L A I S L A D E L T E S O R O

L A I S L A D E L T E S O R O

R . L . S T E V E N S O N



PARTE PRIMERA
EL VIEJO BUCANERO

1. El viejo lobo de mar en la posada del "Almirante Benbow"

Me ha sido imposible rehusar las repetidas instancias que el caballero Trelawney, el doctor Livesey y otros muchos señores me han hecho para que escribiese la historia circunstanciada y completa de la
ISLA DEL TESORO. Pongo, pues, manos a la obra, relatándolo todo, desde el alfa hasta la omega, sin dejarme cosa alguna en el tintero, exceptuando la determinación geográfica de la isla, y esto sólo porque estoy convencido de que en ella existe aún un escondido tesoro. Tomo la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo hasta la época en que mi padre era propietario de la posada del "Almirante Benbow" y hasta el día en que por vez primera, vino a alojarse en ella aquel viejo marino de tez curtida por los elementos, con su grande y visible cicatriz.
Aún lo recuerdo. Llegó a la puerta de la posada estudiando su aspecto, seguido de su maleta, que alguien conducía tras el en una carretilla de mano. Era un hombre alto, fuerte, de pronunciado color moreno avellana. Su trenza o coleta alquitranada caíale sobre las hombreras de su poco limpia blusa marina. Sus manos callosas y llenas de marcas, enseñaban las extremidades de unas uñas quebradas y negruzcas; llevaba en una mejilla aquella cicatriz de sable, sucia y de color blancuzco y repugnante. Paréceme verlo aún paseando su mirada investigadora en torno del cobertizo, silbando mientras examinaba, y prorrumpiendo en seguida en aquella antigua canción marina que tan a menudo le oí cantar después:
Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto, Son quince,¡joh, oh, oh!,  son quince; ¡viva el ron! con voz temblorosa y grave, que parecía haberse formado y roto en las barras del cabrestante. Cuando pareció satisfecho de su examen, llamó a la puerta con un pequeño bastón, especie de espeque que llevaba en la mano, y cuando acudió mi padre le pidió, bruscamente, un vaso de ron. Lo saboreó, lenta y pausadamente, como un experto catador, paladeándolo con deleite y sin cesar de recorrer alternativamente con la mirada, ora las rocas, ora la enseña de la posada.
-Esta es una caleta de buen fondo -dijo, en su jergana-, y al mismo tiempo, una taberna muy bien situada. ¿Mucha clientela, patrón?
-Al contrario -le respondió mi padre-, bastante poca.
-Bien -dijo él-, entonces esto es lo que yo necesito. ¡Hola, tú, grumete! -gritó al hombre que hacía rodar la carretilla enlute venía su gran cofre de a bordo-, trae esa maleta y súbela. Y pienso fondear aquí un poco. -Y, luego, prosiguió: -Yo, soy un hombre llano; todo lo que yo necesito es ron, huevos y tocino y aquella altura que se ve allí, que domina la bahía. ¿Quieren ustedes saber cómo deben llamarme? Llámenme capitán. ¡Oh, sé lo que están esperando!
Mientras decía esto, arrojó tres o cuatro monedas de oro en el umbral, y añadió, con tono altivo y con una mirada tan orgulloso como la de un verdadero capitán:
- ¡Avísenme cuando se acabe!
Y, la verdad es que, aunque su pobre traje no predisponía en su favor, ni menos aún su lenguaje, no tenla aspecto de un tramposo, sino que parecía más bien un marino, un maestro de embarcación, acostumbrado a que se le obedeciese como capitán. El muchacho que traía la carretilla nos refirió que la posta del correo lo había dejado, la víspera, en la posada del Royal George, que allí se había informado qué albergues había a lo largo de la costa, y que, habiéndosele descripto el nuestro como muy poco concurrido, lo había, elegido para su residencia. Eso fue todo lo que pudimos averiguar acerca de nuestro huésped.
El capitán no pecaba de locuaz. Todo el día se lo pasaba, ya vagando a orillas de la caleta, ya encima de las rocas, con un largo anteojo marino. Por las noches se acomodaba en un rincón de la sala, cerca del fuego, y se dedicaba a beber ron y agua con todas sus fuerzas. Las más de las veces no contestaba cuando se le hablaba; contentábase con arrojar sobre el que le dirigía la palabra una rápida y altiva mirada, y con dejar escapar de su nariz un resoplido que formaba, en la atmósfera, cerca de su cara, una curva de vapor espeso. Los de la casa y nuestros amigos y clientes ordinarios pronto concluimos por no hacerle caso. Día a día, cuando retornaba a la posada de sus excursiones, preguntaba, invariablemente, si no se habla visto a algunos marineros atravesar por el camino. Al principio nos pareció que la falta de camaradas que le hiciesen compañía le obligaba a hacer esa constante pregunta; pero luego vimos que lo que el procuraba era más bien evitarlos. Cuando algún marinero se detenía en la posada, como lo hacían entonces y lo hacen aún los que siguen el camino de la costa para Bristol, el capitán examinábalo a través de las cortinas y, cuando tal concurrente se presentaba, el permanecía, invariablemente, mudo como una carpa.
Para mí, sin embargo, no había mucho de misterio ni de secreto en sus alarmas, en las cuales tenía yo cierta participación. Un día me llamó aparte, y prometió darme una pieza de cuatro peniques el día primero de cada mes, con la condición de que estuviese alerta y le avisara cuando notara la presencia de un marino con una sola pierna. Con frecuencia, sin embargo, cuando el día primero del mes iba yo a reclamar el salario prometido, no me daba más respuesta que su habitual resoplido nasal, clavando sus ojos airados en los míos, obligándome a bajarlos; pero, antes de que hubiera pasado una semana, lo veía venir a mí trayéndome mi moneda, no sin reiterarme las órdenes de estar alerta.
Imposible me sería contar hasta qué punto ese esperado personaje turbaba y entristecía mis sueños. En las noches tempestuosas, cuando el viento hacía estremecer los cuatro ángulos de nuestra casa y cuando la marea bramaba, despedazando sus olas a lo largo de la caleta y sobre los abruptos riscos, yo lo vela aparecérseme, en sueños, en mil formas diversas y con mil expresiones diabólicas. Ya era la pierna cortada hasta la rodilla, ya desarticulada desde la cadera; ya se me aparecía como una especie de criatura monstruosa que nunca había tenido más de una pierna, y ésta de forma indescriptible. En otras ocasiones lo veía saltar, correr y perseguirme por zanjas y vallados, lo cual constituía la peor de todas mis pesadillas. Hay que convenir en que con aquellas visiones abominables pagaba bien cara mi pobre renta mensual de cuatro peniques.
Pero, si bien es cierto que tal era mi error a propósito del marino de una pierna, también es cierto que, por lo que respecta al capitán mismo, le tenía Yo mucho menos miedo que cualquiera de los que lo conocían. Algunas noches tomaba mucho más ron del que podía, razonablemente, tolerar su cabeza. Entonces se le veía sentarse y entonar sus perversas, salvajes y antiguas cantigas marina, de que ya nadie hacía caso. A veces, luego de un convite general, forzaba a su tímido y trémulo auditorio a escuchar sus patibularias historias o a hacer coro a sus siniestras canciones. Con frecuencia, oía yo a la casa entera estremecerse con aquel estribillo:
El diablo, ¡oh, oh, oh!, ¡ viva el ron!
en el que todos los vecinos se le unían por amor a sus vidas, por el temor de que aquel ogro les diese muerte, y cada uno procurando levantar la voz más que el compañero de al lado, a fin de no llamar la atención por su negligencia; porque, durante aquellos accesos el capitán era el compañero más intolerable y arrebatado que se ha conocido.
Sus narraciones eran lo que espantaba a la gente más que todo. Historias de ahorcados, bárbaros castigos, como el llamado paseo de la tabla, v temibles tempestades en el mar y en el paso de Tortugas, y salvajes hazañas y abruptos parajes en el mar Caribe y costa firme. Por lo que dejaban traducir sus narraciones, debió pasar su vida entera entre l9 hombres más perversos que Dios ha permitido que crucen sobre los mares; el lenguaje que usaba para contar todas sus historias disgustaba a aquel sencillo auditorio, casi tanto como los crímenes espantosos que describía. Mi padre decía siempre que la posada concluiría por arruinarse, pues la gente dejaría de concurrir a ella para evitar que se la tiranizase, se la asustase y se la mandase a acostar horripilada y estremecida; pero creo que, al contrario, su presencia nos fue de mucho provecho. La gente comenzó por tenerle un miedo atroz; pero a poco, según hoy puedo recordarlo, empezó a gustar de el. Porque, a la verdad, el capitán era una fuente de valiosas emociones en medio de aquella quieta y sosegada vida de campo. Algunos de los más jóvenes de nuestros vecinos no le escatimaban ya ni su admiración, llamándole un verdadero lobo marino, un tiburón legítimo y otros nombres parecidos, agregando que, hombres d su ralea son, precisamente, los que hacen que el nombre de Inglaterra sea temido y respetado en el mar.
Pero, también, en cierto modo, no dejaba de llevarnos bonitamente a la ruina, porque su permanencia se prolongaba en nuestra casa semana tras semana, y después mes tras mes, de tal manera que ya aquellas primeras monedas de oro habían sido más que gastadas, sin que mi padre se atreviese a insistir demasiado en que las renovase. Sí alguna vez se permitía indicar algo, el capitán resoplaba de una manera tan formidable, que se podría decir que bramaba, y, con su feroz mirada, arrojaba a mi pobre padre fuera de la habitación. Yo lo vi, después de tales repulsas, retorcerse las manos con desesperación, y estoy seguro de que el fastidio y el terror, que se repartían su existencia, contribuyeron grandemente a acelerar su infeliz muerte.
En todo el tiempo que vivió con nosotros el capitán no hizo el menor cambio en su vestimenta. Habiéndosele caído una de las alas de su sombrero, no se ocupó de volver a su lugar primitivo aquel colgajo, que era para el una molestia, sobre todo cuando hacía viento. Recuerdo la miserable apariencia de su jubón, que remendaba el mismo en su habitación, y que antes de su muerte no era ya más que remiendos. Jamás escribió ni recibió carta alguna ni se dignaba hablar a nadie que no fuese los vecinos que el conocía por tales, y hacíalo solamente cuando bullían en su cabeza los vapores del alcohol. En cuanto al cofre que ha a traído consigo, ninguno había logrado verlo abierto.
Sólo una vez se le vio realmente enojado y sucedió poco antes de su triste muerte, en ocasión en que la salud de mi padre iba declinando en la pendiente que acabó por llevarlo al sepulcro. El doctor Livesey había venido con cierto retardo, esa tarde, con el objeto de ver a su enfermo; tomó alguna ligera comida que le ofreció mi madre y entró en la sala para fumar su cigarro, mientras le traían su caballo desde el pueblo, porque en la posada carecíamos de caballeriza. Yo fui tras el, y recuerdo haber observado el contraste que ofreció a mis ojos aquel doctor fino y aseado, de cabellera empolvada, blanca como la nieve, de vivísimos ojos negros y maneras gratas y amables, con aquellos retozones palurdos del campo; y, más que todo, con el sucio, enorme y repugnante espantajo de pirata de nuestra posada, que veía sentado en su rincón habitual, bastante avanzado a aquella hora en su embriaguez cotidiana, y recargando sus brazos musculosos sobre la mesa. De repente, nuestro huésped comenzó a canturrear su eterna canción:
Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto, Son quince, joh, oh, oh!, son quince ¡viva el ron!
El diablo y la bebida hicieron todo el resto,
El diablo, ¡oh, oh, oh!, el diablo, ¡viva el ron!
Al principio habíame figurado que el cofre del muerto a, que el se refería en su canción sería probablemente aquel gran que guardaba arriba en su cuarto, y este pensamiento se -mezclado confusamente en mis pesadillas con la figura del esperado marino cojo. Pero cuando sucedió lo que ahora refiero,¡ habíamos dejado de conceder la más pequeña atención al canto de nuestro hombre, que, con excepción del doctor Livesey conocido de todos. Pude observar, sin embargo, que al  no. le producía efecto agradable, porque le vi levantar los ojos con aire de bastante disgusto hacía el capitán, antes -de iniciar conversación con el viejo Taylor, el Jardinero, acerca de una n va curación para las afecciones reumáticas. Entretanto, el capitán parecía alegrarse al sonido de su propia música, de una gradual, hasta concluir por golpear con su mano sobre la J11 de aquella manera brusca y autoritaria que todos nosotros estamos muy bien que quería decir: "¡Silencio!". Todas las voces callaron a la vez, como por encanto, excepto la del doctor L que continuó dejándose oír Imperturbable, clara y agradable interrumpida solamente cada dos o tres palabras por las chupadas que daba a su cigarro. El capitán lo miró fijo por algunos momentos, volvió a golpear sobre la mesa, le una nueva mirada, más terrible todavía, y concluyó por vociferar con, un villano y soez juramento.
-¡Silencio, allí, los del entrepuente!
-¿Era a mí a quien usted se dirigía? -preguntó el doctor.
Nuestro hombre contestó afirmativamente, no sin añadir un nuevo juramento.
-No curé a usted más que una cosa -dijo el doctor-, y es quo, si usted continúa bebiendo ron como hasta ahora, muy pronto 0¡ mundo se verá libre de una asquerosa sabandija. Sería inútil pretender describir la furia que se apoderó del viejo al escuchar esto. Púsose en pie de un salto, sacó y abrió una navaja marina de gran tamaño, y balanceándola abierta sobre la, palma de la mano, amenazó clavar al doctor contra la pared.
Éste no hizo el más leve movimiento. Tornó a hablarle de nuevo, lo mismo que antes, por encima del hombro y con el mismo tono de voz, sólo que un poco más alto, de manera que oyesen todos los circunstantes, pero con la más perfecta calma y serenidad: -Si no vuelve usted esa navaja al bolsillo en este mismo instante, le juro a usted, por quien soy, que será ahorcado en la próxima reunión del tribunal del condado.
Siguió luego un combate de miradas entre uno y otro, pero pronto el capitán hubo de rendirse; guardó su arma y volvió a su asiento, gruñendo como perro que ha sido mordido. : -Y, ahora, amigo :continuó el doctor-, desde el momento en que me consta la presencia de un hombre como usted en mí distrito, puede estar seguro de que ni de día ni de noche se le perderá de vista. Yo no soy solamente un médico; soy también un magistrado; así es que, si llega hasta mí la queja más insignificante en su contra, aunque sólo sea un rasgo de grosería como el de esta noche, sabré tornar las medidas necesarias para que se le de caza y se le arroje a usted del país.
Poco después llegó a la puerta la cabalgadura y el doctor Livesey partió sin dilación; contra lo que esperábamos, el capitán se mantuvo pacífico aquella noche, y aún otras muchas de las subsiguientes.

2. Black Dog aparece y desaparece

No mucho tiempo después de lo referido en el capitulo precedente, ocurrió el primero de los sucesos misteriosos que nos desembarazaron, por fin, del capitán- aunque no de sus negocios, como pronto lo verán los que continúen en esta narración. Sufría a 1a sazón. un Invierno crudo y frío, con largas y terribles das y deshechos temporales. Mi pobre padre empeoraba día a de tal forma que se creía . muy remota la probabilidad de llegase a ver una nueva primavera. El manejo de la posada ha caído enteramente en manos de mi madre y mías, y ambos Miramos demasiado que hacer con ella pata que nos fuese da el ocuparnos excesivamente de nuestro desagradable huésped.
Era una fría y desapacible mañana del mes de enero, muy temprano todavía; la caleta, cubierta de escarcha, aparecía gris o blanquecina, en tanto que la marea subía, lamiendo suavemente las piedras de la playa, y el sol, muy bajo aún, tocaba apenas las cimas de las lomas y brillaba allá, muy lejos, en el confín del océano. El capitán se había levantado mucho más temprano que de costumbre y se había dirigido hacia la playa, con su especie de alfanje colgado bajo los anchos faldones de su vieja blusa marina, su anteojo de larga vista bajo el brazo y su sombrero echado hacia atrás, sobre la cabeza. Todavía me parece ver su respiración, suspensa, en forma de una estela de humo, en el camino que iba recorriendo a largos pasos, y aún recuerdo que el -último sonido que, oí de el cuando se hubo perdido tras de la gran roca, fue un gran resoplido de Indignación, como sí todavía revolviese en su ánimo el recuerdo desagradable de la escena con el doctor Livesey.
Mi madre estaba a la sazón con mí padre, en su habitación, y yo me ocupaba en arreglar la mesa para el almuerzo, mientras volvía el capitán, cuando repentinamente se abrió la puerta de la sala y penetró en ésta un hombre que yo no había visto hasta entonces. Era un Individuo pálido y encanijado, en cuya mano izquierda faltaban dos dedos y que, aunque llevaba también su cuchillo al cinto, no tenía ni con mucho el aspecto de hombre de armas del mar. Yo siempre estaba en acecho de marineros de una sola pierna, o de dos; pero el que acababa de aparecérseme era, para mí, un enigma. No tenía el aspecto de un verdadero marino, y sin embargo había en el no sé qué aire de gente de mar.
Le pregunté, desde luego, en que podía servirle, y el me con. testó que deseaba tomar un poco de ron; pero apenas iba yo a salir de la. sala en busca de lo que pedía, cuando se sentó a una de las mesas, indicándome que me acercase a el. Yo me detuve, teniendo en mi mano una servilleta.
-Ven aquí, muchacho -me repitió-, acércate más.
Yo di un paso hacia el.
-¿Es para mi camarada Bill para quien has preparado esta mesa? -me preguntó, dirigiéndome cierta mirada extraña.
-Ignoro quién es su camarada Bill -le contesté-; esta mesa es para una persona que se aloja en nuestra casa y a quien nos. otros llamamos el capitán.
-Eso es -replicó él-; mi camarada Bill. Puede ser llamado capitán o no; es lo mismo. Tiene una cicatriz en una mejilla y un modos valientemente agradables, muy propios de el, sobre todo cuando está bebiendo. Como señas, pues... ¿qué más? ... Te repito que tu capitán tiene una cicatriz en un carrillo .... y si quieres más, te diré que ese carrillo es el derecho. .. ¡Ah, bueno! Ya lo había yo dicho... ¿con que mi camarada Bill está aquí, en esta casa?
-Ahora anda fuera -le contesté yo-; ha salido de paseo.
-¿Por donde se ha ido, muchacho?
Señalé yo entonces en dirección de la roca, diciéndole que el capitán no tardaría en volver; respondí a algunas otras de sus preguntas, y entonces el añadió: -¡Ah, vamos! Esto será tan bueno como un vaso de ron para mi querido camarada Bill.
La expresión de su cara, al decir esto, no tenía nada de agradable, y yo tenía mis razones para pensar que aquel extraño se equivocaba. Pero, al fin y al cabo, pensé, aquello no era negocio mío. Además, no era asunto muy fácil el saber qué partido tomar. El recién venido se mantenía esquivándose tras la parte interior de la puerta de la posada, ojeando, de soslayo, en torno de su escondrijo, como gato que está en acecho de un ratón. Una vez, salí yo hacia el camino; pero el me llamó inmediatamente, y como no obedeciese con la celeridad por el deseada, un cambio instantáneo y espantoso se operó en su semblante enjuto, y me repitió su orden, acompañándola de un juramento que me hizo brincar. Tan pronto como estuve adentro, reasumió el su primera actitud, burlona, dióme una palmadita sobre el hombro y me dijo:
-Vamos, chico, tú eres un buen muchacho, yo no he querido más que asustarte en broma. Yo tengo un hijo de tu edad -añadió- que se te parece como un montón a otro, y te aseguro que ya es el orgullo de mi arte. Pero una gran cosa, para los muchachos, es la disciplina, chico... mucha disciplina. Mira, si alguna vez hubieras tú navegado con Bill, a buen seguro que no te hubieras quedado allí esperando que te llamaran por segunda vez; te aseguro que no. Nunca Bill ha obrado de otro modo, ni ninguno de los que han navegado con el. Ahora bien, si no me engaño, allí viene el camarada Bill, con su anteojo bajo el brazo. ¡Bendito sea su viejo arte, que me permite reconocerlo! Sea enhorabuena; tú y yo, muchacho, vámonos allá detrás, a la sala, y nos esconderemos tras de la puerta para dar a Bill una pequeña sorpresa; ¡y bendito sea de nuevo su arte, una y mil veces!
Al decir esto, el hombre retrocedió conmigo a la sala y me colocó tras el, en el rincón, de manera tal que quedábamos ocultos por la puerta abierta. Yo estaba realmente inquieto y alarmado, como es fácil figurárselo, y añadía no poco a mis temores el observar que aquel nuevo personaje tampoco las tenía todas consigo, Le veía aflojar la hoja de su cuchillo en la vaina, sin que, durante todo el tiempo que duró la espera, hubiese cesado de tragar saliva como si hubiera tenido, según la expresión familiar un nudo en la garganta.
Por último, entró el capitán, empujó la puerta tras de sí, 514, mirar ni a Izquierda ni a derecha, y marchó directamente, a través del cuarto, hacia donde le esperaba el almuerzo.
Entonces mi hombre pronunció con una voz que me pareció se esforzaba en hacer hueca y campanada, esta sola palabra:
-¡Bill!
El capitán giró rápidamente sobre sus talones y se encaró a nosotros. Todo lo que había de moreno en su rostro había desaparecido -en aquel momento, y hasta su misma nariz ofrecía un tinte de una lividez azulada. Tenía el aspecto de un hombre que ve un espectro o al diablo mismo, o algo peor, si es que lo hay, y créaseme, bajo mi palabra, que sentí compasión por el, al verle, en tan corto instante, ponerse tan viejo y tan enfermo.
-Ven acá, Bill, tú me conoces bien. No has olvidado a un viejo camarada, Bill, estoy seguro de ello continuó diciendo el recién venido.
El capitán exclamó entonces, en una especie de boqueada penosa:
¡Black Dog
 -¿Pues quién habla de ser sino el? -replicó el otro, comenzando asentirse un poco más tranquilo-. Black Dog, al, que, lo mismo que antes, viene aquí a la posada del "Almirante Benbow para saludar a su viejo camarada Bill. ¡ Ah, -Bill, Bill, cuantas cosas hemos visto juntos, nosotros dos, desde la época en que perdí estos dos "garfios"! -añadió, levantando un poco su mano mutilada.
-Bien dijo el capitán-, ya veo que me has cazado... Aquí ¿de qué me tienes ... ; vamos..., ¿qué quieres?...
Habla... Di..., se trata?
-Veo bien que eres el mismo -replicó Black Dog-, tienes razón, Bill, tienes razón. Voy a tornar un vaso de ron que me traerá este buen Chiquillo,-a quien tanto me he aficionado; en seguida nos sentaremos, si tú quieres, y hablaremos, lisa y llanamente, como buenos camaradas que somos.
Cuando yo volví con el ron, ya los dos se habían sentado en cada una de las cabeceras de la mesa en que el capitán iba a almorzar. Black Dog hablase quedado más cerca de la puerta y se le veía sentado de lado, de modo que pudiese tener un ojo atento a su camarada antiguo, y otro, según me pareció, a su retirada libre.
Despidióme luego, ordenándome que dejase la puerta abierta de par en par, y añadió:
-Nada de espiar por las cerraduras muchacho, ¿entiendes?
Yo no tuve más remedio que dejarlos solos y retirarme a la cantina del establecimiento.
Durante largo rato, por más que puse mis cinco sentidos en percibir algo de lo que pasaba, nada llegó a mis oídos, sino un rumor vago y confuso de conversación; pero, al cabo, las voces comenzaron a hacerse más y más perceptibles, y ya me fue posible escuchar distintamente alguna que otra palabra, la mayor parte de las cuales eran juramentos e insolencias proferidos por el capitán.
-¡No, no, no, no! -le oí proferir-; ¡no!, y concluyamos de una vez- Y después añadió: -Si hay que ahorcar, ahorcadlos a todos; ¡y basta!
Luego, de una manera repentina, todo se volvió una tremenda explosión de juramentos y ruidos tremebundos. Rodaron la silla y la mesa, siguióse un chis-chás de entrechocar de aceros y luego un grito de dolor. En ese instante pude ver a Black Dog en plena fuga y al capitán persiguiéndolo encarnizadamente, ambos con sus cuchillas desenvainadas, y, el primero de ellos manando abundante sangre de su hombro, izquierdo. En ese momento, al llegar a la puerta, el capitán descargó sobre el fugitivo una tremenda y que debió ser última cuchillada, con la cual, sin duda alguna, lo habría abierto hasta la espina si no hubiera tropezado su arma con la enseña de nuestra posada, que fue la que recibió el golpe, dejando una señal que es fácil ver todavía hoy en el marco de nuestro "Almirante Benhow hacia la parte de abajo.
Aquel mandoble puso fin a la riña. Una vez afuera, y sobre el camino público, Black Dog, a despecho de su herida, pareció decir, con una prisa maravillosa, "pies, para qué os quiero y en medio minuto le vimos desaparecer tras de la cima de la loma cercana. El capitán, por su parte, permaneció clavado cerca de la enseña del establecimiento, como un hombre extrañado. Después pasó su mano varias veces sobre sus ojos, como para cerciorarse de que no soñaba, y, en seguida, volvió a penetrar en la casa.
-¡Jim! -me dijo-. ¡Trae ron!
Y al hablarme, se bamboleaba un poco y, con una mano, se apoyaba contra la pared.
-¿Está usted herido? -le pregunté.
-¡Ron! -me repitió- Necesito irme de aquí... ¡Ron!
¡Ron!
Corrí a buscárselo; pero, con la excitación que los sucesos ocurridos me habían ocasionado, rompí un vaso, obstruí la llave, y cuando todavía estaba yo procurando despacharme lo mejor posible, escuché en la sala el ruidoso y pesado golpe de una persona que se desplomaba. Corrí y me encontré con el cuerpo del capitán tendido de largo a largo sobre el suelo. En el mismo instante mi madre descendía corriendo la escalera para venir en mi ayuda. Entre ambos levantamos la cabeza al capitán, que respiraba fuerte y, penosamente, cuyos ojos estaban cerrados y en cuya cara parecía un color horrible.
-Cielos, cielos santos! -gritó mi madre-. ¡Qué des re nuestra casa, y con tu pobre padre enfermo!
Entretanto, a mí no se me ocurría la más insignificante para socorrer al capitán, convencido de que había herido de muerte en su encarnizado combate con aquel extraño. T ron para asegurarme de - ello, y traté de hacerlo pasar por su ganta; pero tenía los dientes terriblemente apretados unos contra otros, y sus quijadas estaban tan duras como si hubieran sido de acero. Fue para nosotros entonces un grandísimo alivio al ver abrirse la puerta y aparecer en ella al doctor Livesey, que venía a hacer a mi padre su visita diaria.
-¡Oh, doctor! -exclamamos mi madre y yo a la vez -. ¿Qué haremos? ¿En dónde estará herido?
-¿Herido? -dijo el doctor, ¡qué va a estarlo!; ni más ni menos que ustedes o yo. Este hombre acaba de tener un ataque, como yo se lo había pronosticado. Ahora bien, señora Hawkins, corra usted arriba y, si es posible, no diga usted a nuestro enfermo ni una palabra de lo que pasa. Por mi parte, mi deber es tratar de hacer cuanto pueda por salvar la vida tres veces Inútil de este hombre. Anda, pues tú, Jim, y trae una palangana.
Cuando volví el doctor había ya descubierto el nervudo brazo del capitán, desembarazándolo de sus mangas. Todo el aparecía pintado con esas figuras indelebles que se dibujan en el cuerpo los marineros y los presidiarios. "Buena suerte decía una de sus inscripciones y, en otras, "Vientos prósperos", "Capricho de Billy Bones" se podía leer, en caracteres claros y cuidadosamente ejecutados sobre el antebrazo. Un poco más arriba, cerca del hombro, se veía un esbozo de patíbulo y, pendiente de el, un hombre ahorcado; todo, según a mí me pareció, ejecutado con bastante destreza y propiedad.
- ¡Profético! -dijo el doctor, tocando este último dibujo con su dedo- Y ahora, maese Billy Bones, si tal es su nombre, vamos a ver de qué color es su sangre.
Acto continuo tomó su lanceta y con gran habilidad picó una vena. Una gran cantidad de sangre salió antes de que el capitán abriera los ojos y echase en torno suyo una mirada vaga y anublada. Reconoció, luego, al doctor, a quien miró con un ceño imposible de equivocar; en seguida me miró a mí, y mi presencia pareció aliviarle un tanto. Pero, de repente, su color cambió de nuevo; trató  de enderezarse por sí solo e inmediatamente exclamó:
-¿Dónde está Black Dog?
-Aquí no hay ningún Black Dog -díjole el doctor-, como no sea el que tiene usted dibujado sobre su espalda. Ha seguido usted bebiendo ron, y, como yo se lo había anticipado, ha venido un ataque. Muy contra mi voluntad me he visto obligado, por deber, a atenderlo, pudiendo decir que casi he sacado a usted de la sepultura. Y, ahora, maese Bones...
-Ése no es mi nombre - interrumpió él.
-No importa -replicó el doctor-; es el nombre de cierto filibustero a quien yo conozco, y le llamo a usted por el en gracia de la brevedad. Lo único que tengo que añadir es esto: un vaso de ron no le haría a usted ningún daño; pero si usted toma uno, tomará otro, y otro después, y apostaría mi peluca a que, si no se contiene, se morirá en muy breve tiempo..., ¿entiende usted esto? ... Se morirá y se irá al mismísimo infierno, que es el lugar que le corresponde, como lo reza la Biblia. Ahora, vamos; haga un esfuerzo. Yo le ayudaré por esta vez a llevarlo a su cama.
Entre los dos, y no sin trabajo, logramos llevarlo a su cuarto, y acostarlo sobre su lecho, en cuya almohada dejó caer pesadamente la cabeza, como si se sintiera desmayar.
-Ahora, recuérdelo bien -dijo el doctor-; para descargo de mi conciencia debo repetirle que para usted ron y muerte son dos palabras de un mismo significado.
Dicho esto, se alejó de allí para ir a ver a mi padre, tomándome del brazo para que lo acompañase.
-Eso no es nada -dijo en cuanto hubo cerrado la puerta de sí-. Lé he extraído suficiente sangre para mantenerlo por bastante tiempo. Debe quedarse por una semana en cama; es lo menos malo para el y para ustedes; pero un nuevo ata traería inevitablemente la muerte.

