvo, en sus costas. Parecía como de
unas nueve millas de largo y cinco de ancho, teniendo la figura de una especie
de dragón en pie, y presentaba magníficos fondeaderos, perfectamente cerrados,
y una eminencia en la parte central, marcada con el nombre de "El
Vigía". Veíanse algunas adiciones hechas en fecha más reciente; pero lo
que más saltaba a la vista eran tres cruces marcadas con tinta roja, dos en la
parte norte de la isla y una al sudoeste, y, además, escrito con la misma tinta
encarnada, en caracteres muy claros y elegantes, bien distintos de la tosca
escritura del capitán, estas significativas palabras: "El tesoro está
aquí".
Por detrás, la misma mano había trazado estas
explicaciones complementarias:
"Un árbol grande, en la vertiente de «El Vigía»,
en dirección al N N E.
"Islote del Esqueleto, E S E.,
cuarto al E.
"Diez pies.
"La gran barra de plata está en el hoyo del lado
norte; puede encontrársela siguiendo el declive del montículo, al este, diez
brazas al sur del peñasco negro y frente a él.
Mas armas se encontrarán fácilmente en la loma de
arena que está en la punta norte del fondeadero septentrional, en dirección al
este, cuarta al norte".
Esto era todo; pero, conciso como era, y para mí
incomprensible, llenó de júbilo al caballero y al doctor Livesey.
-Livesey -dijo el señor de Trelawney-, va usted a
abandonar en el acto su desdichada y penosa profesión. Mañana salgo para
Bristol. En tres semanas .... ¡no!, en dos semanas .... en diez días le aseguro
a usted que tendremos el mejor buque, sí, señor, y la más escogida tripulación
que pueda suministrar nuestra Inglaterra. Hawkins vendrá con nosotros como paje
de a bordo. ¡Vamos! Yo sé que tú harás un famoso paje de a bordo, chico...
Usted, Livesey, será el médico del buque; yo me gradúo almirante, desde luego.
Nos llevaremos a Redruth, Joyce, Hunter. Tendremos vientos favorables, viaje
rápido y, sin la menor dificultad hallaremos el sitio indicado, y, en el,
dinero en cantidad bastante para comer, para poseer carrozas y para gastar como
príncipes.
-Trelawney -dijo el doctor-, prometo acompañarle en
la expedición, y puedo responder de su éxito; Jim también vendrá, por supuesto,
y será una honra para la empresa. Pero hay un hombre sólo a quien yo temo.
-¿Y quién es el? -exclamó el caballero-; nombre usted
a ese pícaro sin dilación.
-¡Usted! -replicó el doctor- Usted, que no tiene la
fuerza necesaria para frenar su lengua. Nosotros no somos los únicos que
conocemos la existencia de este documento. Esos individuos que han atacado la
posada esta noche –arrojados y valientes marrulleros, sin duda alguna-, lo
mismo que los que se habían quedado guardando la extraña barca de que nos habló
Dance, todos esos, y me atreveré a afirmar que otros todavía, por angas o por
mangas, manifiestan una resolución Inquebrantable de apoderarse del tesoro.
Ninguno de nosotros debe, pues, salir solo, en adelante, hasta estar a bordo.
Jim y yo andaremos juntos hasta entonces. Usted llevará consigo a Joyce y
Hunter cuando salgo para Bristol, y, del primero al último de los que aquí
estamos, debemos comprometemos a no decir nada de lo que hemos descubierto.
-Livesey -dijo el caballero-, usted siempre tiene
razón; por mi parte, prometo permanecer mudo como una tumba.
PARTE SEGUNDA
EL COCINERO DE A BORDO
7. Salgo para Bristol
Pasó más tiempo del que el caballero Trelawney se
imaginó al principio, antes de que estuviéramos listos para hacernos a la mar,
y ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse a ejecución, ni aun el de
que el doctor Livesey me tuviese siempre consigo. Éste tuvo que marchar a
Londres para buscar un profesional que se hiciera cargo de su clientela; el caballero
se fue a Bristol, en donde puso, con todo ardor, manos a la obra, en los
preparativos de la expedición, y, en cuanto a mí me quedé instalado en la
Universidad, a cargo de Redruth, el montero o guardacaza, casi en calidad de
prisionero; pero lleno de ensueños marítimos y de los más atrayentes anticipos
imaginativos de islas extrañas y aventuras novelescas. Me deleitaba
reproduciéndome en un mapa, durante horas enteras, todos los detalles que
recordaba.
Y, sin moverme de junto al fuego, en el salón del
dueño de la casa, me acercaba con la fantasía a la ansiada isla, en todas las
direcciones posibles; exploraba cada acre de terreno de su superficie, subía
veinte veces a la cumbre de aquel elevado monte que llamaban "El
Vigía", y, desde su cima, gozaba de los más deliciosos y variados
panoramas.
Así fueron transcurriendo semanas y semanas, hasta
que, un hermoso día, llegó una carta dirigida al doctor Livesey, con esta
adición: "En caso de ausencia del doctor, abran esta carta Tom Redruth o
el joven Hawkins". En acatamiento de esta orden encontramos, pues, o más
bien dicho, encontré yo, puesto que el guardamonte era un hombre bastante
atrasado en escritura y lectura que no fuesen letras de molde, encontré, digo,
las importantes noticias siguientes:
"Hotel del Ancla, Bristol, marzo
19 de l7..." "Querido
Livesey:
"No sabiendo si ha regresado usted a la
Universidad o si permanece todavía en Londres, envio ésta, por duplicado, a
ambos lugares.
"Nuestro buque está ya adquirido y arreglado con
todo lo necesario. Ahora mismo está surto y listo para levar anclas en el
momento necesario. Usted no ha visto, en su vida, una goleta más esbelta ni más
gallarda y velera. Cualquiera podría manejarla con la mayor facilidad: tiene
doscientas toneladas de arqueo, y su nombre es “La Española”.
"La he comprado con la intervención de mi viejo
amigo Blandy, que ha probado en esta ocasión ser un sorprendente conocedor de
la materia. Este incomparable amigo se ha consagrado literalmente en cuerpo y
alma a mis intereses, y -puedo decirlo lo mismo han hecho, en Bristol, todos,
en cuanto han visto la clase de puerto a que nos dirigimos: es decir, a
Puerto-Tesoro...” -Redruth -díjele, interrumpiendo la lectura de la carta-, el
doctor Livesey no se pondrá muy contento con esto. Veo que, al fin y al cabo,
el caballero ha dejado deslizar su lengua.
-Bueno; ¿quién tiene más derecho a hacerlo? -murmuró
el guardacaza-. Apuesto una botella de ron a que el caballero puede muy bien
hablar sin esperar el permiso del doctor Livesey.
Después de esto, creí prudente prescindir de todo
comentario, y continué leyendo: Blandy en persona dio con «La Española», y con
una habilidad que le admiro, la compró por una verdadera bicoca. Hay aquí, en
Bristol, ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece que
andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y excelente amigo no ha
hecho más que una grosera especulación; que “La Española” era propiedad suya y
que todo lo que hizo fue vendérmela a un precio absurdamente alto. Todas ésas
no son más que calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores
se atreve a negar las excelentes cualidades de nuestra goleta.
"Empero él, dije, no contaba ni con una sola
vuelta de cabo. Los trabajadores, o por mejor llamarlos, los aparejadores, han
andado verdaderamente a paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de pocos
días. Lo que me preocupaba era la tripulación.
"Yo quería una veintena redonda de hombres, pero
es el caso que no daba ni con la mitad de lo requerido, hasta que un verdadero
golpe de fortuna me trajo al hombre que necesitaba.
"Un día estaba parado en el muelle cuando, por
mera casualidad, entré en conversación con el. Me enteré de que es un viejo
lobo de mar, que tiene una especie de taberna en Bristol, conocida de todos los
marinos; que ha perdido su salud en tierra y que recibiría de mucho agrado una
plaza de cocinero a bordo, para volver de nuevo al mar. Díjome que aquella
mañana andaba por allí con el objeto de aspirar un poco las brisas salobres del
océano.
Conmovióme profundamente -como usted mismo se hubiera
conmovido-, y, aunque no por mera conmiseración, lo contraté, sobre la marcha,
para cocinero de nuestra goleta; John Silver es su nombre, y tiene una pierna
menos, lo cual es, a mis ojos, una recomendación, puesto que la ha perdido en
defensa de la patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke. No goza de pensión
alguna, Livesey ... Dígame, ¿en qué tiempos tan abominables vivimos?
"Ahora bien, amigo mío; al principio creí no
haber encontrado otra cosa que un simple cocinero; pero fue, en realidad, toda
una tripulación lo que yo descubrí. Entre Silver y yo hemos conseguido, en una
semana, la más cumplida y característica tripulación que pudiera apetecerse; no
de aspecto grato ni sonriente, a la verdad, sino sujetos, a juzgar por sus
caras, del más esforzado e indomable espíritu. Me atrevo a declarar que
podríamos muy bien derrotar a una fragata de guerra.
"Silver ha llevado su escrupulosidad hasta
licenciar a unos dos de los hombres que yo tenía ya ajustados. Sin gran
trabajo, me demostró en un momento oportuno, que los aludidos no eran más que
unos lampazos de agua dulce que para nada servirían y que, antes bien, nos
estorbarían en un caso de apuro.
"Me siento con la más excelente salud y en
admirable disposición de ánimo: como igual que un toro, duermo como un tronco,
y, sin embargo, no me daré punto de tregua ni de reposo hasta que no oiga y vea
a mis viejos lobos marinos maniobrar en torno del cabrestante. ¡A la mar!,
¡pronto a la mar! ¡A sacar ese tesoro! La locura de las glorias marítimas se ha
apoderado de mi cabeza. Así, pues, Livesey, véngase volando: si en algo me
estima usted, no pierda ni un minuto.
"Deje usted al jovencillo Hawkins que vaya, sin
tardanza, a visitar a su madre, a cargo de mi viejo Redruth, y que ambos vengan
luego, a toda prisa, para Bristol.
Juan Trelawney
"Post
scriptum - Se me olvidaba decirle que Blandy, a quien dejo con el encargo
de enviar una embarcación en busca nuestra, si no hemos regresado para fines de
agosto, ha encontrado un sujeto admirable para capitán de nuestra goleta, un
hombre muy serio y muy estirado -lo cual deploro, de paso-; pero, en todos los
demás conceptos, es un verdadero tesoro. Silver, por su lado, nos ha traído un
hombre muy competente para piloto: su nombre es Arrow. Tengo un contramaestre
que silba, para la maniobra, que es una gloria, así es que las cosas van a
marchar, a bordo de “La Españlola”, como si hubiéramos fletado un verdadero
buque de guerra.
"Se me olvidaba añadir que Silver es un hombre
de sustancia: me consta personalmente que tiene su cuenta en el banco, y que
sus gastos nunca han excedido de sus depósitos. Deja su establecimiento a cargo
de su esposa, y como ésta es una mulata, podimos decirnos aquí, entre solteros,
como ambos somos, que me parece que no sólo es la salud, sino la mujer, lo que
hace que Silver quiera salir otra vez a correr los mares.
“J. T...
“P. P. S-Hawkins puede quedarse una noche con su
madre. J.T."
Cualquiera se figurará, sin esfuerzo, la emoción que
esta carta me produjo. Estaba medio fuera de mí de júbilo. Pero si hubo alguna
vez un hombre despechado sobre la tierra, ése era, ciertamente, el pobre viejo
Tom Redruth, que no hacía ni podía hacer más que gruñir y lamentarse.
Cualquiera de los guardamontes subordinados suyos se habría cambiado por el con
el mayor placer; pero no eran ésos los deseos del caballero, y tales deseos
eran como leyes, entre aquellas buenas gentes. Nadie que no fuese el viejo
Redruth se habría tomado la libertad de murmurar siquiera, como a el le era
permitido hacerlo.
A la mañana siguiente, el y yo nos pusimos en marcha,
a pie, hacia la posada del "Almirante Benbow", en la cual encontré a
mi madre muy animada. El capitán aquel que por tan largo tiempo había sido para
nosotros causa de tanto disgusto, había ido ya al lugar en que los perversos
cesan de molestar. El caballero había hecho reparar todos los estragos a sus
expensas, y tanto los salones de la parte pública de la casa como la enseña de
la posada, habían sido pintados de nuevo, habiéndose añadido algunos muebles de
que antes carecíamos, entre ellos, principalmente, una muy cómoda silla de
brazos para mi madre, tras el mostrador. Al mismo tiempo, le había buscado un
muchachuelo, como de mi edad, en calidad de aprendiz, con el cual mi madre no
necesitaba de más servidumbre, durante mi ausencia.
Pasó la noche, y, al día siguiente, después de la
comida, Redruth y yo salimos de nuevo, por el camino real. Dije adiós, muy
conmovido, a mi madre, a la caleta en que había vivido desde que nací, a aquel
viejo y querido "Almirante - Benbow", que, sin embargo, me parecía
menos querido desde el instante en que ya lo había tocado la mano profana del
pintor. Una de las últimas cosas en que pensé fue en el capitán, que tan
frecuentemente salía a vagar a lo largo de fa playa, con su sombrero volándole
sobre la espalda, con su gran cuchilla colgada bajo la blusa y su enorme
catalejo bajo el brazo. Un instante después, ya habíamos doblado tras el ángulo
de las rocas, y mi hogar y sus contornos habían desaparecido.
La tartana del correo nos recogió al oscurecer en el
Royal George, hacia el brezal. Se me Incrustó en el coche aquél, entre un viejo
gordo y mi amigo Redruth, y a pesar del desapacible movimiento y del aire frío
de la noche, debo haber cabeceado bonitamente desde un principio, y en seguida,
entregádome a un sueño de lirón, lo mismo de subida que de bajada, y estación
tras estación, porque cuando desperté, lo hice gracias a una insinuación poco
amable que sentí por el costado. Abrí los ojos y me encontré con que nos
habíamos detenido frente a un gran edificio, y que hacía mucho rato que había
salido el sol.
-¿En dónde estamos? -pregunté.
-En Bristol -dijo Tom-; bajemos.
El señor Trelawney había sentado sus reales en una
posada cerca de los muelles, para vigilar personalmente los trabajos de la
goleta. Para ella teníamos que enderezar nuestro rumbo inmediatamente. Con gran
contento mío, nuestro camino corría a lo largo de los muelles y, por
consiguiente, al lado de una verdadera multitud de barcos de todos tamaños y de
todas nacionalidades.
En uno, los marineros cantaban alegremente mientras
trabajaban; en otro veíanse hombres suspensos allá, muy arriba, sobre mi
cabeza, asidos solamente de cuerdas que no parecían más gruesas que las hebras
de la telaraña. Aunque toda mi vida la había pasado en la playa, me parecía que
sólo ahora conocía verdaderamente el mar. El penetrante olor del alquitrán y la
sal eran para mí una novedad. Veía los más extraños rostros que jamás han
surcado el océano. Veía viejos marinos, con extraños dijes en las orejas y con
sus patillas en caprichosos rulos; y, los más, ostentando sus embreadas coletas
sobre la espalda y marchando, todos, con ese paso cimbrador propio de los
marinos. No debe dudarse que, si hubiera visto un cortejo de reyes o arzobispos
no me hubiera deleitado más de lo que estaba en aquellos momentos.
Y yo .... yo mismo iba también a hacerme a la mar;
iba a penetrar en una goleta con su contramaestre mandando la maniobra con un
silbato, con sus marinos de trenza cantando al compás de las ondas; ¡y todo
navegando en pos de una isla desconocida, en busca de tesoros enterrados!
Continuaba deleitándome con este ensueño delicioso
cuando, de repente, nos detuvimos frente a una gran posada. Allí nos esperaba
el caballero Trelawney, vestido y aderezado como un oficial de a bordo, con un
traje de grueso paño azul. Se adelantó con expresión sonriente en todo su
semblante, y con una perfecta imitación del andar contoneado de un marinero.
-¡Vamos!, ya están ustedes aquí -dijo-. El doctor ha
llegado anoche de Londres. ¡Bravísimo! ¡La tripulación está completa!
-¡Oh, señor! -exclamé yo-, ¿y cuándo zarpamos?
-¿Zarpar? ¡Mañana sin falta! -me
contestó.
8. La taberna de "El Vigía"
Terminado mí almuerzo, el caballero me dio una, carta
dirigida a John Silver, en su taberna de "El Vigía". Me aseguró que
sería muy fácil encontrarla siguiendo la línea de los muelles, hasta que viese
una pequeña taberna con un catalejo por enseña. Partí alborozado con esta nueva
oportunidad que se me presentaba de observar más atentamente y más de cerca
todos aquellos, buques y marineros, y tomé mi derrotero por entre una verdadera
masa de gentes, carromatos y bultos de mercancías, por ser aquélla la hora de
mayor que hacer y tránsito en los muelles, hasta que di, al fin, con la taberna
en cuestión.
Era ésta, a la verdad, un sitio bastante aceptable.
La enseña estaba recién pintada; las ventanas tenían flamantes -cortinas rojas,
y los pisos aparecían cuidadosamente enarenados. El establecimiento hacía
esquina, teniendo una puerta hacia cada calle, abierta de par en par, lo que
hacía que el salón bajo tuviese aire y luz a despecho de las nubes de humo que
salían de las, bocas de los parroquianos. Eran éstos, en su mayor parte, de la
marina mercante, y hablaban en voz tan alta que no pude menos de detenerme,
vacilante y sin atreverme a franquear la puerta.
Un hombre salió de un cuarto contiguo al salón, y al
primer vistazo tuve la certeza de que aquél no era otro que John Silver. Su
pierna izquierda parecía amputada desde la cadera, apoyando el brazo izquierdo
en una muleta que manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella
con la agilidad de un pájaro. Era alto y fuerte, con una cara grande como un
jamón rasurada y pálida, perol Inteligente y risueña. No cabía duda de que estaba, a la sazón, del mejor humor del
inundo, silbando al mente mientras. pasaba por entre ¡as mesas, y soltando a
cada broma graciosa, o dando una palmadita familiar sobre el hombro a cada uno de sus parroquianos favoritos.
Ahora bien, el he de decir la verdad, confesaré que,
desde la primera mención de John Silver que el caballero hacía en su carta,
comencé a temer, Interiormente, que éste no fuese otro que el marinero de una
sola pierna" por cuya temida aparición vigilé tanto tiempo en el
"Almirante Benbow". Pero me bastó la primera ojeada que eché sobre el
para desvanecer mis temores. Ya había visto al capitán, y a Black Dog, y al
ciego Pew, y creí que con eso me bastaba para saber lo que era o debía ser un
filibustero, es decir, una criatura, según yo, bien distinta de aquel aseado,
sonriente y bien humorado amo de casa.
Todo mi valor retornó inmediatamente, pasé al
vestíbulo y me dirigí sin rodeos al hombre aquel, en el lugar mismo en que
estaba apoyado en su muleta y conversando con un parroquiano.
-¿El señor Silver? -pregunté, tendiéndole la carta.
-Yo soy, chiquillo; ése es mi nombre. ¿Y tú, quién
eres?
Luego, como observase la escritura del caballero en
el sobre de la carta, pareció como que mal contenta un sobresalto involuntario.
-¡Oh! -díjome en voz muy alta y ofreciéndome su
mano-, ahora comprendo; tú eres el pajecillo de cámara de la goleta, ¿no es verdad?
Tengo mucho gusto de verte.
Y diciendo esto tomó la mía en su larga y poderosa
mano.
Precisamente en aquel momento uno de los parroquianos
que estaban en el lado más retirado, se levantó rápidamente y se precipitó
fuera de la puerta, que tenía muy cerca de sí, lo cual le permitió ganar la
calle en un instante. Pero su precipitación me hizo fijarme en el y le reconocí
a la primera ojeada. Era el mismo hombre de cara enjuta, a quien faltaban dos
dedos de una mano y que fuera una vez al "Almirante Benbow".
-¡Oh! -grité yo- ¡Deténgalo! Ése es Black Dog!
-No me importa quién pueda ser -exclamó Silver-; pero
no pagó su cuenta. ¡Harry, corre y atrápalo!
Uno de los que estaban cerca de la puerta se puso de
pie de un salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo.
-¡Oh! Yo le haré que pague el consumo, así fuera el
mismo almirante Hawke en cuerpo y alma-. En seguida añadió, soltándome la mano:
-¿Quién dices tú que es ése?... Black... ¿qué?
-Black Dog, señor -le contesté- ¿No le ha contado a
usted el señor Trelawney lo de los filibusteros?
Pues ése era -uno de ellos.
-¡Es posible! -exclamó Silver, ¡Y semejante hombre en
mi casa! Mira tú, Ben, corre y ayuda a Harry a perseguir a ése. Conque el era
uno de esos pillastres, ¿eh? Hola, tú, Morgan, ven aquí, ¿estabas tú bebiendo
con ese hombre?
El interpelado, que era un viejo bastante canoso y
con cara color caoba, se acercó con un continente bastante marino,
contoneándose.
-Veamos -dijo John Silver con bastante rigidez-, ¿no
has Visto tú antes de ahora a ese Black..., Black Dog? ¡Di pronto!
-YO, no, señor -contestó Morgan con una reverencia.
-Tú no sabías cómo se llamaba, ¿eh?
-No, señor.
-¡Rayos Y truenos! Tom Morgan, dale gracias a Dios
por ello -exclamó el irritado tabernero-, porque si yo averiguo que te andas
mezclando con canallas de esa ralea, te prometo, por quien soy, que no vuelves
a poner un pie en mi casa, entiéndelo bien. ¿Y qué te estaba contando?
-La verdad es que Yo no lo sé; no puse cuidado.
-¡Es increíble! Y luego dirán ustedes que tienen la
cabeza sobre los hombros. ¿Conque no lo sabes? ¿Conque no pusiste cuidado? Tal
vez ni supiste con quién estabas hablando, ¿no es verdad? Ni qué es lo que
decía, ¿eh? Vamos, haz por acordarte, ¿qué es lo que charlaba? ¿Viajes?
¿Capitales? ¿Buques? ... Vamos, ¿qué era?
-Yo creo que estábamos hablando de estirar la quilla.
-Conque de estirarla, ¿eh? ¡Gran asunto por cierto!
¡Es muy posible, sí!... ¡Anda, vuélvete a tu lugar, haragán!
Mientras Morgan se volvía a su asiento, Silver
murmuró, casi a mi oído, en un tono confidencial que me pareció en extremo
halagador para mí: -Ese pobre Tom Morgan es un hombre honrado: solamente tiene
la desdicha de ser estúpido.
Y luego, levantando la voz de nuevo, prosiguió:
Conque, veamos... ¿Black Dog? ... Pues no, no conozco ese nombre; no, por
cierto. Sin embargo, tengo cierta idea... Sí, yo creo haber visto ya antes a
ese agua dulce por aquí. Entiendo que solía venir antes en compañía de un
mendigo ciego.
-Por supuesto -le dije yo con seguridad-; puede usted
creerlo. Yo conocí también a ese ciego. Se llamaba Pew.
-¡Es verdad! -exclamó Silver, en extremo excitado ya
¡Pew! Era ése su nombre, no cabe duda. ¡Ah! Parecía un tiburón completo, ¡de
veras que si! Así, si ahora pillamos a ese Black Dog, ya tendremos noticias que
enviar a nuestro patrón el caballeroTrelawney. Ben es un buen galgo; creo que
pocos marineros tendrán piernas más ligeras que el. ¡Rayos y truenos! Yo creo
que debería acogotarlo y traerlo. Conque estaba hablando de estirar la quilla,
¿eh? ¡No le daré yo mal tirón de la quilla al belitre si melo traen!
En todo el tiempo que empleó en disparar esta
andanada, no cesó de recorrer el salón de un lado al otro, brincando
agitadamente sobre su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y
manifestando una excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más
ducho y para hacer caer en el garlito al más avisado. Mis sospechas se habían
de nuevo despertado con gran fuerza al encontrarme con Black Dog en la taberna
misma de "El Vigía", por lo cual me propuse tener la mirada atenta
sobre el cocinero de "La Española" y espiar sus menores movimientos.
Pero aquel hombre era demasiado vivo, demasiado zorro y sobradamente astuto
para mí; así es que pronto me distraje con la vuelta de los sabuesos soltados
en persecución de Black Dog, los cuales llegaban sin aliento, confesando que
habían perdido el rastro de su presa en una apretura de gentes y que se habían
visto regañados como si fueran ladrones. En esos momentos habría yo, con mi
cabeza, garantizado la inocencia de John Silver.
-Mira ahora, Hawkins -dijo esto, qué compromiso para
un hombre como yo. ¿Qué va a pensar de mí el caballero Trelawney? ¡Tener yo en
mi misma casa a ese hijo del demonio, bebiendo mi propio ron! Dime si no es una
picardía. ¡Y aquí mismo, a mis propios ojos, lo dejamos todos que tome las de
Villadiego! ¡Rayos y truenos! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con
el capitán. Tú eres un chicuelo todavía; pero vivo como un zancudo. Lo presentí
en cuanto que te puse el ojo encima. El asunto es éste: ¿qué puedo hacer yo con
esta vieja muleta que es mi sostén? Si hubiese sido en los comienzos de mi
carrera de marino, ya habría sabido yo traerme a ese agua dulce a empujones, no
sin antes doblegarlo en una lucha cuerpo a cuerpo. SI, entonces, lo habría
hecho; pero, ahora, ¡rayos y truenos!
Cesó de hablar repentinamente, y se quedó con la boca
abierta, suspenso, como si se hubiera acordado de algo.
-¡La cuenta! -murmuró al fín- ¡Tres vasos de ron!
¡Mil caronadas! ¿Pues no había yo olvidado ya la cuenta?
Y dejándose caer en un banco, prorrumpió en una
risotada tan sostenida que las lágrimas comenzaron a rodar sobre su rostro. No
pude menos que imitarle, así fue que reímos juntos, una carcajada tras de otra,
hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras risotadas.
-¡Vamos! ¡Pues bonita foca soy yo! -dijo al fin, enjugándose
las mejillas- Tú y yo haremos buenas migas, Hawkins, pues de haberlo permitido
el diablo yo no sería más que un pajecillo de a bordo, como tú. Pero, ¡qué le
vamos a hacer! No es tiempo para pensar patrañas. El deber es lo primero,
camaradas, así es que voy a ponerme mi viejo sombrero y marcharemos sin pérdida
de tiempo a ver al caballero Trelawney y a contarle lo que aquí ha pasado.
Porque, acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni
tú ni yo saldremos de ello decorosamente. Ni tú tampoco -dijo- ¡Vaya un par de
tontos! Los dos parecemos ahora más que tontos. Pero, ¡voto a San Jorge, aquél
sí que supo beberse mi ron!
Y diciendo esto, comenzó a reír de nuevo con todas
sus ganas y con tal fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni
sentido, ni maldita gracia a lo que acababa de decir, me vi arrastrado de nuevo
a acompañarlo en su estrepitosa carcajada.
En nuestra pequeña excursión a lo largo de los
muelles, se manifestó el más servicial e interesante compañero, explicándome
acerca de cada uno de los principales buques a los cuales pasábamos todo lo
relativo a su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se ejecutaban, si
el uno estaba a la carga y el otro a la descarga, si el de más allá estaba
listo para zarpar, y a cada paso entreverando divertidas anécdotas de navíos y
navegantes, o repitiéndome las frases de tecnicismo de a bordo hasta que yo las
aprendía perfectamente. Así, antes de llegar a la posada, estaba convencido de
que aquel hombre era, positivamente, uno de los mejores marinos posibles.
El caballero y el doctor Livesey estaban sentados,
apurando la botella de cerveza con sus brindis correspondientes, antes de
ponerse en marcha para hacer una visita de inspección a "La
Española".
John Silver les refirió lo que acababa de suceder sin
omitir detalle, con charla amena y sin apartarse un ápice de la verdad.
-Esto fue lo que sucedió, ¿no es verdad, Hawkins? -se
interrumpía de vez en cuando.
A lo cual tenía yo que contestar afirmativamente.
Los dos caballeros deploraron que Black Dog se
hubiese escapado; pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse,
por lo cual, después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver
tomó su muleta y se marchó de nuevo a su taberna. -Todo el mundo a bordo esta
tarde, a las cuatro -le gritó el caballero cuando ya el iba alejándose.
-¡Bravo, bravo, bravo! -exclamó el cocinero con
entusiasmo y siguiendo su camino.
-óigame usted, señor Trelawney -dijo el doctor-, por
regla general yo no tengo una gran fe en sus descubrimientos, mas por lo que
respecta a este John Silver, debo confesarle que me satisface por completo.
-Un hombre como el es "triunfo" en mano
-declaró.
-Y ahora -añadió el doctor-, opino que Jim, debe
venir con nosotros a bordo, ¿no le parece a usted?
-De acuerdo -replicó el señor Trelawney- Toma tu
sombrero, Hawkins, y vamos a ver nuestro barco.
9. Pólvora y armas
Luego de un breve trecho entre elaboradas y elegantes
proas de buques y popas de otros, cuyos cordajes y vergas una veces se liaban y
yacían bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras
cabezas, saltamos a bordo de nuestro barco, en el cual nos recibió el piloto,
señor Arrow, un viejo marino bizco, de faz morena y con colgantes en las
orejas. El caballero y el parecían congeniar bastante y llevarse en muy buenos
términos; pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo tratándose de las
relaciones del señor Trelawney con el capitán de “La pañola”Este era un hombre
de aspecto severo y parecía disgustado con todo lo que sucedía a bordo de
nuestra goleta. Pronto decirnos por qué, pues no bien habíamos entrado al salón
principal, un marinero nos anunció: -Caballero, el capitán Smollet desea hablar
con usted.
Siempre estoy a las órdenes del capitán -contestó el
caballero-. Hágale usted pasar adelante.
El capitán, que estaba muy cerca de su mensajero,
entró y cerró la puerta tras de sí.
-Bien, capitán Smollet, ¿qué es lo que usted tiene
que decirnos? Supongo que aquí todo marcha bien y está dispuesto como entre,
verdadera gente de mar.
-Vea, señor -contestó el capitán-; creo que hablar
sin rodeos es siempre lo más práctico, aun a riesgo de parecer ofensivo. He
aquí mí opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me
gusta mi segundo de abordo. Esto es hablar -Tal vez, señor mío, ¿tampoco le
gusta a usted el barco? añadió el caballero, bastante molesto, a lo que me
pareció.
-En cuanto a eso nada puedo decir, puesto que aún no
lo visto moverse. A simple vista me parece un hermoso velero; no puedo decir.
-También es muy posible que le disguste el patrón
recalcó el caballero.
En este punto el doctor Livesey creyó oportuno
intervenir diciendo: -Un momento, señores, un momento, si ustedes permiten.
Esas discusiones no conducen nada más que a crear una perjudicial
desinteligencia. Creo que el capitán ha dicho demasiado o dicho muy poco, y me
creo en el deber de requerirle para ti nos explique sus palabras, Ha dicho usted,
para comenzar, que le gusta este viaje. Veamos... ; ¿por qué?
-Se me ha contratado, señor, por el sistema de lo que
llamamos nosotros "pliego cerrado". Se me ha requerido simplemente
para gobernar un navío, llevándolo al punto y rumbo que ase el contratante.
Hasta allí todo está bueno. Pero ahora encuentro con que todos y cada uno de
los hombres de la tripulación saben mucho más que yo acerca de nuestro viaje.
Yo no puedo calificar esto de recto y de natural; ¿tengo razón?
-Sí, sí, la tiene usted-dijo el
doctor.
-Más tarde he sabido por mis propios marineros, que
va en, busca de un tesoro. No olvide usted que son ellos los que lo, hacen
saber. Ahora bien, eso de tesoros es una cosa que ti sus peligros. A mí no me
gustan viajes de tesoros por ningún motivo,
menos cuando son secretos, y, sobre todo, perdóneme señor Trelawney, cuando el
tal secreto ha sido confiado al loro.
-¿Al loro de Silver? -preguntó el
caballero.
-He hablado en sentido figurado. Quiero decir que ha
sido divulgado. Yo tengo la certeza de que ninguno de ustedes, caballeros,
conoce el riesgo que corre. Les diré, pues, mi opinión lisa y llana; éste es
asunto de vida o muerte y un albur sumamente delicado.
-Así lo veo Yo -dijo el doctor-, y me parece que es
tan claro como cierto. Estamos expuestos a las contingencias de un viaje
incierto, pero no nos hallamos tan en tinieblas como usted supone. Pero añadió
usted también que no le gusta la tripulación. ¿Cree usted que los nuestros no
son verdaderos marinos?
-No me agradan, señor - insistió el capitán Smollet-
Por lo demás, creo que es facultad del capitán elegir sus hombres, más
tratándose de una expedición como la que vamos a emprender.
-Quizá tenga usted razón -replicó el doctor-. Tal vez
hubiera sido mejor que mi amigo hubiera hecho su elección de acuerdo con usted.
Pero puede creer que la falta, si la hubo, fue enteramente involuntaria. Por
último, dijo usted que tampoco le gusta su segundo, el señor Arrow.
-Así es, señor. Creo que es un buen marino; pero se
roza demasiado familiarmente con la tripulación para ser un buen oficial. Un
piloto, debe hacerse siempre respetar y no permitirse brindar, como éste, en
compañía íntima con los marineros.
-¿Quiere usted decir que el hombre bebe?
-exclamó el caballero.
-No, señor, solamente que mantiene una intimidad
sobrado inconveniente con los hombres de la tripulación.
-Está bien, capitán -dijo el doctor-; pero, si hemos
de zanjar dificultades, díganos usted lo que desea.
-Bien, señores; ¿están ustedes determinados a llevar
a cabo esta expedición?
-Contra viento y marea -respondió el caballero.
-Muy bien -dijo el capitán- Pero ya que han tenido
ustedes la paciencia de aguantar lo que han escuchado, oigan algunas palabras
más. Primer punto: se está colocando la pólvora y las armas en la bodega de
proa; ¿por qué no ponerlas en un lugar muy a propósito que hay aquí,
precisamente debajo del salón? Segundo: ustedes traen cuatro personas de su
servidumbre que, según he oído, van a tener sus dormitorios a proa, con los
demás hombres, ¿por qué no darles los camarotes que hay aquí al lado de la
cámara de popa?
-¿Hay algo más? -preguntó el señor Trelawney.
-Sí, hay otra exigencia -continuó el capitán- Por
desgracia, ya se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.
-Si, demasiado -apoyó el doctor.
-Diré a ustedes lo que yo mismo he oído -siguió el
capitán-: dicen que ustedes poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces
rojas que marcan el lugar exacto en que ciertas riquezas están enterradas;
añaden que la isla está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con
toda exactitud).
-Jamás he dicho tal cosa -exclamó el caballero.
-El hecho es que los hombres lo saben -replicó el
capitán.
-Livesey, tal vez alguna indiscreción suya; o tal vez
tú, Hawkins- exclamó el señor Trelawney.
-No logramos nada con averiguar quién ha sido el
indiscreto -replicó el doctor.
Me fue fácil notar que ni el ni el capitán daban
mucho, pábulo a las afirmaciones y protestas del señor Trelawney; por mi parte,
pensaba como ellos, pues me constaba que el caballero era un conversador
incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la verdad, según creo, ya que
era exacto que nadie había revelado la posición geográfica de la isla.
-Enhorabuena, caballeros -continuó el capitán- ; yo
no sé en manos de quién está ese mapa; pero pongo por condición estricta que se
lo mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo, el
señor Arrow, o de no ser así, renuncio a mi puesto en este mismo instante.
-Entendido -dijo el doctor-; lo que usted quiere es
que el objeto real se mantenga tan velado como sea posible, y que, entretanto,
convirtamos la popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros
propios hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer
a bordo. En otras palabras, teme usted una rebelión.
-Caballero -dijo gravemente el capitán Smollet-, sin
intención de lastimar a usted, permítame negarle el derecho de poner en mis
labios las palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno que
pudiera juzgarse autorizado para hacerse a la mar si tuviese las pruebas
necesarias para decirle lo que usted me ha supuesto. Por lo que hace al piloto,
lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros tripulantes lo son también,
sin duda, y quizá lo sean todos, por lo que se ve. Pero ustedes se servirán
tener en cuenta que sobre mí pesa la doble responsabilidad de la seguridad de
la embarcación y de la vida de cada hombre que nuestra goleta lleva a bordo. Me
ha parecido que las cosas no iban por un camino derecho y he juzgado prudente
pedir a ustedes que se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que
decir. -Capitán Smollet -comenzó a decir el doctor con cierta sonrisa en los
labios-, ¿ha oído usted hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y el
ratón? Le pido a usted mil perdones pero la verdad es que me ha traído usted a
la memoria la tal fábula. Cuando usted penetró aquí, apuesto mi peluca a que
usted pensaba más de lo que confiesa.
-Doctor, es usted muy listo -respondió el capitán,
cuando entré aquí pensé que se me iba a separar del buque. No me imaginé que el
señor Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.
-Y no ha ido usted descaminado -exclamó el caballero-
A no ser por la oportuna mediación de Livesey, yo lo hubiera enviado a usted al
diantre. Pero, por ahora, ya lo he escuchado y se hará todo lo que usted desea,
mas eso no me impide creer que está usted equivocado en este asunto.
-En cuanto a eso, crea usted lo que le guste -dijo el
capitán- Usted verá, en todo caso, que cumplo con mi deber.
Dicho esto, saludó y salió sin agregar una sola
palabra.
-Trelawney -dijo el doctor-, contra todo lo que yo me
figuraba, veo que usted se ha ingeniado en traer a bordo a dos hombres
honrados: el capitán Smollet y John Silver.
-Silver, si usted lo quiere -gritó el caballero- En
cuanto a este intolerable desconfiado, declaro que su conducta no me parece
digna de un hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.
-Está bien -dijo el doctor-, ya lo
veremos.
Cuando subimos sobre cubierta, ya los hombres habían
comenzado a cambiar de lugar las armas y la pólvora, canturreando mientras
trabajaban, en tanto que el capitán y el piloto inspeccionaban el traslado.
El nuevo orden de cosas era todo de mi gusto. El
arreglo primitivo del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis
lechos-literas en el castillo de popa, tras de lo que constituía la parte
posterior del salón principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para
la galera y el castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo a babor.
Se había dispuesto, al principio, que el capitán, el piloto, Hunter, Joyce, el
doctor y el caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en que
Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el señor Arrow y el capitán durmiesen
sobre cubierta, en lo que en náutica se llama la carroza, la cual había sido
ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de casi poder llamarle la
toldilla. Era ésta bien baja, pero no tanto que no permitiese colgar con
comodidad un par de hamacas, y aun creo que el piloto pareció muy contento con
el arreglo, aunque el, quizá, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero,
esto no pasaba de simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos
por largo tiempo el beneficio de sus opiniones.
Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de
la pólvora y armas y en el arreglo de las literas y camarotes, cuando los
últimos de los tripulantes, y John Silver con ellos, llegaron en un botecito
costanero.
El cocinero saltó a bordo con la ligereza de un mono,
y no bien hubo visto lo que estábamos haciendo, exclamó: -Hola, muchachos, ¿de
qué se trata?
-Cambiando las municiones y las armas, ya lo ve usted
-respondió un marinero.
-¿Por qué? ¡con mil diablos! .-prorrumpió Silver¡Si
nos entretenemos en eso, vamos a perder la marea de la mañana!