3. El disco negro

Hacía el mediodía me llegué hasta el cuarto del capitán. Lo encontré casi en la misma posición en que lo habíamos dejado, sólo que un poco más hacia arriba, pareciéndome al mismo tiempo, más débil y algo excitado.
-Jim -me dijo-, tú eres el único que vale aquí algo, y S muy bien que siempre he sido bueno para contigo. Jamás he dejado de darte, cada mes, tu moneda de cuatro peniques. Ahora, pues, chiquillo..., mira..., yo me siento muy abatido y abandonado de todo el mundo... Por lo mismo..., Jim..., vamos..., Y" a traerme, ahora mismo, un vasillo de ron, ¿no es verdad?
-El doctor...comencé yo.
Pero el me interrumpió, con una voz débil aunque animada.
Quiero saberlo. Pero soy un bendito. Yo jamás he derrochado un buen dinero mío, ni lo he perdido tampoco. Yo sabré pagárselas una vez más. No les tengo miedo; les soltaré otro rizo y ya los haré virar de bordo, chico, ¡ya lo verás!
En tanto que así hablaba, habíase levantado de la cama, aunque con gran dificultad, agarrándose -es la palabra-, agarrándose a mi hombro con una presión tan fuerte que casi me hizo llorar, y moviendo sus piernas como si fuesen un peso muerto. Sus palabras, que, como se ve, estaban rebosando un pensamiento activo y lleno de vida, constrastaban tristemente con la debilidad de la voz en que eran pronunciadas. Cuando se hubo sentado en el borde de la cama, se detuvo un poco y, luego, murmuró:
-Ese doctor me ha hundido... los oídos me zumban... Acuéstame otra vez.
Pero antes de que me hubiera adelantado para complacerlo, el había caído de espaldas, en su posición anterior, en la cual permaneció silencioso por algún rato.
Jim -me dijo al cabo-, ¿has vuelto a ver a ese marinero?
-¿A Black Dog? -le pregunté.
-¡Ah, Black Dog! -exclamó el- Black Dog es un perverso; pero hay alguien que es peor, que le obliga a serlo. Ahora bien; si no fuera posible marcharme de aquí de ninguna manera, y si me envían un disco negro, acuérdate de que lo que ellos buscan es mi viejo cofre de a bordo... Montas en un caballo..., lo harás, ¿no es cierto?.. . montas en un caballo y vas a ver..., pues.- si... no tiene remedio... a ese doctor del demonio y le dirás que se de prisa en reunir a todas sus gentes.. ., magistrados y cosas por el estilo...- y que haga rumbo con ellos y los traiga aquí, a bordo del "Almirante Benbow". lo mismo que a todo lo que haya quedado de la vieja tripulación de Flint, hombres y grumetes. Yo fui primer piloto, sí, primer piloto del viejo capitán Flint, y soy el único que conoce el sitio Verdadero. £1 me lo descubrió en Savannah, cuando estaba, como yo he estado hoy, próximo a la muerte. Pero tú no lo denunciarás, a menos que logren hacerme llegar su disco negro, o en caso de que vuelvas a ver nuevamente a ese Black Dog, o a un marinero con una pierna sola...
-Pero, ¿qué significa ese disco negro, capitán?
-pregunté.
-Esto no es más que una advertencia, chico -me contestó. Yo te lo explicaré, si ellos logran lo que quieren. Entretanto, Jim, ten siempre tu ojo alerta, y por mi honor te juro, que tú serás mi socio a partes iguales.
Divagó todavía un rato más. Su voz era, por instantes, más y más débil. Le di en seguida su medicina, que el apuró como un niño, sin hacer la más ligera observación, y añadió luego: -Si alguna vez un marino ha querido drogas, ése soy yo, ahora.
Después de decir esto, cayó en un sueño profundo, muy parecido al desfallecimiento, y en este estado lo dejé.
¿Qué es lo que yo debía haber hecho, entonces, para que todo hubiera salido bien? No sé. Probablemente, debí haber contado todo al doctor, porque el hecho es que yo me encontraba en una angustia mortal temiendo que, cuando menos, se arrepintiera el capitán de sus confidencias y quisiera dar buena cuenta, de mí. Pero la muerte de mi pobre padre, ocurrida aquella noche, me obligó a dejar de lado cualquier otra cosa. Nuestra pesadumbre natural, las visitas de los vecinos, los arreglos del funeral y todo el que hacer de la posada, que había que desempeñar en el ínterin, me tuvieron tan ocupado, que no tuve tiempo para acordarme del capitán y mucho menos para pensar en tenerle miedo.
A la mañana siguiente, bajó por sí solo, según creo, a la sala; tomó sus alimentos como de costumbre, aunque mucho menos que de costumbre, y, en cambio, consumió mayor cantidad de ron que de ordinario, pues el se sirvió, por su propia mano, en la cantina, enfurruñado y resoplando por la nariz visto lo cual ninguno se atrevió a contrariarlo. Y esa noche, la víspera del entierro, el capitán estaba tan borracho como de costumbre y era, en verdad, una cosa escandalosa en aquella casa sumida en el luto y la desolación, oírle cantar su eterna y horrible cantilena marina. Pero, aun abatidos y tristes como estábamos, no dejaba de preocuparnos la idea del peligro de muerte que sobre aquel hombre se cernía, tanto más cuanto que el doctor había sido urgentemente llamado a mucha distancia de nuestra casa, para asistir a un enfermo, y después de la muerte de mi padre, no volveríamos a verlo por mucho tiempo.
He dicho que el capitán se hallaba débil, y la verdad es que no sólo lo estaba, sino que parecía decaer más y más visiblemente en vez de recuperar su salud. Yo veíalo subir y bajar la escalera sumamente agitado; y ya iba de la sala a la cantina, ya de la cantina a la sala; ya medio se asomaba a la puerta exterior de la casa como para aspirar las brisas salobres del mar, sosteniéndose en las paredes para no caer, y respirando fuerte y aprisa como un hombre que asciende la pendiente abrupta de una montaña. No volvió a conversar reservadamente conmigo y yo creo que había olvidado sus confidencias; pero su carácter se había vuelto cambiante, y, teniendo en cuenta su debilidad, más violento que nunca. Cuando estaba ebrio, solía poner junto a sí, sobre la mesa y desenvainado, su enorme alfanje o cuchilla. Pero, como contraste, se preocupaba menos de los concurrentes, absorto enteramente en sus propios pensamientos, sin hablar casi nada, pero divagando un poco. Una vez, por ejemplo, con grandísima sorpresa nuestra, comenzó a dejar oír un canto nuevo para nosotros: era una especie de sonatilla amorosa, de gente del campo, que el debió haber aprendido en Su juventud, antes de que se dedicara a la carrera de marino.
Así siguieron las cosas hasta el día siguiente al entierro de mi padre. Como a las tres de una tarde nebulosa, helada y desagradable, estaba hacía unos momentos parado en la puerta del establecimiento, lleno de tristes y desconsoladoras ideas acerca de pobre padre, cuando noté que alguien se acercaba por el camino lentamente. Era un hombre al parecer ciego, porque tanteaba delante de sí con un palo y llevaba puesta sobre sus ojos y nariz una gran venda verde. Elevaba una pronunciada joroba, que podía ser por efecto del peso de años o de alguna enfermedad. Ve una vieja y andrajosa capa marina con un capuchón, que le daba un, aspecto deforme y horroroso. Yo nunca he visto, en mi y U" figura más horripilante y espantosa que aquélla. Detúvose un Instante cerca de la posada y, levantando la voz en tono de canturria extraña y gangosa, lanzó al viento esta súplica:
-¿Querrá algún alma caritativa informar a un pobrecito ciego que ha perdido el don preciosísimo de la vista en defensa voluntaria de su patria, Inglaterra (así bendiga Dios al rey Jorge), en dónde o en qué parte de este país se encuentra ahora?
Está usted en la posada del "Almirante Benbow".
caleta d1 Plack Hill buen hombre -le dije yo.
- Oigo una voz, una voz de joven -me replicó el-. ¿Quisiera usted darme su mano y guiarme adentro, mi bueno y amable niño?
Tendíle mi mano y, rápidamente, aquella horrible criatura sin vista que tan dulcemente hablaba se apoderó de ella e una garra. Asustéme tanto que pugné por desasirme; pero e me atrajo hacia sí con una sola contracción de su brazo.
-Ahora, muchacho -díjome-, llévame adonde está el Señor -le contesté-, bajo mi palabra, le aseguro que no me atrevo.
¡Oh! -replicó el con una risita burlona-, llévame en el acto, o te destrozo el brazo.
Y así diciendo, aumentó la presión de su mano de manera tan brutal que me obligó a lanzar un grito.
-Señor -añadí entonces-, si no me atrevo, es por usted. El capitán ya no es el mismo... Ahora tiene siempre junto a sí una cuchilla desenvainada. Otro caballero...
-¡Vamos, vamos, en marcha! -me interrumpió el ciego, con voz tan áspera, tan fría, tan ingrata y tan espantosa, como no he vuelto a oír jamás otra en mi vida. Me atemorizó más todavía que el dolor que antes había sentido, así es que, sin vacilar, le obedecí, llevándolo directamente hacia la sala, en donde nuestro filibustero permanecía sentado, entregado a su placer favorito.
El ciego se mantenía junto a mí, sujetándome con su mano formidable, y dejando cargar sobre mí más peso de su cuerpo del que yo podía, razonablemente, soportar.
-Llévame derecho adonde está el -Me repitió- y cuando esté yo a su vista, grítale: "Bill, aquí está uno de sus amigos". Si no lo haces así, Yo te repetiré este juego.
Y diciendo esto volvió a retorcerme el brazo de una manera tan brutal y dolorosa, que creí que iba a desmayarme. Fue tal el terror que sentí por el mendigo ciego, que me olvidé de mi antiguo miedo al capitán, y tan pronto como abrí la puerta de la sala, exclamé, como me había ordenado: -¡Bill, aquí está uno de sus amigos!
El pobre capitán levantó los ojos y bastó una sola mirada para que huyeran de su cabeza los humos que el ron había alojado en ella y se pusiera de todo punto natural y despejado. La expresión de su rostro no era tanto ya de terror como de mortal y angustiosa agonía. Hizo un movimiento para ponerse en pie, pero no creo que le quedaban fuerzas suficientes para realizarlo. -Veamos, Bill -díjole el mendigo-: no hay por qué incomodarse; quédate allí sentado en donde estás. Aunque no puedo ver puedo oír, sin embargo, hasta el movimiento de un dedo. No hablemos mucho; vamos al asunto; negocio es negocio. Levanta tu mano izquierda..., muchacho, toma su mano izquierda por la muñeca y acércala a mi mano derecha.
Ambos obedecimos como fascinados, al pie de la letra, y noté, entonces, que el ciego hacía pasar a la del capitán algo que traía en la mano misma con que empuñaba su bastón. El capitán apretó y cerró aquello en la suya nerviosa y rápidamente.
-¡Ya está hecho! -dijo entonces el ciego, y al pronunciar estas palabras, se desasió de mí bruscamente, y con increíble exactitud y destreza, salió, de por sí, fuera de la sala y se lanzó al camino real, sin que yo hubiera podido todavía moverme del sitio en que me hallaba, como petrificado, cuando ya se había perdido, a lo lejos, el tap-tap de su caña tanteando, a distancia, sobre la vía por donde marchaba.
Pasó algún tiempo antes de que el capitán y yo nos recuperamos; pero al cabo, v casi en el mismo instante, solté su puño; lanzó el una mirada ansiosa a lo que tenía en la palma (le la mano y, en seguida, exclamó, poniéndose violentamente de pie: -¡A las diez!... ¡Aún es tiempo!
Al decir esto y al ponerse en pie, vaciló como un hombre ebrio, llevose ambas manos a la. garganta, se quedó oscilando por un momento y, luego, con un extraño ruido se desplomó cuan largo era, dando con su rostro en el suelo.
Yo me precipité hacia el, llamando a gritos a mi madre. Pero todo apresuramiento era vano. El capitán yacía exánime, fulminado por un ataque de apoplejía.
¡Cosa extraña y curiosa! Yo, que no había sentido jamás cariño por aquel hombre, aun cuando en sus últimos días me inspirase una gran compasión, tan pronto como comprobé su muerte, rompí en un verdadero torrente de lágrimas. Aquélla era la segunda muerte que yo veía, y el dolor de la primera estaba todavía demasiado reciente en mi corazón.

4. El cofre del muerto

Me faltó tiempo entonces para hacer lo que debía haber hecho mucho tiempo antes, y fue contar a mi madre todo lo que sabía. Luego de un breve análisis de la situación, vi que nos encontrábamos en una posición sobre manera difícil. Parte del dinero de aquel hombre -si alguno tenía- nos lo debía; pero no era muy presumible que por pagar las deudas del difunto los extraños y siniestros camaradas del capitán, sobre todo aquellos dos que ya me eran conocidos, consintieran en deshacerse de parte del botín que pensaban repartirse. Cumplir la orden que el capitán me, había dado, corno se recordará, de que saltase al punto sobre un caballo y corriese en busca del doctor Livesey, hubiera dejado a mi madre sola y sin protección, por lo cual no había que pensar en ello. Lo cierto es que no nos era posible a ambos el permanecer mucho tiempo en la casa; los rumores más Insignificantes, como el carbón cayendo en la hornilla del fogón de la cocina, el tic-tac del reloj de pared y otros por el estilo, nos llenaban de terror supersticioso. Un ruido apagado de pisadas cautelosas que se acercaban a las inmediaciones de la posada, llenaba el ambiente tétrico y así, entre el cadáver del pobre capitán yaciendo sobre el Piso de la sala, y el recuerdo de aquel detestable y horroroso pordiosero ciego, rondando, quizá muy cerca y, tal vez, pronto a volver, momentos había en que, como suele decirse, no me llegaba la camisa al cuerpo. Era preciso adoptar una resolución inmediata, cualquiera que fuese, y, al fin, se nos ocurrió irnos juntos y pedir socorro en la aldea cercana.
Era ya noche cerrada cuando llegamos a la aldea, y jamás olvidaré lo mucho que me animó el ver, en puertas y ventanas, el brillo amarillento de las luces; aunque, ¡ay!, como después se vio, aquél era el único auxilio que podíamos esperar por aquel lado. Porque no hubo un solo -por más vergonzoso que esto sea para aquellos hombres-, no hubo quien consintiera en acompañarnos de vuelta a la posada. A medida que detallábamos nuestras desgracias, veíamos que hombres, mujeres y niños se aferraban más en quedarse al abrigo de sus hogares. El nombre del capitán Flint, por más que para mí era completamente extraño, era bastante conocido para algunos de aquellos campesinos y bastaba el sólo para llevar el terror a sus corazones. Algunos de aquellos hombres, que habían estado trabajando en el campo, en las cercanías del "Almirante Benbow", recordaban, además, haber visto a varios extraños, en el camino y tomándolos por contrabandistas, los habían obligado a alejarse; otros aseguraban haber visto una especie de bote de vela cuadrada en la parte de la costa que llamamos Caleta del Gato. Por lo visto, la sola mención de un simple camarada del capitán era suficiente para producir un terror mortal a aquellas gentes. Y si bien después de muchas vueltas revueltas encontramos a algunos dispuestos a montar e ir a p Venir al doctor Livesey de lo que sucedía,- debido a que tenía que ir en dirección contraria a la posada, lo cierto es que ninguno quiso venir a ayudarnos a defenderla.
Se dice que el miedo es contagioso; pero, en cambio, la elocuencia posee fuerza de convicción, así que, cuando cada uno hubo expresado su opinión, mí madre les dirigió un pequeño discurso.
-Yo declaro- dijo-, entre otras cosas- que jamás consentiré", en perder dinero que pertenece a mí hijo huérfano, y si ninguno de ustedes se atreve a ayudamos, Jim y yo nos atreveremos a todo. Ahora mismo nos volveremos por donde hemos venido, y pocas gracias doy a ustedes, camastrones, desentrañados, corazones de conejos. Solos abriremos esa maleta; aunque nos cueste la, vida ese atrevimiento. Gracias mil a usted, señora Crossley, por este saquillo que me ha prestado, en el cual traeré mi "muy mío", y muy legítimo dinero.
Es Indudable que ratifiqué que Iría con mi madre, y lo es también que todas aquellas gentes protestaron contra nuestra temeridad; pero, con todo, no hubo uno sólo que se resolviera a acompañamos. Todo lo más que hicieron fue darme una pistola cargada" por si acaso nos atacaban, y prometernos que tendrían listos los: caballos ensillados para el caso de que fuésemos perseguidos en nuestra vuelta. Mientras, un muchacho corría en busca del doctor, para pedir auxilio armado.
Mi corazón latía violentamente cuándo mí madre y yo retornábamos, en medio de aquella noche helada, para afrontar tan temible y peligrosa aventura. La luna llena comenzaba a levantar su disco rojizo sobre las vagas siluetas de las nieblas del horizonte, cual nos Incitaba a acelerar el paso, porque no tardaría en que. dar todo Inundado de una diáfana claridad y nuestra partida queda. r expuesta, por lo mismo, a los ojos vigilantes de nuestros enemigos. Deslizándonos cautelosamente a lo largo de los setos y vallados sin hacer el menor ruido, y sin ver ni oír nada que aumentase nuestras zozobras, logramos, con gran consuelo nuestro que la puerta de la posada se cerrara tras de nosotros. Corrí instintivamente el cerrojo tan pronto como entramos, y nos quedamos por un momento en medio de la oscuridad, Jadeantes y palpitantes, sin más compañía que el cadáver del capitán. Mi madre fue al mostrador y tomó una bujía y, asidos ambos de las manos Introdujimos en la sala.
-Corre las persianas, Jim -murmuró mi madre-; podría suceder que viniesen a espiarnos desde afuera. Y ahora -añadió, cuando su orden fue ejecutada-, tenemos que buscar la llave de eso y veremos quién es el que lo caza.
Púseme de rodillas inmediatamente. En el suelo, muy cerca de la mano del difunto, me encontré un disco pequeño de papel, ennegrecido de un lado. No dudé de que esto era el disco negro a que el se había referido, y, levantándolo, encontré escrito, al otro lado, en letra muy buena y muy clara, esta intimación lacónica: "Se le da a usted de plazo hasta las diez de esta noche".
-Le dieron de plazo hasta las diez, madre -dije, y no bien acababa de pronunciar estas palabras, cuando nuestro viejo reloj crujió y comenzó a sonar pausadamente sus campanadas haciéndonos estremecer con un movimiento involuntario.
-¡Una..., dos..., tres..., cuatro..., cinco..., seis! ¡Las seis! Son las seis; apenas... tenemos tiempo, Jim -dijo mi madre. Ahora, veamos; ¡esa llave!
Busqué en cada uno de sus bolsillos; algunas pequeñas monedas, un dedal, un poco de hilo, agujas gruesas, un pedazo de tabaco de pipa, su navaja de mango corvo, una brújula de bolsillo y una cajita con eslabón y yesca, fue todo lo que encontré.
-Tal vez la tenga colgada al cuello -sugirió mi madre, al notar mi desconcierto.
Sobreponiéndome a una gran repugnancia, me resolví a abrirle la camisa, y allí, suspensa de un sucio cordoncillo embreado que me di prisa a cortar con su propia navaja, estaba la llave que buscábamos. Esta primera victoria entonó nuestro valor y llenos de esperanza nos apresuramos a subir a la habitación del difunto, en la que había dormido por tan largo tiempo y en la cual su cofre de a bordo había permanecido desde el día de su llegada.
Era una maleta de marino común y corriente, sólo que por fuera llevaba esta inicial: B, hecha con un hierro candente, y las esquinas aparecían un poco rotas y estropeadas, debido, tal vez a un uso largo y poco cuidadoso.
-Dame esa llave -dijo mi madre; y a pesar de que la chapa estaba muy dura, la abrió y levantó la tapa de la maleta en un abrir y cerrar de ojos.
Un fuerte olor a tabaco y a brea salió inmediatamente del interior; pero nada pudimos ver en el compartimento de arriba, con excepción de un traje de muy buena tela cuidadosamente cepillado y doblado, que, según dijo mi madre, jamás debió haber sido usado. Bajo de el comenzaba la miscelánea: un cuadrante, una cajilla de hojalata, varios palillos de tabaco, dos pares de muy buenas y hermosas pistolas, un trozo de lingote de plata, un antiguo reloj español y algunas otras baratijas de poco valor, en su mayor parte de estructura extranjera; un par de brújulas montadas en latón y cinco o seis extrañas y curiosas. conchas de los mares de las Indias Occidentales. Con frecuencia he pensado después, para qué había traído y guardado aquellos mariscos en el transcurso de su azarosa, culpable y agitada vida.
Entretanto, no habíamos encontrado nada de valor, excepto la barrilla y las baratijas de plata, que, por cierto, no era lo que buscábamos. Debajo había un viejo capote de a bordo, blanqueado.., con las sales marinas, que mi madre levantó con impaciencia, des. cubriendo a nuestra vista las últimas cosas que contenía la maleta, gran éstas: un paquete o legajo de papeles, envueltos cuidadosamente en tela impermeable, y una talega de cáñamo, que nos bastó agitar para que su sonido nos dijese que contenía oro.
-Yo les probaré a esos pícaros -prorrumpió mi madre- que soy tina mujer honrada. Tomaré de aquí lo que se nos debe y ni un solo penique más. Ten el saquito de la señora Crossley.
- Y diciendo esto, comenzó a contar escrupulosamente el monto de lo adeudado, pasando las monedas de la talega del capitán al saquillo que yo sostenía abierto con mis manos.
Fue aquélla una operación larga y difícil, porque las monedas eran de todos los países y de todos los cuños Imaginables; doblones y liudes de oro, guineas y piezas de a ocho, y no sé, cuántas otras más todas mezcladas y en montón. Las guineas, además, escaseaban y ellas eran las únicas con que mi madre sabía contar.
Habríamos llegado a la mitad de nuestra tarea, cuando súbitamente tuve que poner mi mano sobre el brazo de mi madre e Imponerle silencio, porque acababa de oír un rumor que hizo que el corazón me latiera de nuevo hasta querer salírseme por la boca; era el formidable tap-tap del bastón del ciego mendigo golpeando sobre la superficie helada del camino. 01 que se acercaba más y más, en tanto que nosotros procurábamos contener hasta la respiración. Por fin golpeó con firmeza la puerta de la posada y luego oímos, distintamente, que hacía jugar la perilla de fuera de la cerradura y el cerrojo crujía con los esfuerzos que aquel miserable hacía para entrar. Hubo -un silencio largo y angustioso, tanto fuera, como dentro de la casa. Por fin, el tap-tap del bastón comenzó de nuevo y, con alegría indescriptible de nuestra parte, acabó extinguiéndose a lo lejos lentamente, hasta que, por último cesó por completo.
-Madre -le dije yo-, tome, usted todo de una vez y vámonos. Parecíame que la puerta, con el cerrojo cerrado, debió de excitar las sospechas de aquel hombre y que, probablemente, nos echaría encima a todo su nido de gavilanes. Por lo demás, nadie que no se haya visto en presencia de aquel terrible ciego, puede explicarse cuánto me felicité `de haber tenido antes la ocurrencia de correr el cerrojo cuando entramos.
Empero mi madre, azorada como estaba, no quiso tomar ni un céntimo más de lo que se nos debía; pero tampoco uno menos.
-Todavía no han dado las siete -dijo-; falta mucho aún; yo sé lo que me corresponde y lo que quiero a todo trance.
Aún discutía conmigo cuando un ligero silbido llegó hasta n otros, lanzado a buena distancia sobre la loma. Aquello era tanto y más que bastante para nosotros dos.
-Me llevaré lo que he contado -dijo mi madre -y yo tomo esto para redondear la cuenta -agregué, apoderándome del lío de papeles envueltos en tela impermeable.
Un instante después ambos bajábamos a toda prisa la escalera, dejando la vela junto al cajón vacío, y no tardamos sino pocos segundos en abrir la puerta exterior y ponernos en plena retirada. Un minuto más de dilación y hubiera sido ya demasiado tarde. La niebla se estaba desbaratando rápidamente y ya la luna brillaba con toda claridad en la parte elevada del terreno, a uno y otro lado nuestro, y apenas si quedaba ya un tenue velo a la orilla de la hondonada y las puertas de la taberna, para favorecer con su gasa, todavía no rota, los primeros pasos de nuestra fuga. Mucho antes de que hubiéramos podido llegar a la mitad del camino que lleva a la aldea, muy poco más allá del pie de la loma, debíamos penetrar forzosamente, en el espacio claro y descubierto alumbrado por la luna. Pero eso no fue todo: el rumor de pasos numerosos que se acercaban en tropel llegó hasta nuestros oídos, y, al mirar en dirección a ellos, pudimos notar, a causa de las oscilaciones de una lucecilla y de su rápida aproximación, que uno de los que se acercaban traía una linterna.
-Hijo mío -díjome mi madre de repente-, toma el dinero y escápate corriendo. Yo siento que voy a desmayarme.
Pensé que era el fin de todo para nosotros. ¡Cuánto execré en aquel momento la cobardía de. los vecinos, cuánto no desaprobé a mi pobre madre por su honradez y su avaricia, lo mismo que por su pasado atrevimiento y su extrema debilidad, en aquella hora! Para nuestra gran fortuna, en aquel instante nos encontrábamos sobre el pequeño puente; yo la sostuve lo mejor que pude, vacilante como estaba, hasta la extremidad de la ribera, en donde exhaló un suspiro y se dejó caer sobre mi hombro. No podré decir ahora cómo encontré en mí fuerzas bastantes para hacer lo que hice en aquellas criticas circunstancias, y aun me temo que lo que ejecuté lo llevé a cabo con cierta brusquedad; el hecho es que logré fuerzas para hacerla bajar conmigo el paredón de la hondonada, casi arrastrándola y colocándonos bajo el arco del mismo puente. Nada más pude hacer después de esto, porque el puentecillo era demasiado bajo para permitirnos otra cosa que el acurrucarme a mí debajo de el, dejando a mi madre casi enteramente afuera; pero quedando ambos a tan corta distancia de la posada, podíamos oír claramente lo que se hablara en ella.