-Yo lo he mandado -dijo el capitán secamenteUsted,
amigo, bájese a su cocina, que la gente no tardará en sentir apetito.
-Conforme, voy corriendo -contestó el cocinero y
tocándose, por vía de reverencia, la frente, corrió en dirección a su galera.
-Es un buen hombre, capitán -dijo el
doctor.
-Es muy posible, caballero -replicó el capitán-; en
paz con ése, en paz con todos.
Urgió, en seguida, a los que estaban cambiando la
pólvora, y, de repente, fijándose en mí, que estaba muy entretenido examinando
el eslabón de vuelta que traíamos en el medio del navío, me gritó con aspereza:
-¡Hola, tú grumete, largo de ahí! Márchate a la cocina y busca algo que hacer.
Y aunque me di prisa en obedecerle, oí todavía
decirle, en voz bien alta al doctor.
-Yo no traigo favoritos en mi navío.
Puedo asegurar a ustedes que en aquellos momentos
superabundaba yo las opiniones y sentimientos del señor Trelawney respecto al
capitán, a quien aborrecía con todas mis fuerzas.
10. El viaje
Toda aquella noche la pasamos en gran movimiento,
alistándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar y viendo llegar, uno tras de
otro, botes llenos de amigos del caballero, como el señor Blandy y otros por el
estilo, que iban a desearle un buen viaje y feliz regreso. Nunca, en nuestro
"Almirante Benbow", pasé una noche semejante, ni siquiera la mitad
del que hacer que tuve en ésta y puede creérseme que estaba rendido de
cansancio cuando un poco antes del alba el contramaestre hizo sonar su silbato,
y la tripulación toda comenzó a maniobrar al cabrestante. Pero, aunque mi
fatiga me doblegara, no me hubiera separado de sobre la cubierta. Todo aquello
era nuevo e interesante para mí; las concisas órdenes, la penetrante nota del
silbato y los marineros moviéndose hacia sus lugares al tenue resplandor de las
linternas del navío.
-Y ahora, Barbacoa, suéltanos una estrofa -gritó una
voz- La conocida -añadió otra voz.
-Vaya por la vieja conocida,
camaradas
-dijo,Silver, que estaba allí de
pie, con su muleta bajo el brazo y al punto prorrumpió en aquella horrible
cantilena que me era tan conocida:
Son quince los que
quieren el cofre de aquel muerto,
A lo cual,la tripulación entera
contestaba en coro-
Son quince, ¡oh, oh,
oh!, son quince; ¡viva el ron!
Y a la tercera repetición del coro, empujó las barras
del cabrestante al frente de ellos con gran brío.
En aquel momento de excitación, ese canto lúgubre me
trasladó con la imaginación, de un modo especial, a mi vieja posada del
"Almirante Benbow", en la cual oía de nuevo la voz del sombrío
capitán sobresaliendo sobre el coro. Pronto el ancla estuvo afuera y se la dejó
colgar, escurriendo junto a la proa. Pronto se izaron también las velas, que
comenzaron a hincharse suavemente con la brisa, y las costas y los buques
empezaron a desfilar ante mis ojos de uno y otro lado, de tal manera que, antes
de que hubiera ido a buscar en el sueño una hora de descanso, ya “La Española”
había zarpado gentilmente, emprendiendo su travesía hacia la isla del Tesoro.
No es mi deseo referir todos y cada uno de los
detalles de ese viaje; básteme decir que fue en extremo próspero; que nuestra
goleta dio pruebas de ser una buena y ligera embarcación; que los tripulantes
eran, todos, marineros experimentados, y que el capitán entendía muy bien lo
que manejaba. Pero antes de que llegásemos cerca de las costas de la Isla del
Tesoro, acontecieron dos o tres cosas que es indispensable referir para la
inteligencia de esta narración.
Arrow, el piloto, pronto se tornó peor de lo que el
capitán había temido: no tenía la menor autoridad sobre los marineros, los
cuales hacían con el lo mejor que les acomodaba. Pero no era esto lo peor, sino
que uno o dos días después de nuestra partida, comenzó a presentarse sobre
cubierta con los ojos inyectados, los pómulos enrojecidos, la lengua torpe y
todas las señales más evidentes de la embriaguez. Una vez y otra se lo tuvo que
mandar a la cala, castigado. Algunas veces se caía, rompiéndose la cara; otras
se echaba el día entero en su tarimón, al lado de la toldilla. Como una
reacción que durara uno o dos días, se le podía ver sobrio y listo, atender a
su trabajo, por lo menos pasablemente.
Entretanto no podíamos averiguar dónde tomaba lo que
bebía; éste era el misterio de nuestro buque. Nuestra vigilancia redoblada y
multiplicada nada pudo; fue inútil cuanto hicimos para descubrirlo. Soltamos
preguntárselo abiertamente, y entonces, una de dos: o se nos reía en las barbas
si estaba borracho, o nos negaba tercamente que se embriagase si acontecía que
estuviera en su juicio, protestando que no probaba nada que no fuese agua.
No solamente era inútil en su calidad de oficial del
buque, y Pésimo como fuente de las malas influencias entre los hombres de la
tripulación, sino que se vela muy claramente que, al paso que iba, muy pronto
acabaría por matarse. Así es que nadie se sorprendió, ni se apenó mucho
tampoco, cuando, en una noche muy, oscura, en que el mar parecía menos sosegado
que de costumbre, el hombre aquel desapareció sin que volviésemos a verle.
-¡Hombre al agua! -dijo el capitán- Enhorabuena,
señores; esto nos ahorra la molestia de tener que mandarle poner grillos.
Lo cierto es que, desaparecido el, nos encontrábamos
enteramente sin piloto, y era preciso, en consecuencia, ascender a uno de los
tripulantes. Job Anderson, el contramaestre, era el más apto de los de a bordo,
así fue que, aunque conservando su título primitivo, pasó a desempeñar el
cargo. El señor Trelawney, que había estudiado náutica y viajaba mucho, como se
recordará, tenía conocimientos que lo hacían muy útil en aquellas
circunstancias, y realmente los puso en práctica, ejerciendo la vigilancia
propia del piloto en los días en que el tiempo era propicio. En cuanto al
timonel, Israel Hands, era un viejo y experimentado marino, cuidadoso y astuto,
de quien podía uno fiarse en todo y para todo.
Era, éste el gran confidente de Silver, cuyo nombre
me lleva a hablar del cocinero Barbacoa, como la tripulación lo llamaba.
A bordo de la embarcación cargaba éste su muleta,
suspendiéndola al cuello por medio de un acollador, a fin de tener ambas manos
libres y expeditas lo más que podía. Era digno de llamar la atención el verlo
acuñar el pie de su muleta contra la abertura de alguna tablazón, y apoyándola
en ella, despachar bonitamente su cocina, como podría hacerlo cualquier hombre
sano en tierra. Pero todavía era más extraño verle en los días de mal tiempo
atravesar la cubierta. Veíaselo trasladarse de un lado a otro, ya usando su
muleta, ya arrastrándola tras de sí por medio del acollador, tan rápidamente
como pudiera hacerlo un hombre que tuviera el uso de sus dos piernas. Y, sin
embargo, algunos de los marineros, aquellos que ya habían hecho travesías con
el, decían que daba -lástima el verle tan abatido.
-Este Barbacoa no es un hombre común -me decía una
vez el timonel-. Allá en sus mocedades tuvo sus estudios y, cuando se ofrece,
puede hablar como un libro. Y valiente, ¡eso sí! Un león nada es comparado con
Barbacoa. Yo lo he visto despachar a cuatro enemigos de una sola vez,
haciéndolos morder el polvo, y sin tener un arma en la mano.
Toda la tripulación lo respetaba, y aun puedo decir
que lo obedecía. Poseía un modo muy peculiar de insinuarse al hablar a cada
uno, y siempre hallaba ocasión de hacer a todos un pequeño servicio. Respecto a
mí, Silver era siempre extraordinariamente amable y siempre se mostraba contento
de verme aparecer en su galera, que tenía siempre limpia y brillante como un
espejo: las cacerolas colgaban bruñidas y lustrosas, y su loro estaba en su
reluciente jaula, en un rincón.
-Ven acá, Hawkins, ven acá -solía decirme- Ven a
echar un párrafo con tu amigo John. Nadie más bien venido que tú, hijo mío.
Siéntate y ven a oír lo que pasa. Aquí tienes al capitán Flint -as! lo llamo yo
a mi loro en memoria del célebre filibustero-, aquí tienes al capitán Flint,
prediciéndonos el buen éxito de nuestro viaje. ¿No es verdad, capitán?
MY el perico, como si le dieran cuerda, se soltaba
gritando: "¡Piezas de a ocho! ¡piezas de a ocho! ¡piezas de a ocho!
¡piezas de a ocho! "Y esto con una rapidez tal que había que maravillarse
de cómo no se le acababa el aliento; y no cesaba hasta que Silver no sacudía su
pañuelo sobre la jaula del animal.
-Ahora bien, Hawkins, ahí donde lo ves, ese pájaro
debe tener ya lo menos doscientos años. Casi todos ellos son poco menos que
eternos, y yo creo, respecto de éste, que solamente el diablo habrá visto más
atrocidades y horrores que el. Figúrate que fue del capitán England, del
célebre y gran pirata inglés. Ha estado en Madagascar y en Malamar, en Surinam,
en Providencia y en Porto Bello. En éste asistió a la exploración y repesca de
los buques cargados de plata echados a pique, y allí fue donde aprendió su
refrán de piezas de a ocho, lo cual no es muy de maravillar, porque figúrate,
Hawkins, que se sacaron de ellas más de trescientas cincuenta mil. Concurrió,
también, al abordaje del virrey de las Indias, cerca de Goa, y, al verle,
ahora, se creería que entonces estaba recién nacido. Pero ya has olido la
pólvora, ¿no es verdad, capitán?
-¡Prepárate para el zafarrancho! -gritó ruidosamente
el animal.
- ¡Ah! Este animalito es una joya -añadía con tono
alegre el cocinero, alargándole los trozos de azúcar que sacaba de su
faltriquera.
Entonces el pájaro se pegaba a los barrotes de su
jaula y comenzaba a jurar y a maldecir redondo, de una manera tan llena de
maldad, que parecía increíble. Entonces, John, se veía obligado a añadir: -El
que entre la brea anda, que pegarse tiene. Aquí tenemos, si no, a este inocente
animalito mío, jurando como un desesperado, pero no debemos recriminárselo.
Puedes creer que lo mismo juraría, es un decir, delante de monjas capuchinas y
frailes descalzos.
Y John, entonces, se tocaba su melena de aquel modo
solemne y peculiar que el tenía y que me confirmaba a mí en la creencia de que
aquél era el mejor de los hombres.
Entretanto, el caballero y el capitán continuaban
todavía sus relaciones en términos muy poco amistosos. El caballero no hacía
gran misterio de sus sentimientos, sino que menospreciaba claramente al
capitán. Éste, por su parte, jamás hablaba sino cuando le dirigían la palabra,
y aun en esos casos, corto, seco, y brusco, y sin una palabra inútil.
Reconocía, cuando se lo llevaba a un rincón, que había estado injusto y
equivocado acerca de su tripulación; que algunos de sus hombres eran tan
vigorosos y aptos como el pudiera desearlos, y que todos se habían conducido,
hasta allí, perfectamente bien.
Por lo que respecta a la goleta, estaba el hombre
enamorado de ella, y solía decir:
-Siempre está lista para enfilar el viento, con más
docilidad y ligereza que si fuera una buena esposa complaciendo a su marido. No
obstante -añadía-, todavía no estamos de vuelta en casa, y repito que no me
gusta- esta expedición.
A estas últimas palabras, el caballero volvía la
espalda y se ponía a recorrer la cubierta, dándose a todos los diablos, como de
costumbre.
-Una palabra más de ese hombre y un día de éstos
estallo - solía decir.
Tuvimos un poco de mal tiempo, lo cual sirvió para
probarnos las buenas cualidades de "La Española". Todos los hombres
parecían contentos, y la verdad es que hubieran pecado de exigentes si hubiera
sido de otra manera, pues tengo para mí que jamás tripulación alguna estuvo más
mimada y consentida desde que el patriarca Noé navegó en su bíblica arca. Con
el menor pretexto doblábase el ron cotidiano, y el pudding de harina en días
extraordinarios, Por ejemplo, si el caballero sabia que era el cumpleaños de
alguno de los marineros, y nunca faltaba un barril de buenas manzanas, abierto
y colocado en el combés, para que se despachara por su mano todo aquel a quien
se le antojara comerlas.
-No es cosa de andar con tratamientos parecidos
-decía el capitán al doctor Livesey- Al que cuervos cría, éstos le sacan los
ojos: ésta es simplemente mi opinión.
Sin embargo, lo del barril de manzanas resultó cosa
buena, como se verá muy pronto, pues a no haber sido por el, no nos habríamos
prevenido a tiempo y habríamos todos perecido a manos de la traición y de la
infamia.
He aquí lo que sucedió: hasta entonces habíamos
navegado, a favor de los vientos alisios para ponernos en dirección de la isla
que buscábamos. No me es permitido ser más explícito. A la sazón, bajábamos ya
en sentido opuesto manteniendo una asidua y cuidadosa vigilancia día y noche.
Era aquél ya el último día, según el más largo cómputo presupuesto para el
viaje, y de un momento a otro, durante esa noche, o, a más tardar, a la mañana
siguiente, antes de mediodía, debíamos llegar a la vista de la Isla del Tesoro.
Nuestra proa enfilaba al suroeste, y llevábamos una firme brisa de baos, con
mar muy quieta. "La Española" se deslizaba con seguridad, sumergiendo
en las ondas, de cuando en cuando, su bauprés y produciendo con el algo como
pequeñas explosiones de espuma; todo seguía su curso natural desde las gavias
hasta la quilla, y todos parecían llenos del ánimo más esforzado, ya que casi
hablamos cumplido la primera etapa de nuestra aventura.
Mucho después de puesto el sol, cuando mi trabajo del
día estaba concluido y ya me iba en derechura a mi camarote, acometióme el
deseo de comer una manzana. Subí sobre la cubierta La vigilancia estaba toda a
proa, a la espera de descubrir la isla: El timonel observaba la orza de la vela
y se divertía silbando alegremente. Éste era el único ruido que se escuchaba, a
excepción del rumor del mar, hendido por la proa, y que murmuraba suavemente
sobre los costados de la goleta.
Me lancé hasta el fondo del gran barril de las
manzanas en busca de alguna, y me
encontré con que apenas si habían quedado una o dos. Crucéme de piernas
tranquilamente en aquel fondo oscuro, sin más intención que la de concluir con
mi manzana; pero, ya fuese el monótono rumor del mar, ya el suave balanceo de
la goleta en aquel momento, el hecho es o que dormité por unos instantes o que
estuve a punto de hacerlo, cuando un hombre pesado se sentó repentinamente
junto a mi escondite. El barril se estremeció cuando aquel hombre recargó su
espalda, y ya iba yo a saltar afuera, cuando el recién venido comenzó a hablar.
Era la voz de Silver, y no había ya oído una docena de palabras todavía cuando
ya no hubiera osado asomarme ni por todo el oro del mundo. Quedéme, pues, allí,
trémulo y atento, angustiado y lleno de curiosidad, porque aquellas pocas
palabras bastaron para darme a entender que las vidas de todos los hombres
honrados que iban a bordo dependían
de mi serenidad.
11., Lo que oí desde el barril
-¡No! ¡yo no! -decía Silver- Flint era el capitán; yo
no era más que el contramaestre, con mi pierna de palo. En el mismo abordaje
perdimos, yo mi pierna y el viejo Pew la vista. Me acuerdo que fue un cirujano
recibido, con su título con muchos latines, que no sabía más que pedir el que
me aserró esta pierna; pero todas sus retóricas y sus serruchos no lo libraron
de que lo ahorcáramos como a un perro y lo dejáramos secándose al sol en el
castillo del “Croso”. ¡Esos eran los hombres de Flint, ésos, sí señor! Ése fue
el resultado también de cambiar nombre a sus navíos, "Royal Fortune"
y otros. Pero yo sostengo que el nombre con que han bautizado a un navío es el
que debe quedársele. Así aconteció con "La Casandra", que nos trajo
sanos y salvos a nuestra casa después que England se apoderó del virrey de
Indias, y lo mismo con el viejo “Walrus”, que era el antiguo buque de Flint,
que yo vi rojo de sangre de popa a proa, algunas veces, y otras repleto de oro
hasta zozobrar con su peso.
-¡Ah! -exclamó otra voz, que luego conocí por la del
más joven de los de la tripulación, y que expresaba la admiración más
completa-. ¡Ah! ¡Flint sí que era la flor de toda esa banda!
-Davis también era todo un hombre cabal, no lo dudes
-dijo Silver-, yo nunca navegué con el, sin embargo. Mi historia es ésta: primero con England, luego con
Flint y, ahora, por mi cuenta.. . Yo pude ahorrar novecientas libras durante mi
servicio con England y dos mil con Flint. Ya ves tú que eso no es poco para un
simple marinero. Y todo eso bien guardadito en el Banco, muy guardado, no te
quepa duda. ¿Y qué se ha hecho hoy de los hombres de England? ¡No sé! ¿Y de los
de Flint? En cuanto a ésos, la mayor parte están aquí, a bordo, con nosotros.
Al viejo Pew. que había perdido la vista, le tocaron mil doscientas libras que
vergüenza da decirlo- gastó completamente en un año, como puede hacerlo un lord
del Parlamento. ¿En dónde está ahora? Muerto bien muerto y bajo escotillas.
Pero, dos años antes de morir ... ¿qué hizo? ¡Mil tempestades! Ladrar de hambre
como un perro; pedir limosna, mendigar, robar, degollar gentes, y con todo eso
morirse de hambre y de miseria ... ¡voto al demonio!
-Voy creyendo, que no sirve, pues, de mucho la
carrera -observó el joven catecúmeno de Silver,
-No les sirve de mucho a los manirrotos y locos; por
supuesto que no -replicó Silver-. Pero, en cuanto a, ti, mira; tú eres un
chicuelo todavía; pero vivo como un zancudo. Yo te conocí en cuanto te puse el
ojo encima, y ya ves que te hablo como a un hombre hecho.
Se comprenderá sin esfuerzo lo que sentí al oír a
este viejo abominable bribón dirigiendo a otro las mismísimas palabras
aduladoras que había usado para conmigo. Créaseme que si hubiera podido, con
todo mi corazón lo habría anonadado a través de mi, barril. Pero el prosiguió, entre
tanto, muy ajeno de que alguien lo estaba escuchando:
-Mira tú lo que sucede con los caballeros de la
fortuna. Se pasan una vida dura y están siempre arriesgando el pescuezo; pero
comen y beben como canónigos y abades, y cuando han llevado a cabo una buena
expedición, ¡ca!, entonces ... los ves ponerse en las faltriqueras miles de
libras en ves, de puñaditos de miserable? peniques. Ahora, los más de ellos lo
tiran en orgías y francache las, también eso es cierto, y luego los ves
volviendo al mar, en camisa, como quien dice. Pero a fe que yo no he ido por
semejante vereda. ¡No, que no! Yo he puesto todo muy bien asegurado, un poquito
aquí otro poco allá, y en ninguna parte mucho para no excitar sospechas
inútiles y peligrosas. Ya tengo cincuenta años, fijate bien, y una vez de
vuelta en esta expedición me establezco como un perezoso rentista. Ya es tiempo
de ello, me parece que replicas. ¡Ah, sí! Pero puedo asegurarte que entretanto
he vivido con desahogo. Jamás me he privado de nada que me haya pedido el
cuerpo; sueños largos, comidas apetitosas, y todo esto, día por día, excepto
cuando viajo por el agua salada. ¿Y cómo comencé? Pues ni más ni menos que como
tú ahora, de puro y simple marinero.