5. El fin del mendigo ciego

Mi curiosidad, empero, pudo más que mis temores; comprendí que el permanecer allí no me traía más utilidad que la de pasarme agazapado Dios sabe cuánto tiempo, por lo cual trepé, como pude, una vez más, al paredón del barranco, y, ocultando mi cabeza entre las retamas, pude colocarme en posición de dominar desde allí toda la parte del camino que paga frente a nuestra puerta. Apenas había logrado acomodarme, cuando nuestros enemigos comenzaron a llegar en número de siete u ocho, a toda carrera, golpeando desacompasadamente los pies en el sendero y trayendo a la vanguardia al hombre de la linterna. Tres hombres corrían juntos, tomados de las manos, y yo comprendí, luego, aun a través de la niebla, que el que formaba el centro del trío no era otro que mi formidable mendigo ciego. Un momento después, su voz me probó que no me había equivocado.
-¡Abajo la puerta! -gritó.
-¡Bien, bien, señor! -contestaron dos o tres de los asaltantes, los cuales se precipitaron en tropel sobre la puerta de la posada, seguidos por el hombre de la linterna; pero luego los vi detenerse y cambiar algunas palabras en voz baja, como sorprendidos de haber encontrado abierta la misma. entrada que se proponían forzar. Pero su sorpresa fue pasajera; el ciego volvió a lanzar órdenes, oyéndose su voz más fuerte y más levantada, como si se sintiera encendido por un grande anhelo y una violenta rabia al mismo tiempo.
-¡Adentro, adentro, adentro! -les gritaba, profiriendo maldiciones y juramentos por lo que a el le parecía tardanza.
Cuatro o cinco se apresuraron a obedecer, permaneciendo dos, en el sendero al lado de aquel mendigo formidable. Hubo otra, pausa, no muy larga, y tras ella resonó una exclamación de sorpresa, seguida por una voz que clamó desde adentro: ¡Bill ha muerto!
Pero el ciego, lanzóles un tremendo y nuevo juramento, por su poca diligencia, añadiendo: -Regístrelo alguno de ustedes, tramposos, vagabundos, ¡y los demás, arriba y a bajar la maleta!
Hasta mi escondite llegaba el ruido de las pisadas de aquellos hombres en los peldaños de madera de nuestra escalera; por tanto, es seguro que la casa entera debía retemblar con ella. En el momento se siguieron nuevas exclamaciones de sorpresa: la ventana del cuarto del capitán fue abierta de par en par con un empujón violento, acompañado de ruido de vidrios que se rompían. Un hombre apareció en ella, iluminado por la luz plena de la luna, y se dirigió al mendigo ciego, que se encontraba, como he dicho, en el camino, y, precisamente, debajo de la ventana recién abierta.
-Pew -le gritó-, nos han ganado de mano. Alguien ha registrado la maleta.
-¿Está eso allí? -preguntó.
-El dinero, sí -contestó el de arriba.
-¡Carguen mil diablos contigo y el dinero! Lo que yo pregunto es si está el manuscrito de Flint, ¡bergante!
-Por lo que he visto no hay nada -replicó el otro.
-Bueno; bajen y vean si está sobre el cadáver de
Bill.
En ese momento, otro de la partida, probablemente el que se había quedado en la sala registrando el cuerpo del capitán, apareció en la puerta de la posada, diciendo: -Bill ya ha sido registrado; no han dejado nada sobre el.
-Han sido las gentes de la posada, ha sido ese muchacho. De buena gana le hubiera arrancado los ojos -rugió el ciego Pew. No ha mucho que estaban aquí todavía; la puerta tenía cerrojo puesto cuando yo quise entrar. ¡A registrar, muchachos, a registrar y a encontrarlos!
Siguióse entonces una infernal batahola, un vaivén indecible dentro de la casa; ruidos de pisadas resonaban de un lado y otro; rumor de muebles arrojados al suelo; puertas abiertas a puntapiés; hasta las rocas repitieron, con sus ecos, aquel ruido infernal. Vióse entonces a todos aquellos hombres salir al camino, uno tras del otro, declarando que nada les quedaba que registrar y que, seguramente, no estábamos ocultos dentro de la casa. En aquel instante, el mismo silbido que tanto nos había alarmado a mi madre y a mí cuando contábamos el dinero del difunto capitán volvió a oírse clara y distintamente, en medio de la noche; pero, en esta ocasión, repetido dos veces. Yo había creído que ese sonido era algo como la trompeta del ciego, ordenando con ella a su tripulación lanzarse al abordaje; pero entonces comprendí que -no era sino una señal soltada sigilosamente del lado de la loma en dirección de la aldea, y, según el efecto que ella produjo en nuestros filibusteros, era un aviso preventivo de algún peligro cercano.
-Dirk ha silbado -dijo uno-, ¡y dos veces! ¡Tenemos que ponernos en guardia!
-¡Pon en guardia al infierno malandrín! -gritóle Pew-. Dirk siempre ha sido un cobarde y un tonto, y ustedes no deben hacerle caso. Esas gentes deben estar por aquí, muy cerca, las tenemos a mano, con seguridad. Revolvedlo y registradlo todo ... ¿A qué hemos venido, si no, perros de Satanás? ¡Oh!, ¡por la vida del diablo! ... ¡Si tuviera yo mis ojos! ...
Estas exclamaciones parecieron producir algún efecto, pues dos de los de la banda comenzaron a registrar aquí y acullá, entre las duelas y trastos que había por afuera; pero con poca resolución, según me pareció, Y siempre teniendo un ojo listo para escapar al peligro que temían, mientras que los restantes estaban aún indecisos y vacilantes en el camino.
-¡Ah, imbéciles! -exclamaba el ciego-; tienen ustedes las manos puestas sobre millones, ¡y están ahí como idiotas, con los brazos cruzados! Todos ustedes pueden hacerse en un momento tan ricos como reyes con sólo encontrar eso, que muy bien saben que está por aquí, a su alcance, ¡y ninguno quiere hacer su obligación! ¡Bergantes! ¡Bergantes! Ninguno de ustedes se atrevió a presentarse a Bill, y tuve que hacerlo yo..- ¡un ciego! Pues bien, no quiero perder la parte que me corresponde por culpa de ustedes. ¡Qué! ¿Voy a seguir siendo toda la vida un pordiosero que se arrastra chicaneando y trampeando por un miserable vaso de ron, cuando debo y puedo rodar en coches magníficos? ¡Si esas gentes se volvieran ojos de hormiga todavía deberían ustedes encontrarlas!
-Cierra tu escotilla, Pew -gruñó uno de los bandidos- Por lo menos, hemos pescado los doblones.
-Es seguro que ellos habrán escondido bien el maldito lío -saltó otro-; pero no perdamos tiempo, toma tú los Jorges[1], Pew, y no estés ahí chillando.
Chillando era la palabra exacta, y, al oírla, la mal contenida cólera del ciego hizo explosión, excitada ya por las objeciones precedentes, tan furiosamente, que su excitación se sobrepuso a todo; as! fue que, empuñando su grueso bastón, arremetió con el a sus secuaces, golpeando con rabia a derecha e izquierda, a pesar de su ceguera, llegando hasta mí los tremendos golpes que descargaba sobre los que no podían ponerse fuera de su alcance.
Éstos, a su vez, respondieron vomitando las más horribles injurias y amenazas sobre el perverso ciego y se lanzaron sobre el pretendiendo apoderarse del garrote.
Esta riña fue, para nosotros, la salvación, pues todavía estaban aquellos hombres empeñados en ella cuando el nuevo ruido del galope tendido de varios caballos se dejó oír hacia la cumbre de la loma, por el lado de la aldea. Casi en el mismo instante percibiose simultáneamente, la luz y el trueno de un pistoletazo que partió del lado del vallado. Aquélla era, evidentemente, la última señal de peligro, porque los filibusteros se pusieron en fuga al instante, en precipitada carrera. Todos corrieron en dirección diferente; rumbo al mar; otros hacia la caleta; otros, oblicuamente, por la loma, y así los demás, de tal manera que, en menos tiempo del que necesito para contarlo, no quedaban ya ni trazas de ellos, excepto el ciego Pew. En cuanto a éste, lo habían abandonado, no sabré decir si por el pánico que de ellos se apoderó o en venganza de sus injurias y garrotazos. El hecho es que el estaba allí, detrás de todos, tanteando el camino con su bastón, loca y desesperadamente, y llamando a gritos a sus camaradas fugitivos., Finalmente, tomó por la peor dirección para el, rumbo a la aldea, y pasó a muy pocos pasos de mi escondite, clamando frenéticamente: -¡Juanillo, Black Dog, Dirk! -y otros nombres más- Ustedes no dejarán aquí a su viejo Pew; compañeros ... ¡no dejarán a su pobre Pew!
En aquel instante el ruido de los caballos llegó a la cumbre, y cuatro o cinco jinetes aparecieron sobre la loma, alumbrados por la luna y se precipitaron, a galope tendido, por el declive.
Comprendió entonces Pew su error; trató de volverse, prorrumpió en una maldición, y se dirigió hacia la zanja, en la cual rodó. En un segundo ya se había puesto en pie nuevamente e intentaba escapar; pero, descarriado ya como estaba, no hizo más que colocarse precisamente bajo el más próximo de los caballos que se acercaban. El jinete trató de evitarlo, pero fue en vano. El mendigo cayó, atropellado por el bruto, que le echó por tierra y estampó sobre el despedazándolo, entre sus cuatro herrados y poderosos cascos. Pew dejó oír un grito horrible y angustioso, que se perdió en el silencio trágico de la noche; cayó sobre un costado, giró luego débilmente con el rostro a tierra, y no volvió a moverse.
Yo me enderecé entonces y saludé cortésmente a los jinetes, que retrocedían horrorizados, por el accidente ocurrido. No tardé en darme cuenta de quiénes eran ellos. Uno, que venía detrás de todos, era el muchacho que había ido a la aldea en busca del doctor Livesey; los demás eran aduaneros o guardas fiscales que aquél habla encontrado en su camino y con los cuales se había entendido para regresar sin pérdida de tiempo. La noticia de aquella extraña barca de vela cuadrada surta en la Caleta del Gato había llegado hasta el inspector Dance, que había resuelto hacer una excursión aquella noche en dirección a nuestras playas, circunstancia sin la cual es seguro que mi madre y yo habríamos perdido la vida.
En cuanto a Pew, estaba muerto. Por lo que hace a mi madre a quien condujimos a la aldea, algunos baños de agua fría y algunas sales que le hicimos aspirar, le volvieron por completo conocimiento; y, aunque quedó enteramente exhausta por sus terrores, continuaba deplorando el resto del dinero que no quiso tomar. En el ínterin, el Inspector apresuró su marcha tanto cuanto p en dirección a la Caleta del Gato; pero sus guardas tenían desmontar e ir marchando a tientas por las escabrosidades de cañada, llevando del ronzal a los caballos, algunas veces conteniéndolos y, cautelosamente, con el temor de una emboscada. No pues ninguna sorpresa el que, cuando llegaron al lugar en que bien que la barca estaba fondeada, ésta se hubiera hecho ya a mar, el bien estaba aún a cortísima distancia de la playa. No obstante la voz del Inspector pudo llegar hasta los fugitivos, uno de los cuales le gritó que se quitase de la luz de la luna, porque p r Ir a saludarle un poco de plomo. No acababa de apagarse el eco de esta intimidación, cuando silbó una bala de mosquete rozando e el brazo de Dance, y, acto continuo¡ la embarcación dobló la punta de la caleta y desapareció. El Inspector se quedó, según su propia expresión, "como pez. fuera del agua” y lo único que pudo hacer fue enviar un hombre a Bristol para prevenir el posible arribo de aquella falúa, lo cual en su opinión era lo mismo que nada. n conseguido salvarse -añadió-, y la cosa ha concluido allí. Me alegro, eso sí mucho, de que hayamos terminado con maese Pew, que, de no ser así, ya hubiera recibido noticias mías.
Volvime con 61 a la posada del "Almirante Benbow". Nadie podrá imaginarse el, cuadro de desolación, que encontré en nuestra casa. El reloj, con su gran caja de madera, había sido arrojado, al suelo por aquellos bárbaros en su desesperada cacería, de, la, cual ¡ni madre y yo éramos presa codiciada, y aun cuando nada se habían llevado, a excepción del talego con el dinero del capitán y algunas monedas de plata de nuestra gaveta, pude hacerme cargo, desde la primera ojeada, de que estábamos arruinados. El inspector Dance no podía hacer nada para remediar aquel caos.
-Bueno, Jim. -díjome-; tú afirmas que ellos tomaron el dinero, ¿no es así? Entonces, ¿qué fortuna era la que buscaban aquí? ¿Más dinero, tal vez?
-No, señor, creo que no era dinero -le contesté-; yo creo tener aquí, en la bolsa del pecho de mi jubón, lo que ellos buscaban, y quisiera depositarlo en un lugar seguro.
-¿Para ponerlo a salvo, muchacho? Me parece muy bueno -dijo-. Yo me lo llevaré, si tú quieres ...
-Yo pensaba tal vez que el doctor Livesey... comencé yo.
-¡Excelente! ¡Magnífico! -me interrumpió el en muy amable tono-; tu idea es inmejorable; el es todo un caballero y todo un magistrado. Y, ahora que pienso en ello, yo también debo ir allá a dar cuenta, ya sea a el, ya al caballero Trelawney, de la muerte de ese maese Pew, que ya no tiene remedio. Y, no es que yo la deplore, no; sino que las gentes poco benévolas podrían recriminar por ella a un oficial del fisco de Su Majestad, si recriminación cupiese en este caso. Ahora, pues, Hawkins, si tú quieres, puedo llevarte conmigo.
Le di cordialmente las gracias por su ofrecimiento, y nos fui a pie a la aldea, en donde estaban los caballos. Mientras ponía al tanto a mi madre de lo que iba a hacer, ya las cabalgaduras estaban ensilladas.
-Dogger -dijo el señor Dance-; tú llevas ahí un buen caballo; pon a este chiquillo en ancas.
No bien hube yo montado y asídome al cinturón de Dogger, el inspector dio la señal de partida, y toda la caravana se puso en movimiento, saliendo al camino, a un trote bastante vivo y cruzando el puente que nos sirvió de escondite, con rumbo a la casa del doctor Livesey.

6. Los papeles del capitán

Caminamos bastante de prisa hasta que, por fin, nos detuvimos a la puerta de la casa del doctor Livesey, que permanecía exteriormente oscura.
El inspector Dance me dijo que me apeara y llamase a la puerta, y Dogger me dio uno de sus estribos para que bajara por el. La puerta se abrió casi inmediatamente, y apareció la criada.
-¿Está en casa el doctor? -le pregunté.
-No -me contestó-, estuvo aquí por la tarde; pero volvió a salir con rumbo a la Universidad, en donde iba a comer y a pasar la velada con el caballero Trelawney.
-Entonces, vamos allá, muchachos -dijo el inspector.
Esta vez, como la distancia que había que recorrer era muy corta, no volví a montar, sino que marché asido a la correa del estribo de Dogger, hasta la puerta del parque, y después por la larga avenida de los árboles, alumbrada a aquella hora, por el resplandor de la luna, en medio de viejos jardines, hasta la blanca silueta del grupo de edificios que forman la Universidad.
El criado nos condujo por un pasillo esterado, a cuyo extremo nos mostró la gran biblioteca, toda formada de inmensos estantes coronados de bustos de sabios de todas las edades. Allí encontramos al caballero Trelawney y al doctor Livesey, charlando animadamente, cigarro en mano, junto a un fuego vivificador.
Hasta aquella noche no había tenido la ocasión de ver de cerca al caballero Trelawney. Era un hombre de más de seis pies de estatura y de ancho proporcionado, con un rostro rudo, áspero, y encarnado, que sus largos viajes habían puesto así, como forrado por una mascara. Sus pupilas eran negras y se movían con gran vivacidad, por lo cual aparentaba poseer un temperamento, no diré malo, pero sí violento y altivo.
-Pase usted, señor Dance -dijo entonces, en tono benévolo y amable.
-Buenas noches, Dance -dijo, a su vez, el doctor, con una inclinación de cabeza- Y, buenas noches, tú también, amigo Jim. ¿Qué buenos vientos traen a ustedes por acá?
El inspector quedóse de pie, derecho y tieso como un veterano, y contó lo acaecido como un estudiante que recita su lección. Era de verse cómo aquellos dos caballeros se acercaban insensiblemente, y qué miradas se dirigían uno al otro, embargándoles la sorpresa de tal modo, que hasta se olvidaron por completo de fumar sus cigarros. Cuando se les refirió cómo mi madre había vuelto sola conmigo a la posada, el doctor se dio una buena palmada en el muslo y el caballero Trelawney exclamó: -¡Bravo, bravo!
Y en su entusiasmo, arrojó su excelente habano a la chimenea. Mucho antes se había puesto de pie, y medía, a pasos agitados, la habitación, en tanto que el doctor, como si esto le ayudara a oír mejor, se había arrancado la empolvada peluca y se nos exhibía, haciendo una figura extraña con su negro cabello, cortado a peine, como se dice en términos de barbería.
Al fin el inspector Dance concluyó su narración.
-Señor Dance -dijo el caballero-, es usted un hombre de noble corazón. En cuanto al hecho de haber atropellado a aquel perverso, lo considero como un acto meritorio, tal como el aplastar una alimaña venenosa. Por lo que se refiere a este buen mozalbete Hawkins, el ha sido el "triunfo" en este juego. Vamos, chicuelo, ¿quieres hacer el favor de tirar del cordón de esa campanilla? Es preciso que obsequiemos al señor inspector con un buen vaso de cerveza.
-Por lo visto, Jim, tú crees tener en tu poder lo que esos malvados buscaban -dijo el doctor.
-Aquí lo tiene usted -dije, alargándole el paquete envuelto en tela impermeable.
El doctor lo tomó y le dio vueltas y más vueltas, como si sus deseos danzaran con la impaciencia de abrir aquello; pero, en vez de hacerlo así, depositó el paquete tranquilamente en su bolsillo.
-Caballero Trelawney -dijo-, así que el señor Dance haya tomado cerveza, tiene, por fuerza, que salir de nuevo, al servicio de Su Majestad; pero, en cuanto a Jim, me propongo hacer que se quede esta noche en mi casa. Así es que, con su permiso, propondría yo que le mandáramos dar una buena tajada de pastel frío para que cene.
-Como usted quiera, Livesey -dijo el caballero-. Ha M w ha hecho acreedor a algo Mejor que Un
Pastel frío.
Dicho esto trajeron y colocaron en una mesita lateral un grande y apetitoso pastel de pichón, con el cual me despaché concienzudamente y muy a mi sabor, porque la verdad es que tenía tanto apetito como un halcón. Entretanto, el señor Dance recibía nuevos cumplidos, tomaba su cerveza, y concluía, al fin, por pedirse.
-Y, ahora, caballero... -dijo el doctor.
-Y- ahora, Livesey... -exclamó, el caballero en el mismo tono-Cada cosa a su tiempo, como lo reza el proverbio doctor riendo-; usted ha oído hablar de ese Flint, a lo que creo- ¡Oído hablar de el!- exclamó el caballero-. ¡Oído de el! Pues ha sido el más sanguinario filibustero que jamás cruzado el océano ... Barbarroja era un niño de pecho junto el. Los españoles le tenían un miedo tan horrible que, debo decirlo con franqueza, me sentía yo orgulloso de que Flint inglés. He visto con mis ojos, las gavias de su navío, a la altura de la Trinidad, -y el gallinazo hijo de borrachín con quien yo había embarcado hizo proa atrás, refugiándose a toda prisa en Puerto España.
-Está bien -dijo el doctor-; también yo he oído hablar el en Inglaterra; pero la cuestión es ésta: ¿tenía dinero?
¡Dinero! -exclamó el caballero Trelawney-, ¡ha oído usted cosa! ¿Pues qué es lo que esos villanos buscaban, sino dinero? ¿les Importa a ellos nada que no sea dinero? ¿Y por qué otra arriesgaban  viles pellejos que no fuese dinero?
-Eso lo veremos pronto -replicó el doctor-, pero usted tan, excitado que no acierto a sacar en limpio lo que deseo. que yo quiero saber es esto: suponiendo que tenga yo en aquí, la clave para descubrir el punto en que Flint ha sepultado tesoro, ¿el tal tesoro será algo que valga la pena? -¡Que valga la pena! ¡Por San Jorge! Valdrá nada menos que esto al tenemos esa clave que usted sospecha, yo fletaré un bluque en Bristol y llevaré con a -usted y a Hawkins, y créame que encontraré el tal tesoro aunque deba buscar un año entero.
-Muy bien; ahora, pues, si Jim consiente, abriremos este paquete -dijo el doctor poniéndolo sobre la mesa.
El envoltorio estaba cosido, y el doctor tuvo que sacar sus tijeras y cortar las hebras que lo aseguraban. Dos cosas aparecieron: un cuaderno y un papel sellado.
-Primero examinaremos el cuaderno -rió el doctor.
Tanto el caballero como yo estábamos ya observando por cima de su hombro, cuando lo abrió, porque el doctor me había invitado a que me acercase, sin ceremonias, dejando la M donde había cenado, para participar en el placer de la Investigación. En la primera página no había más que rasgos de manuscrito, como los que un hombre, con una Pluma en la mano, puede hacer por vía de práctica o de entretenimiento. Una de las frases escritas era la misma que el capitán llevaba en los dibujos indelebles de su brazo: "Caprichos de Billy Bones-. Luego se leía esto: "Maese W. Bones, piloto”. No más ron y Cerca de Punta de Palma lo hubo" y algunos otros motes y palabras sueltas, en su mayor parte inteligibles. No pude prescindir de que se excitara mi curiosidad pensando quién sería el que lo hubo y qué fue lo que hubo. Lo mismo podría tratarse de una buen, estocada en la espalda que de otra cosa cualquiera.
-No sacaremos de aquí gran cosa en limpio -dijo el doctor, volviendo la hoja.
Las diez o doce páginas siguientes estaban llenas con una curiosa serle de entradas. En la extremidad de cada una de las línea se veía una fecha, y, en la otra, una suma de dinero, como en los libros de cuentas comunes y corrientes; pero, en vez de palabras explicativas, sólo se encontraba un número variable de cruces entre una y otra. En la fecha marcada, 12 de junio de 1745, por ejemplo se veía claramente que la cantidad de setenta libras esterlinas debía a alguno, y no se velan sino seis cruces para explicar la causa u origen de la deuda. En algunos lugares, para mayor seguridad, añadía el nombre de alguna región, como "A la altura de Caracas" o bien una mera cita geográfica de latitud y longitud, como 53 17 20 y 19 2 40.
Aquel memorándum abarcaba un período de muy cerca veinte años, aumentando, como era natural, los guarismos a m da que el tiempo avanzaba, hasta que, al último, se vela el total sumado, después de cuatro o cinco adiciones equívocas rectificadas,;, y, por todo apéndice, estas tres palabras: "Hucha de Bones".
-No le hallo a esto ni pies ni cabeza -dijo el doctor.
-Pues la cosa es clara como la luz del mediodía -exclamó ex caballero- éste es el libro de cuentas del malvado sabueso. Esas cruces ocupan allí el lugar de los nombres de buques y aldeas que y echó a pique o entró a saquear. Las sumas no son más que la parte que en cada hazaña de ésas tocó a nuestro escorpión, y en donde había algún error ya ve usted que cuidaba de añadir al que aclarara, como “A la altura de Caracas” ya puede usted colegir, por esta inscripción, que algún desdichado buque fue tomado al abordaje a la altura de las costas mencionadas. ¡Dios hay; recibido en su seno a las pobres almas que tripulaban esa barca. Es verdad -dijo el doctor-. Vea usted lo que sirve a un ser viajero; es verdad. Y el monto aumenta a medida que el asciende, y en categoría.
Muy poco más había en el libro, excepto determinaciones geográficas de algunos lugares anotados en las hojas en blanco, y hacia el fin del cuaderno, una tabla para la reducción de monedas francesas, Inglesas y españolas, a un valor común.
Hombre precavido! -exclamó el doctor-. No era a el quien podían hacérsele trampas de seguro.
- Ahora -prosiguió el caballero-, veamos esto otro.
El papel cuyo examen seguía estaba sellado en diversos puntos, habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo que había yo encontrado en la bolsa del capitán.
El doctor abrió los, sellos con gran cuidado, y apareció, entonces, el mapa de una isla con su latitud, longitud, sondas, nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos los pormenores necesarios para poder llevar un buque a anclar a salvo, en sus costas. Parecía como de unas nueve millas de largo y cinco de ancho, teniendo la figura de una especie de dragón en pie, y presentaba magníficos fondeaderos, perfectamente cerrados, y una eminencia en la parte central, marcada con el nombre de "El Vigía". Veíanse algunas adiciones hechas en fecha más reciente; pero lo que más saltaba a la vista eran tres cruces marcadas con tinta roja, dos en la parte norte de la isla y una al sudoeste, y, además, escrito con la misma tinta encarnada, en caracteres muy claros y elegantes, bien distintos de la tosca escritura del capitán, estas significativas palabras: "El tesoro está aquí".
Por detrás, la misma mano había trazado estas explicaciones complementarias:
"Un árbol grande, en la vertiente de «El Vigía», en dirección al N N E.
"Islote del Esqueleto, E S E., cuarto al E.
"Diez pies.
"La gran barra de plata está en el hoyo del lado norte; puede encontrársela siguiendo el declive del montículo, al este, diez brazas al sur del peñasco negro y frente a él.
Mas armas se encontrarán fácilmente en la loma de arena que está en la punta norte del fondeadero septentrional, en dirección al este, cuarta al norte".
Esto era todo; pero, conciso como era, y para mí incomprensible, llenó de júbilo al caballero y al doctor Livesey.
-Livesey -dijo el señor de Trelawney-, va usted a abandonar en el acto su desdichada y penosa profesión. Mañana salgo para Bristol. En tres semanas .... ¡no!, en dos semanas .... en diez días le aseguro a usted que tendremos el mejor buque, sí, señor, y la más escogida tripulación que pueda suministrar nuestra Inglaterra. Hawkins vendrá con nosotros como paje de a bordo. ¡Vamos! Yo sé que tú harás un famoso paje de a bordo, chico... Usted, Livesey, será el médico del buque; yo me gradúo almirante, desde luego. Nos llevaremos a Redruth, Joyce, Hunter. Tendremos vientos favorables, viaje rápido y, sin la menor dificultad hallaremos el sitio indicado, y, en el, dinero en cantidad bastante para comer, para poseer carrozas y para gastar como príncipes.
-Trelawney -dijo el doctor-, prometo acompañarle en la expedición, y puedo responder de su éxito; Jim también vendrá, por supuesto, y será una honra para la empresa. Pero hay un hombre sólo a quien yo temo.
-¿Y quién es el? -exclamó el caballero-; nombre usted a ese pícaro sin dilación.
-¡Usted! -replicó el doctor- Usted, que no tiene la fuerza necesaria para frenar su lengua. Nosotros no somos los únicos que conocemos la existencia de este documento. Esos individuos que han atacado la posada esta noche –arrojados y valientes marrulleros, sin duda alguna-, lo mismo que los que se habían quedado guardando la extraña barca de que nos habló Dance, todos esos, y me atreveré a afirmar que otros todavía, por angas o por mangas, manifiestan una resolución Inquebrantable de apoderarse del tesoro. Ninguno de nosotros debe, pues, salir solo, en adelante, hasta estar a bordo. Jim y yo andaremos juntos hasta entonces. Usted llevará consigo a Joyce y Hunter cuando salgo para Bristol, y, del primero al último de los que aquí estamos, debemos comprometemos a no decir nada de lo que hemos descubierto.
-Livesey -dijo el caballero-, usted siempre tiene razón; por mi parte, prometo permanecer mudo como una tumba.
PARTE SEGUNDA
EL COCINERO DE A BORDO