-Bueno -replicó el joven -; pero lo que es ahora,
todo ese otro dinero es como si ya no existiera, ¿no es verdad? Porque, a buen
seguro que, después de esta expedición, ¡vaya usted a dar la cara en Bristol!
-¡Bah! -contestó Silver irónicamente - ¿Pues en dónde
te figuraste que ese dinero estaba?
-Pues ... en Bristol, es claro, en los Bancos y a
rédito -contestó su interlocutor.
-Es verdad, allí estaba cuando levamos anclas; pero a
esta hora, mi mujer..., ya tú me entiendes .... mi mujer lo tiene ya todo bien
realizado, y todo en su poder. La taberna de "El Vigía" está ya
vendida, o arrendada, o regalada, o qué sé yo. Pero, en cuanto a la muchacha,
yo te aseguro que ya ella ha salido de Bristol para reunirseme. Yo te diría de
muy buena gana en dónde va a esperarme; pero esto haría que nacieran celos
entre tus compañeros por mi preferencia, y no quiero celos aquí.
-¿Y tiene usted plena confianza en su ... mujer, como
usted la llama? -preguntó el catecúmeno.
-Los caballeros de la fortuna -replicó el cocinero-,
generalmente, somos poco confiados entre nosotros mismos, y a fe que, puedes
creerlo, no nos falta razón para ello. Pero yo tengo unos modos míos muy
particulares; de veras que sí. Cuando un camarada es capaz de tenderme una
celada ... quiero decir, uno que me conoce, ya puede estar seguro de que no le
será posible vivir en el mismo mundo que el viejo John. Había algunos que le tenían
miedo a Pew; otros que se aterrorizaban de Flint; pero yo te digo que el mismo
Flint no las tenía todas consigo tratándose de mí, con ser quien era. Sí, me
tenla miedo, y eso que estaba orgulloso de mí, vamos al decir. Nunca ha habido
sobre los mares una tripulación más escabrosa que la de Flint, al extremo de
que el mismo diablo hubiera temido ir con ella a bordo. Pues, sin embargo, tú
me ves, no soy ningún finchado ni ningún fanfarrón, Y sé hacer la campaña con
todos mis camaradas con tanta llaneza como si no fuera quien soy. Pero,. cuando
era yo contramaestre.... ¡ah, diablo!, entonces sí que no podía decirse de
ninguno de nuestra camada de viejos filibusteros que fuese un corderito. ¡Ah!
yo sé lo que te digo: puedes estar seguro de ti mismo en este navío del viejo
John.
-Está bien -replicó el mancebo-; ahora le diré a
usted que cuando vine aquí no me gustaba el proyecto ni tanto así; pero ahora
ya que hemos tenido esta explicación, John, ya sabe usted que cuentan conmigo
suceda lo que suceda.
-Mucho me alegro, porque tú eres un muchacho de
provecho -contestó Silver sacudiendo la mano de su converso de la manera más
cordial- Puedes creer que no he visto en mi vida una apariencia mejor que la
tuya para ser uno de los caballeros de la fortuna.
Al llegar aquí, yo ya había comenzado a comprender
que por caballeros de la fortuna entendían aquellos hombres ni más ni menos que
piratas comunes y corrientes, y que aquella pequeña escena que yo habla oído
era nada más que el último acto en la corrupción de uno de los hombres honrados
que iban a bordo, tal vez ya el último de ellos. No obstante, pronto debía
recibir algún consuelo sobre este particular, como se verá luego; Silver, en
aquel momento, dejó oír un ligero silbido, y un tercer personaje apareció muy pronto
y vino a reunirse a aquel conciliábulo.
-Dick es hombre de pelo en pecho -dijo Silver al
recién venido.
¡Oh! eso ya me lo sabía yo -replicó una voz que
reconocí por la del timonel, Israel Hands-. Este Dick no tiene un pelo de
tonto. Pero vamos allá -prosiguió-, lo que yo quiero saber es esto, Barbacoa:
¿tanto tiempo nos vamos todavía a quedar afuera, en esta especie de maldito
bote vivandero? Digo esto porque ya tengo bastante del capitán Smollet, ¡con
mil diablos!; ya bastante me ha aburrido, y quiero poder instalarme en su
cámara; quiero sus pickles, quiero sus vinos, quiero todo eso.
- Israel -le replicó Silver-, tú has tenido ahora y
siempre la cabeza llena de humo. Pero creo que te podrá entrar la razón, ¿no es
esto? Abre, pues, las orejas, que bien grandes las tienes, para oír lo que te
voy a decir: seguirás durmiendo a proa, y seguirás pasándola penosamente, y
seguirás hablando con suavidad, y seguirás bebiendo con la mayor mesura hasta
que yo de la voz, y entretanto te conformarás con eso.
-Está bien, no digo que no -gruñó el timonel- Lo
único que digo es esto: ¿cuándo? ¡Eso es todo!
-¿Cuándo? ¡Mil tempestades! -exclamó SilverConque
cuándo, ¿eh?; pues mira, puesto que lo quieres voy a decirte cuándo. Hasta el
último momento que me sea posible: ¡entonces! aquí traemos a un excelente
marino, a este capitán Smollet, que viene dirigiendo en provecho nuestro el
bendito buque. Aquí traemos, igualmente, a ese caballero y a ese doctor con su
mapa y demás cosas que nos interesan y que ni yo ni ustedes sabemos en dónde
diablos las guardan. En hora buena; entonces tenemos que aguardar a que este
caballero y este doctor encuentren la hucha y no» ayuden hasta ponerla a bordo
del buque, ¡con cien mil diantres, Entonces veremos. Si yo estuviera
completamente seguro de ustedes, hijos del demonio, dejaría al capitán Smollet
que nos condujera de vuelta hasta medio camino, antes de dar el golpe
definitivo.
-Este asunto no me parece tan dudoso. ¿Acaso no somos
marinos todos los que estamos aquí a bordo? Yo creo que sí -dijo el muchacho
Dick.
-Quieres decir que entendemos la maniobra, ¿no es
verdad? -prorrumpió Silver-. Nosotros podemos seguir una dirección dada; ¿pero
quién puede dárnosla? He aquí en lo que se dividen todas las opiniones de
ustedes, desde el primero hasta el último. En cuanto a mí, si yo pudiera obrar
conforme a mi solo deseo dejaría al
capitán. Smollet que nos llevara hasta la última hora en nuestro regreso
para no exponernos a cálculos erróneos y a andar luego a ración de agua por
esos mares del diablo. Pero Yo sé muy bien qué casta de bichos son ustedes, y-
no hay remedio, acabaré con ellos en la isla, tan luego como nos hayan ayudado
a poner la hucha a bordo, lo . cual es una lástima. í Que reviente yo. en hora
mala, si no es cosa que me gusta el navegar con zopencos como ustedes!
-Eso sí que es hablar por hablar -exclamó
Israel¿Quién te da motivo para enojarte, John?
-¡Hablar por hablar! -replicó exaltado Silver¿Pues
cuántos navíos de alto bordo te figuras que he visto al abordaje, y cuántos
vigorosos muchachos secándose al sol en la plaza de los Ajusticiados, y todo
esto. solamente por esta maldita prisa? ¿Me oyes bien? Pues. mira; yo he visto
una que otra cosa en el mar, puedes creerlo, y te digo que si ustedes se
limitaran a poner sus velas siguiendo al viento que sopla, llegarían sin duda,
un día al punto de poseer carrozas, ¡por supuesto! ¡Ah!, ¡pero no será así! Los
conozco muy bien a ustedes. Comenzarán por andar de taberna en taberna, ahítos
de ron, y mañana u otro día ya irán por sus pasos contados a hacerse ahorcar.
-Todos sabíamos bien que tú has sido siempre una especie de abad, John. Pero
hay otros que han podido maniobrar y gobernar tan bien como tú -dijo Israel-.
Y, sin embargo, a ellos les gustaba un poco el jaleo y la diversión. Ellos no eran
tan entonados, ni severos, tomando su parte como camaradas alegres y de buen
humor.
-Es verdad- dijo Silver-, es muy cierto. Sólo que,
¿en dónde están ésos ahora? Pew era de ese Jaez, y ha muerto mendigando, Flint
era también así y murió borracho en Savannah. ¡Oh eran muy alegres y muy
divertidos, sí, señor; pero, lo repito, ¿en dónde esta ahora?
Yo pude apenas recoger dos o tres frases; pero en
ellas supe, sin embargo, algo interesante, pues además de otras palabras que
tendían a confirmarlo, esto llegó muy distintamente a mis oídos.
-Ninguno de ellos quiere ya entrar en
el negocio.
Era claro, por lo tanto, que todavía quedaban hombres
leales a bordo.
En aquel punto cierta claridad cayó sobre mí,
adentro del barril; alcé la vista y me encontré con que la luna acababa de
aparecer en el cielo, plateaba la gavia de mesana y comunicaba un tinte
blanquecino a la palma del trinquete. Casi en el mismo instante la voz del
vigía se alzó gritando: -¡Tierra! ¡Tierra!
12. Consejo de guerra
Pasos precipitados sonaron por dondequiera, al grito
de ¡tierra!, apresurándose tanto mis amigos de la cámara de popa como las
gentes de la tripulación a subir sobre cubierta. Yo salté rápidamente afuera
del barril; me deslicé, cubriéndome con la vela del trinquete, di la vuelta
hacia el alcázar de popa y volví a aparecer sobre cubierta a tiempo para
reunírmeles a proa.
Todo el mundo estaba ya congregado allí. Una cinta de
niebla se había alzado casi al tiempo en que aparecía la luna. Allá a lo lejos,
hacia el sudoeste, divisábamos dos montañas no muy altas, como a unas dos
millas de distancia, y por encima de una de ellas aparecía una tercera mucho
más alta que las otras y cuya cumbre se miraba envuelta entre las gasas de la
niebla. Las tres parecían de figura aguda y cónica.
Esto fue a lo menos, lo que yo creí ver, puesto que
aún no me había repuesto de mis terrores de hacía pocos minutos. En seguida oí
la voz del capitán Smollet dando órdenes. "La Española" fue puesta
uno o dos puntos más cerca de la dirección del viento, y comenzó a enderezar el
rumbo de manera que enfilase la costa oriental de la isla.
-Y ahora, muchachos -dijo el capitán, cuando la
maniobra estuvo ejecutada, ¿alguno de ustedes ha visto esa tierra antes de
ahora?
-Yo -dijo Silver- Siendo cocinero de un buque
mercante, anclamos aquí para proveernos de agua.
-El fondeadero está al sur, tras un islote, ¿no es
cierto? -preguntó el capitán.
-Sí, señor, el islote del Esqueleto, que se llama.
Este lugar cuales llaman, con nombres marinos, el Trinquete, el Mayor y el
Mesana. Pero el principal es el más grande, que tiene el pico sumido en la
nube. Lo llaman también el cerro del Vigía, a causa de la vigilancia que desde
su cima mantenían esos hombres, mientras sus embarcaciones permanecían al
ancla, para la limpieza, porque aquí es donde ellos llevaban a cabo esa
operación.
-Aquí tengo un mapa -dijo el capitán Smollet-; vea si
éste es el lugar que usted dice.
En los ojos de Silver pasó algo como un relámpago de
alegría feroz al tomar la carta que le alargaba el capitán. Pero en el mismo
instante en que sus ojos cayeron sobre el papel, su esperanza de un segundo
sufrió una terrible decepción. Aquél no era el mapa encontrado en la maleta de
Billy Bones, sino una copia cuidadosa en todos sus detalles, nombres, alturas y
sondajes, con la sola excepción de las cruces rojas y de las notas manuscritas.
Sin embargo, por profunda que fuese la contrariedad de Silver. tuvo la
necesaria presencia de ánimo para dominarse y aparecer sereno.
-Sí, señor -contestó-; éste es el lugar, según
entiendo, y muy bien trazado, ciertamente. ¿Quién habrá sido el autor de está
carta? Los piratas eran demasiado ignorantes, a lo que creo, para poder dibujar esto. ¡Ah!, ¡vamos!, aquí
está marcado: Ancladero del capitán Kidd; precisamente éste es el nombre que le
dio mi patrón. Allí existe una fuerte corriente a lo largo de la costa sur, y
luego sube en dirección norte, a lo largo de la costa occidental. Tenía usted
razón -prosiguió- en ceñir el viento y poner la proa hacia la isla, por lo
menos si su intención era la de entrar a carenar allí, porque la verdad es que
en todas estas aguas no hay lugar más a propósito que ése.
-Gracias, mi amigo -dijo el capitán Smollet- Luego
pediré a usted algunos otros informes. Puede retirarse.
El capitán Smollet, el caballero y el doctor Livesey
se quedaron conversando junto al alcázar de proa. A pesar de mi impaciencia por
contarles lo que la casualidad me habla hecho oír, no me atreví a
interrumpirlos abiertamente. Entretanto, y cuando más absorto estaba yo en mis
pensamientos para encontrar alguna excusa probable, el doctor Livesey me llamó.
Hablasele olvidado su pipa en la cámara, y, como era un verdadero esclavo del
tabaco, me iba a indicar que bajara a traérsela, pero en cuanto estuve bastante
cerca para que me oyese el sólo, le dije rápidamente: -Doctor, permítame usted
que le hable. Llévese consigo al capitán y al caballero inmediatamente abajo, a
la cámara, y, con cualquier pretexto, manden ustedes por mí. Tengo nuevas
terribles.
El doctor pareció por un instante desconcertarse;
pero, en el acto fue otra vez dueño de sí mismo.
-Gracias, Jim dijo en voz bien alta-; eso es todo lo
que quería saber.
Fingía con esto, haberme hecho alguna pregunta, a la
que yo hubiese respondido.
En seguida giró sobre sí mismo y se volvió a reunir
al grupo. Hablaron los tres algunos instantes, y aun cuando ninguno de ellos
dio muestras de sobresalto ni levantó la voz, me pareció evidente que el doctor
Livesey les acababa de comunicar mi súplica, porque lo primero que llegó a mis
oídos fue que el capitán daba órdenes a John Anderson y el silbato sonó luego
llamando sobre cubierta a toda la tripulación.
-Muchachos- dijo el capitán cuando todos estuvieron
reunidos-; tengo dos palabras que decir a ustedes. Esa tierra que acabamos de
ver es el lugar de nuestro destino. El patrón de este buque, hombre muy liberal
y generoso, según todos lo sabemos por experiencia, acaba de hacerme dos
preguntas que yo he podido contestar diciéndole que cada marinero de esta
goleta ha cumplido con su deber, desde el tope hasta la cala, de tal manera,
que nada mejor pudiera pedirse. Por tal motivo, el, el doctor y yo, vamos a la
cámara a beber a la salud y buena suerte de todos ustedes, mientras que a
ustedes se les servirá un buen grog para que brinden, por nosotros. Yo les daré
a ustedes mi opinión sobre esto: yo lo encuentro magnífico. Si ustedes son de
mi parecer, les propondré, pues, que envíen un buen aplauso al caballero que
así se porta.
El aplauso se dejó oír, esto era claro; pero estalló
tan compacto y tan cordial, que confieso que me fue difícil convencerme de que
aquellos mismos que lo daban estaban arreglando tramas infernales contra
nuestras vidas.
-¡Un aplauso más por el capitán Smollet! -gritó
Silver cuando el último hubo cesado.
Lo mismo que el anterior, este segundo aplauso
parecía enteramente sincero y voluntario.
Apenas pasado esto, los tres caballeros bajaron a la
cámara, y no pasó mucho rato sin que enviasen un recado diciendo que se
necesitaba a Jim Hawkins en el salón.
Encontréles en torno de la mesa, con una botella de
vino es. pañol y algunas uvas delante de ellos; el doctor, fumando fuertemente
y con la peluca puesta sobre sus rodillas, lo cual me constaba que era un signo
de agitación en el. La ventanilla de popa estaba abierta porque la noche era
bastante cálida, y podía verse perfectamente desde dentro el resplandor de la
luna centelleando sobre la estela de nuestro buque.
-Ahora bien, Hawkins -díjome el caballero-, parece
que tienes algo que decirme: habla.
Hícelo como se me mandaba y, sin alargarme demasiado,
conté todos ¡os detalles de la conversación de Silver. Ninguno trató de hacer
la más pequeña interrupción hasta que lo hube dicho todo, ninguno, tampoco,
hizo movimiento de ninguna especie, sino que todos mantuvieron sus ojos
clavados en mi semblante desde el principio hasta el fin de la narración.
-Siéntate, Jim -dijo el doctor.
-Ahora, capitán -dijo el caballero-, es ya tiempo de
proclamar que usted estaba en lo justo y yo estaba equivocado. Me declaro
sencillamente un borrico y espero las órdenes de usted.
-Nadie más borrico que yo -replicó el capitán-. Yo no
he visto jamás tripulación alguna tramando una rebelión que no deje escapar
imperceptiblemente algunos signos de su descontento, de manera que todo hombre
que no es ciego puede ver el peligro y tomar las medidas necesarias para
evitarlo. Pero confieso que esta tripulación derrota toda mi experiencia.
-Capitán -dijo el doctor-, con su permiso diré que
ésta es obra de Silver y que éste es un hombre notable.
-Me parece que más notable aparecería colgado en un
pañol de las vergas -replicó el capitán- Pero esto no es más que charla que no
conduce a nada. He fijado mi atención en tres o cuatro puntos, y con permiso
del señor Trelawney voy a exponerlos.
-Caballero -dijo el señor Trelawney en un tono
solemne-, Usted es el capitán, y a usted es a quien toca hablar.
-Primer punto -comenzó el capitán Smollet-: tenemos
que seguir adelante porque ya es imposible retroceder. Si esto último se
intentara, la rebelión estallaría inmediatamente. Segundo punto: tenemos a nuestra
disposición tiempo hasta que se encuentre ese Tesoro. Tercer punto: todavía nos
quedan hombres leales a bordo. Ahora bien, señores, es una cosa que no tiene
remedio el que tarde o temprano debamos entrar en hostilidades. Hay que tomar,
pues, la ocasión cuando nos presente sus cabellos, es decir, propongo que
seamos nosotros los que rompamos el fuego, el día más a propósito, y cuando
ellos menos lo esperen. Me parece, señor Trelawney, que podemos fiar en los
criados de su casa, ¿no es verdad?
-Tanto como en mí mismo -declaró el caballero.
-Tres -dijo el capitán-, y con nosotros cuatro, somos
ya siete, incluyendo a Hawkins. ¿Y cuántos serán los hombres leales?
-Probablemente -replicó el doctor-, han de ser los
contratados personalmente por Trelawney antes de que se hubiera echado en
brazos de Silver.
-No, por cierto -replicó el caballero- Hands es uno
de esos hombres.
-Yo hubiera creído que podríamos tener fe ciega en
este último -dijo el capitán.
-¡Y pensar que todos ellos son iguales! -prorrumpió
el caballero- ¡Señores, crean ustedes que ganas me vienen de hacer volar este
buque!
-Pues bien, señores -agregó el capitán-, lo mejor que
yo puedo decir ahora es bien poco. Debemos tenernos por advertidos y mantener
la más exacta vigilancia. Esto es desagradable para un hombre, yo lo sé.
Preferiría, por lo mismo, que se rompieran las hostilidades ahora mismo; pero
no tendremos ayuda suficiente hasta que sepamos cuáles son nuestros hombres.
Estémonos quietos y esperemos la oportunidad: ése es mi parecer.
-Este Jim -dijo el doctor- puede sernos más útil que
todo lo demás que hagamos. El enemigo no tiene ninguna mala voluntad respecto
de el, y yo sé que el es un chico muy observador.
-Hawkins -añadió el caballero-, en ti pongo fe ciega
y completa.