7. Salgo para Bristol

Pasó más tiempo del que el caballero Trelawney se imaginó al principio, antes de que estuviéramos listos para hacernos a la mar, y ninguno de nuestros planes primitivos pudo llevarse a ejecución, ni aun el de que el doctor Livesey me tuviese siempre consigo. Éste tuvo que marchar a Londres para buscar un profesional que se hiciera cargo de su clientela; el caballero se fue a Bristol, en donde puso, con todo ardor, manos a la obra, en los preparativos de la expedición, y, en cuanto a mí me quedé instalado en la Universidad, a cargo de Redruth, el montero o guardacaza, casi en calidad de prisionero; pero lleno de ensueños marítimos y de los más atrayentes anticipos imaginativos de islas extrañas y aventuras novelescas. Me deleitaba reproduciéndome en un mapa, durante horas enteras, todos los detalles que recordaba.
Y, sin moverme de junto al fuego, en el salón del dueño de la casa, me acercaba con la fantasía a la ansiada isla, en todas las direcciones posibles; exploraba cada acre de terreno de su superficie, subía veinte veces a la cumbre de aquel elevado monte que llamaban "El Vigía", y, desde su cima, gozaba de los más deliciosos y variados panoramas.
Así fueron transcurriendo semanas y semanas, hasta que, un hermoso día, llegó una carta dirigida al doctor Livesey, con esta adición: "En caso de ausencia del doctor, abran esta carta Tom Redruth o el joven Hawkins". En acatamiento de esta orden encontramos, pues, o más bien dicho, encontré yo, puesto que el guardamonte era un hombre bastante atrasado en escritura y lectura que no fuesen letras de molde, encontré, digo, las importantes noticias siguientes:
"Hotel del Ancla, Bristol, marzo 19 de l7..." "Querido Livesey:
"No sabiendo si ha regresado usted a la Universidad o si permanece todavía en Londres, envio ésta, por duplicado, a ambos lugares.
"Nuestro buque está ya adquirido y arreglado con todo lo necesario. Ahora mismo está surto y listo para levar anclas en el momento necesario. Usted no ha visto, en su vida, una goleta más esbelta ni más gallarda y velera. Cualquiera podría manejarla con la mayor facilidad: tiene doscientas toneladas de arqueo, y su nombre es “La Española”.
"La he comprado con la intervención de mi viejo amigo Blandy, que ha probado en esta ocasión ser un sorprendente conocedor de la materia. Este incomparable amigo se ha consagrado literalmente en cuerpo y alma a mis intereses, y -puedo decirlo lo mismo han hecho, en Bristol, todos, en cuanto han visto la clase de puerto a que nos dirigimos: es decir, a Puerto-Tesoro...” -Redruth -díjele, interrumpiendo la lectura de la carta-, el doctor Livesey no se pondrá muy contento con esto. Veo que, al fin y al cabo, el caballero ha dejado deslizar su lengua.
-Bueno; ¿quién tiene más derecho a hacerlo? -murmuró el guardacaza-. Apuesto una botella de ron a que el caballero puede muy bien hablar sin esperar el permiso del doctor Livesey.
Después de esto, creí prudente prescindir de todo comentario, y continué leyendo: Blandy en persona dio con «La Española», y con una habilidad que le admiro, la compró por una verdadera bicoca. Hay aquí, en Bristol, ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que “La Española” era propiedad suya y que todo lo que hizo fue vendérmela a un precio absurdamente alto. Todas ésas no son más que calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se atreve a negar las excelentes cualidades de nuestra goleta.
"Empero él, dije, no contaba ni con una sola vuelta de cabo. Los trabajadores, o por mejor llamarlos, los aparejadores, han andado verdaderamente a paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de pocos días. Lo que me preocupaba era la tripulación.
"Yo quería una veintena redonda de hombres, pero es el caso que no daba ni con la mitad de lo requerido, hasta que un verdadero golpe de fortuna me trajo al hombre que necesitaba.
"Un día estaba parado en el muelle cuando, por mera casualidad, entré en conversación con el. Me enteré de que es un viejo lobo de mar, que tiene una especie de taberna en Bristol, conocida de todos los marinos; que ha perdido su salud en tierra y que recibiría de mucho agrado una plaza de cocinero a bordo, para volver de nuevo al mar. Díjome que aquella mañana andaba por allí con el objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano.
Conmovióme profundamente -como usted mismo se hubiera conmovido-, y, aunque no por mera conmiseración, lo contraté, sobre la marcha, para cocinero de nuestra goleta; John Silver es su nombre, y tiene una pierna menos, lo cual es, a mis ojos, una recomendación, puesto que la ha perdido en defensa de la patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, Livesey ... Dígame, ¿en qué tiempos tan abominables vivimos?
"Ahora bien, amigo mío; al principio creí no haber encontrado otra cosa que un simple cocinero; pero fue, en realidad, toda una tripulación lo que yo descubrí. Entre Silver y yo hemos conseguido, en una semana, la más cumplida y característica tripulación que pudiera apetecerse; no de aspecto grato ni sonriente, a la verdad, sino sujetos, a juzgar por sus caras, del más esforzado e indomable espíritu. Me atrevo a declarar que podríamos muy bien derrotar a una fragata de guerra.
"Silver ha llevado su escrupulosidad hasta licenciar a unos dos de los hombres que yo tenía ya ajustados. Sin gran trabajo, me demostró en un momento oportuno, que los aludidos no eran más que unos lampazos de agua dulce que para nada servirían y que, antes bien, nos estorbarían en un caso de apuro.
"Me siento con la más excelente salud y en admirable disposición de ánimo: como igual que un toro, duermo como un tronco, y, sin embargo, no me daré punto de tregua ni de reposo hasta que no oiga y vea a mis viejos lobos marinos maniobrar en torno del cabrestante. ¡A la mar!, ¡pronto a la mar! ¡A sacar ese tesoro! La locura de las glorias marítimas se ha apoderado de mi cabeza. Así, pues, Livesey, véngase volando: si en algo me estima usted, no pierda ni un minuto.
"Deje usted al jovencillo Hawkins que vaya, sin tardanza, a visitar a su madre, a cargo de mi viejo Redruth, y que ambos vengan luego, a toda prisa, para Bristol.
Juan Trelawney
"Post scriptum - Se me olvidaba decirle que Blandy, a quien dejo con el encargo de enviar una embarcación en busca nuestra, si no hemos regresado para fines de agosto, ha encontrado un sujeto admirable para capitán de nuestra goleta, un hombre muy serio y muy estirado -lo cual deploro, de paso-; pero, en todos los demás conceptos, es un verdadero tesoro. Silver, por su lado, nos ha traído un hombre muy competente para piloto: su nombre es Arrow. Tengo un contramaestre que silba, para la maniobra, que es una gloria, así es que las cosas van a marchar, a bordo de “La Españlola”, como si hubiéramos fletado un verdadero buque de guerra.
"Se me olvidaba añadir que Silver es un hombre de sustancia: me consta personalmente que tiene su cuenta en el banco, y que sus gastos nunca han excedido de sus depósitos. Deja su establecimiento a cargo de su esposa, y como ésta es una mulata, podimos decirnos aquí, entre solteros, como ambos somos, que me parece que no sólo es la salud, sino la mujer, lo que hace que Silver quiera salir otra vez a correr los mares.
“J. T...
“P. P. S-Hawkins puede quedarse una noche con su madre. J.T."
Cualquiera se figurará, sin esfuerzo, la emoción que esta carta me produjo. Estaba medio fuera de mí de júbilo. Pero si hubo alguna vez un hombre despechado sobre la tierra, ése era, ciertamente, el pobre viejo Tom Redruth, que no hacía ni podía hacer más que gruñir y lamentarse. Cualquiera de los guardamontes subordinados suyos se habría cambiado por el con el mayor placer; pero no eran ésos los deseos del caballero, y tales deseos eran como leyes, entre aquellas buenas gentes. Nadie que no fuese el viejo Redruth se habría tomado la libertad de murmurar siquiera, como a el le era permitido hacerlo.
A la mañana siguiente, el y yo nos pusimos en marcha, a pie, hacia la posada del "Almirante Benbow", en la cual encontré a mi madre muy animada. El capitán aquel que por tan largo tiempo había sido para nosotros causa de tanto disgusto, había ido ya al lugar en que los perversos cesan de molestar. El caballero había hecho reparar todos los estragos a sus expensas, y tanto los salones de la parte pública de la casa como la enseña de la posada, habían sido pintados de nuevo, habiéndose añadido algunos muebles de que antes carecíamos, entre ellos, principalmente, una muy cómoda silla de brazos para mi madre, tras el mostrador. Al mismo tiempo, le había buscado un muchachuelo, como de mi edad, en calidad de aprendiz, con el cual mi madre no necesitaba de más servidumbre, durante mi ausencia.
Pasó la noche, y, al día siguiente, después de la comida, Redruth y yo salimos de nuevo, por el camino real. Dije adiós, muy conmovido, a mi madre, a la caleta en que había vivido desde que nací, a aquel viejo y querido "Almirante - Benbow", que, sin embargo, me parecía menos querido desde el instante en que ya lo había tocado la mano profana del pintor. Una de las últimas cosas en que pensé fue en el capitán, que tan frecuentemente salía a vagar a lo largo de fa playa, con su sombrero volándole sobre la espalda, con su gran cuchilla colgada bajo la blusa y su enorme catalejo bajo el brazo. Un instante después, ya habíamos doblado tras el ángulo de las rocas, y mi hogar y sus contornos habían desaparecido.
La tartana del correo nos recogió al oscurecer en el Royal George, hacia el brezal. Se me Incrustó en el coche aquél, entre un viejo gordo y mi amigo Redruth, y a pesar del desapacible movimiento y del aire frío de la noche, debo haber cabeceado bonitamente desde un principio, y en seguida, entregádome a un sueño de lirón, lo mismo de subida que de bajada, y estación tras estación, porque cuando desperté, lo hice gracias a una insinuación poco amable que sentí por el costado. Abrí los ojos y me encontré con que nos habíamos detenido frente a un gran edificio, y que hacía mucho rato que había salido el sol.
-¿En dónde estamos? -pregunté.
-En Bristol -dijo Tom-; bajemos.
El señor Trelawney había sentado sus reales en una posada cerca de los muelles, para vigilar personalmente los trabajos de la goleta. Para ella teníamos que enderezar nuestro rumbo inmediatamente. Con gran contento mío, nuestro camino corría a lo largo de los muelles y, por consiguiente, al lado de una verdadera multitud de barcos de todos tamaños y de todas nacionalidades.
En uno, los marineros cantaban alegremente mientras trabajaban; en otro veíanse hombres suspensos allá, muy arriba, sobre mi cabeza, asidos solamente de cuerdas que no parecían más gruesas que las hebras de la telaraña. Aunque toda mi vida la había pasado en la playa, me parecía que sólo ahora conocía verdaderamente el mar. El penetrante olor del alquitrán y la sal eran para mí una novedad. Veía los más extraños rostros que jamás han surcado el océano. Veía viejos marinos, con extraños dijes en las orejas y con sus patillas en caprichosos rulos; y, los más, ostentando sus embreadas coletas sobre la espalda y marchando, todos, con ese paso cimbrador propio de los marinos. No debe dudarse que, si hubiera visto un cortejo de reyes o arzobispos no me hubiera deleitado más de lo que estaba en aquellos momentos.
Y yo .... yo mismo iba también a hacerme a la mar; iba a penetrar en una goleta con su contramaestre mandando la maniobra con un silbato, con sus marinos de trenza cantando al compás de las ondas; ¡y todo navegando en pos de una isla desconocida, en busca de tesoros enterrados!
Continuaba deleitándome con este ensueño delicioso cuando, de repente, nos detuvimos frente a una gran posada. Allí nos esperaba el caballero Trelawney, vestido y aderezado como un oficial de a bordo, con un traje de grueso paño azul. Se adelantó con expresión sonriente en todo su semblante, y con una perfecta imitación del andar contoneado de un marinero.
-¡Vamos!, ya están ustedes aquí -dijo-. El doctor ha llegado anoche de Londres. ¡Bravísimo! ¡La tripulación está completa!
-¡Oh, señor! -exclamé yo-, ¿y cuándo zarpamos?
-¿Zarpar? ¡Mañana sin falta! -me contestó.

8. La taberna de "El Vigía"

Terminado mí almuerzo, el caballero me dio una, carta dirigida a John Silver, en su taberna de "El Vigía". Me aseguró que sería muy fácil encontrarla siguiendo la línea de los muelles, hasta que viese una pequeña taberna con un catalejo por enseña. Partí alborozado con esta nueva oportunidad que se me presentaba de observar más atentamente y más de cerca todos aquellos, buques y marineros, y tomé mi derrotero por entre una verdadera masa de gentes, carromatos y bultos de mercancías, por ser aquélla la hora de mayor que hacer y tránsito en los muelles, hasta que di, al fin, con la taberna en cuestión.
Era ésta, a la verdad, un sitio bastante aceptable. La enseña estaba recién pintada; las ventanas tenían flamantes -cortinas rojas, y los pisos aparecían cuidadosamente enarenados. El establecimiento hacía esquina, teniendo una puerta hacia cada calle, abierta de par en par, lo que hacía que el salón bajo tuviese aire y luz a despecho de las nubes de humo que salían de las, bocas de los parroquianos. Eran éstos, en su mayor parte, de la marina mercante, y hablaban en voz tan alta que no pude menos de detenerme, vacilante y sin atreverme a franquear la puerta.
Un hombre salió de un cuarto contiguo al salón, y al primer vistazo tuve la certeza de que aquél no era otro que John Silver. Su pierna izquierda parecía amputada desde la cadera, apoyando el brazo izquierdo en una muleta que manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella con la agilidad de un pájaro. Era alto y fuerte, con una cara grande como un jamón rasurada y pálida, perol Inteligente y risueña. No cabía duda de  que estaba, a la sazón, del mejor humor del inundo, silbando al mente mientras. pasaba por entre ¡as mesas, y soltando a cada broma graciosa, o dando una palmadita familiar sobre el hombro  a cada uno de sus parroquianos favoritos.
Ahora bien, el he de decir la verdad, confesaré que, desde la primera mención de John Silver que el caballero hacía en su carta, comencé a temer, Interiormente, que éste no fuese otro que el marinero de una sola pierna" por cuya temida aparición vigilé tanto tiempo en el "Almirante Benbow". Pero me bastó la primera ojeada que eché sobre el para desvanecer mis temores. Ya había visto al capitán, y a Black Dog, y al ciego Pew, y creí que con eso me bastaba para saber lo que era o debía ser un filibustero, es decir, una criatura, según yo, bien distinta de aquel aseado, sonriente y bien humorado amo de casa.
Todo mi valor retornó inmediatamente, pasé al vestíbulo y me dirigí sin rodeos al hombre aquel, en el lugar mismo en que estaba apoyado en su muleta y conversando con un parroquiano.
-¿El señor Silver? -pregunté, tendiéndole la carta.
-Yo soy, chiquillo; ése es mi nombre. ¿Y tú, quién eres?
Luego, como observase la escritura del caballero en el sobre de la carta, pareció como que mal contenta un sobresalto involuntario.
-¡Oh! -díjome en voz muy alta y ofreciéndome su mano-, ahora comprendo; tú eres el pajecillo de cámara de la goleta, ¿no es verdad? Tengo mucho gusto de verte.
Y diciendo esto tomó la mía en su larga y poderosa mano.
Precisamente en aquel momento uno de los parroquianos que estaban en el lado más retirado, se levantó rápidamente y se precipitó fuera de la puerta, que tenía muy cerca de sí, lo cual le permitió ganar la calle en un instante. Pero su precipitación me hizo fijarme en el y le reconocí a la primera ojeada. Era el mismo hombre de cara enjuta, a quien faltaban dos dedos de una mano y que fuera una vez al "Almirante Benbow".
-¡Oh! -grité yo- ¡Deténgalo! Ése es Black Dog!
-No me importa quién pueda ser -exclamó Silver-; pero no pagó su cuenta. ¡Harry, corre y atrápalo!
Uno de los que estaban cerca de la puerta se puso de pie de un salto y se precipitó afuera en persecución del fugitivo.
-¡Oh! Yo le haré que pague el consumo, así fuera el mismo almirante Hawke en cuerpo y alma-. En seguida añadió, soltándome la mano: -¿Quién dices tú que es ése?... Black... ¿qué?
-Black Dog, señor -le contesté- ¿No le ha contado a usted el señor Trelawney lo de los filibusteros?
Pues ése era -uno de ellos.
-¡Es posible! -exclamó Silver, ¡Y semejante hombre en mi casa! Mira tú, Ben, corre y ayuda a Harry a perseguir a ése. Conque el era uno de esos pillastres, ¿eh? Hola, tú, Morgan, ven aquí, ¿estabas tú bebiendo con ese hombre?
El interpelado, que era un viejo bastante canoso y con cara color caoba, se acercó con un continente bastante marino, contoneándose.
-Veamos -dijo John Silver con bastante rigidez-, ¿no has Visto tú antes de ahora a ese Black..., Black Dog? ¡Di pronto!
-YO, no, señor -contestó Morgan con una reverencia.
-Tú no sabías cómo se llamaba, ¿eh?
-No, señor.
-¡Rayos Y truenos! Tom Morgan, dale gracias a Dios por ello -exclamó el irritado tabernero-, porque si yo averiguo que te andas mezclando con canallas de esa ralea, te prometo, por quien soy, que no vuelves a poner un pie en mi casa, entiéndelo bien. ¿Y qué te estaba contando?
-La verdad es que Yo no lo sé; no puse cuidado.
-¡Es increíble! Y luego dirán ustedes que tienen la cabeza sobre los hombros. ¿Conque no lo sabes? ¿Conque no pusiste cuidado? Tal vez ni supiste con quién estabas hablando, ¿no es verdad? Ni qué es lo que decía, ¿eh? Vamos, haz por acordarte, ¿qué es lo que charlaba? ¿Viajes? ¿Capitales? ¿Buques? ... Vamos, ¿qué era?
-Yo creo que estábamos hablando de estirar la quilla.
-Conque de estirarla, ¿eh? ¡Gran asunto por cierto! ¡Es muy posible, sí!... ¡Anda, vuélvete a tu lugar, haragán!
Mientras Morgan se volvía a su asiento, Silver murmuró, casi a mi oído, en un tono confidencial que me pareció en extremo halagador para mí: -Ese pobre Tom Morgan es un hombre honrado: solamente tiene la desdicha de ser estúpido.
Y luego, levantando la voz de nuevo, prosiguió: Conque, veamos... ¿Black Dog? ... Pues no, no conozco ese nombre; no, por cierto. Sin embargo, tengo cierta idea... Sí, yo creo haber visto ya antes a ese agua dulce por aquí. Entiendo que solía venir antes en compañía de un mendigo ciego.
-Por supuesto -le dije yo con seguridad-; puede usted creerlo. Yo conocí también a ese ciego. Se llamaba Pew.
-¡Es verdad! -exclamó Silver, en extremo excitado ya ¡Pew! Era ése su nombre, no cabe duda. ¡Ah! Parecía un tiburón completo, ¡de veras que si! Así, si ahora pillamos a ese Black Dog, ya tendremos noticias que enviar a nuestro patrón el caballeroTrelawney. Ben es un buen galgo; creo que pocos marineros tendrán piernas más ligeras que el. ¡Rayos y truenos! Yo creo que debería acogotarlo y traerlo. Conque estaba hablando de estirar la quilla, ¿eh? ¡No le daré yo mal tirón de la quilla al belitre si melo traen!
En todo el tiempo que empleó en disparar esta andanada, no cesó de recorrer el salón de un lado al otro, brincando agitadamente sobre su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y manifestando una excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más ducho y para hacer caer en el garlito al más avisado. Mis sospechas se habían de nuevo despertado con gran fuerza al encontrarme con Black Dog en la taberna misma de "El Vigía", por lo cual me propuse tener la mirada atenta sobre el cocinero de "La Española" y espiar sus menores movimientos. Pero aquel hombre era demasiado vivo, demasiado zorro y sobradamente astuto para mí; así es que pronto me distraje con la vuelta de los sabuesos soltados en persecución de Black Dog, los cuales llegaban sin aliento, confesando que habían perdido el rastro de su presa en una apretura de gentes y que se habían visto regañados como si fueran ladrones. En esos momentos habría yo, con mi cabeza, garantizado la inocencia de John Silver.
-Mira ahora, Hawkins -dijo esto, qué compromiso para un hombre como yo. ¿Qué va a pensar de mí el caballero Trelawney? ¡Tener yo en mi misma casa a ese hijo del demonio, bebiendo mi propio ron! Dime si no es una picardía. ¡Y aquí mismo, a mis propios ojos, lo dejamos todos que tome las de Villadiego! ¡Rayos y truenos! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con el capitán. Tú eres un chicuelo todavía; pero vivo como un zancudo. Lo presentí en cuanto que te puse el ojo encima. El asunto es éste: ¿qué puedo hacer yo con esta vieja muleta que es mi sostén? Si hubiese sido en los comienzos de mi carrera de marino, ya habría sabido yo traerme a ese agua dulce a empujones, no sin antes doblegarlo en una lucha cuerpo a cuerpo. SI, entonces, lo habría hecho; pero, ahora, ¡rayos y truenos!
Cesó de hablar repentinamente, y se quedó con la boca abierta, suspenso, como si se hubiera acordado de algo.
-¡La cuenta! -murmuró al fín- ¡Tres vasos de ron! ¡Mil caronadas! ¿Pues no había yo olvidado ya la cuenta?
Y dejándose caer en un banco, prorrumpió en una risotada tan sostenida que las lágrimas comenzaron a rodar sobre su rostro. No pude menos que imitarle, así fue que reímos juntos, una carcajada tras de otra, hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras risotadas.
-¡Vamos! ¡Pues bonita foca soy yo! -dijo al fin, enjugándose las mejillas- Tú y yo haremos buenas migas, Hawkins, pues de haberlo permitido el diablo yo no sería más que un pajecillo de a bordo, como tú. Pero, ¡qué le vamos a hacer! No es tiempo para pensar patrañas. El deber es lo primero, camaradas, así es que voy a ponerme mi viejo sombrero y marcharemos sin pérdida de tiempo a ver al caballero Trelawney y a contarle lo que aquí ha pasado. Porque, acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni tú ni yo saldremos de ello decorosamente. Ni tú tampoco -dijo- ¡Vaya un par de tontos! Los dos parecemos ahora más que tontos. Pero, ¡voto a San Jorge, aquél sí que supo beberse mi ron!
Y diciendo esto, comenzó a reír de nuevo con todas sus ganas y con tal fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni sentido, ni maldita gracia a lo que acababa de decir, me vi arrastrado de nuevo a acompañarlo en su estrepitosa carcajada.
En nuestra pequeña excursión a lo largo de los muelles, se manifestó el más servicial e interesante compañero, explicándome acerca de cada uno de los principales buques a los cuales pasábamos todo lo relativo a su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se ejecutaban, si el uno estaba a la carga y el otro a la descarga, si el de más allá estaba listo para zarpar, y a cada paso entreverando divertidas anécdotas de navíos y navegantes, o repitiéndome las frases de tecnicismo de a bordo hasta que yo las aprendía perfectamente. Así, antes de llegar a la posada, estaba convencido de que aquel hombre era, positivamente, uno de los mejores marinos posibles.
El caballero y el doctor Livesey estaban sentados, apurando la botella de cerveza con sus brindis correspondientes, antes de ponerse en marcha para hacer una visita de inspección a "La Española".
John Silver les refirió lo que acababa de suceder sin omitir detalle, con charla amena y sin apartarse un ápice de la verdad.
-Esto fue lo que sucedió, ¿no es verdad, Hawkins? -se interrumpía de vez en cuando.
A lo cual tenía yo que contestar afirmativamente.
Los dos caballeros deploraron que Black Dog se hubiese escapado; pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse, por lo cual, después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver tomó su muleta y se marchó de nuevo a su taberna. -Todo el mundo a bordo esta tarde, a las cuatro -le gritó el caballero cuando ya el iba alejándose.
-¡Bravo, bravo, bravo! -exclamó el cocinero con entusiasmo y siguiendo su camino.
-óigame usted, señor Trelawney -dijo el doctor-, por regla general yo no tengo una gran fe en sus descubrimientos, mas por lo que respecta a este John Silver, debo confesarle que me satisface por completo.
-Un hombre como el es "triunfo" en mano
-declaró.
-Y ahora -añadió el doctor-, opino que Jim, debe venir con nosotros a bordo, ¿no le parece a usted?
-De acuerdo -replicó el señor Trelawney- Toma tu sombrero, Hawkins, y vamos a ver nuestro barco.
9. Pólvora y armas
Luego de un breve trecho entre elaboradas y elegantes proas de buques y popas de otros, cuyos cordajes y vergas una veces se liaban y yacían bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras cabezas, saltamos a bordo de nuestro barco, en el cual nos recibió el piloto, señor Arrow, un viejo marino bizco, de faz morena y con colgantes en las orejas. El caballero y el parecían congeniar bastante y llevarse en muy buenos términos; pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo tratándose de las relaciones del señor Trelawney con el capitán de “La pañola”Este era un hombre de aspecto severo y parecía disgustado con todo lo que sucedía a bordo de nuestra goleta. Pronto decirnos por qué, pues no bien habíamos entrado al salón principal, un marinero nos anunció: -Caballero, el capitán Smollet desea hablar con usted.
Siempre estoy a las órdenes del capitán -contestó el caballero-. Hágale usted pasar adelante.
El capitán, que estaba muy cerca de su mensajero, entró y cerró la puerta tras de sí.
-Bien, capitán Smollet, ¿qué es lo que usted tiene que decirnos? Supongo que aquí todo marcha bien y está dispuesto como entre, verdadera gente de mar.
-Vea, señor -contestó el capitán-; creo que hablar sin rodeos es siempre lo más práctico, aun a riesgo de parecer ofensivo. He aquí mí opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me gusta mi segundo de abordo. Esto es hablar -Tal vez, señor mío, ¿tampoco le gusta a usted el barco? añadió el caballero, bastante molesto, a lo que me pareció.
-En cuanto a eso nada puedo decir, puesto que aún no lo visto moverse. A simple vista me parece un hermoso velero; no puedo decir.
-También es muy posible que le disguste el patrón recalcó el caballero.
En este punto el doctor Livesey creyó oportuno intervenir diciendo: -Un momento, señores, un momento, si ustedes permiten. Esas discusiones no conducen nada más que a crear una perjudicial desinteligencia. Creo que el capitán ha dicho demasiado o dicho muy poco, y me creo en el deber de requerirle para ti nos explique sus palabras, Ha dicho usted, para comenzar, que le gusta este viaje. Veamos... ; ¿por qué?
-Se me ha contratado, señor, por el sistema de lo que llamamos nosotros "pliego cerrado". Se me ha requerido simplemente para gobernar un navío, llevándolo al punto y rumbo que ase el contratante. Hasta allí todo está bueno. Pero ahora encuentro con que todos y cada uno de los hombres de la tripulación saben mucho más que yo acerca de nuestro viaje. Yo no puedo calificar esto de recto y de natural; ¿tengo razón?
-Sí, sí, la tiene usted-dijo el doctor.
-Más tarde he sabido por mis propios marineros, que va en, busca de un tesoro. No olvide usted que son ellos los que lo, hacen saber. Ahora bien, eso de tesoros es una cosa que ti sus peligros. A mí no me gustan viajes de tesoros por ningún motivo, menos cuando son secretos, y, sobre todo, perdóneme señor Trelawney, cuando el tal secreto ha sido confiado al loro.
-¿Al loro de Silver? -preguntó el caballero.
-He hablado en sentido figurado. Quiero decir que ha sido divulgado. Yo tengo la certeza de que ninguno de ustedes, caballeros, conoce el riesgo que corre. Les diré, pues, mi opinión lisa y llana; éste es asunto de vida o muerte y un albur sumamente delicado.
-Así lo veo Yo -dijo el doctor-, y me parece que es tan claro como cierto. Estamos expuestos a las contingencias de un viaje incierto, pero no nos hallamos tan en tinieblas como usted supone. Pero añadió usted también que no le gusta la tripulación. ¿Cree usted que los nuestros no son verdaderos marinos?
-No me agradan, señor - insistió el capitán Smollet- Por lo demás, creo que es facultad del capitán elegir sus hombres, más tratándose de una expedición como la que vamos a emprender.
-Quizá tenga usted razón -replicó el doctor-. Tal vez hubiera sido mejor que mi amigo hubiera hecho su elección de acuerdo con usted. Pero puede creer que la falta, si la hubo, fue enteramente involuntaria. Por último, dijo usted que tampoco le gusta su segundo, el señor Arrow.
-Así es, señor. Creo que es un buen marino; pero se roza demasiado familiarmente con la tripulación para ser un buen oficial. Un piloto, debe hacerse siempre respetar y no permitirse brindar, como éste, en compañía íntima con los marineros.
-¿Quiere usted decir que el hombre bebe?
-exclamó el caballero.
-No, señor, solamente que mantiene una intimidad sobrado inconveniente con los hombres de la tripulación.
-Está bien, capitán -dijo el doctor-; pero, si hemos de zanjar dificultades, díganos usted lo que desea.
-Bien, señores; ¿están ustedes determinados a llevar a cabo esta expedición?
-Contra viento y marea -respondió el caballero.
-Muy bien -dijo el capitán- Pero ya que han tenido ustedes la paciencia de aguantar lo que han escuchado, oigan algunas palabras más. Primer punto: se está colocando la pólvora y las armas en la bodega de proa; ¿por qué no ponerlas en un lugar muy a propósito que hay aquí, precisamente debajo del salón? Segundo: ustedes traen cuatro personas de su servidumbre que, según he oído, van a tener sus dormitorios a proa, con los demás hombres, ¿por qué no darles los camarotes que hay aquí al lado de la cámara de popa?
-¿Hay algo más? -preguntó el señor Trelawney.
-Sí, hay otra exigencia -continuó el capitán- Por desgracia, ya se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.
-Si, demasiado -apoyó el doctor.
-Diré a ustedes lo que yo mismo he oído -siguió el capitán-: dicen que ustedes poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces rojas que marcan el lugar exacto en que ciertas riquezas están enterradas; añaden que la isla está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con toda exactitud).
-Jamás he dicho tal cosa -exclamó el caballero.
-El hecho es que los hombres lo saben -replicó el capitán.
-Livesey, tal vez alguna indiscreción suya; o tal vez tú, Hawkins- exclamó el señor Trelawney.
-No logramos nada con averiguar quién ha sido el indiscreto -replicó el doctor.
Me fue fácil notar que ni el ni el capitán daban mucho, pábulo a las afirmaciones y protestas del señor Trelawney; por mi parte, pensaba como ellos, pues me constaba que el caballero era un conversador incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la verdad, según creo, ya que era exacto que nadie había revelado la posición geográfica de la isla.
-Enhorabuena, caballeros -continuó el capitán- ; yo no sé en manos de quién está ese mapa; pero pongo por condición estricta que se lo mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo, el señor Arrow, o de no ser así, renuncio a mi puesto en este mismo instante.
-Entendido -dijo el doctor-; lo que usted quiere es que el objeto real se mantenga tan velado como sea posible, y que, entretanto, convirtamos la popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros propios hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer a bordo. En otras palabras, teme usted una rebelión.
-Caballero -dijo gravemente el capitán Smollet-, sin intención de lastimar a usted, permítame negarle el derecho de poner en mis labios las palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno que pudiera juzgarse autorizado para hacerse a la mar si tuviese las pruebas necesarias para decirle lo que usted me ha supuesto. Por lo que hace al piloto, lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros tripulantes lo son también, sin duda, y quizá lo sean todos, por lo que se ve. Pero ustedes se servirán tener en cuenta que sobre mí pesa la doble responsabilidad de la seguridad de la embarcación y de la vida de cada hombre que nuestra goleta lleva a bordo. Me ha parecido que las cosas no iban por un camino derecho y he juzgado prudente pedir a ustedes que se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que decir. -Capitán Smollet -comenzó a decir el doctor con cierta sonrisa en los labios-, ¿ha oído usted hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y el ratón? Le pido a usted mil perdones pero la verdad es que me ha traído usted a la memoria la tal fábula. Cuando usted penetró aquí, apuesto mi peluca a que usted pensaba más de lo que confiesa.
-Doctor, es usted muy listo -respondió el capitán, cuando entré aquí pensé que se me iba a separar del buque. No me imaginé que el señor Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.
-Y no ha ido usted descaminado -exclamó el caballero- A no ser por la oportuna mediación de Livesey, yo lo hubiera enviado a usted al diantre. Pero, por ahora, ya lo he escuchado y se hará todo lo que usted desea, mas eso no me impide creer que está usted equivocado en este asunto.
-En cuanto a eso, crea usted lo que le guste -dijo el capitán- Usted verá, en todo caso, que cumplo con mi deber.
Dicho esto, saludó y salió sin agregar una sola palabra.
-Trelawney -dijo el doctor-, contra todo lo que yo me figuraba, veo que usted se ha ingeniado en traer a bordo a dos hombres honrados: el capitán Smollet y John Silver.
-Silver, si usted lo quiere -gritó el caballero- En cuanto a este intolerable desconfiado, declaro que su conducta no me parece digna de un hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.
-Está bien -dijo el doctor-, ya lo veremos.
Cuando subimos sobre cubierta, ya los hombres habían comenzado a cambiar de lugar las armas y la pólvora, canturreando mientras trabajaban, en tanto que el capitán y el piloto inspeccionaban el traslado.
El nuevo orden de cosas era todo de mi gusto. El arreglo primitivo del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis lechos-literas en el castillo de popa, tras de lo que constituía la parte posterior del salón principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para la galera y el castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo a babor. Se había dispuesto, al principio, que el capitán, el piloto, Hunter, Joyce, el doctor y el caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en que Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el señor Arrow y el capitán durmiesen sobre cubierta, en lo que en náutica se llama la carroza, la cual había sido ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de casi poder llamarle la toldilla. Era ésta bien baja, pero no tanto que no permitiese colgar con comodidad un par de hamacas, y aun creo que el piloto pareció muy contento con el arreglo, aunque el, quizá, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero, esto no pasaba de simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos por largo tiempo el beneficio de sus opiniones.
Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de la pólvora y armas y en el arreglo de las literas y camarotes, cuando los últimos de los tripulantes, y John Silver con ellos, llegaron en un botecito costanero.
El cocinero saltó a bordo con la ligereza de un mono, y no bien hubo visto lo que estábamos haciendo, exclamó: -Hola, muchachos, ¿de qué se trata?
-Cambiando las municiones y las armas, ya lo ve usted -respondió un marinero.
-¿Por qué? ¡con mil diablos! .-prorrumpió Silver¡Si nos entretenemos en eso, vamos a perder la marea de la mañana!
-Yo lo he mandado -dijo el capitán secamenteUsted, amigo, bájese a su cocina, que la gente no tardará en sentir apetito.
-Conforme, voy corriendo -contestó el cocinero y tocándose, por vía de reverencia, la frente, corrió en dirección a su galera.
-Es un buen hombre, capitán -dijo el doctor.
-Es muy posible, caballero -replicó el capitán-; en paz con ése, en paz con todos.
Urgió, en seguida, a los que estaban cambiando la pólvora, y, de repente, fijándose en mí, que estaba muy entretenido examinando el eslabón de vuelta que traíamos en el medio del navío, me gritó con aspereza: -¡Hola, tú grumete, largo de ahí! Márchate a la cocina y busca algo que hacer.
Y aunque me di prisa en obedecerle, oí todavía decirle, en voz bien alta al doctor.
-Yo no traigo favoritos en mi navío.
Puedo asegurar a ustedes que en aquellos momentos superabundaba yo las opiniones y sentimientos del señor Trelawney respecto al capitán, a quien aborrecía con todas mis fuerzas.