Al oír esto no dejaba de comenzar a sentirme punto
menos que desesperado, porque me consideraba enteramente sin apoyo. Y, sin
embargo, por un extraño encadenamiento de circunstancias, no fue sino por mi
conducto por el que todos nos salvamos. Entretanto, por más vueltas que se le
diera al asunto, el hecho es que de veintiséis hombres de a bordo, no había
sino siete con los que se pudiera contar, y todavía de esos siete uno no era
más que un niño; de suerte que, en realidad, los hombres que teníamos de
nuestro lado eran seis, para diecinueve de nuestros enemigos.
PARTE TERCERA
MI AVENTURA EN LA
COSTA
13. Cómo empezó la aventura
Cuando subí sobre cubierta, a la mañana siguiente, el
aspecto de la isla había cambiado grandemente. Aun cuando la brisa de la
víspera había cesado, el camino hecho durante la noche era muy considerable, y
a la sazón nos encontrábamos detenidos como a una media milla al sudeste de la
costa baja oriental. Bosques de un color pardo cubrían una gran parte de
aquella tierra. Sin embargo, ese tinte se interrumpía aquí Y acullá por listas
amarillentas de arena, en los terrenos más bajos, y por algunos árboles más
elevados de -la familia de los pinos, que se alzaban por entre las copas de los
otros, algunos de ellos aislados y dispersos, otros reunidos; por el aspecto y
el colorido general la Isla era triste y uniforme. Los cerros se alzaban
libremente por encima de la vegetación, en espirales de desnudas rocas. Todos
eran de extraña configuración, y el de "El Vigía", que sobrepasaba en
trescientos o cuatrocientos pies a la eminencia próxima a el en elevación, era,
probablemente, el de aspecto más raro, alzándose casi derecho por todos lados,
y apareciendo después cortado repentinamente en la cima, como un pedestal listo
para recibir una estatua.
"La Española" vaciaba a torrentes sus
imbornales en la agitada superficie de un mar de leva. Los botalones chocaban
con los motones, el timón golpeaba de un lado a otro y todo el navío rechinaba
y parecía que gemía y temblaba como una gran fábrica en operación. Yo me vela
obligado a asirme a los brandales de los masteleros con todas mis fuerzas y
sentía que el mundo entero daba vueltas vertiginosamente en torno de mi cabeza,
porque aunque yo era un marino bastante regular, cuando el buque iba en marcha,
aquella movible inmovilidad (permítaseme la frase), aquel balanceo desesperante
sin salir de un punto y aquel verme rodando de aquí para allá como una botella
suelta, fueron cosas que jamás afronté sin sentirme desfallecido, sobre todo a
la mañana y cuando el estómago estaba completamente vacío.
Quizá fue por esto; tal vez fue por el aspecto de la
Isla con sus cenicientos y melancólicos bosques, con sus salvajes espirales de
rocas y con su marejada, que podíamos ver y oír quebrándose tronante y
espumosa, en la escarpada costa; el hecho es que, aunque el sol brillaba claro
y ardiente y los pájaros costaneros pescaban y gritaban alegremente en torno
nuestro, y aun, cuando era de creerse que después de tantos días de no verse m,
que a y cielo todos deberían sentirse contentos de saltar a tierra, mi, valor y
mi sangre, como dice el adagio, se habían bajado los talones, y desde el primer
Instante en que mis ojos la ve aquella esperada Isla del Tesoro me inspiraba al
más profundo cordial aborrecimiento.
Tuvimos que afrontar aquella mañana, de todas
maneras, trabajo ímprobo y pesado. No había la menor traza de viento, hubo
necesidad, en consecuencia, de echar los botes al agua y ponerlos al remo para
remolcar la goleta en una extensión de tres o cuatro millas, rodeando la Isla
hasta penetrar por el estrecho paso que nos condujo a la rada o abrigo que se
abre tras el islote del Esqueleto. Yo me ofrecí espontáneamente Para uno de
botes, en el cual, como es de suponerse, nada tenía que hacer. calor era
sofocante y los hombres al remo gruñían abiertamente a causa de su tarea.
Anderson tenía el mando del bote en que iba, y en lugar. de conservar a su
tripulación en orden, 61 mismo tan alto y tan groseramente cómo el que más.
-Pero no hay cuidado -dijo en una blasfemia-; al fin
esto no es para siempre.
Parecióme este un malísimo signo, porque lo cierto es
que hasta aquel día nuestros hombres habían desempeñado sus tareas voluntaria y
vigorosamente; pero la sola vista de la isla había bastado para relajar las
cuerdas de la disciplina.
Durante toda esta travesía, Silver se estuvo junto al
timonel y dirigió, en realidad, el chinchorro. Él conocía el paso como la palma
de su mano, y así es que, aun cuando el hombre que estaba maniobrando a las cadenas encontró por todas
partes más agua de la que marcaban los sondajes del mapa, John no vaciló ni un
solo momento.
-Hay siempre un grande arrastre con el reflujo -dijo
el-, y este paso parece haber sido ahondado con un azadón.
Llegamos, por fin, al punto preciso marcado en el
mapa como ancladero, como a un tercio de milla de las costas, de la isla
principal por un lado, y del islote del Esqueleto por otro. El fondo era arena
pura. Cuando nuestra ancla se sumergió, se levantó una verdadera nube de aves
acuáticas revoloteando y chillando sobre nuestras cabezas, lo mismo que sobre
los árboles; pero un minuto después todo había quedado de nuevo en el más
completo silencio.
Nuestro fondeadero estaba enteramente rodeado de
tierra, sepultado en medio de bosques por todos lados, cuyos árboles bajaban
hasta la marea más alta de la pleamar; las playas eran casi llanas, y allá, en
una especie de anfiteatro distante, se divisaban las cimas de las montañas, una
aquí, otra más allá. Dos riachuelos, o más bien dos pantanos, desaguaban en
aquel que muy bien pudiéramos llamar estanque.
Desde a bordo no alcanzábamos a ver nada de la casa o
estacada que había allí, porque estaba demasiado oculta entre la espesura de
los árboles, y de no haber sido por la carta que nos acompañaba, hubiéramos
podido creer muy bien que nosotros éramos los primeros que arrojábamos el ancla
en aquel sitio desde que la isla brotó del fondo de las aguas.
No soplaba ni la más pequeña ráfaga de viento, ni se
ola más sonido que el de la resaca tronando a media milla de distancia sobre
las playas, contra las abruptas peñas de las costas. Sentíase un olor peculiar
y desagradable en donde estábamos anclados, olor como de hojas y troncos de
árboles en putrefacción. Yo observé que el doctor absorbía aire y hacía muecas
con la nariz.
-No aseguro que haya o no tesoros aquí -dijo-, pero
en cuanto a fiebres, apuesto mi peluca a que es un semillero de ellas.
- Entretanto, si la conducta de los marineros era
alarmante en el bote, se hizo ya realmente amenazadora cuando volvieron a bordo
de la goleta. Estábanse agrupados sobre cubierta y refunfuñando en medio de la
conversación. La orden más insignificante era recibida con miradas torvas y
murmuraciones entre diente y no se la obedecía sino con verdadera negligencia.
Es posible que aun los no contaminados en el motín se hubieran ya contagiado con la relajación de la disciplina,
porque lo cierto es q no había a bordo hombre alguno a propósito para corregir
a otro La rebelión -esto era palpable- estaba ya suspensa sobre nuestras
cabezas corno una tempestad próxima a desencadenarse.
Y no sólo los pasajeros de cámara éramos los que
compredíamos el peligro, John Sliver trabajaba Infatigablemente yendo de grupo
en grupo, distribuyendo consejos a todos y siendo un modelo verdadero con su
ejemplo de sumisión y dulzura. Nada podía igualarse en aquellos momentos a su
comedimiento y, cortesía; era una perenne sonrisa la que había en sus labios
para todos 1y cada uno de nosotros. Si se le mandaba algo, al punto saltaba,
sobre su muleta, clamando con el tono más complaciente del mundo-
"¡Corriendo, corriendo, señor!". Y cuando no había nada especial que
hacer, él cantaba una canción tras de otra, como si tratara de ocultar con
ellas el descontento de los demás.
De todos los detalles sombríos de aquella tenebrosa
tarde, esa, notorio ansiedad de John Silver se me figuraba el peor de todos.
Celebramos consejo otra vez en el gabinete de popa.
-Señores-dijo el Capitán-, si aventuro la más
insignificante orden, la tripulación entera sé nos viene encima. Aquí tienen ustedes lo que pasa: seme da una
respuesta áspera, ¿no es esto? Pues bien, si replico en un tono más alto, las
cuchillas, saldrían luego a relucír a mandobles. Si no hago esto, si me callo,
Silver..., notará al punto que hay algo por debajo de nuestro silencio,
entonces el juego queda descubierto. Ahora bien: no hay más que un hombre en
quien podamos fiar en la situación actual.
-Y quién es el? -preguntó el
caballero.
-Silver -replicó el capitán-. ti está tan deseoso
como ustedes y como yo de poner las cosas en su lugar. Pronto hablara, a tus
hombres pata calmarlos, si se le presenta la ocasión.
-
Lo que yo propongo, en consecuencia,es darle la
oportu - Vamos a dejar que pasen una tarde en tierra.
-
Si se van todos, está bien, nosotros
pelearemosencastillados en nuestro barco.
-
Si ninguno quiere bajar, entonces nos,
mantenernos en nuestra cámara de popa y Dios ayude la buena cal. Si algunos se
van acuérdense ustedes de lo que les digo- Silver los volverá a bordo, más
mangos que unos corderos.
Así
se acordó. Al mismo tiempo que se proveyó a todos los hombres de confianza de
pistolas cargadas, Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos en antecedentes de lo
que pasaba y, por fortuna recibieron la confidencia con menos sorpresa y más
valor del que nos habíamos figurado con lo cual el capitán fue sobre cubierta y
arengó a la tripulación.
-Muchachos -les dijo-, hemos tenido un día sofocante
todos estamos cansados y sin aliento de nada. Yo creo, sin embargo, que un
paseo por la playa no le hará mal a ninguno; los botes están todavía a flote.
Pueden ustedes tomar los esquifes y, todos los que gusten, ir a tierra por el
resto de la tarde. Yo cuidaré de disparar un cañonazo media hora antes de la
puesta del sol.
Yo supongo que aquellos malvados debieron figurarse
que todo era desembarcar y caer, sin más ni más, sobre el tesoro, porque en un
instante todos ellos echaron instantáneamente el mal humor a paseo y
prorrumpieron en un aplauso y en un hurra espontáneo, tan estruendoso, que
despertó los ecos dormidos de una de las montañas distantes y produjo un nuevo
levantamiento de aves que revolotearon y chillaron en número infinito en torno.
El capitán era demasiado vivo para saber lo que
convenía en aquellos críticos momentos, así es que sin aguardar respuesta
alguna, se eclipsó como por encanto, dejando a Silver el cuidado de arreglar la
partida, en lo cual creo que obró perfectísimamente. Si se hubiera quedado un
momento más sobre cubierta, le hubiera sido imposible prolongar por más tiempo
su pretendida ignorancia de lo que sucedía., Esto era ya claro como la luz
meridiana. Silver era el capitán y disponía de una imponente tripulación de
rebeldes. Los hombres aún no corrompidos (y pronto iba yo a ver la prueba de
que los había a bordo), debían ser unos hombres de muy poco talento. O por lo
menos, supongo que la verdad era que todos estaban dispuestos por el ejemplo de
los cabecillas, sólo que unos lo estaban más que otros, y que algunos de ellos,
siendo en el fondo buenos sujetos, no podían ser ni convencidos ni arrastrados
o ir más allá que el simple disgusto. Una cosa es sentirse con laxitud y mal
humor, y otra muy diferente el pensar en apoderarse de un navío asesinando a un
buen número de personas inocentes.
Por fin, la partida quedó organizada. Seis de ellos
se quedaron a bordo, y los trece restantes, incluyendo a Silver, comenzaron a
embarcarse.
Fue entonces, cuando se me ocurrió la primera de las
insensatas ideas que contribuyeron a salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba a
seis de sus hombres, era claro que nuestro grupo -no podía ,montarse en la
goleta, en pie de guerra, cómo una fortaleza; y no siendo los de la dicha
reserva más que seis, era también Indudable que el bando de popa no necesitaba,
por el momento, de ninguna ayuda. Ocurrióseme, pues, instantáneamente, el Ir a
tierra. En un abrir y cerrar de ojos me deslicé sobre la balaustrada, y dejándome
correr por una de las escotas de proa, caí dentro de uno de los botes en el
instante en que se ponía en movimiento.
Ninguno notó mi. presencia; sólo el remero de proa me
dijo:
-¡Ah!, ¿eres tú, Jim? Baja bien la
cabeza.
Pero Silver, desde el otro bote, comenzó a lanzar
miradas penetrantes e Investigadoras para tratar de averiguar si era yo el que
iba allí. Desde ese mismo instante comencé a arrepentirme de lo que habla
hecho.
Los dos grupos de marineros se divertían remando a
cuál mas fuerte, en una especie de carreras de apuesta, a cuál de los botes
llegaba primero a la playa. Mas como el bote que me había cabido en suerte
ocupar había -recibido mayor empuje, estaba más ligero e iba mucho mejor
remado, muy pronto dejó muy atrás a su competidor. La proa ya había atracado en
medio de los arbustos de la playa; ya me había yo asido de una rama, lanzándome
hacia afuera y emboscándome en el matorral más próximo, cuando Silver y los
suyos estaban todavía a unas cien yardas detrás.
-¡Jim, Jim! - le oí que me gritaba.
Pero ya se supondrá que no hice maldito el caso de
sus gritos. Brincando, agazapándome, rompiendo breñas, corrí y corrí por el
terreno que se me presentaba delante, al acaso, desaforadamente, hasta que
materialmente ya no pude más.
14. El primer golpe
Me sentía yo tan satisfecho de haber dejado a Silver
con un palmo de narices, que ya comenzaba a recrearme y a pasear mis ojos
ávidamente por la extraña tierra en que me encontraba.
Había cruzado ya un trecho cenagoso, lleno de sauces,
juncos, feos y lodosos arbustos de vegetación más acuática que de tierra, y
acababa de llegar a las faldas de un terreno abierto, ondulado y arenoso, como
de una milla de largo, dotado con uno que otro pino y algún número de árboles
tortuosos, no muy diferentes del roble en su configuración, pero de hojas
pálidas como las del sauce. En el término abierto de aquel terreno se alzaba
uno de los cerros, con dos picos ¡extraños, fragosos y escarpados que
reverberaban vívidamente al sol.
Por primera vez en mi vida sentía el gozo y la
emoción del explorador. La isla estaba deshabitada. Mis camaradas quedaban a mi
espalda, y nada viviente tenía ante mis ojos, si no eran animales de tierra y
aire, mudos para mí. Aquí y acullá, se alzaban algunas plantas en flor que me
eran totalmente desconocidas; más allá veía culebras, una de las cuales alzó la
cabeza sobre su nido de piedra, miróme y lanzó una especie de silbido muy
parecido al zumbar de una peonza. Bien ajeno estaba yo de que aquel enemigo
llevaba la muerte consigo y que su silbato no era otra cosa que el famoso
cascabel.
Llegué, en seguida, a un espeso grupo de aquellos
árboles a manera de robles, cuyo nombre, según lo supe después, era el de árbol
de la vida, que crecían bajos, entre la arena, como zarzas, con sus brazos
curiosamente trenzados y con sus hojas compactas como una pasta artificial. El
monte se alargaba hacia abajo desde la cima de una de las lomas arenosas,
desplegándose y creciendo en elevación conforme bajaba, hasta llegar a la
margen del ancho y juncoso pantano, a través del cual desaguaba, en el fondeadero,
el más pequeño de los riachuelos que morían en el. El marjal vaporizaba bajo
los rayos de un sol tropical, y la silueta de "El Vigía" palpitaba
con las ondulaciones de la bruma solar.
De repente comenzó a notarse cierto bullicio entre el
juncal de la ciénaga: un pato silvestre se levantó gritando; otro le siguió, y
muy pronto se vio sobre toda la superficie del marjal una nube verdadera de
pájaros revoloteando, gritando y revolviéndose en el aire. Desde luego supuse
que alguno de mis compañeros de navegación debía de andar cerca de los bordes
del pantano, y no me engañé en mi suposición, pues muy pronto llegaron hasta mí
los rumores débiles y lejanos de una voz humana que, mientras más escuchaba,
más distinta y más próxima llegaba a mis oídos.
Esto me infundió un miedo terrible, y ya no pude más
que agazaparme bajo la espesura del más cercano grupo de árboles de la vida que
se me presentó, y acurrucarme allí, volviéndome todo oídos, y mudo como una
carpa.
Otra nueva voz se dejó oír contestando a la primera y
luego ésta, que conocí luego ser la de Silver, se alzó de nuevo y se des. ató
en una verdadera avalancha de palabras que duró por largo tiempo, interrumpida
de vez en cuando por una que otra frase de la otra voz. A juzgar por las
entonaciones, debían estar hablando acaloradamente, tal vez con ira; pero
ninguna palabra llegó distintamente a mis oídos.
Al fin los interlocutores hicieron, al parecer, una
pausa, y supuse yo que se habían sentado, porque no sólo sus voces cesaron de
aproximarse, sino que los pájaros empezaron ya a aquietarse y la mayor parte de
ellos a volver a sus nidos en el pantano.
Comencé a temer que estaba yo faltando a las
obligaciones que voluntariamente me había impuesto, por el solo hecho de haber
venido a tierra con aquellos perdidos, y a decirme que lo menos que podía hacer
era. escuchar sus conciliábulos, acercándome a ellos tanto como me fuese
posible, a favor de los espesos zarzales y de los árboles echados por tierra.
Me era fácil fijar la dirección de los dos
interlocutores, no sólo por el sonido de sus voces, sino también por el cálculo
que me permitían hacer los pocos pájaros que todavía revoloteaban alarmados
sobre las cabezas de los intrusos.
Marché agazapado, en cuatro pies, y muy calladito;
pero muy en derechura hacia ellos, hasta que, por último, alzando un poco la
cabeza a la altura de un pequeño claro entre el ramaje, pude ver distintamente,
en el borde de una pequeña hondonada cubierta de verduras, cerca del pantano y
respaldada por los árboles, a John Silver y a otro de los de la tripulación,
conversando frente a frente. El sol caía de lleno sobre ambos. Silver había
arrojado a un lado su sombrero, sobre el césped, y toda su enorme, rasa y
rubicunda cara, sudorosa y brillante con el calor, estaba fija en el semblante de
su interlocutor como en demanda o espera de alguna cosa.
-Mira, camarada -decía Silver-, si yo no creyera que
tú vales oro en polvo, puedes creerlo como lo (ligo, oro en polvo, sí, señor,
yo no te habría traído a este negocio que ya está calentito como perol de brea
hirviente. Si así no fuera, yo no estaría aquí previniéndote. Todo está ya
dispuesto y listo, y tú no puedes hacer ni remediar nada. Si yo trato de
convencerte, es sólo para salvarte el pescuezo, pues puedes tú creer que si
alguno de aquellos salvajes lo supiera, ¿dónde estaría yo, Tom?
Silver -replicó el otro (y yo pude observar que no
solamente tenía roja la faz, sino que también la voz tenía ronca corno la de un
cuervo, y oprimida como por una cuerda muy apretada)Silver, usted es ya viejo,
usted es honrado o pasa al menos por tal, usted tiene, además, una fortuna que
infinitos marinos le envidiarían, usted es valiente, si no me equivoco. Pues
bien, dígame usted, ¿va usted a dejarse gobernar por esa caterva de sucios
lampazos? ¡Yo creo que no! Y tan cierto, como que Dios me ve en este momento,
preferiré que me arranquen la mano antes de faltar a mi deber!...