10. El viaje

Toda aquella noche la pasamos en gran movimiento, alistándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar y viendo llegar, uno tras de otro, botes llenos de amigos del caballero, como el señor Blandy y otros por el estilo, que iban a desearle un buen viaje y feliz regreso. Nunca, en nuestro "Almirante Benbow", pasé una noche semejante, ni siquiera la mitad del que hacer que tuve en ésta y puede creérseme que estaba rendido de cansancio cuando un poco antes del alba el contramaestre hizo sonar su silbato, y la tripulación toda comenzó a maniobrar al cabrestante. Pero, aunque mi fatiga me doblegara, no me hubiera separado de sobre la cubierta. Todo aquello era nuevo e interesante para mí; las concisas órdenes, la penetrante nota del silbato y los marineros moviéndose hacia sus lugares al tenue resplandor de las linternas del navío.
-Y ahora, Barbacoa, suéltanos una estrofa -gritó una voz- La conocida -añadió otra voz.
       -Vaya    por    la    vieja    conocida,   camaradas
-dijo,Silver, que estaba allí de pie, con su muleta bajo el brazo y al punto prorrumpió en aquella horrible cantilena que me era tan conocida:
Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,
A lo cual,la tripulación entera contestaba en coro-
Son quince, ¡oh, oh, oh!, son quince; ¡viva el ron!
Y a la tercera repetición del coro, empujó las barras del cabrestante al frente de ellos con gran brío.
En aquel momento de excitación, ese canto lúgubre me trasladó con la imaginación, de un modo especial, a mi vieja posada del "Almirante Benbow", en la cual oía de nuevo la voz del sombrío capitán sobresaliendo sobre el coro. Pronto el ancla estuvo afuera y se la dejó colgar, escurriendo junto a la proa. Pronto se izaron también las velas, que comenzaron a hincharse suavemente con la brisa, y las costas y los buques empezaron a desfilar ante mis ojos de uno y otro lado, de tal manera que, antes de que hubiera ido a buscar en el sueño una hora de descanso, ya “La Española” había zarpado gentilmente, emprendiendo su travesía hacia la isla del Tesoro.
No es mi deseo referir todos y cada uno de los detalles de ese viaje; básteme decir que fue en extremo próspero; que nuestra goleta dio pruebas de ser una buena y ligera embarcación; que los tripulantes eran, todos, marineros experimentados, y que el capitán entendía muy bien lo que manejaba. Pero antes de que llegásemos cerca de las costas de la Isla del Tesoro, acontecieron dos o tres cosas que es indispensable referir para la inteligencia de esta narración.
Arrow, el piloto, pronto se tornó peor de lo que el capitán había temido: no tenía la menor autoridad sobre los marineros, los cuales hacían con el lo mejor que les acomodaba. Pero no era esto lo peor, sino que uno o dos días después de nuestra partida, comenzó a presentarse sobre cubierta con los ojos inyectados, los pómulos enrojecidos, la lengua torpe y todas las señales más evidentes de la embriaguez. Una vez y otra se lo tuvo que mandar a la cala, castigado. Algunas veces se caía, rompiéndose la cara; otras se echaba el día entero en su tarimón, al lado de la toldilla. Como una reacción que durara uno o dos días, se le podía ver sobrio y listo, atender a su trabajo, por lo menos pasablemente.
Entretanto no podíamos averiguar dónde tomaba lo que bebía; éste era el misterio de nuestro buque. Nuestra vigilancia redoblada y multiplicada nada pudo; fue inútil cuanto hicimos para descubrirlo. Soltamos preguntárselo abiertamente, y entonces, una de dos: o se nos reía en las barbas si estaba borracho, o nos negaba tercamente que se embriagase si acontecía que estuviera en su juicio, protestando que no probaba nada que no fuese agua.
No solamente era inútil en su calidad de oficial del buque, y Pésimo como fuente de las malas influencias entre los hombres de la tripulación, sino que se vela muy claramente que, al paso que iba, muy pronto acabaría por matarse. Así es que nadie se sorprendió, ni se apenó mucho tampoco, cuando, en una noche muy, oscura, en que el mar parecía menos sosegado que de costumbre, el hombre aquel desapareció sin que volviésemos a verle.
-¡Hombre al agua! -dijo el capitán- Enhorabuena, señores; esto nos ahorra la molestia de tener que mandarle poner grillos.
Lo cierto es que, desaparecido el, nos encontrábamos enteramente sin piloto, y era preciso, en consecuencia, ascender a uno de los tripulantes. Job Anderson, el contramaestre, era el más apto de los de a bordo, así fue que, aunque conservando su título primitivo, pasó a desempeñar el cargo. El señor Trelawney, que había estudiado náutica y viajaba mucho, como se recordará, tenía conocimientos que lo hacían muy útil en aquellas circunstancias, y realmente los puso en práctica, ejerciendo la vigilancia propia del piloto en los días en que el tiempo era propicio. En cuanto al timonel, Israel Hands, era un viejo y experimentado marino, cuidadoso y astuto, de quien podía uno fiarse en todo y para todo.
Era, éste el gran confidente de Silver, cuyo nombre me lleva a hablar del cocinero Barbacoa, como la tripulación lo llamaba.
A bordo de la embarcación cargaba éste su muleta, suspendiéndola al cuello por medio de un acollador, a fin de tener ambas manos libres y expeditas lo más que podía. Era digno de llamar la atención el verlo acuñar el pie de su muleta contra la abertura de alguna tablazón, y apoyándola en ella, despachar bonitamente su cocina, como podría hacerlo cualquier hombre sano en tierra. Pero todavía era más extraño verle en los días de mal tiempo atravesar la cubierta. Veíaselo trasladarse de un lado a otro, ya usando su muleta, ya arrastrándola tras de sí por medio del acollador, tan rápidamente como pudiera hacerlo un hombre que tuviera el uso de sus dos piernas. Y, sin embargo, algunos de los marineros, aquellos que ya habían hecho travesías con el, decían que daba -lástima el verle tan abatido.
-Este Barbacoa no es un hombre común -me decía una vez el timonel-. Allá en sus mocedades tuvo sus estudios y, cuando se ofrece, puede hablar como un libro. Y valiente, ¡eso sí! Un león nada es comparado con Barbacoa. Yo lo he visto despachar a cuatro enemigos de una sola vez, haciéndolos morder el polvo, y sin tener un arma en la mano.
Toda la tripulación lo respetaba, y aun puedo decir que lo obedecía. Poseía un modo muy peculiar de insinuarse al hablar a cada uno, y siempre hallaba ocasión de hacer a todos un pequeño servicio. Respecto a mí, Silver era siempre extraordinariamente amable y siempre se mostraba contento de verme aparecer en su galera, que tenía siempre limpia y brillante como un espejo: las cacerolas colgaban bruñidas y lustrosas, y su loro estaba en su reluciente jaula, en un rincón.
-Ven acá, Hawkins, ven acá -solía decirme- Ven a echar un párrafo con tu amigo John. Nadie más bien venido que tú, hijo mío. Siéntate y ven a oír lo que pasa. Aquí tienes al capitán Flint -as! lo llamo yo a mi loro en memoria del célebre filibustero-, aquí tienes al capitán Flint, prediciéndonos el buen éxito de nuestro viaje. ¿No es verdad, capitán?
MY el perico, como si le dieran cuerda, se soltaba gritando: "¡Piezas de a ocho! ¡piezas de a ocho! ¡piezas de a ocho! ¡piezas de a ocho! "Y esto con una rapidez tal que había que maravillarse de cómo no se le acababa el aliento; y no cesaba hasta que Silver no sacudía su pañuelo sobre la jaula del animal.
-Ahora bien, Hawkins, ahí donde lo ves, ese pájaro debe tener ya lo menos doscientos años. Casi todos ellos son poco menos que eternos, y yo creo, respecto de éste, que solamente el diablo habrá visto más atrocidades y horrores que el. Figúrate que fue del capitán England, del célebre y gran pirata inglés. Ha estado en Madagascar y en Malamar, en Surinam, en Providencia y en Porto Bello. En éste asistió a la exploración y repesca de los buques cargados de plata echados a pique, y allí fue donde aprendió su refrán de piezas de a ocho, lo cual no es muy de maravillar, porque figúrate, Hawkins, que se sacaron de ellas más de trescientas cincuenta mil. Concurrió, también, al abordaje del virrey de las Indias, cerca de Goa, y, al verle, ahora, se creería que entonces estaba recién nacido. Pero ya has olido la pólvora, ¿no es verdad, capitán?
-¡Prepárate para el zafarrancho! -gritó ruidosamente el animal.
- ¡Ah! Este animalito es una joya -añadía con tono alegre el cocinero, alargándole los trozos de azúcar que sacaba de su faltriquera.
Entonces el pájaro se pegaba a los barrotes de su jaula y comenzaba a jurar y a maldecir redondo, de una manera tan llena de maldad, que parecía increíble. Entonces, John, se veía obligado a añadir: -El que entre la brea anda, que pegarse tiene. Aquí tenemos, si no, a este inocente animalito mío, jurando como un desesperado, pero no debemos recriminárselo. Puedes creer que lo mismo juraría, es un decir, delante de monjas capuchinas y frailes descalzos.
Y John, entonces, se tocaba su melena de aquel modo solemne y peculiar que el tenía y que me confirmaba a mí en la creencia de que aquél era el mejor de los hombres.
Entretanto, el caballero y el capitán continuaban todavía sus relaciones en términos muy poco amistosos. El caballero no hacía gran misterio de sus sentimientos, sino que menospreciaba claramente al capitán. Éste, por su parte, jamás hablaba sino cuando le dirigían la palabra, y aun en esos casos, corto, seco, y brusco, y sin una palabra inútil. Reconocía, cuando se lo llevaba a un rincón, que había estado injusto y equivocado acerca de su tripulación; que algunos de sus hombres eran tan vigorosos y aptos como el pudiera desearlos, y que todos se habían conducido, hasta allí, perfectamente bien.
Por lo que respecta a la goleta, estaba el hombre enamorado de ella, y solía decir:
-Siempre está lista para enfilar el viento, con más docilidad y ligereza que si fuera una buena esposa complaciendo a su marido. No obstante -añadía-, todavía no estamos de vuelta en casa, y repito que no me gusta- esta expedición.
A estas últimas palabras, el caballero volvía la espalda y se ponía a recorrer la cubierta, dándose a todos los diablos, como de costumbre.
-Una palabra más de ese hombre y un día de éstos estallo - solía decir.
Tuvimos un poco de mal tiempo, lo cual sirvió para probarnos las buenas cualidades de "La Española". Todos los hombres parecían contentos, y la verdad es que hubieran pecado de exigentes si hubiera sido de otra manera, pues tengo para mí que jamás tripulación alguna estuvo más mimada y consentida desde que el patriarca Noé navegó en su bíblica arca. Con el menor pretexto doblábase el ron cotidiano, y el pudding de harina en días extraordinarios, Por ejemplo, si el caballero sabia que era el cumpleaños de alguno de los marineros, y nunca faltaba un barril de buenas manzanas, abierto y colocado en el combés, para que se despachara por su mano todo aquel a quien se le antojara comerlas.
-No es cosa de andar con tratamientos parecidos -decía el capitán al doctor Livesey- Al que cuervos cría, éstos le sacan los ojos: ésta es simplemente mi opinión.
Sin embargo, lo del barril de manzanas resultó cosa buena, como se verá muy pronto, pues a no haber sido por el, no nos habríamos prevenido a tiempo y habríamos todos perecido a manos de la traición y de la infamia.
He aquí lo que sucedió: hasta entonces habíamos navegado, a favor de los vientos alisios para ponernos en dirección de la isla que buscábamos. No me es permitido ser más explícito. A la sazón, bajábamos ya en sentido opuesto manteniendo una asidua y cuidadosa vigilancia día y noche. Era aquél ya el último día, según el más largo cómputo presupuesto para el viaje, y de un momento a otro, durante esa noche, o, a más tardar, a la mañana siguiente, antes de mediodía, debíamos llegar a la vista de la Isla del Tesoro. Nuestra proa enfilaba al suroeste, y llevábamos una firme brisa de baos, con mar muy quieta. "La Española" se deslizaba con seguridad, sumergiendo en las ondas, de cuando en cuando, su bauprés y produciendo con el algo como pequeñas explosiones de espuma; todo seguía su curso natural desde las gavias hasta la quilla, y todos parecían llenos del ánimo más esforzado, ya que casi hablamos cumplido la primera etapa de nuestra aventura.
Mucho después de puesto el sol, cuando mi trabajo del día estaba concluido y ya me iba en derechura a mi camarote, acometióme el deseo de comer una manzana. Subí sobre la cubierta La vigilancia estaba toda a proa, a la espera de descubrir la isla: El timonel observaba la orza de la vela y se divertía silbando alegremente. Éste era el único ruido que se escuchaba, a excepción del rumor del mar, hendido por la proa, y que murmuraba suavemente sobre los costados de la goleta.
Me lancé hasta el fondo del gran barril de las manzanas en busca de alguna, y me encontré con que apenas si habían quedado una o dos. Crucéme de piernas tranquilamente en aquel fondo oscuro, sin más intención que la de concluir con mi manzana; pero, ya fuese el monótono rumor del mar, ya el suave balanceo de la goleta en aquel momento, el hecho es o que dormité por unos instantes o que estuve a punto de hacerlo, cuando un hombre pesado se sentó repentinamente junto a mi escondite. El barril se estremeció cuando aquel hombre recargó su espalda, y ya iba yo a saltar afuera, cuando el recién venido comenzó a hablar. Era la voz de Silver, y no había ya oído una docena de palabras todavía cuando ya no hubiera osado asomarme ni por todo el oro del mundo. Quedéme, pues, allí, trémulo y atento, angustiado y lleno de curiosidad, porque aquellas pocas palabras bastaron para darme a entender que las vidas de todos los hombres honrados que iban a bordo dependían de mi serenidad.

11., Lo que oí desde el barril

-¡No! ¡yo no! -decía Silver- Flint era el capitán; yo no era más que el contramaestre, con mi pierna de palo. En el mismo abordaje perdimos, yo mi pierna y el viejo Pew la vista. Me acuerdo que fue un cirujano recibido, con su título con muchos latines, que no sabía más que pedir el que me aserró esta pierna; pero todas sus retóricas y sus serruchos no lo libraron de que lo ahorcáramos como a un perro y lo dejáramos secándose al sol en el castillo del “Croso”. ¡Esos eran los hombres de Flint, ésos, sí señor! Ése fue el resultado también de cambiar nombre a sus navíos, "Royal Fortune" y otros. Pero yo sostengo que el nombre con que han bautizado a un navío es el que debe quedársele. Así aconteció con "La Casandra", que nos trajo sanos y salvos a nuestra casa después que England se apoderó del virrey de Indias, y lo mismo con el viejo “Walrus”, que era el antiguo buque de Flint, que yo vi rojo de sangre de popa a proa, algunas veces, y otras repleto de oro hasta zozobrar con su peso.
-¡Ah! -exclamó otra voz, que luego conocí por la del más joven de los de la tripulación, y que expresaba la admiración más completa-. ¡Ah! ¡Flint sí que era la flor de toda esa banda!
-Davis también era todo un hombre cabal, no lo dudes -dijo Silver-, yo nunca navegué con el, sin embargo. Mi historia es ésta: primero con England, luego con Flint y, ahora, por mi cuenta.. . Yo pude ahorrar novecientas libras durante mi servicio con England y dos mil con Flint. Ya ves tú que eso no es poco para un simple marinero. Y todo eso bien guardadito en el Banco, muy guardado, no te quepa duda. ¿Y qué se ha hecho hoy de los hombres de England? ¡No sé! ¿Y de los de Flint? En cuanto a ésos, la mayor parte están aquí, a bordo, con nosotros. Al viejo Pew. que había perdido la vista, le tocaron mil doscientas libras que vergüenza da decirlo- gastó completamente en un año, como puede hacerlo un lord del Parlamento. ¿En dónde está ahora? Muerto bien muerto y bajo escotillas. Pero, dos años antes de morir ... ¿qué hizo? ¡Mil tempestades! Ladrar de hambre como un perro; pedir limosna, mendigar, robar, degollar gentes, y con todo eso morirse de hambre y de miseria ... ¡voto al demonio!
-Voy creyendo, que no sirve, pues, de mucho la carrera -observó el joven catecúmeno de Silver,
-No les sirve de mucho a los manirrotos y locos; por supuesto que no -replicó Silver-. Pero, en cuanto a, ti, mira; tú eres un chicuelo todavía; pero vivo como un zancudo. Yo te conocí en cuanto te puse el ojo encima, y ya ves que te hablo como a un hombre hecho.
Se comprenderá sin esfuerzo lo que sentí al oír a este viejo abominable bribón dirigiendo a otro las mismísimas palabras aduladoras que había usado para conmigo. Créaseme que si hubiera podido, con todo mi corazón lo habría anonadado a través de mi, barril. Pero el prosiguió, entre tanto, muy ajeno de que alguien lo estaba escuchando:
-Mira tú lo que sucede con los caballeros de la fortuna. Se pasan una vida dura y están siempre arriesgando el pescuezo; pero comen y beben como canónigos y abades, y cuando han llevado a cabo una buena expedición, ¡ca!, entonces ... los ves ponerse en las faltriqueras miles de libras en ves, de puñaditos de miserable? peniques. Ahora, los más de ellos lo tiran en orgías y francache las, también eso es cierto, y luego los ves volviendo al mar, en camisa, como quien dice. Pero a fe que yo no he ido por semejante vereda. ¡No, que no! Yo he puesto todo muy bien asegurado, un poquito aquí otro poco allá, y en ninguna parte mucho para no excitar sospechas inútiles y peligrosas. Ya tengo cincuenta años, fijate bien, y una vez de vuelta en esta expedición me establezco como un perezoso rentista. Ya es tiempo de ello, me parece que replicas. ¡Ah, sí! Pero puedo asegurarte que entretanto he vivido con desahogo. Jamás me he privado de nada que me haya pedido el cuerpo; sueños largos, comidas apetitosas, y todo esto, día por día, excepto cuando viajo por el agua salada. ¿Y cómo comencé? Pues ni más ni menos que como tú ahora, de puro y simple marinero.
-Bueno -replicó el joven -; pero lo que es ahora, todo ese otro dinero es como si ya no existiera, ¿no es verdad? Porque, a buen seguro que, después de esta expedición, ¡vaya usted a dar la cara en Bristol!
-¡Bah! -contestó Silver irónicamente - ¿Pues en dónde te figuraste que ese dinero estaba?
-Pues ... en Bristol, es claro, en los Bancos y a rédito -contestó su interlocutor.
-Es verdad, allí estaba cuando levamos anclas; pero a esta hora, mi mujer..., ya tú me entiendes .... mi mujer lo tiene ya todo bien realizado, y todo en su poder. La taberna de "El Vigía" está ya vendida, o arrendada, o regalada, o qué sé yo. Pero, en cuanto a la muchacha, yo te aseguro que ya ella ha salido de Bristol para reunirseme. Yo te diría de muy buena gana en dónde va a esperarme; pero esto haría que nacieran celos entre tus compañeros por mi preferencia, y no quiero celos aquí.
-¿Y tiene usted plena confianza en su ... mujer, como usted la llama? -preguntó el catecúmeno.
-Los caballeros de la fortuna -replicó el cocinero-, generalmente, somos poco confiados entre nosotros mismos, y a fe que, puedes creerlo, no nos falta razón para ello. Pero yo tengo unos modos míos muy particulares; de veras que sí. Cuando un camarada es capaz de tenderme una celada ... quiero decir, uno que me conoce, ya puede estar seguro de que no le será posible vivir en el mismo mundo que el viejo John. Había algunos que le tenían miedo a Pew; otros que se aterrorizaban de Flint; pero yo te digo que el mismo Flint no las tenía todas consigo tratándose de mí, con ser quien era. Sí, me tenla miedo, y eso que estaba orgulloso de mí, vamos al decir. Nunca ha habido sobre los mares una tripulación más escabrosa que la de Flint, al extremo de que el mismo diablo hubiera temido ir con ella a bordo. Pues, sin embargo, tú me ves, no soy ningún finchado ni ningún fanfarrón, Y sé hacer la campaña con todos mis camaradas con tanta llaneza como si no fuera quien soy. Pero,. cuando era yo contramaestre.... ¡ah, diablo!, entonces sí que no podía decirse de ninguno de nuestra camada de viejos filibusteros que fuese un corderito. ¡Ah! yo sé lo que te digo: puedes estar seguro de ti mismo en este navío del viejo John.
-Está bien -replicó el mancebo-; ahora le diré a usted que cuando vine aquí no me gustaba el proyecto ni tanto así; pero ahora ya que hemos tenido esta explicación, John, ya sabe usted que cuentan conmigo suceda lo que suceda.
-Mucho me alegro, porque tú eres un muchacho de provecho -contestó Silver sacudiendo la mano de su converso de la manera más cordial- Puedes creer que no he visto en mi vida una apariencia mejor que la tuya para ser uno de los caballeros de la fortuna.
Al llegar aquí, yo ya había comenzado a comprender que por caballeros de la fortuna entendían aquellos hombres ni más ni menos que piratas comunes y corrientes, y que aquella pequeña escena que yo habla oído era nada más que el último acto en la corrupción de uno de los hombres honrados que iban a bordo, tal vez ya el último de ellos. No obstante, pronto debía recibir algún consuelo sobre este particular, como se verá luego; Silver, en aquel momento, dejó oír un ligero silbido, y un tercer personaje apareció muy pronto y vino a reunirse a aquel conciliábulo.
-Dick es hombre de pelo en pecho -dijo Silver al recién venido.
¡Oh! eso ya me lo sabía yo -replicó una voz que reconocí por la del timonel, Israel Hands-. Este Dick no tiene un pelo de tonto. Pero vamos allá -prosiguió-, lo que yo quiero saber es esto, Barbacoa: ¿tanto tiempo nos vamos todavía a quedar afuera, en esta especie de maldito bote vivandero? Digo esto porque ya tengo bastante del capitán Smollet, ¡con mil diablos!; ya bastante me ha aburrido, y quiero poder instalarme en su cámara; quiero sus pickles, quiero sus vinos, quiero todo eso.
- Israel -le replicó Silver-, tú has tenido ahora y siempre la cabeza llena de humo. Pero creo que te podrá entrar la razón, ¿no es esto? Abre, pues, las orejas, que bien grandes las tienes, para oír lo que te voy a decir: seguirás durmiendo a proa, y seguirás pasándola penosamente, y seguirás hablando con suavidad, y seguirás bebiendo con la mayor mesura hasta que yo de la voz, y entretanto te conformarás con eso.
-Está bien, no digo que no -gruñó el timonel- Lo único que digo es esto: ¿cuándo? ¡Eso es todo!
-¿Cuándo? ¡Mil tempestades! -exclamó SilverConque cuándo, ¿eh?; pues mira, puesto que lo quieres voy a decirte cuándo. Hasta el último momento que me sea posible: ¡entonces! aquí traemos a un excelente marino, a este capitán Smollet, que viene dirigiendo en provecho nuestro el bendito buque. Aquí traemos, igualmente, a ese caballero y a ese doctor con su mapa y demás cosas que nos interesan y que ni yo ni ustedes sabemos en dónde diablos las guardan. En hora buena; entonces tenemos que aguardar a que este caballero y este doctor encuentren la hucha y no» ayuden hasta ponerla a bordo del buque, ¡con cien mil diantres, Entonces veremos. Si yo estuviera completamente seguro de ustedes, hijos del demonio, dejaría al capitán Smollet que nos condujera de vuelta hasta medio camino, antes de dar el golpe definitivo.
-Este asunto no me parece tan dudoso. ¿Acaso no somos marinos todos los que estamos aquí a bordo? Yo creo que sí -dijo el muchacho Dick.
-Quieres decir que entendemos la maniobra, ¿no es verdad? -prorrumpió Silver-. Nosotros podemos seguir una dirección dada; ¿pero quién puede dárnosla? He aquí en lo que se dividen todas las opiniones de ustedes, desde el primero hasta el último. En cuanto a mí, si yo pudiera obrar conforme a mi solo deseo dejaría al  capitán. Smollet que nos llevara hasta la última hora en nuestro regreso para no exponernos a cálculos erróneos y a andar luego a ración de agua por esos mares del diablo. Pero Yo sé muy bien qué casta de bichos son ustedes, y- no hay remedio, acabaré con ellos en la isla, tan luego como nos hayan ayudado a poner la hucha a bordo, lo . cual es una lástima. í Que reviente yo. en hora mala, si no es cosa que me gusta el navegar con zopencos como ustedes!
-Eso sí que es hablar por hablar -exclamó Israel¿Quién te da motivo para enojarte, John?
-¡Hablar por hablar! -replicó exaltado Silver¿Pues cuántos navíos de alto bordo te figuras que he visto al abordaje, y cuántos vigorosos muchachos secándose al sol en la plaza de los Ajusticiados, y todo esto. solamente por esta maldita prisa? ¿Me oyes bien? Pues. mira; yo he visto una que otra cosa en el mar, puedes creerlo, y te digo que si ustedes se limitaran a poner sus velas siguiendo al viento que sopla, llegarían sin duda, un día al punto de poseer carrozas, ¡por supuesto! ¡Ah!, ¡pero no será así! Los conozco muy bien a ustedes. Comenzarán por andar de taberna en taberna, ahítos de ron, y mañana u otro día ya irán por sus pasos contados a hacerse ahorcar. -Todos sabíamos bien que tú has sido siempre una especie de abad, John. Pero hay otros que han podido maniobrar y gobernar tan bien como tú -dijo Israel-. Y, sin embargo, a ellos les gustaba un poco el jaleo y la diversión. Ellos no eran tan entonados, ni severos, tomando su parte como camaradas alegres y de buen humor.
-Es verdad- dijo Silver-, es muy cierto. Sólo que, ¿en dónde están ésos ahora? Pew era de ese Jaez, y ha muerto mendigando, Flint era también así y murió borracho en Savannah. ¡Oh eran muy alegres y muy divertidos, sí, señor; pero, lo repito, ¿en dónde esta ahora?
Yo pude apenas recoger dos o tres frases; pero en ellas supe, sin embargo, algo interesante, pues además de otras palabras que tendían a confirmarlo, esto llegó muy distintamente a mis oídos.
-Ninguno de ellos quiere ya entrar en el negocio.
Era claro, por lo tanto, que todavía quedaban hombres leales a bordo.
En aquel punto cierta claridad cayó sobre mí, adentro del barril; alcé la vista y me encontré con que la luna acababa de aparecer en el cielo, plateaba la gavia de mesana y comunicaba un tinte blanquecino a la palma del trinquete. Casi en el mismo instante la voz del vigía se alzó gritando: -¡Tierra! ¡Tierra!

12. Consejo de guerra

Pasos precipitados sonaron por dondequiera, al grito de ¡tierra!, apresurándose tanto mis amigos de la cámara de popa como las gentes de la tripulación a subir sobre cubierta. Yo salté rápidamente afuera del barril; me deslicé, cubriéndome con la vela del trinquete, di la vuelta hacia el alcázar de popa y volví a aparecer sobre cubierta a tiempo para reunírmeles a proa.
Todo el mundo estaba ya congregado allí. Una cinta de niebla se había alzado casi al tiempo en que aparecía la luna. Allá a lo lejos, hacia el sudoeste, divisábamos dos montañas no muy altas, como a unas dos millas de distancia, y por encima de una de ellas aparecía una tercera mucho más alta que las otras y cuya cumbre se miraba envuelta entre las gasas de la niebla. Las tres parecían de figura aguda y cónica.
Esto fue a lo menos, lo que yo creí ver, puesto que aún no me había repuesto de mis terrores de hacía pocos minutos. En seguida oí la voz del capitán Smollet dando órdenes. "La Española" fue puesta uno o dos puntos más cerca de la dirección del viento, y comenzó a enderezar el rumbo de manera que enfilase la costa oriental de la isla.
-Y ahora, muchachos -dijo el capitán, cuando la maniobra estuvo ejecutada, ¿alguno de ustedes ha visto esa tierra antes de ahora?
-Yo -dijo Silver- Siendo cocinero de un buque mercante, anclamos aquí para proveernos de agua.
-El fondeadero está al sur, tras un islote, ¿no es cierto? -preguntó el capitán.
-Sí, señor, el islote del Esqueleto, que se llama. Este lugar cuales llaman, con nombres marinos, el Trinquete, el Mayor y el Mesana. Pero el principal es el más grande, que tiene el pico sumido en la nube. Lo llaman también el cerro del Vigía, a causa de la vigilancia que desde su cima mantenían esos hombres, mientras sus embarcaciones permanecían al ancla, para la limpieza, porque aquí es donde ellos llevaban a cabo esa operación.
-Aquí tengo un mapa -dijo el capitán Smollet-; vea si éste es el lugar que usted dice.
En los ojos de Silver pasó algo como un relámpago de alegría feroz al tomar la carta que le alargaba el capitán. Pero en el mismo instante en que sus ojos cayeron sobre el papel, su esperanza de un segundo sufrió una terrible decepción. Aquél no era el mapa encontrado en la maleta de Billy Bones, sino una copia cuidadosa en todos sus detalles, nombres, alturas y sondajes, con la sola excepción de las cruces rojas y de las notas manuscritas. Sin embargo, por profunda que fuese la contrariedad de Silver. tuvo la necesaria presencia de ánimo para dominarse y aparecer sereno.
-Sí, señor -contestó-; éste es el lugar, según entiendo, y muy bien trazado, ciertamente. ¿Quién habrá sido el autor de está carta? Los piratas eran demasiado ignorantes, a lo que creo, para poder dibujar esto. ¡Ah!, ¡vamos!, aquí está marcado: Ancladero del capitán Kidd; precisamente éste es el nombre que le dio mi patrón. Allí existe una fuerte corriente a lo largo de la costa sur, y luego sube en dirección norte, a lo largo de la costa occidental. Tenía usted razón -prosiguió- en ceñir el viento y poner la proa hacia la isla, por lo menos si su intención era la de entrar a carenar allí, porque la verdad es que en todas estas aguas no hay lugar más a propósito que ése.
-Gracias, mi amigo -dijo el capitán Smollet- Luego pediré a usted algunos otros informes. Puede retirarse.
El capitán Smollet, el caballero y el doctor Livesey se quedaron conversando junto al alcázar de proa. A pesar de mi impaciencia por contarles lo que la casualidad me habla hecho oír, no me atreví a interrumpirlos abiertamente. Entretanto, y cuando más absorto estaba yo en mis pensamientos para encontrar alguna excusa probable, el doctor Livesey me llamó. Hablasele olvidado su pipa en la cámara, y, como era un verdadero esclavo del tabaco, me iba a indicar que bajara a traérsela, pero en cuanto estuve bastante cerca para que me oyese el sólo, le dije rápidamente: -Doctor, permítame usted que le hable. Llévese consigo al capitán y al caballero inmediatamente abajo, a la cámara, y, con cualquier pretexto, manden ustedes por mí. Tengo nuevas terribles.
El doctor pareció por un instante desconcertarse; pero, en el acto fue otra vez dueño de sí mismo.
-Gracias, Jim dijo en voz bien alta-; eso es todo lo que quería saber.
Fingía con esto, haberme hecho alguna pregunta, a la que yo hubiese respondido.
En seguida giró sobre sí mismo y se volvió a reunir al grupo. Hablaron los tres algunos instantes, y aun cuando ninguno de ellos dio muestras de sobresalto ni levantó la voz, me pareció evidente que el doctor Livesey les acababa de comunicar mi súplica, porque lo primero que llegó a mis oídos fue que el capitán daba órdenes a John Anderson y el silbato sonó luego llamando sobre cubierta a toda la tripulación.
-Muchachos- dijo el capitán cuando todos estuvieron reunidos-; tengo dos palabras que decir a ustedes. Esa tierra que acabamos de ver es el lugar de nuestro destino. El patrón de este buque, hombre muy liberal y generoso, según todos lo sabemos por experiencia, acaba de hacerme dos preguntas que yo he podido contestar diciéndole que cada marinero de esta goleta ha cumplido con su deber, desde el tope hasta la cala, de tal manera, que nada mejor pudiera pedirse. Por tal motivo, el, el doctor y yo, vamos a la cámara a beber a la salud y buena suerte de todos ustedes, mientras que a ustedes se les servirá un buen grog para que brinden, por nosotros. Yo les daré a ustedes mi opinión sobre esto: yo lo encuentro magnífico. Si ustedes son de mi parecer, les propondré, pues, que envíen un buen aplauso al caballero que así se porta.
El aplauso se dejó oír, esto era claro; pero estalló tan compacto y tan cordial, que confieso que me fue difícil convencerme de que aquellos mismos que lo daban estaban arreglando tramas infernales contra nuestras vidas.
-¡Un aplauso más por el capitán Smollet! -gritó Silver cuando el último hubo cesado.
Lo mismo que el anterior, este segundo aplauso parecía enteramente sincero y voluntario.
Apenas pasado esto, los tres caballeros bajaron a la cámara, y no pasó mucho rato sin que enviasen un recado diciendo que se necesitaba a Jim Hawkins en el salón.
Encontréles en torno de la mesa, con una botella de vino es. pañol y algunas uvas delante de ellos; el doctor, fumando fuertemente y con la peluca puesta sobre sus rodillas, lo cual me constaba que era un signo de agitación en el. La ventanilla de popa estaba abierta porque la noche era bastante cálida, y podía verse perfectamente desde dentro el resplandor de la luna centelleando sobre la estela de nuestro buque.
-Ahora bien, Hawkins -díjome el caballero-, parece que tienes algo que decirme: habla.
Hícelo como se me mandaba y, sin alargarme demasiado, conté todos ¡os detalles de la conversación de Silver. Ninguno trató de hacer la más pequeña interrupción hasta que lo hube dicho todo, ninguno, tampoco, hizo movimiento de ninguna especie, sino que todos mantuvieron sus ojos clavados en mi semblante desde el principio hasta el fin de la narración.
-Siéntate, Jim -dijo el doctor.
-Ahora, capitán -dijo el caballero-, es ya tiempo de proclamar que usted estaba en lo justo y yo estaba equivocado. Me declaro sencillamente un borrico y espero las órdenes de usted.
-Nadie más borrico que yo -replicó el capitán-. Yo no he visto jamás tripulación alguna tramando una rebelión que no deje escapar imperceptiblemente algunos signos de su descontento, de manera que todo hombre que no es ciego puede ver el peligro y tomar las medidas necesarias para evitarlo. Pero confieso que esta tripulación derrota toda mi experiencia.
-Capitán -dijo el doctor-, con su permiso diré que ésta es obra de Silver y que éste es un hombre notable.
-Me parece que más notable aparecería colgado en un pañol de las vergas -replicó el capitán- Pero esto no es más que charla que no conduce a nada. He fijado mi atención en tres o cuatro puntos, y con permiso del señor Trelawney voy a exponerlos.
-Caballero -dijo el señor Trelawney en un tono solemne-, Usted es el capitán, y a usted es a quien toca hablar.
-Primer punto -comenzó el capitán Smollet-: tenemos que seguir adelante porque ya es imposible retroceder. Si esto último se intentara, la rebelión estallaría inmediatamente. Segundo punto: tenemos a nuestra disposición tiempo hasta que se encuentre ese Tesoro. Tercer punto: todavía nos quedan hombres leales a bordo. Ahora bien, señores, es una cosa que no tiene remedio el que tarde o temprano debamos entrar en hostilidades. Hay que tomar, pues, la ocasión cuando nos presente sus cabellos, es decir, propongo que seamos nosotros los que rompamos el fuego, el día más a propósito, y cuando ellos menos lo esperen. Me parece, señor Trelawney, que podemos fiar en los criados de su casa, ¿no es verdad?
-Tanto como en mí mismo -declaró el caballero.
-Tres -dijo el capitán-, y con nosotros cuatro, somos ya siete, incluyendo a Hawkins. ¿Y cuántos serán los hombres leales?
-Probablemente -replicó el doctor-, han de ser los contratados personalmente por Trelawney antes de que se hubiera echado en brazos de Silver.
-No, por cierto -replicó el caballero- Hands es uno de esos hombres.
-Yo hubiera creído que podríamos tener fe ciega en este último -dijo el capitán.
-¡Y pensar que todos ellos son iguales! -prorrumpió el caballero- ¡Señores, crean ustedes que ganas me vienen de hacer volar este buque!
-Pues bien, señores -agregó el capitán-, lo mejor que yo puedo decir ahora es bien poco. Debemos tenernos por advertidos y mantener la más exacta vigilancia. Esto es desagradable para un hombre, yo lo sé. Preferiría, por lo mismo, que se rompieran las hostilidades ahora mismo; pero no tendremos ayuda suficiente hasta que sepamos cuáles son nuestros hombres. Estémonos quietos y esperemos la oportunidad: ése es mi parecer.
-Este Jim -dijo el doctor- puede sernos más útil que todo lo demás que hagamos. El enemigo no tiene ninguna mala voluntad respecto de el, y yo sé que el es un chico muy observador.
-Hawkins -añadió el caballero-, en ti pongo fe ciega y completa.
Al oír esto no dejaba de comenzar a sentirme punto menos que desesperado, porque me consideraba enteramente sin apoyo. Y, sin embargo, por un extraño encadenamiento de circunstancias, no fue sino por mi conducto por el que todos nos salvamos. Entretanto, por más vueltas que se le diera al asunto, el hecho es que de veintiséis hombres de a bordo, no había sino siete con los que se pudiera contar, y todavía de esos siete uno no era más que un niño; de suerte que, en realidad, los hombres que teníamos de nuestro lado eran seis, para diecinueve de nuestros enemigos.
PARTE TERCERA
MI AVENTURA EN LA COSTA

13. Cómo empezó la aventura

Cuando subí sobre cubierta, a la mañana siguiente, el aspecto de la isla había cambiado grandemente. Aun cuando la brisa de la víspera había cesado, el camino hecho durante la noche era muy considerable, y a la sazón nos encontrábamos detenidos como a una media milla al sudeste de la costa baja oriental. Bosques de un color pardo cubrían una gran parte de aquella tierra. Sin embargo, ese tinte se interrumpía aquí Y acullá por listas amarillentas de arena, en los terrenos más bajos, y por algunos árboles más elevados de -la familia de los pinos, que se alzaban por entre las copas de los otros, algunos de ellos aislados y dispersos, otros reunidos; por el aspecto y el colorido general la Isla era triste y uniforme. Los cerros se alzaban libremente por encima de la vegetación, en espirales de desnudas rocas. Todos eran de extraña configuración, y el de "El Vigía", que sobrepasaba en trescientos o cuatrocientos pies a la eminencia próxima a el en elevación, era, probablemente, el de aspecto más raro, alzándose casi derecho por todos lados, y apareciendo después cortado repentinamente en la cima, como un pedestal listo para recibir una estatua.
"La Española" vaciaba a torrentes sus imbornales en la agitada superficie de un mar de leva. Los botalones chocaban con los motones, el timón golpeaba de un lado a otro y todo el navío rechinaba y parecía que gemía y temblaba como una gran fábrica en operación. Yo me vela obligado a asirme a los brandales de los masteleros con todas mis fuerzas y sentía que el mundo entero daba vueltas vertiginosamente en torno de mi cabeza, porque aunque yo era un marino bastante regular, cuando el buque iba en marcha, aquella movible inmovilidad (permítaseme la frase), aquel balanceo desesperante sin salir de un punto y aquel verme rodando de aquí para allá como una botella suelta, fueron cosas que jamás afronté sin sentirme desfallecido, sobre todo a la mañana y cuando el estómago estaba completamente vacío.
Quizá fue por esto; tal vez fue por el aspecto de la Isla con sus cenicientos y melancólicos bosques, con sus salvajes espirales de rocas y con su marejada, que podíamos ver y oír quebrándose tronante y espumosa, en la escarpada costa; el hecho es que, aunque el sol brillaba claro y ardiente y los pájaros costaneros pescaban y gritaban alegremente en torno nuestro, y aun, cuando era de creerse que después de tantos días de no verse m, que a y cielo todos deberían sentirse contentos de saltar a tierra, mi, valor y mi sangre, como dice el adagio, se habían bajado los talones, y desde el primer Instante en que mis ojos la ve aquella esperada Isla del Tesoro me inspiraba al más profundo cordial aborrecimiento.
Tuvimos que afrontar aquella mañana, de todas maneras, trabajo ímprobo y pesado. No había la menor traza de viento, hubo necesidad, en consecuencia, de echar los botes al agua y ponerlos al remo para remolcar la goleta en una extensión de tres o cuatro millas, rodeando la Isla hasta penetrar por el estrecho paso que nos condujo a la rada o abrigo que se abre tras el islote del Esqueleto. Yo me ofrecí espontáneamente Para uno de botes, en el cual, como es de suponerse, nada tenía que hacer. calor era sofocante y los hombres al remo gruñían abiertamente a causa de su tarea. Anderson tenía el mando del bote en que iba, y en lugar. de conservar a su tripulación en orden, 61 mismo tan alto y tan groseramente cómo el que más.
-Pero no hay cuidado -dijo en una blasfemia-; al fin esto no es para siempre.
Parecióme este un malísimo signo, porque lo cierto es que hasta aquel día nuestros hombres habían desempeñado sus tareas voluntaria y vigorosamente; pero la sola vista de la isla había bastado para relajar las cuerdas de la disciplina.
Durante toda esta travesía, Silver se estuvo junto al timonel y dirigió, en realidad, el chinchorro. Él conocía el paso como la palma de su mano, y así es que, aun cuando el hombre que estaba  maniobrando a las cadenas encontró por todas partes más agua de la que marcaban los sondajes del mapa, John no vaciló ni un solo momento.
-Hay siempre un grande arrastre con el reflujo -dijo el-, y este paso parece haber sido ahondado con un azadón.
Llegamos, por fin, al punto preciso marcado en el mapa como ancladero, como a un tercio de milla de las costas, de la isla principal por un lado, y del islote del Esqueleto por otro. El fondo era arena pura. Cuando nuestra ancla se sumergió, se levantó una verdadera nube de aves acuáticas revoloteando y chillando sobre nuestras cabezas, lo mismo que sobre los árboles; pero un minuto después todo había quedado de nuevo en el más completo silencio.
Nuestro fondeadero estaba enteramente rodeado de tierra, sepultado en medio de bosques por todos lados, cuyos árboles bajaban hasta la marea más alta de la pleamar; las playas eran casi llanas, y allá, en una especie de anfiteatro distante, se divisaban las cimas de las montañas, una aquí, otra más allá. Dos riachuelos, o más bien dos pantanos, desaguaban en aquel que muy bien pudiéramos llamar estanque.
Desde a bordo no alcanzábamos a ver nada de la casa o estacada que había allí, porque estaba demasiado oculta entre la espesura de los árboles, y de no haber sido por la carta que nos acompañaba, hubiéramos podido creer muy bien que nosotros éramos los primeros que arrojábamos el ancla en aquel sitio desde que la isla brotó del fondo de las aguas.
No soplaba ni la más pequeña ráfaga de viento, ni se ola más sonido que el de la resaca tronando a media milla de distancia sobre las playas, contra las abruptas peñas de las costas. Sentíase un olor peculiar y desagradable en donde estábamos anclados, olor como de hojas y troncos de árboles en putrefacción. Yo observé que el doctor absorbía aire y hacía muecas con la nariz.
-No aseguro que haya o no tesoros aquí -dijo-, pero en cuanto a fiebres, apuesto mi peluca a que es un semillero de ellas.
- Entretanto, si la conducta de los marineros era alarmante en el bote, se hizo ya realmente amenazadora cuando volvieron a bordo de la goleta. Estábanse agrupados sobre cubierta y refunfuñando en medio de la conversación. La orden más insignificante era recibida con miradas torvas y murmuraciones entre diente y no se la obedecía sino con verdadera negligencia. Es posible que aun los no contaminados en el motín se hubieran ya contagiado con la relajación de la disciplina, porque lo cierto es q no había a bordo hombre alguno a propósito para corregir a otro La rebelión -esto era palpable- estaba ya suspensa sobre nuestras cabezas corno una tempestad próxima a desencadenarse.
Y no sólo los pasajeros de cámara éramos los que compredíamos el peligro, John Sliver trabajaba Infatigablemente yendo de grupo en grupo, distribuyendo consejos a todos y siendo un modelo verdadero con su ejemplo de sumisión y dulzura. Nada podía igualarse en aquellos momentos a su comedimiento y, cortesía; era una perenne sonrisa la que había en sus labios para todos 1y cada uno de nosotros. Si se le mandaba algo, al punto saltaba, sobre su muleta, clamando con el tono más complaciente del mundo- "¡Corriendo, corriendo, señor!". Y cuando no había nada especial que hacer, él cantaba una canción tras de otra, como si tratara de ocultar con ellas el descontento de los demás.
De todos los detalles sombríos de aquella tenebrosa tarde, esa, notorio ansiedad de John Silver se me figuraba el peor de todos. Celebramos consejo otra vez en el gabinete de popa.
-Señores-dijo el Capitán-, si aventuro la más insignificante orden, la tripulación entera sé nos viene encima. Aquí tienen ustedes lo que pasa: seme da una respuesta áspera, ¿no es esto? Pues bien, si replico en un tono más alto, las cuchillas, saldrían luego a relucír a mandobles. Si no hago esto, si me callo, Silver..., notará al punto que hay algo por debajo de nuestro silencio, entonces el juego queda descubierto. Ahora bien: no hay más que un hombre en quien podamos fiar en la situación actual.
-Y quién es el? -preguntó el caballero.
-Silver -replicó el capitán-. ti está tan deseoso como ustedes y como yo de poner las cosas en su lugar. Pronto hablara, a tus hombres pata calmarlos, si se le presenta la ocasión.
-          Lo que yo propongo, en consecuencia,es darle la oportu - Vamos a dejar que pasen una tarde en tierra.
-          Si se van todos, está bien, nosotros pelearemosencastillados en nuestro barco.
-          Si ninguno quiere bajar, entonces nos, mantenernos en nuestra cámara de popa y Dios ayude la buena cal. Si algunos se van acuérdense ustedes de lo que les digo- Silver los volverá a bordo, más mangos que unos corderos.
Así se acordó. Al mismo tiempo que se proveyó a todos los hombres de confianza de pistolas cargadas, Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos en antecedentes de lo que pasaba y, por fortuna recibieron la confidencia con menos sorpresa y más valor del que nos habíamos figurado con lo cual el capitán fue sobre cubierta y arengó a la tripulación.
-Muchachos -les dijo-, hemos tenido un día sofocante todos estamos cansados y sin aliento de nada. Yo creo, sin embargo, que un paseo por la playa no le hará mal a ninguno; los botes están todavía a flote. Pueden ustedes tomar los esquifes y, todos los que gusten, ir a tierra por el resto de la tarde. Yo cuidaré de disparar un cañonazo media hora antes de la puesta del sol.
Yo supongo que aquellos malvados debieron figurarse que todo era desembarcar y caer, sin más ni más, sobre el tesoro, porque en un instante todos ellos echaron instantáneamente el mal humor a paseo y prorrumpieron en un aplauso y en un hurra espontáneo, tan estruendoso, que despertó los ecos dormidos de una de las montañas distantes y produjo un nuevo levantamiento de aves que revolotearon y chillaron en número infinito en torno.
El capitán era demasiado vivo para saber lo que convenía en aquellos críticos momentos, así es que sin aguardar respuesta alguna, se eclipsó como por encanto, dejando a Silver el cuidado de arreglar la partida, en lo cual creo que obró perfectísimamente. Si se hubiera quedado un momento más sobre cubierta, le hubiera sido imposible prolongar por más tiempo su pretendida ignorancia de lo que sucedía., Esto era ya claro como la luz meridiana. Silver era el capitán y disponía de una imponente tripulación de rebeldes. Los hombres aún no corrompidos (y pronto iba yo a ver la prueba de que los había a bordo), debían ser unos hombres de muy poco talento. O por lo menos, supongo que la verdad era que todos estaban dispuestos por el ejemplo de los cabecillas, sólo que unos lo estaban más que otros, y que algunos de ellos, siendo en el fondo buenos sujetos, no podían ser ni convencidos ni arrastrados o ir más allá que el simple disgusto. Una cosa es sentirse con laxitud y mal humor, y otra muy diferente el pensar en apoderarse de un navío asesinando a un buen número de personas inocentes.
Por fin, la partida quedó organizada. Seis de ellos se quedaron a bordo, y los trece restantes, incluyendo a Silver, comenzaron a embarcarse.
Fue entonces, cuando se me ocurrió la primera de las insensatas ideas que contribuyeron a salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba a seis de sus hombres, era claro que nuestro grupo -no podía ,montarse en la goleta, en pie de guerra, cómo una fortaleza; y no siendo los de la dicha reserva más que seis, era también Indudable que el bando de popa no necesitaba, por el momento, de ninguna ayuda. Ocurrióseme, pues, instantáneamente, el Ir a tierra. En un abrir y cerrar de ojos me deslicé sobre la balaustrada, y dejándome correr por una de las escotas de proa, caí dentro de uno de los botes en el instante en que se ponía en movimiento.
Ninguno notó mi. presencia; sólo el remero de proa me dijo:
-¡Ah!, ¿eres tú, Jim? Baja bien la cabeza.
Pero Silver, desde el otro bote, comenzó a lanzar miradas penetrantes e Investigadoras para tratar de averiguar si era yo el que iba allí. Desde ese mismo instante comencé a arrepentirme de lo que habla hecho.
Los dos grupos de marineros se divertían remando a cuál mas fuerte, en una especie de carreras de apuesta, a cuál de los botes llegaba primero a la playa. Mas como el bote que me había cabido en suerte ocupar había -recibido mayor empuje, estaba más ligero e iba mucho mejor remado, muy pronto dejó muy atrás a su competidor. La proa ya había atracado en medio de los arbustos de la playa; ya me había yo asido de una rama, lanzándome hacia afuera y emboscándome en el matorral más próximo, cuando Silver y los suyos estaban todavía a unas cien yardas detrás.
-¡Jim, Jim! - le oí que me gritaba.
Pero ya se supondrá que no hice maldito el caso de sus gritos. Brincando, agazapándome, rompiendo breñas, corrí y corrí por el terreno que se me presentaba delante, al acaso, desaforadamente, hasta que materialmente ya no pude más.