Repentinamente fue su palabra interrumpida por un
ruido inesperado. Acababa yo de ver a uno de los hombres honrados de a bordo, y
acto continuo iba a tener noticias de otro de ellos. Allá, a lo lejos, al lado
del pantano, se oyó súbitamente un rumor tomo Un grito, de angustia, y luego
otro y después un largo y horrible alarido. Las rocas de "El Vigía"
lo repitieron con sus ecos, varias veces; la bandada de aves acuáticas tornó a
alzarse de nuevo, nublando el cielo, con un chillido simultáneo, y todavía
aquel alarido de muerte no cesaba de vibrar en mi cerebro, cuando el silencio
había ya restablecido su imperio y no se escuchaba más rumor que el suave
aleteo de los pájaros bajando de nuevo a sus nidos y el murmullo distante de la
marea perturbando débilmente la languidez de la tarde.
Al resonar aquel grito de suprema angustia, Tom se
había puesto en pie de un salto, como un caballo que siente el acicate; pero
Silver no había siquiera pestañeado. Quedóse en donde estaba, apoyándose apenas
en su muleta y con los ojos clavados en su compañero como una víbora lista para
abalanzarse.
-¡John! -gritó el marinero, extendiendo su mano hacia
Silver.
-¡No me toques! -replicó éste, saltando hacia atrás
como una yarda, según me pareció, con toda destreza y seguridad de un gimnasta
de profesión.
-No lo tocaré, si usted lo quiere así. John Silver
-dijo Tom-. Sólo una conciencia negra puede - hacer que me tenga usted miedo;
pero, en nombre del cielo, dígame usted, ¿qué ha sido ese grito?
Silver sonrió de una manera horrorosa, siniestra,
pero sin perder su actitud cautelosa y expectante. Sus ojos, de ordinario
pequeños, no eran en aquel momento, más que unos puntos como la cabeza de un
alfiler, en su inmensa caraza; pero relampagueando como dos carbunclos.
-¿Ese grito? -dijo aquella furia-, ese grito me
supongo que ha sido de Alan.
-¿Alan?... ¡Descanse, pues, en paz esa alma de marino
leal! Por lo que hace a usted, Silver, ¡usted, ha sido, hasta hoy, un camarada
mío, pero, desde hoy, ya no lo es usted! Si me mata como a un perro, ¡qué
importa!, moriré cumpliendo con mi deber. Conque ha hecho usted matar al pobre
Alan, ¿no? ¡Pues máteme también a mí, si puede; le desafío a ello!
Y, al decir esto, aquel bravo y leal muchacho, volvió
la espalda al cocinero y se puso en marcha dirigiéndose hacia la playa. Sin
embargo no era su destino el ir muy lejos. Con un grito salvaje, John se
afianzó a la rama de un árbol, se sacó violentamente la muleta de bajo el brazo
y lanzó aquel Improvisado proyectil, con una furia inaudita, zumbando por el
viento, y alcanzando al pobre Tom, en medio de la espalda. Sus manos se
agitaron en el aire, dio una especie de boqueada y cayó de frente contra el
suelo.
Nada podré decir sobre si aquel, golpe fue mortal o
no. Sin embargo, a juzgar por el sonido, es casi seguro que la espina dorsal
fue rota con el choque; pero no tuvo tiempo para recobrarse en lo más mínimo,
porque Silver, ágil como un orangután, aunque sin muleta ni ayuda alguna, cayó
sobre su víctima en un momento, y en menos tiempo del que tardo en contarlo,
había ya hundido dos veces su largo cuchillo, hasta la empuñadura, en aquel
desdichado inerme. Desde mi escondite de arbustos pude oír los resoplidos
feroces de su respiración al sepultar el arma innoble en aquel cuerpo sin
defensa.
Yo no sé hasta qué punto tendrá un hombre derecho de
desmayarse, pero sí sé que por cierto tiempo, en aquel instante, me pareció que
el mundo entero daba vueltas en derredor de mí, en un remolino nebuloso; Silver
y los pájaros y el altísimo "Vigia" danzante ante mis ojos en un
torbellino, todos invertidos, mientras mil campanadas diferentes, mezcladas con
ecos distantes, repicaban furiosamente en mis oídos.
Cuando me hube recobrado un poco, el monstruo ya se
había compuesto y organizado de nuevo, por decirlo así, con su sombrero sobre
la cabeza y su muleta bajo el brazo. Junto a el yacía precisamente el cuerpo
inmóvil e inanimado del pobre Tom sobre la tierra, sin que su asesino se
ocupara por eso en lo mínimo, pues lo pude ver que, con una calma
verdaderamente satánica, limpiaba en el césped la sangre de que estaba empapada
la hoja de su puñal. Todo lo demás continuaba en el mismo estado, sin el menor
cambio: el sol, radiando despiadadamente sobre el marjal que vaporizaba y sobre
el alto pico de la montaña. Y a mí me parecía imposible persuadirme de que un
asesinato se acababa de cometer allí, delante de mis ojos, que una vida humana
había sido brutalmente segaba en mi presencia misma.
Vi luego a John Silver llevarse la mano a la bolsa,
sacar un silbato y hacer vibrar varias veces sus moduladas notas, que volaron a
través de la atmósfera caliginosa -No me era posible, Por descontado,
explicarme la significación de aquella señal, pero sí me di cuenta de que con
ella se despertaban de nuevo todos mis temores anteriores. Los demás hombres
iban a acudir, y estaba, pues, en peligro de ser descubierto. Acababan de
asesinar a dos de nuestros leales y honrados hombres; ¿no era, muy posible que
después de Tom y Alan me tocase el turno a mí?
En un abrir y cerrar de ojos comencé a internarme,
agazapado siempre y con todo el silencio y la velocidad que me fuera posible,
hacia la parte del monte más abierta. Mientras ejecutaba este movimiento, pude
oír todavía saludos cambiados entre el viejo pirata y sus camaradas, y a este
rumor, indicación clara de mi peligro, sentí que me nacían alas en los pies.
No bien estuve fuera de la espesura, eché a correr
como jamás había corrido antes en mi vida, sin cuidarme de la dirección que
seguía, sino en cuanto que ella me alejaba de los asesinos, y mientras más
corría, el miedo más y más se agigantaba en mi alma hasta tornarse en un
verdadero frenesí de terror.
Y, en verdad, ¿podía haber alguien en situación más
perdida de todo punto que la mía? Cuando tronase el cañonazo ofrecido, ¿cómo
iba yo K atreverme a presentarme en los bots, en medio de aquellos entes
Infernales, cuyas manos humeaban todavía con la sangre de sus víctimas? ¿Acaso
el primero de ellos que me viera no iba a retorcerme el cuello como a una
agachona? ¿Acaso mi sola ausencia no era ya, para ellos, una evidencia de mí
alarma, y, por consiguiente, de mi fatal
conocimiento de los hechos? Todo, pues, había concluido para mí. ¡Adiós
"La Española", adiós el caballero, el doctor y el capitán! ¡Nada me
quedaba ya que esperar sino la muerte por Inanición, o a manos de los
sublevados!
Mientras esto pensaba, no cesaba de correr, y sin
darme cuenta de ello, me encontraba ya cerca del pie de uno de los pequeños
picos, y habíame Internado en una parte de la isla. en que los árboles de la
vida crecían más distantes unos de otros y semejaban más a verdaderos árboles
de bosque por su corpulencia y dimensiones. Entremezclados con éstos había uno
que otro pino, algunos de ellos como de cincuenta pies de altura, y otros como
hasta de setenta. El aire tenía ya aquí también un olor más fresco que allá
abajo, cerca del pantano.
Pero, al llegar a este -sitio, me esperaba una
nueva alarma que me hizo latir el corazón a punto de escapárseme del pecho.
15. El hombre de la isla
De uno de los lados del cerro, que era, en aquel
sitio, escarpado y pedregoso, un guijarro se desprendió por el cauce seco de
una de las vertientes cascajosas, saltando, rebotando y haciendo estrépido en
sus choques repetidos, contra árboles y piedras. Volví los ojos instintivamente
en aquella dirección Y vi una forma extraña moverse y ocultarse tras del tronco
de uno de los árboles. ¿Era aquello un oso, un hombre o un orangután? Me era
imposible decirlo. Me parecía negro y velludo; pero esto era lo único de que me
podía dar cuenta en aquel momento. Sin embargo, el terror de esta nueva
aparición hizo contener mi carrera.
Me veía, según toda probabilidad, cortado por el
frente y por la retaguardia: detrás de mí, los asesinos, y delante, aquella
forma indescriptible que me acechaba. En el acto comencé a preferir los
peligros que me eran conocidos a aquellos que parecían velados. El mismo Silver
se me figuraba ya menos terrible comparándolo con aquella extraña criatura,
especie de gnomo de la montaña, y así fue que, sin más vacilaciones, le volví
la espalda, no sin volverme azoradamente para verle por sobre, el hombro, y
comencé a correr de nuevo, esta vez en dirección de los botes.
Pero, en pocos segundos, la horrible figura, después
de dar una gran vuelta, se me igualó en la carrera y aún comenzó a avanzar
delante de mí. Yo estaba exhausto ya, no cabía duda; pero aun cuando hubiese
estado fresco y descansado, vi pronto que era una locura el pretender luchar en
velocidad con adversario semejante. De un tronco a otro, aquella extraña
criatura parecía volar como un ciervo; corriendo a semejanza del hombre, en dos
pies, pero diferenciándose de la carrera humana en que, como ciertas aves se
dejan ir en el espacio por largo tiempo, con las alas cerradas, ésta se
deslizaba a trechos hacia abajo por la pendiente, de una manera fantástica,
maravillosa e inexplicable para mí. Y, sin embargo, era un hombre; ya -no me
era posible dudarlo por más tiempo.
Vínome a la imaginación en el acto todo cuanto había
oído o leído sobre caníbales, y aun estuve apunto de gritar ¡socorro! Pero el
mero hecho de ser aquel un hombre, aunque fuese un salvaje, me había ya
serenado un poco, y el miedo que Silver me inspiraba reapareció vivo y
formidable.
Me detuve, pues, y buscando en mi atribulada
imaginación alguna puerta de salvamento. o de escape, me acordé, de pronto; de
la pistola que llevaba conmigo. No bien comprobé que no estaba tan indefenso,
sentí que el valor volvía a mi corazón, y dando el rostro resueltamente al
hombre de la isla, marché hacia el con paso vigoroso.
En este momento estaba oculto tras de otro tronco de
árbol; pero debía estar espiándome muy atentamente, porque tan luego como yo me
adelanté hacia donde el estaba, se mostró de repente y dio un paso para, venir
a mi encuentro. Pero, acto continuo, vacilé, dio algunos pasos hacia atrás,
luego otros hacia mí de nuevo, hasta que, por último, con extraordinaria
sorpresa y confusión mía, le vi caer de rodillas y tenderme, en ademán
suplicante, sus manos enclavijadas.
Al ver esto torné a detenerme
indeciso.
-¿Quién es usted? -le pregunté.
A lo cual se apresuró el a contestarme, con una voz
ronca, opaca, como el rumor que produce una cerradura enmohecida y en desuso.
-¡Soy Den Gunn! ¡Soy el pobrecito Den Gunn, que por
tres años no ha tenido delante un cristiano con quien hablar. Al oír esto pude
darme cuenta de que aquél no era un caníbal, como lo creí al principio, sino un
hombre de raza blanca como yo, y aún observé que sus facciones eran regulares y
agradables. Su cutis, en todos los puntos que parecía descubierto, estaba
tostado por el sol; sus labios estaban ennegrecidos y sus ojos claros eran una
cosa sorprendente en aquel conjunto de facciones oscuras. De todos los mendigos
que en mi vida había podido ver o figurarme, era éste el número uno por lo
destrozado y harapiento. Estaba vestido con jirones de lona de velamen,
añadidos y mezclados con retazos informes de paño azul marino, y toda aquella
extraordinaria estructura de andrajos estaba sujeta y rodeaba su persona con la
más incongruente confusión de broches y costuras; botones de metal, espinas de
pescados, correas de pieles crudas, pedacitos de madera a guisa de agujas, y
presillas de alquitranados cordones. Ciñendo su talle llevaba un viejo cinturón
de cuero con hebilla de metal, prenda que era la única cosa sólida y sin
soluciones de continuidad de cuanto llevaba encima.
-¡Tres años! -exclamé yo- ¿Naufragó usted acaso,
cerca de esta costa?
-No, amigo mío, me aislaron[2] aquí.
Yo había oído esta palabra, aplicada a una especie de
castigo horrible, muy común entre los piratas, cuya esencia era desembarcar al
condenado en una isla deshabitada, dejándole solamente un fusil y un poco de
pólvora y abandonándolo allí para siempre.
-¡Aislado por tres años! -continuó aquel míseroTres
años mortales durante los cuales he vivido de cabras montesas, de berzas
silvestres y de otras de la playa. Yo sé que dondequiera que un hombre se
encuentre colocado, aquel hombre puede ayudarse y valerse por sí mismo. Pero,
amigo, mi corazón ya suspira por alguna comida de cristianos. Tú traerás ahí
por casualidad un pedacillo de queso, ¿no es verdad?. .. ¡Pues, dámelo, anda!.
.. ¿No traes? ... ¡Ah! ¡si tú supieras qué noches -tan largas me he pasado aquí
soñando con una tajadilla de queso, con una tostada, sobre todo!
-Si Dios quiere que alguna vez pueda yo volver a
bordo, le prometo a usted que tendrá queso hasta hartarse -le repliqué.
Todo el tiempo que habla durado nuestro corto
diálogo, Ben Gunn no habla cesado de asentar con su mano el paño de mi jubón,
de tocarme suavemente las manos, de contemplar mis botas, y, en una palabra, de
manifestar el placer más infantil con la presencia de un semejante suyo. Pero,
al oír mis últimas frases, se enderezó con cierta especie de sobresalto.
-¿Si Dios quiere que puedas volver a bordo has dicho?
Y bien, ¿quién es el que te lo impide?
-No
es usted, por cierto -le contesté.
-Y dices muy bien en eso -exclamó-. Pero, antes. de
pasar adelante, vamos a ver, ¿cómo te llamas, camarada?
Jim -le dije.
Jim, Jim -repetía el con aparente complacenciaAhora
bien, Jim, debo decirte que yo he vivido una vida tan borrascosa que ni aún me
atrevo a contártela, porque te avergonzarías sólo de oírme. ¿Creerás tú, al
escuchar esto, que yo nunca tuve una madre, buena y piadosa, para dirigirme y
velar por mí?
-¡No! No he pensado tal cosa -le
respondí.
-¡Ah! -dijo el- ¡Pues sí que la tuve, y muy santa y
muy piadosa. Yo era un muchachito paisano, muy bueno y muy aprovechado, que
sabia bien el catecismo, que cuando me soltaba a recitarlo, lo repetía como si
fuera una sola palabra, y sin respirar, desde el principio hasta el fin. ¡Ah!
Pero aquí va ahora lo que sucedió, Jim. Un día comencé a jugar a las canicas y
al hoyuelo; por allí comencé, no te quepa duda, Mi pobrecita madre me
sermoneaba y me decía lo que me iba a suceder, ¡pobre señora, me acuerdo muy bien!
Pero la Providencia me trajo aquí. Yo no he cesado de pensarlo todo el tiempo
que he estado olvidado en esta isla desierta, y, lo que es ahora, ya me siento
bueno otra vez. Ya nadie me volverá a pillar nunca probando el ron..., a no ser
un dedalito..., nada más que un dedal, por accidente, cuando se me presente una
ocasión. Inevitablemente tengo que ser bueno y sé cuál es el camino para
lograrlo, porque, óyeme bien, Jim...
-Y al decir esto miró en torno suyo y bajó la voz
hasta convertirla en un murmullo-, ¡soy muy rico!
Al escuchar esto, no me cupo duda sobre que aquel
desgraciado se habla vuelto loco en su soledad, y supongo que debo haber dejado
conocer mi pensamiento en mi semblante, porque el se apresuró a repetir
calurosamente: -¡Rico, rico, sí señor! Yo te diré cómo y haré de ti todo un
hombre, Jim. ¡Ah, muchacho, dale a Dios una y mil veces gracias de que hayas
sido tú la primera criatura humana que se ha encontrado conmigo!
Pero no bien había pronunciado estas palabras, su
semblante se oscureció repentinamente, como si se viese asaltado por una idea
ingrata; estrechó mi mano con mayor fuerza entre las suyas Y levantó el dedo
índice ante mis ojos con un ademán amenazador, diciendo: -Pero, ante todo, Jim,
dime la verdad... ¿no es ese de allí el buque del capitán Flint?
Oyendo esto me vino una inspiración rápida y feliz.
Comencé a creer que lo que yo había encontrado era un aliado, y en tal concepto
me apresuré a contestarle: -No, por cierto. Flint ha muerto. Pero si le he de
decir a usted la verdad, como usted me lo pide- a bordo de esa goleta vienen
varios de los hombres del tal Flint, para desgracia de todos los demás, de la
partida.
¿No viene un hombre con una sola
pierna?
-¿Silver,? -le pregunté.
- ¡Ah! ¡ Silver! -contestó el, ¡ Silver! ¡ Ese es su
nombre!- ¡Es, el cocinero de a bordo y, al mismo tiempo el cabecilla o director
de esos hombres.
Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía sujeto
por la muñeca, dióme una especie de fuerte 1 sacudida.
Sí tú has sido enviado aquí por John Silver -dijo-,
estoy ya tan bueno como un cerdo, muy bien lo sé.
¿Pero en que pensaste tu, muchacho?
Yo -había formado una resolución en un instante, así
es Por vía de respuesta, le conté la historia completa de nuestro, y el difícil
predicamento 1 en que nos encontrábamos a horas. . Escuchóme el con el más
profundo interés y cuando hube concluído, exclamó, dándome una palmadita en la
cabeza:
-Jim, tú eres un buen, muchacho, y tú y los tuyos
están en un apuro del demonio, ¿no es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza
en mí. Ben Gunn es el hombre para sacaros de vuestro varadero. Pero antes,
dime, ¿crees tú que el caballero resultará ,ser un hombre bastante liberal para
quien sepa sacarlo de un aprieto en que se ve metido?
-¡Oh! ¡En cuanto a eso, el caballero es el hombre más
liberal y generoso que yo he conocido! -le respondí.
-Pero hay que ver bien -dijo Ben Gunn-; yo no quiero
decir, que me recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una
puerta, o una librea dorada de lacayo, o cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo
quiero decir es si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras esterlinas,
contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer, para ser dichoso, un
hombre como yo. ¿Qué dices tú?
-Pues digo que estoy seguro de que lo hará -le respondí
yo. Tal como venían las cosas, todos los expedicionarios estábamos llamados a
dividirnos la hucha.
-¿Y me dará también un pasaje a Inglaterra?
-añadió con una mirada recelosa y
desconfiada.
-¿Pues cómo no? -le dije-. El señor de Trelawney es
un hombre de honor. Y, además de esto, ¿no ve usted que si con su :auxilio
logramos desembarazarnos de los otros, necesitaríamos de usted sin remedio para
ayudarnos a maniobrar el buque?
-¡Ah, pues es verdad! -replicó Ben Gunn- Yo les sería
indispensable. -Y con esto pareció aliviado de un gran peso- Ahora -prosiguió-,
voy a contarte cómo pasaron los sucesos ni más ni menos. Yo estaba a bordo del
buque de Flint cuando éste sepultó aquí su tesoro. Él se vino a tierra con seis
hombres, grandes, fuertes- Permanecieron aquí cerca de una semana, y nosotros,
entretanto, allá afuera... esperando... anclados en el fondeadero, en su viejo
buque el "Walrus". Un hermoso día vimos, por fin, la señal. esperada.
Flint venía solo..., enteramente solo, en su pequeño bote, con la cabeza
rodeada de una venda azul... El sol comenzaba a levantarse y el aparecía
pálido..., pálido como un muerto, junto al tajamar... Pero allí estaba, eso sí!