14. El primer golpe

Me sentía yo tan satisfecho de haber dejado a Silver con un palmo de narices, que ya comenzaba a recrearme y a pasear mis ojos ávidamente por la extraña tierra en que me encontraba.
Había cruzado ya un trecho cenagoso, lleno de sauces, juncos, feos y lodosos arbustos de vegetación más acuática que de tierra, y acababa de llegar a las faldas de un terreno abierto, ondulado y arenoso, como de una milla de largo, dotado con uno que otro pino y algún número de árboles tortuosos, no muy diferentes del roble en su configuración, pero de hojas pálidas como las del sauce. En el término abierto de aquel terreno se alzaba uno de los cerros, con dos picos ¡extraños, fragosos y escarpados que reverberaban vívidamente al sol.
Por primera vez en mi vida sentía el gozo y la emoción del explorador. La isla estaba deshabitada. Mis camaradas quedaban a mi espalda, y nada viviente tenía ante mis ojos, si no eran animales de tierra y aire, mudos para mí. Aquí y acullá, se alzaban algunas plantas en flor que me eran totalmente desconocidas; más allá veía culebras, una de las cuales alzó la cabeza sobre su nido de piedra, miróme y lanzó una especie de silbido muy parecido al zumbar de una peonza. Bien ajeno estaba yo de que aquel enemigo llevaba la muerte consigo y que su silbato no era otra cosa que el famoso cascabel.
Llegué, en seguida, a un espeso grupo de aquellos árboles a manera de robles, cuyo nombre, según lo supe después, era el de árbol de la vida, que crecían bajos, entre la arena, como zarzas, con sus brazos curiosamente trenzados y con sus hojas compactas como una pasta artificial. El monte se alargaba hacia abajo desde la cima de una de las lomas arenosas, desplegándose y creciendo en elevación conforme bajaba, hasta llegar a la margen del ancho y juncoso pantano, a través del cual desaguaba, en el fondeadero, el más pequeño de los riachuelos que morían en el. El marjal vaporizaba bajo los rayos de un sol tropical, y la silueta de "El Vigía" palpitaba con las ondulaciones de la bruma solar.
De repente comenzó a notarse cierto bullicio entre el juncal de la ciénaga: un pato silvestre se levantó gritando; otro le siguió, y muy pronto se vio sobre toda la superficie del marjal una nube verdadera de pájaros revoloteando, gritando y revolviéndose en el aire. Desde luego supuse que alguno de mis compañeros de navegación debía de andar cerca de los bordes del pantano, y no me engañé en mi suposición, pues muy pronto llegaron hasta mí los rumores débiles y lejanos de una voz humana que, mientras más escuchaba, más distinta y más próxima llegaba a mis oídos.
Esto me infundió un miedo terrible, y ya no pude más que agazaparme bajo la espesura del más cercano grupo de árboles de la vida que se me presentó, y acurrucarme allí, volviéndome todo oídos, y mudo como una carpa.
Otra nueva voz se dejó oír contestando a la primera y luego ésta, que conocí luego ser la de Silver, se alzó de nuevo y se des. ató en una verdadera avalancha de palabras que duró por largo tiempo, interrumpida de vez en cuando por una que otra frase de la otra voz. A juzgar por las entonaciones, debían estar hablando acaloradamente, tal vez con ira; pero ninguna palabra llegó distintamente a mis oídos.
Al fin los interlocutores hicieron, al parecer, una pausa, y supuse yo que se habían sentado, porque no sólo sus voces cesaron de aproximarse, sino que los pájaros empezaron ya a aquietarse y la mayor parte de ellos a volver a sus nidos en el pantano.
Comencé a temer que estaba yo faltando a las obligaciones que voluntariamente me había impuesto, por el solo hecho de haber venido a tierra con aquellos perdidos, y a decirme que lo menos que podía hacer era. escuchar sus conciliábulos, acercándome a ellos tanto como me fuese posible, a favor de los espesos zarzales y de los árboles echados por tierra.
Me era fácil fijar la dirección de los dos interlocutores, no sólo por el sonido de sus voces, sino también por el cálculo que me permitían hacer los pocos pájaros que todavía revoloteaban alarmados sobre las cabezas de los intrusos.
Marché agazapado, en cuatro pies, y muy calladito; pero muy en derechura hacia ellos, hasta que, por último, alzando un poco la cabeza a la altura de un pequeño claro entre el ramaje, pude ver distintamente, en el borde de una pequeña hondonada cubierta de verduras, cerca del pantano y respaldada por los árboles, a John Silver y a otro de los de la tripulación, conversando frente a frente. El sol caía de lleno sobre ambos. Silver había arrojado a un lado su sombrero, sobre el césped, y toda su enorme, rasa y rubicunda cara, sudorosa y brillante con el calor, estaba fija en el semblante de su interlocutor como en demanda o espera de alguna cosa.
-Mira, camarada -decía Silver-, si yo no creyera que tú vales oro en polvo, puedes creerlo como lo (ligo, oro en polvo, sí, señor, yo no te habría traído a este negocio que ya está calentito como perol de brea hirviente. Si así no fuera, yo no estaría aquí previniéndote. Todo está ya dispuesto y listo, y tú no puedes hacer ni remediar nada. Si yo trato de convencerte, es sólo para salvarte el pescuezo, pues puedes tú creer que si alguno de aquellos salvajes lo supiera, ¿dónde estaría yo, Tom?
Silver -replicó el otro (y yo pude observar que no solamente tenía roja la faz, sino que también la voz tenía ronca corno la de un cuervo, y oprimida como por una cuerda muy apretada)Silver, usted es ya viejo, usted es honrado o pasa al menos por tal, usted tiene, además, una fortuna que infinitos marinos le envidiarían, usted es valiente, si no me equivoco. Pues bien, dígame usted, ¿va usted a dejarse gobernar por esa caterva de sucios lampazos? ¡Yo creo que no! Y tan cierto, como que Dios me ve en este momento, preferiré que me arranquen la mano antes de faltar a mi deber!...
Repentinamente fue su palabra interrumpida por un ruido inesperado. Acababa yo de ver a uno de los hombres honrados de a bordo, y acto continuo iba a tener noticias de otro de ellos. Allá, a lo lejos, al lado del pantano, se oyó súbitamente un rumor tomo Un grito, de angustia, y luego otro y después un largo y horrible alarido. Las rocas de "El Vigía" lo repitieron con sus ecos, varias veces; la bandada de aves acuáticas tornó a alzarse de nuevo, nublando el cielo, con un chillido simultáneo, y todavía aquel alarido de muerte no cesaba de vibrar en mi cerebro, cuando el silencio había ya restablecido su imperio y no se escuchaba más rumor que el suave aleteo de los pájaros bajando de nuevo a sus nidos y el murmullo distante de la marea perturbando débilmente la languidez de la tarde.
Al resonar aquel grito de suprema angustia, Tom se había puesto en pie de un salto, como un caballo que siente el acicate; pero Silver no había siquiera pestañeado. Quedóse en donde estaba, apoyándose apenas en su muleta y con los ojos clavados en su compañero como una víbora lista para abalanzarse.
-¡John! -gritó el marinero, extendiendo su mano hacia Silver.
-¡No me toques! -replicó éste, saltando hacia atrás como una yarda, según me pareció, con toda destreza y seguridad de un gimnasta de profesión.
-No lo tocaré, si usted lo quiere así. John Silver -dijo Tom-. Sólo una conciencia negra puede - hacer que me tenga usted miedo; pero, en nombre del cielo, dígame usted, ¿qué ha sido ese grito?
Silver sonrió de una manera horrorosa, siniestra, pero sin perder su actitud cautelosa y expectante. Sus ojos, de ordinario pequeños, no eran en aquel momento, más que unos puntos como la cabeza de un alfiler, en su inmensa caraza; pero relampagueando como dos carbunclos.
-¿Ese grito? -dijo aquella furia-, ese grito me supongo que ha sido de Alan.
-¿Alan?... ¡Descanse, pues, en paz esa alma de marino leal! Por lo que hace a usted, Silver, ¡usted, ha sido, hasta hoy, un camarada mío, pero, desde hoy, ya no lo es usted! Si me mata como a un perro, ¡qué importa!, moriré cumpliendo con mi deber. Conque ha hecho usted matar al pobre Alan, ¿no? ¡Pues máteme también a mí, si puede; le desafío a ello!
Y, al decir esto, aquel bravo y leal muchacho, volvió la espalda al cocinero y se puso en marcha dirigiéndose hacia la playa. Sin embargo no era su destino el ir muy lejos. Con un grito salvaje, John se afianzó a la rama de un árbol, se sacó violentamente la muleta de bajo el brazo y lanzó aquel Improvisado proyectil, con una furia inaudita, zumbando por el viento, y alcanzando al pobre Tom, en medio de la espalda. Sus manos se agitaron en el aire, dio una especie de boqueada y cayó de frente contra el suelo.
Nada podré decir sobre si aquel, golpe fue mortal o no. Sin embargo, a juzgar por el sonido, es casi seguro que la espina dorsal fue rota con el choque; pero no tuvo tiempo para recobrarse en lo más mínimo, porque Silver, ágil como un orangután, aunque sin muleta ni ayuda alguna, cayó sobre su víctima en un momento, y en menos tiempo del que tardo en contarlo, había ya hundido dos veces su largo cuchillo, hasta la empuñadura, en aquel desdichado inerme. Desde mi escondite de arbustos pude oír los resoplidos feroces de su respiración al sepultar el arma innoble en aquel cuerpo sin defensa.
Yo no sé hasta qué punto tendrá un hombre derecho de desmayarse, pero sí sé que por cierto tiempo, en aquel instante, me pareció que el mundo entero daba vueltas en derredor de mí, en un remolino nebuloso; Silver y los pájaros y el altísimo "Vigia" danzante ante mis ojos en un torbellino, todos invertidos, mientras mil campanadas diferentes, mezcladas con ecos distantes, repicaban furiosamente en mis oídos.
Cuando me hube recobrado un poco, el monstruo ya se había compuesto y organizado de nuevo, por decirlo así, con su sombrero sobre la cabeza y su muleta bajo el brazo. Junto a el yacía precisamente el cuerpo inmóvil e inanimado del pobre Tom sobre la tierra, sin que su asesino se ocupara por eso en lo mínimo, pues lo pude ver que, con una calma verdaderamente satánica, limpiaba en el césped la sangre de que estaba empapada la hoja de su puñal. Todo lo demás continuaba en el mismo estado, sin el menor cambio: el sol, radiando despiadadamente sobre el marjal que vaporizaba y sobre el alto pico de la montaña. Y a mí me parecía imposible persuadirme de que un asesinato se acababa de cometer allí, delante de mis ojos, que una vida humana había sido brutalmente segaba en mi presencia misma.
Vi luego a John Silver llevarse la mano a la bolsa, sacar un silbato y hacer vibrar varias veces sus moduladas notas, que volaron a través de la atmósfera caliginosa -No me era posible, Por descontado, explicarme la significación de aquella señal, pero sí me di cuenta de que con ella se despertaban de nuevo todos mis temores anteriores. Los demás hombres iban a acudir, y estaba, pues, en peligro de ser descubierto. Acababan de asesinar a dos de nuestros leales y honrados hombres; ¿no era, muy posible que después de Tom y Alan me tocase el turno a mí?
En un abrir y cerrar de ojos comencé a internarme, agazapado siempre y con todo el silencio y la velocidad que me fuera posible, hacia la parte del monte más abierta. Mientras ejecutaba este movimiento, pude oír todavía saludos cambiados entre el viejo pirata y sus camaradas, y a este rumor, indicación clara de mi peligro, sentí que me nacían alas en los pies.
No bien estuve fuera de la espesura, eché a correr como jamás había corrido antes en mi vida, sin cuidarme de la dirección que seguía, sino en cuanto que ella me alejaba de los asesinos, y mientras más corría, el miedo más y más se agigantaba en mi alma hasta tornarse en un verdadero frenesí de terror.
Y, en verdad, ¿podía haber alguien en situación más perdida de todo punto que la mía? Cuando tronase el cañonazo ofrecido, ¿cómo iba yo K atreverme a presentarme en los bots, en medio de aquellos entes Infernales, cuyas manos humeaban todavía con la sangre de sus víctimas? ¿Acaso el primero de ellos que me viera no iba a retorcerme el cuello como a una agachona? ¿Acaso mi sola ausencia no era ya, para ellos, una evidencia de mí alarma, y, por consiguiente, de mi fatal  conocimiento de los hechos? Todo, pues, había concluido para mí. ¡Adiós "La Española", adiós el caballero, el doctor y el capitán! ¡Nada me quedaba ya que esperar sino la muerte por Inanición, o a manos de los sublevados!
Mientras esto pensaba, no cesaba de correr, y sin darme cuenta de ello, me encontraba ya cerca del pie de uno de los pequeños picos, y habíame Internado en una parte de la isla. en que los árboles de la vida crecían más distantes unos de otros y semejaban más a verdaderos árboles de bosque por su corpulencia y dimensiones. Entremezclados con éstos había uno que otro pino, algunos de ellos como de cincuenta pies de altura, y otros como hasta de setenta. El aire tenía ya aquí también un olor más fresco que allá abajo, cerca del pantano.
Pero, al llegar a este -sitio, me esperaba una nueva alarma que me hizo latir el corazón a punto de escapárseme del pecho.

15. El hombre de la isla

De uno de los lados del cerro, que era, en aquel sitio, escarpado y pedregoso, un guijarro se desprendió por el cauce seco de una de las vertientes cascajosas, saltando, rebotando y haciendo estrépido en sus choques repetidos, contra árboles y piedras. Volví los ojos instintivamente en aquella dirección Y vi una forma extraña moverse y ocultarse tras del tronco de uno de los árboles. ¿Era aquello un oso, un hombre o un orangután? Me era imposible decirlo. Me parecía negro y velludo; pero esto era lo único de que me podía dar cuenta en aquel momento. Sin embargo, el terror de esta nueva aparición hizo contener mi carrera.
Me veía, según toda probabilidad, cortado por el frente y por la retaguardia: detrás de mí, los asesinos, y delante, aquella forma indescriptible que me acechaba. En el acto comencé a preferir los peligros que me eran conocidos a aquellos que parecían velados. El mismo Silver se me figuraba ya menos terrible comparándolo con aquella extraña criatura, especie de gnomo de la montaña, y así fue que, sin más vacilaciones, le volví la espalda, no sin volverme azoradamente para verle por sobre, el hombro, y comencé a correr de nuevo, esta vez en dirección de los botes.
Pero, en pocos segundos, la horrible figura, después de dar una gran vuelta, se me igualó en la carrera y aún comenzó a avanzar delante de mí. Yo estaba exhausto ya, no cabía duda; pero aun cuando hubiese estado fresco y descansado, vi pronto que era una locura el pretender luchar en velocidad con adversario semejante. De un tronco a otro, aquella extraña criatura parecía volar como un ciervo; corriendo a semejanza del hombre, en dos pies, pero diferenciándose de la carrera humana en que, como ciertas aves se dejan ir en el espacio por largo tiempo, con las alas cerradas, ésta se deslizaba a trechos hacia abajo por la pendiente, de una manera fantástica, maravillosa e inexplicable para mí. Y, sin embargo, era un hombre; ya -no me era posible dudarlo por más tiempo.
Vínome a la imaginación en el acto todo cuanto había oído o leído sobre caníbales, y aun estuve apunto de gritar ¡socorro! Pero el mero hecho de ser aquel un hombre, aunque fuese un salvaje, me había ya serenado un poco, y el miedo que Silver me inspiraba reapareció vivo y formidable.
Me detuve, pues, y buscando en mi atribulada imaginación alguna puerta de salvamento. o de escape, me acordé, de pronto; de la pistola que llevaba conmigo. No bien comprobé que no estaba tan indefenso, sentí que el valor volvía a mi corazón, y dando el rostro resueltamente al hombre de la isla, marché hacia el con paso vigoroso.
En este momento estaba oculto tras de otro tronco de árbol; pero debía estar espiándome muy atentamente, porque tan luego como yo me adelanté hacia donde el estaba, se mostró de repente y dio un paso para, venir a mi encuentro. Pero, acto continuo, vacilé, dio algunos pasos hacia atrás, luego otros hacia mí de nuevo, hasta que, por último, con extraordinaria sorpresa y confusión mía, le vi caer de rodillas y tenderme, en ademán suplicante, sus manos enclavijadas.
Al ver esto torné a detenerme indeciso.
-¿Quién es usted? -le pregunté.
A lo cual se apresuró el a contestarme, con una voz ronca, opaca, como el rumor que produce una cerradura enmohecida y en desuso.
-¡Soy Den Gunn! ¡Soy el pobrecito Den Gunn, que por tres años no ha tenido delante un cristiano con quien hablar. Al oír esto pude darme cuenta de que aquél no era un caníbal, como lo creí al principio, sino un hombre de raza blanca como yo, y aún observé que sus facciones eran regulares y agradables. Su cutis, en todos los puntos que parecía descubierto, estaba tostado por el sol; sus labios estaban ennegrecidos y sus ojos claros eran una cosa sorprendente en aquel conjunto de facciones oscuras. De todos los mendigos que en mi vida había podido ver o figurarme, era éste el número uno por lo destrozado y harapiento. Estaba vestido con jirones de lona de velamen, añadidos y mezclados con retazos informes de paño azul marino, y toda aquella extraordinaria estructura de andrajos estaba sujeta y rodeaba su persona con la más incongruente confusión de broches y costuras; botones de metal, espinas de pescados, correas de pieles crudas, pedacitos de madera a guisa de agujas, y presillas de alquitranados cordones. Ciñendo su talle llevaba un viejo cinturón de cuero con hebilla de metal, prenda que era la única cosa sólida y sin soluciones de continuidad de cuanto llevaba encima.
-¡Tres años! -exclamé yo- ¿Naufragó usted acaso, cerca de esta costa?
-No, amigo mío, me aislaron[2] aquí.
Yo había oído esta palabra, aplicada a una especie de castigo horrible, muy común entre los piratas, cuya esencia era desembarcar al condenado en una isla deshabitada, dejándole solamente un fusil y un poco de pólvora y abandonándolo allí para siempre.
-¡Aislado por tres años! -continuó aquel míseroTres años mortales durante los cuales he vivido de cabras montesas, de berzas silvestres y de otras de la playa. Yo sé que dondequiera que un hombre se encuentre colocado, aquel hombre puede ayudarse y valerse por sí mismo. Pero, amigo, mi corazón ya suspira por alguna comida de cristianos. Tú traerás ahí por casualidad un pedacillo de queso, ¿no es verdad?. .. ¡Pues, dámelo, anda!. .. ¿No traes? ... ¡Ah! ¡si tú supieras qué noches -tan largas me he pasado aquí soñando con una tajadilla de queso, con una tostada, sobre todo!
-Si Dios quiere que alguna vez pueda yo volver a bordo, le prometo a usted que tendrá queso hasta hartarse -le repliqué.
Todo el tiempo que habla durado nuestro corto diálogo, Ben Gunn no habla cesado de asentar con su mano el paño de mi jubón, de tocarme suavemente las manos, de contemplar mis botas, y, en una palabra, de manifestar el placer más infantil con la presencia de un semejante suyo. Pero, al oír mis últimas frases, se enderezó con cierta especie de sobresalto.
-¿Si Dios quiere que puedas volver a bordo has dicho? Y bien, ¿quién es el que te lo impide?
-No es usted, por cierto -le contesté.
-Y dices muy bien en eso -exclamó-. Pero, antes. de pasar adelante, vamos a ver, ¿cómo te llamas, camarada?
Jim -le dije.
Jim, Jim -repetía el con aparente complacenciaAhora bien, Jim, debo decirte que yo he vivido una vida tan borrascosa que ni aún me atrevo a contártela, porque te avergonzarías sólo de oírme. ¿Creerás tú, al escuchar esto, que yo nunca tuve una madre, buena y piadosa, para dirigirme y velar por mí?
-¡No! No he pensado tal cosa -le respondí.
-¡Ah! -dijo el- ¡Pues sí que la tuve, y muy santa y muy piadosa. Yo era un muchachito paisano, muy bueno y muy aprovechado, que sabia bien el catecismo, que cuando me soltaba a recitarlo, lo repetía como si fuera una sola palabra, y sin respirar, desde el principio hasta el fin. ¡Ah! Pero aquí va ahora lo que sucedió, Jim. Un día comencé a jugar a las canicas y al hoyuelo; por allí comencé, no te quepa duda, Mi pobrecita madre me sermoneaba y me decía lo que me iba a suceder, ¡pobre señora, me acuerdo muy bien! Pero la Providencia me trajo aquí. Yo no he cesado de pensarlo todo el tiempo que he estado olvidado en esta isla desierta, y, lo que es ahora, ya me siento bueno otra vez. Ya nadie me volverá a pillar nunca probando el ron..., a no ser un dedalito..., nada más que un dedal, por accidente, cuando se me presente una ocasión. Inevitablemente tengo que ser bueno y sé cuál es el camino para lograrlo, porque, óyeme bien, Jim...
-Y al decir esto miró en torno suyo y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo-, ¡soy muy rico!
Al escuchar esto, no me cupo duda sobre que aquel desgraciado se habla vuelto loco en su soledad, y supongo que debo haber dejado conocer mi pensamiento en mi semblante, porque el se apresuró a repetir calurosamente: -¡Rico, rico, sí señor! Yo te diré cómo y haré de ti todo un hombre, Jim. ¡Ah, muchacho, dale a Dios una y mil veces gracias de que hayas sido tú la primera criatura humana que se ha encontrado conmigo!
Pero no bien había pronunciado estas palabras, su semblante se oscureció repentinamente, como si se viese asaltado por una idea ingrata; estrechó mi mano con mayor fuerza entre las suyas Y levantó el dedo índice ante mis ojos con un ademán amenazador, diciendo: -Pero, ante todo, Jim, dime la verdad... ¿no es ese de allí el buque del capitán Flint?
Oyendo esto me vino una inspiración rápida y feliz. Comencé a creer que lo que yo había encontrado era un aliado, y en tal concepto me apresuré a contestarle: -No, por cierto. Flint ha muerto. Pero si le he de decir a usted la verdad, como usted me lo pide- a bordo de esa goleta vienen varios de los hombres del tal Flint, para desgracia de todos los demás, de la partida.
¿No viene un hombre con una sola pierna?
-¿Silver,? -le pregunté.
- ¡Ah! ¡ Silver! -contestó el, ¡ Silver! ¡ Ese es su nombre!- ¡Es, el cocinero de a bordo y, al mismo tiempo el cabecilla o director de esos hombres.
Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía sujeto por la muñeca, dióme una especie de fuerte 1 sacudida.
Sí tú has sido enviado aquí por John Silver -dijo-, estoy ya tan bueno como un cerdo, muy bien lo sé.
¿Pero en que pensaste tu, muchacho?
Yo -había formado una resolución en un instante, así es Por vía de respuesta, le conté la historia completa de nuestro, y el difícil predicamento 1 en que nos encontrábamos a horas. . Escuchóme el con el más profundo interés y cuando hube concluído, exclamó, dándome una palmadita en la cabeza:
-Jim, tú eres un buen, muchacho, y tú y los tuyos están en un apuro del demonio, ¿no es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza en mí. Ben Gunn es el hombre para sacaros de vuestro varadero. Pero antes, dime, ¿crees tú que el caballero resultará ,ser un hombre bastante liberal para quien sepa sacarlo de un aprieto en que se ve metido?
-¡Oh! ¡En cuanto a eso, el caballero es el hombre más liberal y generoso que yo he conocido! -le respondí.
-Pero hay que ver bien -dijo Ben Gunn-; yo no quiero decir, que me recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una puerta, o una librea dorada de lacayo, o cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo quiero decir es si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras esterlinas, contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer, para ser dichoso, un hombre como yo. ¿Qué dices tú?
-Pues digo que estoy seguro de que lo hará -le respondí yo. Tal como venían las cosas, todos los expedicionarios estábamos llamados a dividirnos la hucha.
-¿Y me dará también un pasaje a Inglaterra?
-añadió con una mirada recelosa y desconfiada.
-¿Pues cómo no? -le dije-. El señor de Trelawney es un hombre de honor. Y, además de esto, ¿no ve usted que si con su :auxilio logramos desembarazarnos de los otros, necesitaríamos de usted sin remedio para ayudarnos a maniobrar el buque?
-¡Ah, pues es verdad! -replicó Ben Gunn- Yo les sería indispensable. -Y con esto pareció aliviado de un gran peso- Ahora -prosiguió-, voy a contarte cómo pasaron los sucesos ni más ni menos. Yo estaba a bordo del buque de Flint cuando éste sepultó aquí su tesoro. Él se vino a tierra con seis hombres, grandes, fuertes- Permanecieron aquí cerca de una semana, y nosotros, entretanto, allá afuera... esperando... anclados en el fondeadero, en su viejo buque el "Walrus". Un hermoso día vimos, por fin, la señal. esperada. Flint venía solo..., enteramente solo, en su pequeño bote, con la cabeza rodeada de una venda azul... El sol comenzaba a levantarse y el aparecía pálido..., pálido como un muerto, junto al tajamar... Pero allí estaba, eso sí! En cuanto a los seis..., ¡todos muertos!, ¡muertos y enterrados!... ¿Cómo se arregló para ello? Ninguno de los que íbamos a bordo pudo jamás averiguarlo. ¿Fue lucha leal, asesinato, sorpresa, qué fue?... ¡Quién sabe! Lo único que sabíamos es que ellos eran seis y el no era más que uno..., ¡uno contra seis! Bílly Bones era el piloto del barco; John Silver era el contramaestre y ambos le preguntaron dónde quedaba oculto el tesoro. “¡Ah -contestó el-, si ustedes quieren ir a averiguarlo, pueden ir a tierra y quedarse allí buscando.
Lo. que es el barco vuelve a la mar en busca de más, ¡con mil diablos!”.
"¡Eso fue lo que el dijo!... Tres años después de aquello, me cupo en suerte venir en -otro buque. Cuando vimos la isla yo dije: "Ea, muchachos; el tesoro del capitán Flint está aquí. ¡Vamos bajando a tierra y encontrémoslo!".
"El capitán se disgustó con esto; pero mis camaradas fueron de mi opinión y bajamos a tierra. Doce días consecutivos buscaron y buscaron en vano, Creían que yo les había jugado una horrible aroma y cada vez me llenaban de nuevos y más duros insultos, hasta que una mañana, ya cansados, se volvieron a bordo.
-Por lo que hace a ti, Benjamín Gunn- me dijeron al partir-, aquí tienes un mosquete, un pico y una azada: ¡quédate aquí y encuentra para ti solo el tesoro del capitán Flint!
"Tres años hace de esto, Jim; ¡tres años que he estado aquí sin probar un solo platillo de cristianos, hasta hoy!... Pero, dime ahora..., mírame..., ¿tengo yo el aspecto de un marino? ... ¡Ya te oigo murmurar que no!... ¡Ah! Es que yo también lo digo., Yo..., ¡Yo mismo!
Al decir esto guiñó los ojos y me oprimió la mano fuertemente. Luego prosiguió: -Tú repítele a tu caballero mis propias palabras. Jim. Dile esto: tres años hace que Ben Gunn es el único habitante de esta isla, lo mismo a, la hora de la luz que, en medio de la noche lo mismo en la tempestad que en el buen tiempo, Tal vez ha pensado en su anciana madre, que anciana ha de ser si vive aún; quizás a veces, habrá caído de rodillas para decir una oración. Pero la mayor parte del tiempo de Ben Gunn se ha empleado en otro asunto. Y, al decirle esto, le darás un pellizco como éste que te doy aquí.
E hízolo como lo decía, de la manera más confidencial que imaginarse pueda, prosiguiendo en el acto: -Pero, continuarás al punto y le dirás: Gunn es un buen chico, no cabe duda, y el deposita el precioso don de su confianza -no olvides decírselo con esas mismas palabras- en un caballero por nacimiento, más que en uno cualquiera de esos caballeros de la fortuna, de los cuales el ha sido uno.
-Pero vamos allá- le dije yo-; prescindiendo de que no alcanzo a entender una palabra de todo lo que me ha estado usted diciendo aquí, ¿cómo podría yo repetírselo al caballero si no veo la posibilidad de volver a bordo?
-¡Ah! ¡Allí está la vuelta del Cabo! Y bien, aquí está mi bote, que yo he fabricado con mis propias manos. Yo lo tengo oculto bajo la peña blanca. Si sucede lo peor de lo peor, creo debemos intentar esa travesía después de que oscurezca.
En este punto tuvo que interrumpirse bruscamente, porque aun cuando el sol tenía todavía una hora o más que alumbrar hasta ocultarse en el horizonte, oímos repentinamente, repetido por todos los ecos de la isla, el trueno imponente de un cañonazo.
-¡Eh! ¿Qué es eso? -preguntó Ben Gunn.
-Es que han comenzado a batirse -le contesté-.
¡Sigame!
Y olvidando en aquel punto todos mis temores precedentes, me di a correr hacia la rada, en dirección del ancladero, acompañado por el hombre aislado que corría junto a mí velozmente, sobre sus cacles de piel de cabra, con gran destreza y facilidad.
-¡A la izquierda! ¡A la izquierda! -me decía- ¡Cárgate siempre hacia la izquierda, camarada! -repetía-. ¡Quién diría que yo aquí bajo los árboles, contigo! Mira, allí es donde maté mi primera cabra. Ahora ya no bajan hasta aquí; ahora las tienes siempre encaramadas en sus masteleros, allá entre las jarcias y los montones de sus montañas, todo, no más que por mido de" Ben Gunn. ¡Ah, mira tú!... ¡Allí tienes el cementerio!... ¿No, ves sus terraplenes? ... Cuando, por mil cuentas, creo que debe ser domingo, sabes tú ... suelo venir aquí y me arrodillo y rezo. No tiene esto muchas trazas de capilla ni siquiera de una pobre ermita, ¿no es verdad?..., pues, mira tú..., yo le encuentro no sé qué cosa solemne, imponente. Y luego, ya lo ves, no he tenido las manos muy llenas. ..-, ni una Biblia, ni una enseña... y en cuanto a capellán, pues..., ni soñarlo.
Y seguía así, charla y charla mientras corríamos, sin esperar ni recibir respuesta alguna.
Un rato considerable había transcurrido después del disparo del cañón, cuandó oímos una descarga de armas de menor calibre.
Siguióse una pausa, y luego, a menos de un cuarto de milla frente a mí, divisé, repentinamente, en el aire flotando sobre las cimas de los árboles del bosque, la gloriosa bandera de Inglaterra.
PARTE CUARTA
LA ESTACADA