En cuanto a los seis..., ¡todos muertos!, ¡muertos y enterrados!... ¿Cómo se
arregló para ello? Ninguno de los que íbamos a bordo pudo jamás averiguarlo.
¿Fue lucha leal, asesinato, sorpresa, qué fue?... ¡Quién sabe! Lo único que
sabíamos es que ellos eran seis y el no era más que uno..., ¡uno contra seis!
Bílly Bones era el piloto del barco; John Silver era el contramaestre y ambos
le preguntaron dónde quedaba oculto el tesoro. “¡Ah -contestó el-, si ustedes
quieren ir a averiguarlo, pueden ir a tierra y quedarse allí buscando.
Lo. que es el barco vuelve a la mar
en busca de más, ¡con mil diablos!”.
"¡Eso fue lo que el dijo!... Tres años después
de aquello, me cupo en suerte venir en -otro buque. Cuando vimos la isla yo
dije: "Ea, muchachos; el tesoro del capitán Flint está aquí. ¡Vamos
bajando a tierra y encontrémoslo!".
"El capitán se disgustó con esto; pero mis
camaradas fueron de mi opinión y bajamos a tierra. Doce días consecutivos
buscaron y buscaron en vano, Creían que yo les había jugado una horrible aroma
y cada vez me llenaban de nuevos y más duros insultos, hasta que una mañana, ya
cansados, se volvieron a bordo.
-Por lo que hace a ti, Benjamín Gunn- me dijeron al
partir-, aquí tienes un mosquete, un pico y una azada: ¡quédate aquí y
encuentra para ti solo el tesoro del capitán Flint!
"Tres años hace de esto, Jim; ¡tres años que he
estado aquí sin probar un solo platillo de cristianos, hasta hoy!... Pero, dime
ahora..., mírame..., ¿tengo yo el aspecto de un marino? ... ¡Ya te oigo
murmurar que no!... ¡Ah! Es que yo también lo digo., Yo..., ¡Yo mismo!
Al decir esto guiñó los ojos y me oprimió la mano
fuertemente. Luego prosiguió: -Tú repítele a tu caballero mis propias palabras.
Jim. Dile esto: tres años hace que Ben Gunn es el único habitante de esta isla,
lo mismo a, la hora de la luz que, en medio de la noche lo mismo en la
tempestad que en el buen tiempo, Tal vez ha pensado en su anciana madre, que
anciana ha de ser si vive aún; quizás a veces, habrá caído de rodillas para
decir una oración. Pero la mayor parte del tiempo de Ben Gunn se ha empleado en
otro asunto. Y, al decirle esto, le darás un pellizco como éste que te doy
aquí.
E hízolo como lo decía, de la manera más confidencial
que imaginarse pueda, prosiguiendo en el acto: -Pero, continuarás al punto y le
dirás: Gunn es un buen chico, no cabe duda, y el deposita el precioso don de su
confianza -no olvides decírselo con esas mismas palabras- en un caballero por
nacimiento, más que en uno cualquiera de esos caballeros de la fortuna, de los
cuales el ha sido uno.
-Pero vamos allá- le dije yo-; prescindiendo de que
no alcanzo a entender una palabra de todo lo que me ha estado usted diciendo
aquí, ¿cómo podría yo repetírselo al caballero si no veo la posibilidad de
volver a bordo?
-¡Ah! ¡Allí está la vuelta del Cabo! Y bien, aquí
está mi bote, que yo he fabricado con mis propias manos. Yo lo tengo oculto
bajo la peña blanca. Si sucede lo peor de lo peor, creo debemos intentar esa
travesía después de que oscurezca.
En este punto tuvo que interrumpirse bruscamente,
porque aun cuando el sol tenía todavía una hora o más que alumbrar hasta
ocultarse en el horizonte, oímos repentinamente, repetido por todos los ecos de
la isla, el trueno imponente de un cañonazo.
-¡Eh! ¿Qué es eso? -preguntó Ben
Gunn.
-Es que han comenzado a batirse -le contesté-.
¡Sigame!
Y olvidando en aquel punto todos mis temores
precedentes, me di a correr hacia la rada, en dirección del ancladero,
acompañado por el hombre aislado que corría junto a mí velozmente, sobre sus
cacles de piel de cabra, con gran destreza y facilidad.
-¡A la izquierda! ¡A la izquierda! -me decía-
¡Cárgate siempre hacia la izquierda, camarada! -repetía-. ¡Quién diría que yo
aquí bajo los árboles, contigo! Mira, allí es donde maté mi primera cabra.
Ahora ya no bajan hasta aquí; ahora las tienes siempre encaramadas en sus
masteleros, allá entre las jarcias y los montones de sus montañas, todo, no más
que por mido de" Ben Gunn. ¡Ah, mira tú!... ¡Allí tienes el cementerio!...
¿No, ves sus terraplenes? ... Cuando, por mil cuentas, creo que debe ser
domingo, sabes tú ... suelo venir aquí y me arrodillo y rezo. No tiene esto
muchas trazas de capilla ni siquiera de una pobre ermita, ¿no es verdad?...,
pues, mira tú..., yo le encuentro no sé qué cosa solemne, imponente. Y luego,
ya lo ves, no he tenido las manos muy llenas. ..-, ni una Biblia, ni una
enseña... y en cuanto a capellán, pues..., ni soñarlo.
Y seguía así, charla y charla mientras corríamos, sin
esperar ni recibir respuesta alguna.
Un rato considerable había transcurrido después del
disparo del cañón, cuandó oímos una descarga de armas de menor calibre.
Siguióse una pausa, y luego, a menos de un cuarto de
milla frente a mí, divisé, repentinamente, en el aire flotando sobre las cimas
de los árboles del bosque, la gloriosa bandera de Inglaterra.
PARTE CUARTA
LA ESTACADA
16. El doctor prosigue con el relato. El abandono del barco
Sería la una y media de la tarde cuando los dos botes
de "La Española" se fueron a tierra. El capitán, el caballero y yo
estábamos discurriendo acerca de la situación, en nuestra cámara de popa, Si
hubiera soplado en aquellos momentos la brisa más ligera, hubiéramos caído, por
sorpresa sobre los seis rebeldes que se nos, había dejado a bordo, hubiéramos
levado anclas y salido a alta mar. Pero el viento faltaba de todo punto, y para
completar nuestro desamparo, vino muy pronto Hunter a traernos la nueva de que
Hawkins se había metido en uno de los botes y marchóse con los expedicionarios
de la isla.
Jamás se nos ocurrió poner en duda la lealtad de
Hawkins; pero sí nos temimos por su vida. Con la excitación en que aquellos
hombres se encontraban, nos parecía que sólo una casualidad podía hacer que
volviésemos a verlo vivo. Corrimos sobre cubierta. El calor era tal que la brea
que unía la juntura de los tablones comenzaba a burbujear, derritiéndose; el
nauseabundo hedor de aquel sitio me ponía verdaderamente malo, y si alguna vez
hombre alguno aspiró los gérmenes de mil enfermedades infecciosas, ése fui yo,
sin duda, en aquel abominable fondeadero. Los seis sabandijas estaban sentados
a popa, refunfuñando, a la sombra proyectada de una vela. Hacia la playa ya
podíamos divisar los botes sujetos a tierra, y a un hombre de los de Silver,
sentado en cada uno de ellos. Uno de aquellos dos conjurados se divertía
silbando el Lilibullero.
Esperar era una locura, así que decidimos que Hunter
y yo iríamos a tierra en el chinchorro en busca de informes y para explorar el
terreno.
Los botes se habían recargado sobre su derecha, pero
Hunter y yo remamos recto en dirección de la estacada marcada en nuestro mapa.
Los centinelas y guardianes de los esquifes parecieron desconcertarse un tanto
con nuestra aparición. El Lillibullero cesó de oírse y pude ver a aquel par de
alhajas, discutiendo lo que debían hacer. Si se hubieran marchado para avisar a
Silver lo que ocurría, abandonando sus botes, es claro que las cosas hubieran
pasado de muy distinta manera; pero supongo que tenían sus órdenes v,
consecuentes con ellas, decidieron permanecer en donde estaban, y luego oímos que la música del Lilibullero comenzaba de nuevo.
Había en aquel punto una ligera curva en la costa y
yo no perdí tiempo, remando cuan fuertemente pude para ponerla entre los
hombres de los esquifes y nosotros, de tal suerte que, antes de que llegásemos
a tierra, ya nos habíamos perdido mutuamente de vista. Salté, por fin, a la
playa, y púseme a correr tan de prisa como podía atreverme a hacerlo,
desplegando sobre mi cabeza un gran pañuelo de seda blanco para evitar la
insolación y con un buen par de pistolas, enteramente listas, por precaución contra
cualquier sorpresa. No había recorrido aún cien yardas cuando llegamos a la
estacada.
He aquí lo que había en ella: una fuente de agua
límpida y clara que brotaba casi en
la cumbre de la colina; sobre ésta, y encerrando la fuente, por supuesto, se
habla improvisado una espaciosa cabaña de postes de madera, arreglada de manera
de poder encerrar una o dos, veintenas de hombres, en caso de apuro, y con
troneras para mosquetes por todos lados. En derredor de esta cabaña hablase
limpiado un espacio considerable y, para completar la obra, se había levantado
una empalizada bastante fuerte, corno de seis pies de elevación, sin ninguna
puerta o pasadizo, con resistencia suficiente para no poderla echar por tierra
sino con tiempo y trabajo; pero bastante abierta 1)ara que no pudiera servir de
parapeto a los sitiadores. Los que estuvieran en posesión de la cabaña del
centro podrían llamarse dueños del campo y cazar a los de afuera como perdices.
Lo que se necesitaba allí era una vigilancia continua y provisiones, porque a
menos de una completa sorpresa, los sitiados podían sostenerse muy bien contra
un regimiento entero.
En lo que yo me fijé entonces de una manera más
particular, fue en la fuente, porque aun cuando en nuestro castillo de popa de
"La Española" teníamos armas y municiones en gran cantidad, y
abundancia de víveres y vinos excelentes, lo cierto es que de una cosa
estábamos ya bien escasos, y era de agua. Estaba yo preocupado con este
pensamiento, cuando de pronto llegó a mis oídos distintamente, desde algún
punto de la isla, el grito supremo de un hombre que se moría. Yo he servido a
Su Alteza real el duque de Cumberland, y también fui herido en Fonteroy; pero,
el] aquel instante, mi pulso se detuvo y no pude menos que verme asaltado por
esta idea: ¡Han matado a Hawkins!
Haber sido uno veterano en la guerra es ya algo: pero
es todavía más haber sido médico. No tiene uno tiempo para vacilaciones ni
cosas inútiles, así es que en un instante formé mi resolución y sin perder un
segundo, regresé a la playa y salté de nuevo a bordo del chinchorro.
Por fortuna, Hunter era un remador de fuerza. Hicimos
volar a nuestro botecillo y muy pronto estábamos ya al costado de "La
Española", a cuyo bordo subimos a toda prisa.
Encontré a todos emocionados, como era natural. El caballero
estaba sentado, lívido como un papel, lamentando, ¡alma de Dios! los peligros a que nos había traído. Uno de
los seis hombres quedados a bordo estaba ya en mejores condiciones.
-Allí hay un hombre -dijo el capitán Smollet
apuntando hacía el-, que es novicio en la obra de estos malvados. Ha venido
aquí, a punto de desmayarse, en cuanto oyó aquel grito de muerte. Con otra
vuelta de cabrestante, lo tenemos con nosotros, eso es seguro.
Expliqué entonces al capitán Smollet cuál era mi
plan, y entre los dos arreglamos los detalles de su realización.
Pusimos a nuestro viejo Redruth en la estrecha
galería que, como se recordará era la única comunicación posible entre la popa
y el castillo de proa, dándole tres o cuatro mosquetes cargados y poniéndole un
colchón por vía de barricada para protegerle. Hunter trajo el botecillo de
madera, colocándolo precisamente bajo el portalón de popa, y Joyce Y yo nos
pusimos inmediatamente a la tarea de cargar en el botes de pólvora, mosquetes,
bultos de bizcochos, galletas, jamón, una damajuana de cognac y mi inestimable
estuche de cirugía.
Entretanto, el caballero y el, capitán permanecían
sobre cubierta, y el último de ellos hacía al timonel la siguiente amistosa y
cortés intimación: -Amigo Hands, aquí nos tiene usted a dos personas con dos
pistolas cada una. Si alguno de ustedes seis hace el menor movimiento para
acercársenos, puede tenerse por hombre al agua.
Los hombres aquellos deliberaron un corto rato y
después de su pequeño consejo de guerra se fueron, dejándose caer, uno tras
otro, de la carroza abajo, pensando, sin duda alguna, sorprendernos por la
retaguardia. Pero, en cuanto se encontraron con Redruth esperándolos, mosquete
en mano, en la estrecha galería de comunicación, volvieron otra vez a querer
recobrar su lugar primitivo a proa, apareciendo sobre cubierta la cabeza de uno
de ellos, por una escotilla.
-¡Abajo otra vez, perro pirata -gritó el capitán-, o
te vuelo la tapa de los sesos!
La cabeza aquella se hundió de nuevo como por
encanto, en la escotilla y, por entonces, nada volvimos a oír ni a saber de
aquellos miserables.
Mientras esto pasaba, nuestro ligero chinchorro
estaba ya tan cargado, como era prudente hacerlo. Joyce y yo saltamos por la
puerta de la popa y tornamos a remar hacia la playa, tan de prisa como nuestras
fuerzas nos lo permitían.
Este segundo viaje despertó ya de una manera
indudable la alarma de los vigilantes de los esquifes. El Lilibullero fue dado
de mano otra vez y precisamente antes de perderlos de vista tras del pequeño
cabo de la playa, uno de ellos había ya saltado a tierra y desaparecido
rápidamente. Estuve entonces a punto de cambiar de táctica e irme derecho a sus
botes y destruírselos; pero temí que Silver estuviese por allí, demasiado
cerca, con los restantes y era, en tal caso, muy posible que todo se perdiera
por querer hacer demasiado.
Muy pronto llegamos de nuevo a tierra, al mismo lugar
que en el viaje precedente. Los tres hicimos el primer transporte del bote
hasta la cabaña muy bien cargados, y depositamos allí nuestras armas y
provisiones. Dejamos entonces a Joyce en la empalizada, de guardia, para
custodiar nuestro depósito, y aunque es ver, dad que se quedaba enteramente
solo, tenía a su disposición media docena de mosquetes muy bien preparados.
Hunter y yo volvimos otra vez al botecillo, tornamos a cargar lo más que
pudimos y regresamos a la estacada. Así continuamos, casi sin tomar aliento,
hasta que toda la carga puesta en el bote había sido trasladada a la cabaña, en
la cual los dos criados tomaron definitivamente posiciones, mientras yo, con
todas mis fuerzas, remaba otra vez en el ya ligero chinchorro, hasta llegar de
nuevo a "La Española".
El arriesgar una segunda carga era, en realidad,
menos atrevido y peligroso de lo que pareció. Es cierto que ellos tenían la ventaja
del número; pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los hombres que
estaban en tierra llevaba mosquete consigo, y así es que, antes de que hubieran
podido acercársenos a tiro de pistola, es seguro que hubiéramos dado buena
cuenta de ellos.
El caballero estaba esperándome en la puerta de popa,
ya restablecido su valor y su ánimo. Tomó el cabo de la amarra que yo le
arrojé, lo sujetó arriba, y comenzamos a hacer ya un cargamento de necesidad vital para nosotros, consistente en carne,
Pólvora y bizcochos, sin añadir más armas que un mosquete y un sable por
cabeza, para el caballero, para mí, Redruth y el capitán. El resto de las armas
y la pólvora lo arrojamos al agua a dos brazas y media de profundidad, de
manera que podíamos distinguir el limpio acero de los mosquetes, brillando con
los reflejos del sol, allá abajo, en el fondo arenoso del ancladero.
A esta hora la marea comenzaba, a bajar y el buque
empezaba á columpiarse en ¡orno del ancla. Oímos voces llamándose mutuamente,
muy lejos y muy débiles, allá en dirección de los quifes, y, aun cuando esto
nos tranquilizó por lo que hacía a Joyce y a Hunter, que por lo visto, quedaban
todavía en su posición d este sin ser molestados nos hizo comprender, sin
embargo o debíamos darnos prisa.
Redruth, entonces, abandonó su trinchera de lana en
la galería y se replegó al bote con nosotros. Dirigido el pequeño bote por
Smollet en persona, dimos vuelta al buque y nos vinimos a colocar junto a la
escotilla de proa.
-Ahora amigos -gritó el capitán-, ¿me oyen ustedes?
Ni una voz respondió, sobre cubierta -¡Es a ti, Abrahan Gray, a quien hablo!...
El mismo silencio anterior.
-¡Gray! -volvió a decir el capitán en voz más alta
aún-. En este momento voy a dejar este
buque, y como tu capitán que soy, te ordeno qué me sigas. Yo sé que tú eres, en
el fondo, un buen muchacho, y hasta
me atrevo a decir que ninguno de los
marineros que están allí es tan malo como aparenta serlo. Aquí tengo en la mano
un reloj abierto: te doy treinta segundos de plazo para que te me reúnas.
Hubo un nuevo, silencio.
Ven pronto, muchacho mío-continuó el capitán-; no te
detengas tanto- en vacilaciones. Estoy aquí, exponiendo mi vida y la de, estos
excelentes caballeros cada segundo que pasa.
Oyóse entonces el ruido repentino de una pendencia,
el rumor de golpes cambiados, y en unos cuantos segundos apareció Abraham Gray
en la puerta, con la herida de arma blanca en una de sus mejillas; pero
corriendo presuroso a la llamada del capitán como un perro puede venir al
silbato, de su amo.
-¡Estoy con usted, mi capitán! -dijo aquel leal
muchacho.
Un instante después, con Gray ya a bordo, habíamos
empujado de nuevo nuestro barquichuelo en dirección a la playa.
Y cierto es que nos encontrábamos ya fuera de la
peligrosa goleta; pero, ¡ay!, aún no nos veíamos en tierra, dentro del recinto
de la estacada.
17. Continúa el doctor. El último, viaje del chinchorro
Este quinto viaje fue, sin embargo, distinto de los
precedentes. En primer lugar, aquella cascarita de nuez en que íbamos estaba
demasiado cargada. Cinco hombres, de los cuales Redruth, el capitán y Trelawney
eran de más de seis pies de altura, era más de lo que nuestro botecito podía,
racional y cómodamente, cargar. Añádase a esto la pólvora, las armas y las
provisiones de boca, y se comprenderá que el chinchorro se balancease de una
manera inquietante, alojando agua de cuando en cuando, por la popa, en grado
tal, que todavía no habíamos andado cien yardas, y ya una buena parte de mis
vestidos estaba empapada.
Hízonos el capitán que aparejásemos el bote
compartiendo el peso más proporcionalmente, lo que nos apresuramos a ejecutar,
consiguiendo equilibrarlo un poco. Pero aun as! no dejábamos de sentirnos con
temor, no del todo infundado, de zozobrar. En segundo lugar, el reflujo
producía, a la sazón, una fuerte corriente de olas en dirección poniente,
atravesando la rada y moviéndose en seguida hacia el sur, en dirección del mar,
por el estrecho que nos había franqueado el paso en la mañana hasta el
ancladero. Las olas, de por sí, eran ya un peligro para nuestro sobrecargado
esquife; pero lo peor de todo era que dicha corriente nos arrastraba fuera de
nuestra vía y lejos del lugar de la playa en que teníamos que desembarcar, tras
de la punta de que ya he hablado. Si permitíamos a la corriente realizar su
obra, el resultado iba a ser que antes de mucho nos encontrásemos en tierra, es
verdad, pero precisamente al lado de los esquifes de los piratas, que quizá no
tardarían mucho en presentarse.
-Me es imposible enderezar el rumbo hacia la
estacada, capitán -dije yo, que iba sentado al timón, en tanto que el y
Redruth, que estaban de refresco, llevaban los remos- La marea nos arroja hacia
abajo; ¿no podrían ustedes remar un poco más fuerte?
-No sin echar el bote a pique -contestó- Sostenga
usted el gobernalle inmóvil hasta que vea usted que vamos ganando la vía.
Hice lo que se me indicaba y pronto vi que, si bien
la marea continuaba empujándonos hacia el poniente, logramos que el bote
enderezara la proa al este, siguiendo una línea que marcaba precisamente un
ángulo recto con el camino que debíamos tomar.
-De esta manera no vamos a tocar tierra jamás -dije
yo.
-Si no nos queda otro derrotero libre más que éste,
no podemos hacer otra cosa que seguirlo -contestó el capitán- Tenemos que ir
contra la bajamar. Ya ve usted, pues, que si seguíamos bordeando el sotavento
de nuestro desembarcadero, era muy difícil calcular dónde tocaríamos tierra;
esto sin contar con la probabilidad de ser abordados por los botes de Silver,
en tanto que, por el camino en que nos hemos puesto, la corriente puede amortiguarse
pronto y entonces virar rectamente hacia la playa.
-La corriente ha aminorado ya mucho, señor -díjome
Gray, que iba sentado hacia proa- Ya puede usted hacer que viremos de bordo un
poco.
-Gracias, muchacho -le contesté como si nada hubiera
sucedido, puesto que todos hablamos hecho tácitamente la resolución de
tratarlo, desde luego, como a uno de los nuestros.De repente, el capitán habló
de nuevo y noté que había una perceptible alteración en su voz: -¿-Y el cañón?
-Ya pensaba en eso -le respondí, seguro como estaba
de que el se refería a la posibilidad de que se bombardeara nuestro reducto- No
crea usted que les sea posible bajar el cañón a tierra, y aun en el supuesto de
que lo consiguieran, jamás podrían hacerlo subir por entre el monte.
-Pues mire usted a popa, doctor -replicó el capitán.
volví la cabeza... La verdad es que nos habíamos
olvidado completamente de nuestra pieza de artillería en la goleta, y de ahí
nuestro horror cuando vimos que los cinco bandidos estaban muy atareados,
despojándola de lo que ellos llamaban la chaqueta, o sea el abrigo de grueso
cáñamo embreado eón que la manteníamos envuelta durante la navegación. No era
esto todo, sino que al punto me acordé de que las balas y la pólvora de la
misma pieza habíanse quedado a bordo, en un cajón, por lo cual no necesitaban
nuestros enemigos sino dar un golpe con una hachuela para ser dueños de
aquellas terribles municiones de guerra.
Aquel olvido no podía tener más disculpa que la prisa
con que nos vimos precisados a evacuar la embarcación; -pero, desgraciadamente,
era irremediable.
-Hands era el artillero de Flint -dijo Gray con voz
ronca.
No me quedaba, pues, otro recurso que, a cualquier
riesgo, poner decididamente proa a tierra. A esta sazón, por fortuna nuestra,
la corriente quedaba ya tan lejos de nosotros que nos fue fácil seguir rumbo a
la playa por un camino tan recto como nuestra quilla, a pesar del impulso
necesariamente poco vigoroso que los remos imprimían a nuestro bote. Pero lo
malo era que, en la dirección que íbamos, presentábamos a "La
Española" un costado, ofreciendo a su tiro un blanco de tal tamaño que
parecía imposible que se le errara.
Erame fácil ver Y oír a aquel bribón de Hands con su
cara de borracho consuetudinario, arreglando sobre cubierta un cartucho para el
cañón.
-¿Quién es aquí el mejor tirador? -preguntó el
capitán.
-El señor de Trelawney, aquí y dondequiera -le
contesté-Pues bien, señor de Trelawney, ¿quiere usted hacerme el favor de
quitarme de en medio a uno de aquellos pícaros? A Hands, de preferencia, si es
que fuera posible -dijo el capitán.
Trelawney estaba frío como el acero; sin decir
palabra preparó el arma.
-Ahora- díjonos el capitán-, mucho cuidado, Dispare
usted su arma sin hacer movimiento alguno, o, de lo contrario, nos vamos a
pique. ¡Todo el mundo listo para equilibrar, si el bote zozobra al disparo!
El caballero levantó el arma y los remos cesaron de
hender el agua; todos nos inclinamos del lado contrario, para mantener el
equilibrio, y todo fue ejecutado con tal felicidad, que no entró al bote ni una
sola gota de líquido.
En ese instante, nuestros enemigos
tenían ya su pieza montada y lista, y Hands, que estaba junto a la boca, con,
el escobillón en la mano, era el más expuesto de todos. Sin embargo, no tuvimos
fortuna, pues precisamente en el momento en que, ya seguro de su puntería,
disparó Trelawney, el astuto timonel se en rápido como el pensamiento, y la
bala, que pasó, silbando de el, fue a herir a otro de los piratas, que cayó al
suelo.
El grito que éste lanzó fue
repetido, -no sólo por sus compañeros, sino por; otras muchas voces desde la
playa. Volví la vista en esta, dirección y noté que todos los piratas salían de
entre los árboles y se apresuraban a ocupar sus lugares en los esquifes.
-Ahora bien, allí los botes, señores-
dije.
-Enfile usted, pues, recto-gritó
el capitán-. Ahora hay miedo de zozobrar; ¡firme a los remos!
-No han tripulado más que uno de los botes,
capitándí-. Loa hombres del otro van por tierra, a cortarnos el paso,-El calor
es excesivo y la distancia no es tan corta para lo consigan fácilmente -replicó
el capitán. Marinos, en tierra, no son muy temibles. Lo que me preocupa es el
tiro que nos van a largar de a bordo, ¡Rayos y truenos! Nuestro flanco es tal
una beata podría pasarnos la bala de lado a lado, sin error. Señor de
Trelawney, avísenos usted en cuanto vea encender el estopón y nosotros
remaremos a popa.
Entretanto, habíamos, avanzando, a una velocidad harto para un esquife tan cargado como el nuestro.
Y estábamos a pocas brazos de la orilla,; unas cuantas remadas más y podría
atracar; p«que el reflujo acababa de descubrir una cinta de, a debajo de un
grupo de árboles de la -Costa- esquife que t de darnos caza ya no podía, pues,
hacernos daño alguno; el reflujo que tanto nos había detenido a nosotros,
estaba, en compensación deteniendo a nuestros perseguidores. El único peligro
era el cañón.
-Si me atreviese -dijo el capitán-, de buena gana
haría alto para cazar a otro de, los bandidos.
Los que habían quedado a bordo trataban de acelerar
el empleo del cañón. Ni siquiera hablan hecho el menor caso de su camarada
caído que no estaba muerto, sino simplemente herido, y al cual yo divisaba,
tratandose de arrastrarse a un lado. Por dónde pasó la bala ninguno de nosotros
lo supo precisa. mente; pero supongo que debe haber sido por encima de nuestras
cabezas y que el viento de ella debe haber contribuido. a nuestro desastre.
Nuestro bote se había hundido por la popa, como he
dicho con la mayor facilidad, en una profundidad de tres pies de agua,
dejándonos al capitán y a mí, de pie el uno junto al otro, en tanto que los
tres restantes, que se habían inclinado para evitar, en lo posible, la bala del
pedrero, salían del agua empapados y escurriendo de la cabeza a, los pies. ,Aún
así el daño no era tan grande. No había perecido ninguno de nosotros, y desde
allí podríamos caminar las pocas brazas que nos separaban de la playa. Lo malo
era que nuestras provisiones estaban en el fondo del esquife y que de los cinco
mosquetes que traíamos, sólo dos quedaban secos y aptos para usarlos: el mío,
que yo había tomado sobre mis rodillas levantándolo en alto, con un movimiento
rápido e instintivo, y el del capitán, que lo llevaba puesto en la bandolera y
que, en su calidad de hombre experto, había cuidado su arma antes que nada. Los
restantes yacían ya bajo el agua.
Como complemento de nuestra tribulación, oímos voces
que se acercaban entre el bosque, a lo largo de la playa. Así es que no sólo
sentíamos ya encima el peligro de quedar cortados de nuestro reducto, en aquel
estado de semicatástrofe y derrota, sino que nos aguijoneaba el temor de que,
si Hunter y Joyce se velan atacados por una media docena de hombres, no
tuviesen el valor y el buen sentido de mantenerse firmes a la defensiva. Hunter
era un hombre de firmeza y corazón, esto lo sabíamos bien; pero en cuanto a
Joyce, el caso era diferente, y bastante dudoso: Joyce era un lacayo muy
agradable, de muy finas maneras, y excelente para limpiar un par de botas o
cepillar un vestido; pero la verdad es que no le conocíamos condiciones de
hombre de coraje.
Todo esto, como llevo dicho, nos aguijoneó para
llegar a tierra tan pronto como era posible, dejando abandonado a su suerte al
pobre bote que, para desgracia nuestra, había guardado en su fondo algo como la
mitad de nuestra pólvora y provisiones de boca.
18. El doctor relata cómo concluyó el primer día de pelea
Una vez en tierra, dímonos toda la prisa que era
posible para franquear el trecho del bosque que nos separaba de nuestro
baluarte. A cada paso que dábamos, las voces de los piratas que venían por la
playa llegaban menos y menos distantes a nuestros oídos. Pronto nos fue fácil
distinguir el rumor de sus precipitados Pasos y el crujido de las ramas de los
arbustos a través de cuyos matorrales se venían abriendo camino. Comencé a
creer entonces que la cosa se agravaba, y hasta requerí el fiador de mi mosquete.
-Capitán -dije-: el señor Trelawney es el de puntería
infalible entre nosotros; déle usted su mosquete.
Sin responderme cambiaron rápidamente de armas, y
Trelawney, callado y frío como habla estado desde el principio del combate, se
detuvo por un instante para cerciorarse de que aquel arma estaba en buen
estado. En el mismo momento, notando que Gray, iba desarmado, le alargué mi
cuchillo. Mucho nos reconfortó el ver a aquel chico escupirse la mano,
remangarse la camisa, empuñar el arma y hacerla zumbar, blandiéndola por el
aire.
A unos cuarenta pasos de aquella breve pausa,
llegamos al lindero del bosque Y vimos la estacada frente a nosotros. Nos,
lanzamos a ella, entrando a su recinto por el lado sur, cuya empalizada
salvamos rápidos como el rayo, y casi en el instante mismo siete de los
amotinados, con Job Anderson, el contramaestre, a la cabeza, aparecieron en el
lado suroeste, lanzando gritos tremendos.
Detuviéronse un momento al llegar allí, como si se
sintieran pillados por retaguardia; pero antes de que ellos tuvieran tiempo de
recobrarse de su sorpresa, no sólo Trelawney y yo, sino también Hunter y Joyce,
tuvimos tiempo de hacer fuego desde el reducto. Los cuatro tiros no sonaron en
una descarga muy simultánea, pero hicieron su efecto, eso sí. Uno de los
enemigos cayó redondo, y los restantes, sin vacilar más tiempo volvieron la
espalda y se parapetaron tras los árboles.
Después de cargar de nuestras armas salimos afuera de
la empalizada para reconocer al enemigo que había caído. Para reconocer al enemigo
que había caído. Estaba muerto, con el corazón atravesado de parte a parte do
en aquel mismo instante una detonación de pistola se dejó oír en el matorral
más cercano; la baja silbó junto a mi oído, y el pobre Tom Redruth se tambaleó
y cayó en el suelo de largo a largo. Ya comenzábamos a felicitarnos de nuestra
buena suerte, cuando el matorral más cercano; Tanto el caballero corno yo
devolvimos el tiro; pero como no teníamos sobre qué hacer puntería, es muy
probable que no hiciéramos más que desperdiciar nuestra pólvora. Cargamos otra
vez y volvimos a ver al Pobre Tom.
El capitán y Gray estaban ya examinándolo y en cuanto
a mí, me bastó una. ojeada para comprender que aquello no tenía re. medio.
Creo que la prontitud con que respondimos a su
disparo dispersó a los rebeldes una vez más, porque, aunque estábamos a
descubierto, ya no se nos hostilizó mientras levantábamos al pobre guardamonte
para trasladarlo al interior de la cabaña.
Una vez acostado, el caballero se dejó caer sobre sus
rodillas, junto a el, besándole la mano y llorando como un chiquillo.
-¿Cree usted que me voy, doctor? -preguntó el
moribundo.
-Tom, hijo -le contesté-, vas a volver a tu verdadera
patria-Siento mucho -replicó el agonizante-, no haber dado antes a esos pillos
una lección con mi mosquete.
-Tom -exclamó a la sazón el caballero tan conmovido-
Tom dime que me perdonas, ¿no es caballero tan conmovido-verdad que si?
-Señor -fue su respuesta- ¿no cree usted que eso
pare. cerca una falta de respeto de mi `Parte? Pero hágase como usted lo
Pide..., sí, señor, con toda mi alma.
Siguió Un silencio no muy largo, al cabo del cual
murmuró que desearía que alguien dijese cerca de su cabecera alguna oración,
añadiendo, en tono sencillo y corno disculpándose de su atrevimiento: -Creo que
esa es la costumbre... ¿no?
Luego de una corta agonía sin pronunciar palabra, el
alma de Redruth Partió de este mundo.
Entretanto, el capitán, cuyo pecho y faltriqueras
había yo visto en extremo abultados, durante la travesía, fue sacando de ellos
todo un almacén de objetos: una bandera inglesa una Biblia una adujada o lío de
cuerdas bastantes fuertes, plumas, tinta, el registro diario de a bordo Y
algunas libras de tabaco Hablase encontrado en nuestro recinto de la estacada
un largo ya enderezado tronco de abeto,
que, con la ayuda de Hunter, levantó y puso en el ángulo de la cabaña, en que
los troncos se cruzaban. Acto seguido continuó subiendo ágilmente sobre el
techo del reducto, colocó con su propia mano e izó en alto la bandera de
nuestra patria. Volvió a entrar a la cabaña, y como si nada hubiera de
particular, se puso tranquilamente a hacer el recuento de nuestras provisiones.
Pero no dejaba de mirar con disimulo de] lado del pobre Tom Redruth, así es
que, no bien hubo éste expirado, cuando se acercó con otra bandera y la
desplegó reverentemente sobre el cadáver.
En seguida, sacudiendo virilmente la mano del
caballero, le dijo:
-No hay que afligirse, señor. Todo temor es vano
tratándose del alma de un leal, que ha sucumbido cumpliendo con su deber para
con su capitán y con su señor.
Dicho esto, me llevó a un lado y me dijo: ¿Dentro de
cuántas semanas esperan usted y el caballero que vendrá el buque que ha de
enviar Blandy?
-No es cuestión de semanas, sino de meses -le
contesté- En ,caso de que no estemos de vuelta para fin de agosto, Blandy
mandará buscarnos. Usted puede calcular por sí mismo.
-Yo creo que sí -contestó rascándose la cabeza de un
modo muy significativo-. Así es que, no sin dar a la Providencia una buena
ración de gracias por todos sus beneficios, debo decir que no por eso hemos
estado menos desafortunados.
-¿Qué quiere usted decir con eso? -le pregunté.
-Quiero decir -me respondió-, que es una lástima que
hayamos perdido aquel segundo cargamento del botecito. Por lo que hace a
pólvora y balas, tenemos bastante; pero, en cuanto a provisiones de boca,
estamos muy escasos, tanto, doctor, que quizás nos viene muy bien el tener
aquella boca de menos.
En aquel mismo instante oyóse el trueno y el silbido
de una bala de cañón que pasó rozando el techo de nuestro reducto y fue a
enterrarse entre los árboles del bosque.
-Ajá -dijo el capitán- ¡Salva tenemos! Bastante poca
pólvora tienen esos chicos para que la desperdicien así tan locamente.
Otro segundo disparo arrojó su, bala con mejor
puntería, pues el proyectil penetró adentro de la estacada.
-Capitán -dijo el caballero-, -me consta que nuestro
reducto, de por sí, es enteramente invisible desde el buque. Creo, por tanto,
que es la bandera la que les está sirviendo para hacer blanco... ¿No cree usted
que sería más prudente traerla acá adentro?
-¿Arriar mi pabellón? ¡Jamás! -exclamó el capitán.
Fuimos todos de su misma opinión, porque aquello no
Sólo tenía un aspecto marcial, marino e imponente, sino que entrañaba una buena
política, cual era la de mostrar a nuestros enemigos que se nos daba un ardite
de su cañoneo.
Toda la tarde continuaron su fuego. Bala tras bala
venían; las unas pasaban por encima del techo, otras caían a un lado, otras
entraban al recinto de la empalizada, desparpajando la arena del piso. Pero
como tenían que hacer su puntería sobre una mira muy alta, sus tiros no
lograron más que encontrar sepultura en la leve arena de la lona. No teníamos
rebote que temer, y aun. que una bala penetró a la cabaña por el techo y luego
salió de nuevo por un costado, muy pronto nos acostumbramos a esa especie de
broma pesada, y no hicimos más caso de ella que el que habríamos hecho de una
partida de vilorta.
-Se me ocurre una buena idea -dijo el capitán- El
bosque, frente a nosotros, está bastante claro, la marea ha dejado un buen
espacio en seco y a esta hora nuestras provisiones están ya, probablemente, en
descubierto. Creo que si algunos de los nuestros se prestaran a hacer una
pequeña salida con ese objeto, podríamos recobrar parte de nuestra carne
salada.
Gray y Hunter se ofrecieron desde luego, y, muy bien
armados, salvaron la empalizada. Su misión fue, sin embargo, inútil. Los
rebeldes eran más intrépidos de lo que creíamos, o no tenían más fe de la que
se merecía en su artillero Hands, porque el hecho era que ya cinco o seis de
ellos estaban muy ocupados sacando nuestras provisiones del fondo del
chinchorro y trasladándolas a uno de sus esquifes, que estaba allí cerca,
mantenido contra la corriente por el manejo constante de un remo. Silver estaba
en la popa, al mando de las operaciones, y cada uno de sus hombres aparecía ya
provisto de su mosquete correspondiente, tomado de algún oculto arsenal de
ellos mismos.
El capitán se sentó para escribir en su diario de a
bordo, y he aquí el principio de lo que trazó en el: "Alejandro Smollet,
capitán; David Livesey, médico de a bordo; Abraham Gray, carpintero de la
goleta; John Trelawney, propietario; John Hunter y Ricardo Joyce, criados del
propietario, que no son marinos; éstos son los que se conservan leales de toda
la gente embarcada a bordo de "La Española"; tenemos víveres para
diez días a racines cortas; hemos desembarcado hoy e izado luego la bandera
inglesa en la estacada o reducto que hemos hallado en esta Isla del Tesoro. Tom
Redruth, otro sirviente del propietario, ha sido muerto por los rebeldes. James
Hawkins, paje de cámara..."En este momento yo estaba lamentándome acerca
de la triste, suerte y fin desastroso del pobre Hawkins, cuando oímos algunos
gristos y llamados del lado de tierra.
-Alguien nos vocea por acá -díjome
Hunter.
-¡Doctor! ¡Caballero!... ¡Capitán!... ¡Hola! ¿Eres
tú, Hunter? -decían los gritos aquellos.
Corrí a la puerta de la cabaña y llegué a tiempo
para ver de nuevo, sano y salvo, a Jim Hawkins, salvando la empalizada.
[1]
Las monedas inglesas qué llevaban el busto del rey; recuérdese que en el talego
las había de todos los cuños y de todas las naciones. (N. del T.)
[2] El verbo inglés to maroon,
usado por el autor, significa abandonar a hombre en una isla desierta, Por
castigo o por venganza. Según Webster. la palabra está tomada del español
cimarrón, pero careciendo nuestro Idioma de la facilidad de convertir en verbos
los nombres, como el inglés, nos vemos precisados a usar convencionalmente el
verbo aislar.