16. El doctor prosigue con el relato. El abandono del barco

Sería la una y media de la tarde cuando los dos botes de "La Española" se fueron a tierra. El capitán, el caballero y yo estábamos discurriendo acerca de la situación, en nuestra cámara de popa, Si hubiera soplado en aquellos momentos la brisa más ligera, hubiéramos caído, por sorpresa sobre los seis rebeldes que se nos, había dejado a bordo, hubiéramos levado anclas y salido a alta mar. Pero el viento faltaba de todo punto, y para completar nuestro desamparo, vino muy pronto Hunter a traernos la nueva de que Hawkins se había metido en uno de los botes y marchóse con los expedicionarios de la isla.
Jamás se nos ocurrió poner en duda la lealtad de Hawkins; pero sí nos temimos por su vida. Con la excitación en que aquellos hombres se encontraban, nos parecía que sólo una casualidad podía hacer que volviésemos a verlo vivo. Corrimos sobre cubierta. El calor era tal que la brea que unía la juntura de los tablones comenzaba a burbujear, derritiéndose; el nauseabundo hedor de aquel sitio me ponía verdaderamente malo, y si alguna vez hombre alguno aspiró los gérmenes de mil enfermedades infecciosas, ése fui yo, sin duda, en aquel abominable fondeadero. Los seis sabandijas estaban sentados a popa, refunfuñando, a la sombra proyectada de una vela. Hacia la playa ya podíamos divisar los botes sujetos a tierra, y a un hombre de los de Silver, sentado en cada uno de ellos. Uno de aquellos dos conjurados se divertía silbando el Lilibullero.
Esperar era una locura, así que decidimos que Hunter y yo iríamos a tierra en el chinchorro en busca de informes y para explorar el terreno.
Los botes se habían recargado sobre su derecha, pero Hunter y yo remamos recto en dirección de la estacada marcada en nuestro mapa. Los centinelas y guardianes de los esquifes parecieron desconcertarse un tanto con nuestra aparición. El Lillibullero cesó de oírse y pude ver a aquel par de alhajas, discutiendo lo que debían hacer. Si se hubieran marchado para avisar a Silver lo que ocurría, abandonando sus botes, es claro que las cosas hubieran pasado de muy distinta manera; pero supongo que tenían sus órdenes v, consecuentes con ellas, decidieron permanecer en donde estaban, y luego oímos que la música del Lilibullero comenzaba de nuevo.
Había en aquel punto una ligera curva en la costa y yo no perdí tiempo, remando cuan fuertemente pude para ponerla entre los hombres de los esquifes y nosotros, de tal suerte que, antes de que llegásemos a tierra, ya nos habíamos perdido mutuamente de vista. Salté, por fin, a la playa, y púseme a correr tan de prisa como podía atreverme a hacerlo, desplegando sobre mi cabeza un gran pañuelo de seda blanco para evitar la insolación y con un buen par de pistolas, enteramente listas, por precaución contra cualquier sorpresa. No había recorrido aún cien yardas cuando llegamos a la estacada.
He aquí lo que había en ella: una fuente de agua límpida y clara que brotaba casi en la cumbre de la colina; sobre ésta, y encerrando la fuente, por supuesto, se habla improvisado una espaciosa cabaña de postes de madera, arreglada de manera de poder encerrar una o dos, veintenas de hombres, en caso de apuro, y con troneras para mosquetes por todos lados. En derredor de esta cabaña hablase limpiado un espacio considerable y, para completar la obra, se había levantado una empalizada bastante fuerte, corno de seis pies de elevación, sin ninguna puerta o pasadizo, con resistencia suficiente para no poderla echar por tierra sino con tiempo y trabajo; pero bastante abierta 1)ara que no pudiera servir de parapeto a los sitiadores. Los que estuvieran en posesión de la cabaña del centro podrían llamarse dueños del campo y cazar a los de afuera como perdices. Lo que se necesitaba allí era una vigilancia continua y provisiones, porque a menos de una completa sorpresa, los sitiados podían sostenerse muy bien contra un regimiento entero.
En lo que yo me fijé entonces de una manera más particular, fue en la fuente, porque aun cuando en nuestro castillo de popa de "La Española" teníamos armas y municiones en gran cantidad, y abundancia de víveres y vinos excelentes, lo cierto es que de una cosa estábamos ya bien escasos, y era de agua. Estaba yo preocupado con este pensamiento, cuando de pronto llegó a mis oídos distintamente, desde algún punto de la isla, el grito supremo de un hombre que se moría. Yo he servido a Su Alteza real el duque de Cumberland, y también fui herido en Fonteroy; pero, el] aquel instante, mi pulso se detuvo y no pude menos que verme asaltado por esta idea: ¡Han matado a Hawkins!
Haber sido uno veterano en la guerra es ya algo: pero es todavía más haber sido médico. No tiene uno tiempo para vacilaciones ni cosas inútiles, así es que en un instante formé mi resolución y sin perder un segundo, regresé a la playa y salté de nuevo a bordo del chinchorro.
Por fortuna, Hunter era un remador de fuerza. Hicimos volar a nuestro botecillo y muy pronto estábamos ya al costado de "La Española", a cuyo bordo subimos a toda prisa.
Encontré a todos emocionados, como era natural. El caballero estaba sentado, lívido como un papel, lamentando, ¡alma de Dios!  los peligros a que nos había traído. Uno de los seis hombres quedados a bordo estaba ya en mejores condiciones.
-Allí hay un hombre -dijo el capitán Smollet apuntando hacía el-, que es novicio en la obra de estos malvados. Ha venido aquí, a punto de desmayarse, en cuanto oyó aquel grito de muerte. Con otra vuelta de cabrestante, lo tenemos con nosotros, eso es seguro.
Expliqué entonces al capitán Smollet cuál era mi plan, y entre los dos arreglamos los detalles de su realización.
Pusimos a nuestro viejo Redruth en la estrecha galería que, como se recordará era la única comunicación posible entre la popa y el castillo de proa, dándole tres o cuatro mosquetes cargados y poniéndole un colchón por vía de barricada para protegerle. Hunter trajo el botecillo de madera, colocándolo precisamente bajo el portalón de popa, y Joyce Y yo nos pusimos inmediatamente a la tarea de cargar en el botes de pólvora, mosquetes, bultos de bizcochos, galletas, jamón, una damajuana de cognac y mi inestimable estuche de cirugía.
Entretanto, el caballero y el, capitán permanecían sobre cubierta, y el último de ellos hacía al timonel la siguiente amistosa y cortés intimación: -Amigo Hands, aquí nos tiene usted a dos personas con dos pistolas cada una. Si alguno de ustedes seis hace el menor movimiento para acercársenos, puede tenerse por hombre al agua.
Los hombres aquellos deliberaron un corto rato y después de su pequeño consejo de guerra se fueron, dejándose caer, uno tras otro, de la carroza abajo, pensando, sin duda alguna, sorprendernos por la retaguardia. Pero, en cuanto se encontraron con Redruth esperándolos, mosquete en mano, en la estrecha galería de comunicación, volvieron otra vez a querer recobrar su lugar primitivo a proa, apareciendo sobre cubierta la cabeza de uno de ellos, por una escotilla.
-¡Abajo otra vez, perro pirata -gritó el capitán-, o te vuelo la tapa de los sesos!
La cabeza aquella se hundió de nuevo como por encanto, en la escotilla y, por entonces, nada volvimos a oír ni a saber de aquellos miserables.
Mientras esto pasaba, nuestro ligero chinchorro estaba ya tan cargado, como era prudente hacerlo. Joyce y yo saltamos por la puerta de la popa y tornamos a remar hacia la playa, tan de prisa como nuestras fuerzas nos lo permitían.
Este segundo viaje despertó ya de una manera indudable la alarma de los vigilantes de los esquifes. El Lilibullero fue dado de mano otra vez y precisamente antes de perderlos de vista tras del pequeño cabo de la playa, uno de ellos había ya saltado a tierra y desaparecido rápidamente. Estuve entonces a punto de cambiar de táctica e irme derecho a sus botes y destruírselos; pero temí que Silver estuviese por allí, demasiado cerca, con los restantes y era, en tal caso, muy posible que todo se perdiera por querer hacer demasiado.
Muy pronto llegamos de nuevo a tierra, al mismo lugar que en el viaje precedente. Los tres hicimos el primer transporte del bote hasta la cabaña muy bien cargados, y depositamos allí nuestras armas y provisiones. Dejamos entonces a Joyce en la empalizada, de guardia, para custodiar nuestro depósito, y aunque es ver, dad que se quedaba enteramente solo, tenía a su disposición media docena de mosquetes muy bien preparados. Hunter y yo volvimos otra vez al botecillo, tornamos a cargar lo más que pudimos y regresamos a la estacada. Así continuamos, casi sin tomar aliento, hasta que toda la carga puesta en el bote había sido trasladada a la cabaña, en la cual los dos criados tomaron definitivamente posiciones, mientras yo, con todas mis fuerzas, remaba otra vez en el ya ligero chinchorro, hasta llegar de nuevo a "La Española".
El arriesgar una segunda carga era, en realidad, menos atrevido y peligroso de lo que pareció. Es cierto que ellos tenían la ventaja del número; pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los hombres que estaban en tierra llevaba mosquete consigo, y así es que, antes de que hubieran podido acercársenos a tiro de pistola, es seguro que hubiéramos dado buena cuenta de ellos.
El caballero estaba esperándome en la puerta de popa, ya restablecido su valor y su ánimo. Tomó el cabo de la amarra que yo le arrojé, lo sujetó arriba, y comenzamos a hacer ya un cargamento de necesidad vital para nosotros, consistente en carne, Pólvora y bizcochos, sin añadir más armas que un mosquete y un sable por cabeza, para el caballero, para mí, Redruth y el capitán. El resto de las armas y la pólvora lo arrojamos al agua a dos brazas y media de profundidad, de manera que podíamos distinguir el limpio acero de los mosquetes, brillando con los reflejos del sol, allá abajo, en el fondo arenoso del ancladero.
A esta hora la marea comenzaba, a bajar y el buque empezaba á columpiarse en ¡orno del ancla. Oímos voces llamándose mutuamente, muy lejos y muy débiles, allá en dirección de los quifes, y, aun cuando esto nos tranquilizó por lo que hacía a Joyce y a Hunter, que por lo visto, quedaban todavía en su posición d este sin ser molestados nos hizo comprender, sin embargo o debíamos darnos prisa.
Redruth, entonces, abandonó su trinchera de lana en la galería y se replegó al bote con nosotros. Dirigido el pequeño bote por Smollet en persona, dimos vuelta al buque y nos vinimos a colocar junto a la escotilla de proa.
-Ahora amigos -gritó el capitán-, ¿me oyen ustedes? Ni una voz respondió, sobre cubierta -¡Es a ti, Abrahan Gray, a quien hablo!...
El mismo silencio anterior.
-¡Gray! -volvió a decir el capitán en voz más alta aún-. En este  momento voy a dejar este buque, y como tu capitán que soy, te ordeno qué me sigas. Yo sé que tú eres, en el fondo, un buen muchacho, y hasta me atrevo a decir que ninguno de los marineros que están allí es tan malo como aparenta serlo. Aquí tengo en la  mano un reloj abierto: te doy treinta segundos de plazo para que te me reúnas.
Hubo un nuevo, silencio.
Ven pronto, muchacho mío-continuó el capitán-; no te detengas tanto- en vacilaciones. Estoy aquí, exponiendo mi vida y la de, estos excelentes caballeros cada segundo que pasa.
Oyóse entonces el ruido repentino de una pendencia, el rumor de golpes cambiados, y en unos cuantos segundos apareció Abraham Gray en la puerta, con la herida de arma blanca en una de sus mejillas; pero corriendo presuroso a la llamada del capitán como un perro puede venir al silbato, de su amo.
-¡Estoy con usted, mi capitán! -dijo aquel leal muchacho.
Un instante después, con Gray ya a bordo, habíamos empujado de nuevo nuestro barquichuelo en dirección a la playa.
Y cierto es que nos encontrábamos ya fuera de la peligrosa goleta; pero, ¡ay!, aún no nos veíamos en tierra, dentro del recinto de la estacada.

17. Continúa el doctor. El último, viaje del chinchorro

Este quinto viaje fue, sin embargo, distinto de los precedentes. En primer lugar, aquella cascarita de nuez en que íbamos estaba demasiado cargada. Cinco hombres, de los cuales Redruth, el capitán y Trelawney eran de más de seis pies de altura, era más de lo que nuestro botecito podía, racional y cómodamente, cargar. Añádase a esto la pólvora, las armas y las provisiones de boca, y se comprenderá que el chinchorro se balancease de una manera inquietante, alojando agua de cuando en cuando, por la popa, en grado tal, que todavía no habíamos andado cien yardas, y ya una buena parte de mis vestidos estaba empapada.
Hízonos el capitán que aparejásemos el bote compartiendo el peso más proporcionalmente, lo que nos apresuramos a ejecutar, consiguiendo equilibrarlo un poco. Pero aun as! no dejábamos de sentirnos con temor, no del todo infundado, de zozobrar. En segundo lugar, el reflujo producía, a la sazón, una fuerte corriente de olas en dirección poniente, atravesando la rada y moviéndose en seguida hacia el sur, en dirección del mar, por el estrecho que nos había franqueado el paso en la mañana hasta el ancladero. Las olas, de por sí, eran ya un peligro para nuestro sobrecargado esquife; pero lo peor de todo era que dicha corriente nos arrastraba fuera de nuestra vía y lejos del lugar de la playa en que teníamos que desembarcar, tras de la punta de que ya he hablado. Si permitíamos a la corriente realizar su obra, el resultado iba a ser que antes de mucho nos encontrásemos en tierra, es verdad, pero precisamente al lado de los esquifes de los piratas, que quizá no tardarían mucho en presentarse.
-Me es imposible enderezar el rumbo hacia la estacada, capitán -dije yo, que iba sentado al timón, en tanto que el y Redruth, que estaban de refresco, llevaban los remos- La marea nos arroja hacia abajo; ¿no podrían ustedes remar un poco más fuerte?
-No sin echar el bote a pique -contestó- Sostenga usted el gobernalle inmóvil hasta que vea usted que vamos ganando la vía.
Hice lo que se me indicaba y pronto vi que, si bien la marea continuaba empujándonos hacia el poniente, logramos que el bote enderezara la proa al este, siguiendo una línea que marcaba precisamente un ángulo recto con el camino que debíamos tomar.
-De esta manera no vamos a tocar tierra jamás -dije yo.
-Si no nos queda otro derrotero libre más que éste, no podemos hacer otra cosa que seguirlo -contestó el capitán- Tenemos que ir contra la bajamar. Ya ve usted, pues, que si seguíamos bordeando el sotavento de nuestro desembarcadero, era muy difícil calcular dónde tocaríamos tierra; esto sin contar con la probabilidad de ser abordados por los botes de Silver, en tanto que, por el camino en que nos hemos puesto, la corriente puede amortiguarse pronto y entonces virar rectamente hacia la playa.
-La corriente ha aminorado ya mucho, señor -díjome Gray, que iba sentado hacia proa- Ya puede usted hacer que viremos de bordo un poco.
-Gracias, muchacho -le contesté como si nada hubiera sucedido, puesto que todos hablamos hecho tácitamente la resolución de tratarlo, desde luego, como a uno de los nuestros.De repente, el capitán habló de nuevo y noté que había una perceptible alteración en su voz: -¿-Y el cañón?
-Ya pensaba en eso -le respondí, seguro como estaba de que el se refería a la posibilidad de que se bombardeara nuestro reducto- No crea usted que les sea posible bajar el cañón a tierra, y aun en el supuesto de que lo consiguieran, jamás podrían hacerlo subir por entre el monte.
-Pues mire usted a popa, doctor -replicó el capitán.
volví la cabeza... La verdad es que nos habíamos olvidado completamente de nuestra pieza de artillería en la goleta, y de ahí nuestro horror cuando vimos que los cinco bandidos estaban muy atareados, despojándola de lo que ellos llamaban la chaqueta, o sea el abrigo de grueso cáñamo embreado eón que la manteníamos envuelta durante la navegación. No era esto todo, sino que al punto me acordé de que las balas y la pólvora de la misma pieza habíanse quedado a bordo, en un cajón, por lo cual no necesitaban nuestros enemigos sino dar un golpe con una hachuela para ser dueños de aquellas terribles municiones de guerra.
Aquel olvido no podía tener más disculpa que la prisa con que nos vimos precisados a evacuar la embarcación; -pero, desgraciadamente, era irremediable.
-Hands era el artillero de Flint -dijo Gray con voz ronca.
No me quedaba, pues, otro recurso que, a cualquier riesgo, poner decididamente proa a tierra. A esta sazón, por fortuna nuestra, la corriente quedaba ya tan lejos de nosotros que nos fue fácil seguir rumbo a la playa por un camino tan recto como nuestra quilla, a pesar del impulso necesariamente poco vigoroso que los remos imprimían a nuestro bote. Pero lo malo era que, en la dirección que íbamos, presentábamos a "La Española" un costado, ofreciendo a su tiro un blanco de tal tamaño que parecía imposible que se le errara.
Erame fácil ver Y oír a aquel bribón de Hands con su cara de borracho consuetudinario, arreglando sobre cubierta un cartucho para el cañón.
-¿Quién es aquí el mejor tirador? -preguntó el capitán.
-El señor de Trelawney, aquí y dondequiera -le contesté-Pues bien, señor de Trelawney, ¿quiere usted hacerme el favor de quitarme de en medio a uno de aquellos pícaros? A Hands, de preferencia, si es que fuera posible -dijo el capitán.
Trelawney estaba frío como el acero; sin decir palabra preparó el arma.
-Ahora- díjonos el capitán-, mucho cuidado, Dispare usted su arma sin hacer movimiento alguno, o, de lo contrario, nos vamos a pique. ¡Todo el mundo listo para equilibrar, si el bote zozobra al disparo!
El caballero levantó el arma y los remos cesaron de hender el agua; todos nos inclinamos del lado contrario, para mantener el equilibrio, y todo fue ejecutado con tal felicidad, que no entró al bote ni una sola gota de líquido.
En ese instante, nuestros enemigos tenían ya su pieza montada y lista, y Hands, que estaba junto a la boca, con, el escobillón en la mano, era el más expuesto de todos. Sin embargo, no tuvimos fortuna, pues precisamente en el momento en que, ya seguro de su puntería, disparó Trelawney, el astuto timonel se en rápido como el pensamiento, y la bala, que pasó, silbando de el, fue a herir a otro de los piratas, que cayó al suelo.
El grito que éste lanzó fue repetido, -no sólo por sus compañeros, sino por; otras muchas voces desde la playa. Volví la vista en esta, dirección y noté que todos los piratas salían de entre los árboles y se apresuraban a ocupar sus lugares en los esquifes.
-Ahora bien, allí los botes, señores- dije.
-Enfile usted, pues, recto-gritó el capitán-. Ahora hay miedo de zozobrar; ¡firme a los remos!
-No han tripulado más que uno de los botes, capitándí-. Loa hombres del otro van por tierra, a cortarnos el paso,-El calor es excesivo y la distancia no es tan corta para lo consigan fácilmente -replicó el capitán. Marinos, en tierra, no son muy temibles. Lo que me preocupa es el tiro que nos van a largar de a bordo, ¡Rayos y truenos! Nuestro flanco es tal una beata podría pasarnos la bala de lado a lado, sin error. Señor de Trelawney, avísenos usted en cuanto vea encender el estopón y nosotros remaremos a popa.
Entretanto, habíamos, avanzando, a una velocidad harto  para un esquife tan cargado como el nuestro. Y estábamos a pocas brazos de la orilla,; unas cuantas remadas más y podría atracar; p«que el reflujo acababa de descubrir una cinta de, a debajo de un grupo de árboles de la -Costa- esquife que t de darnos caza ya no podía, pues, hacernos daño alguno; el reflujo que tanto nos había detenido a nosotros, estaba, en compensación deteniendo a nuestros perseguidores. El único peligro era el cañón.
-Si me atreviese -dijo el capitán-, de buena gana haría alto para cazar a otro de, los bandidos.
Los que habían quedado a bordo trataban de acelerar el empleo del cañón. Ni siquiera hablan hecho el menor caso de su camarada caído que no estaba muerto, sino simplemente herido, y al cual yo divisaba, tratandose de arrastrarse a un lado. Por dónde pasó la bala ninguno de nosotros lo supo precisa. mente; pero supongo que debe haber sido por encima de nuestras cabezas y que el viento de ella debe haber contribuido. a nuestro desastre.
Nuestro bote se había hundido por la popa, como he dicho con la mayor facilidad, en una profundidad de tres pies de agua, dejándonos al capitán y a mí, de pie el uno junto al otro, en tanto que los tres restantes, que se habían inclinado para evitar, en lo posible, la bala del pedrero, salían del agua empapados y escurriendo de la cabeza a, los pies. ,Aún así el daño no era tan grande. No había perecido ninguno de nosotros, y desde allí podríamos caminar las pocas brazas que nos separaban de la playa. Lo malo era que nuestras provisiones estaban en el fondo del esquife y que de los cinco mosquetes que traíamos, sólo dos quedaban secos y aptos para usarlos: el mío, que yo había tomado sobre mis rodillas levantándolo en alto, con un movimiento rápido e instintivo, y el del capitán, que lo llevaba puesto en la bandolera y que, en su calidad de hombre experto, había cuidado su arma antes que nada. Los restantes yacían ya bajo el agua.
Como complemento de nuestra tribulación, oímos voces que se acercaban entre el bosque, a lo largo de la playa. Así es que no sólo sentíamos ya encima el peligro de quedar cortados de nuestro reducto, en aquel estado de semicatástrofe y derrota, sino que nos aguijoneaba el temor de que, si Hunter y Joyce se velan atacados por una media docena de hombres, no tuviesen el valor y el buen sentido de mantenerse firmes a la defensiva. Hunter era un hombre de firmeza y corazón, esto lo sabíamos bien; pero en cuanto a Joyce, el caso era diferente, y bastante dudoso: Joyce era un lacayo muy agradable, de muy finas maneras, y excelente para limpiar un par de botas o cepillar un vestido; pero la verdad es que no le conocíamos condiciones de hombre de coraje.
Todo esto, como llevo dicho, nos aguijoneó para llegar a tierra tan pronto como era posible, dejando abandonado a su suerte al pobre bote que, para desgracia nuestra, había guardado en su fondo algo como la mitad de nuestra pólvora y provisiones de boca.

18. El doctor relata cómo concluyó el primer día de pelea

Una vez en tierra, dímonos toda la prisa que era posible para franquear el trecho del bosque que nos separaba de nuestro baluarte. A cada paso que dábamos, las voces de los piratas que venían por la playa llegaban menos y menos distantes a nuestros oídos. Pronto nos fue fácil distinguir el rumor de sus precipitados Pasos y el crujido de las ramas de los arbustos a través de cuyos matorrales se venían abriendo camino. Comencé a creer entonces que la cosa se agravaba, y hasta requerí el fiador de mi mosquete.
-Capitán -dije-: el señor Trelawney es el de puntería infalible entre nosotros; déle usted su mosquete.
Sin responderme cambiaron rápidamente de armas, y Trelawney, callado y frío como habla estado desde el principio del combate, se detuvo por un instante para cerciorarse de que aquel arma estaba en buen estado. En el mismo momento, notando que Gray, iba desarmado, le alargué mi cuchillo. Mucho nos reconfortó el ver a aquel chico escupirse la mano, remangarse la camisa, empuñar el arma y hacerla zumbar, blandiéndola por el aire.
A unos cuarenta pasos de aquella breve pausa, llegamos al lindero del bosque Y vimos la estacada frente a nosotros. Nos, lanzamos a ella, entrando a su recinto por el lado sur, cuya empalizada salvamos rápidos como el rayo, y casi en el instante mismo siete de los amotinados, con Job Anderson, el contramaestre, a la cabeza, aparecieron en el lado suroeste, lanzando gritos tremendos.
Detuviéronse un momento al llegar allí, como si se sintieran pillados por retaguardia; pero antes de que ellos tuvieran tiempo de recobrarse de su sorpresa, no sólo Trelawney y yo, sino también Hunter y Joyce, tuvimos tiempo de hacer fuego desde el reducto. Los cuatro tiros no sonaron en una descarga muy simultánea, pero hicieron su efecto, eso sí. Uno de los enemigos cayó redondo, y los restantes, sin vacilar más tiempo volvieron la espalda y se parapetaron tras los árboles.
Después de cargar de nuestras armas salimos afuera de la empalizada para reconocer al enemigo que había caído. Para reconocer al enemigo que había caído. Estaba muerto, con el corazón atravesado de parte a parte do en aquel mismo instante una detonación de pistola se dejó oír en el matorral más cercano; la baja silbó junto a mi oído, y el pobre Tom Redruth se tambaleó y cayó en el suelo de largo a largo. Ya comenzábamos a felicitarnos de nuestra buena suerte, cuando el matorral más cercano; Tanto el caballero corno yo devolvimos el tiro; pero como no teníamos sobre qué hacer puntería, es muy probable que no hiciéramos más que desperdiciar nuestra pólvora. Cargamos otra vez y volvimos a ver al Pobre Tom.
El capitán y Gray estaban ya examinándolo y en cuanto a mí, me bastó una. ojeada para comprender que aquello no tenía re. medio.
Creo que la prontitud con que respondimos a su disparo dispersó a los rebeldes una vez más, porque, aunque estábamos a descubierto, ya no se nos hostilizó mientras levantábamos al pobre guardamonte para trasladarlo al interior de la cabaña.
Una vez acostado, el caballero se dejó caer sobre sus rodillas, junto a el, besándole la mano y llorando como un chiquillo.
-¿Cree usted que me voy, doctor? -preguntó el moribundo.
-Tom, hijo -le contesté-, vas a volver a tu verdadera patria-Siento mucho -replicó el agonizante-, no haber dado antes a esos pillos una lección con mi mosquete.
-Tom -exclamó a la sazón el caballero tan conmovido- Tom dime que me perdonas, ¿no es caballero tan conmovido-verdad que si?
-Señor -fue su respuesta- ¿no cree usted que eso pare. cerca una falta de respeto de mi `Parte? Pero hágase como usted lo Pide..., sí, señor, con toda mi alma.
Siguió Un silencio no muy largo, al cabo del cual murmuró que desearía que alguien dijese cerca de su cabecera alguna oración, añadiendo, en tono sencillo y corno disculpándose de su atrevimiento: -Creo que esa es la costumbre... ¿no?
Luego de una corta agonía sin pronunciar palabra, el alma de Redruth Partió de este mundo.
Entretanto, el capitán, cuyo pecho y faltriqueras había yo visto en extremo abultados, durante la travesía, fue sacando de ellos todo un almacén de objetos: una bandera inglesa una Biblia una adujada o lío de cuerdas bastantes fuertes, plumas, tinta, el registro diario de a bordo Y algunas libras de tabaco Hablase encontrado en nuestro recinto de la estacada un largo  ya enderezado tronco de abeto, que, con la ayuda de Hunter, levantó y puso en el ángulo de la cabaña, en que los troncos se cruzaban. Acto seguido continuó subiendo ágilmente sobre el techo del reducto, colocó con su propia mano e izó en alto la bandera de nuestra patria. Volvió a entrar a la cabaña, y como si nada hubiera de particular, se puso tranquilamente a hacer el recuento de nuestras provisiones. Pero no dejaba de mirar con disimulo de] lado del pobre Tom Redruth, así es que, no bien hubo éste expirado, cuando se acercó con otra bandera y la desplegó reverentemente sobre el cadáver.
En seguida, sacudiendo virilmente la mano del caballero, le dijo:
-No hay que afligirse, señor. Todo temor es vano tratándose del alma de un leal, que ha sucumbido cumpliendo con su deber para con su capitán y con su señor.
Dicho esto, me llevó a un lado y me dijo: ¿Dentro de cuántas semanas esperan usted y el caballero que vendrá el buque que ha de enviar Blandy?
-No es cuestión de semanas, sino de meses -le contesté- En ,caso de que no estemos de vuelta para fin de agosto, Blandy mandará buscarnos. Usted puede calcular por sí mismo.
-Yo creo que sí -contestó rascándose la cabeza de un modo muy significativo-. Así es que, no sin dar a la Providencia una buena ración de gracias por todos sus beneficios, debo decir que no por eso hemos estado menos desafortunados.
-¿Qué quiere usted decir con eso? -le pregunté.
-Quiero decir -me respondió-, que es una lástima que hayamos perdido aquel segundo cargamento del botecito. Por lo que hace a pólvora y balas, tenemos bastante; pero, en cuanto a provisiones de boca, estamos muy escasos, tanto, doctor, que quizás nos viene muy bien el tener aquella boca de menos.
En aquel mismo instante oyóse el trueno y el silbido de una bala de cañón que pasó rozando el techo de nuestro reducto y fue a enterrarse entre los árboles del bosque.
-Ajá -dijo el capitán- ¡Salva tenemos! Bastante poca pólvora tienen esos chicos para que la desperdicien así tan locamente.
Otro segundo disparo arrojó su, bala con mejor puntería, pues el proyectil penetró adentro de la estacada.
-Capitán -dijo el caballero-, -me consta que nuestro reducto, de por sí, es enteramente invisible desde el buque. Creo, por tanto, que es la bandera la que les está sirviendo para hacer blanco... ¿No cree usted que sería más prudente traerla acá adentro?
-¿Arriar mi pabellón? ¡Jamás! -exclamó el capitán.
Fuimos todos de su misma opinión, porque aquello no Sólo tenía un aspecto marcial, marino e imponente, sino que entrañaba una buena política, cual era la de mostrar a nuestros enemigos que se nos daba un ardite de su cañoneo.
Toda la tarde continuaron su fuego. Bala tras bala venían; las unas pasaban por encima del techo, otras caían a un lado, otras entraban al recinto de la empalizada, desparpajando la arena del piso. Pero como tenían que hacer su puntería sobre una mira muy alta, sus tiros no lograron más que encontrar sepultura en la leve arena de la lona. No teníamos rebote que temer, y aun. que una bala penetró a la cabaña por el techo y luego salió de nuevo por un costado, muy pronto nos acostumbramos a esa especie de broma pesada, y no hicimos más caso de ella que el que habríamos hecho de una partida de vilorta.
-Se me ocurre una buena idea -dijo el capitán- El bosque, frente a nosotros, está bastante claro, la marea ha dejado un buen espacio en seco y a esta hora nuestras provisiones están ya, probablemente, en descubierto. Creo que si algunos de los nuestros se prestaran a hacer una pequeña salida con ese objeto, podríamos recobrar parte de nuestra carne salada.
Gray y Hunter se ofrecieron desde luego, y, muy bien armados, salvaron la empalizada. Su misión fue, sin embargo, inútil. Los rebeldes eran más intrépidos de lo que creíamos, o no tenían más fe de la que se merecía en su artillero Hands, porque el hecho era que ya cinco o seis de ellos estaban muy ocupados sacando nuestras provisiones del fondo del chinchorro y trasladándolas a uno de sus esquifes, que estaba allí cerca, mantenido contra la corriente por el manejo constante de un remo. Silver estaba en la popa, al mando de las operaciones, y cada uno de sus hombres aparecía ya provisto de su mosquete correspondiente, tomado de algún oculto arsenal de ellos mismos.
El capitán se sentó para escribir en su diario de a bordo, y he aquí el principio de lo que trazó en el: "Alejandro Smollet, capitán; David Livesey, médico de a bordo; Abraham Gray, carpintero de la goleta; John Trelawney, propietario; John Hunter y Ricardo Joyce, criados del propietario, que no son marinos; éstos son los que se conservan leales de toda la gente embarcada a bordo de "La Española"; tenemos víveres para diez días a racines cortas; hemos desembarcado hoy e izado luego la bandera inglesa en la estacada o reducto que hemos hallado en esta Isla del Tesoro. Tom Redruth, otro sirviente del propietario, ha sido muerto por los rebeldes. James Hawkins, paje de cámara..."En este momento yo estaba lamentándome acerca de la triste, suerte y fin desastroso del pobre Hawkins, cuando oímos algunos gristos y llamados del lado de tierra.
-Alguien nos vocea por acá -díjome Hunter.
-¡Doctor! ¡Caballero!... ¡Capitán!... ¡Hola! ¿Eres tú, Hunter? -decían los gritos aquellos.
Corrí a la puerta de la cabaña y llegué a tiempo para ver de nuevo, sano y salvo, a Jim Hawkins, salvando la empalizada.




[1] Las monedas inglesas qué llevaban el busto del rey; recuérdese que en el talego las había de todos los cuños y de todas las naciones. (N. del T.)
[2] El verbo inglés to maroon, usado por el autor, significa abandonar a hombre en una isla desierta, Por castigo o por venganza. Según Webster. la palabra está tomada del español cimarrón, pero careciendo nuestro Idioma de la facilidad de convertir en verbos los nombres, como el inglés, nos vemos precisados a usar convencionalmente el verbo aislar.